28/11/2013

Hedonista presentación de uno de los discos más reconfortantes del año. Y de nuevo: ojo a los teloneros.

Se acaba el glorioso mes de noviembre y llega definitivamente a la capital ese frío seco y helador que, con treguas, nos acompañará hasta la primavera. Ayer concretamente hacía aquí un frío del carajo y por la calle Jardines, estrechita y coqueta, se canalizaba un viento de cortaba la cara. Llegamos al centro y bajamos en seguida al sótano de la sala El Sol, donde teníamos cita con una de las bandas más raritas del panorama indie contemporáneo, los neozelandeses (ya empezando por ahí) Unknown Mortal Orchestra (UMO). Pero a eso de las 21:30h, cuando bajamos, quienes tocaban eran sus teloneros, los holandeses (exótica noche) Mozes And The Firstborn, que empezaron haciendo ruido ante menos de 20 personas. Afortunadamente no se apocaron ante la falta de público, ya bastante más numeroso cuando encararon la segunda mita de su setlist. Contundentes, divertidísimos y muy desacomplejados -con falsos finales y jams protopunkis para dar y regalar-, acabaron por convencer muchísimo. Son un cuarteto de chavales que hacen rock como probablemente sólo puede hacerse con la edad que gastan. El resultado son temas como la gamberra ‘Bloodsucker‘, la clasicota ‘Gimme Some’, o la punkarra ‘Time’s a Headache’, donde recuerdan por momentos a lo mejor de Thee Oh Sees. Cuando le meten energía revientan bastante bien, que es lo que se pide en estas coordenadas, así que estaremos atentos.

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Tras ese derroche de energía la verdad es que parecía un buen marrón salir a dar la cara con un repertorio de fuerza tan contenida como el que gastan Unknown Mortal Orchestra. Pero iba a ser una noche sorprendente. Primero porque, a pesar de los malos augurios iniciales, la sala prácticamente se llenó. Al menos desde las primeras filas daba esa sensación. Segundo, porque el público atraído no era el que hubiésemos esperado, algo más maduro y reflexivo: las primeras filas estaban llenas de jovencitas con evidente buen gusto para elegir atuendo que se sabían los enredos guitarreros de estos temas tan bien como las letras que los acompañan. Y tercero porque el directo de UMO está muy lejos de ser tan exigente para el oyente como lo son sus discos en una primera aproximación. Al principio, eso sí, todo fue como parecía. Ruban Neilson salió vestido de negro, camisa ancha, con los ojos tan diminutos que costaba creer que existiesen. Tímido, cortadito. Su bajista ataviado con una gorra, como ausente, y su baterista tocado con un sombrero ruso, sentado en una batería de sparkle dorado y dándole a todo flojito, sin flexionar siquiera los codos. Empezaron con ‘From The Sun’ («Isolation can put a gun in your hand… / If you need to you can get away from the sun…») cuyo mensaje no es precisamente una fiesta, pero pronto iba a verse la estrategia de su directo. Recitada la letra Neilson, se aparta del pie de micro y empieza a solear. Se retuerce por el escenario peleándose con esa guitarra cuya bandolera jamás pasa por detrás de la cabeza y deja claro dónde se divierte.

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Para acercarse en directo a ese sonido de hojalata que tienen sus discos, el tipo estruja el sonido de su Fender a base de pedales y mete su voz por micrófono como de Fisher & Price que parece sólo entender de medios y agudos, como una radio de esas antiguas. En canciones como ‘Though Ballune’ es casi imposible entender lo que dice, pero incluso en otras donde la voz es más protagonista, como en ‘How Can You Luv Me‘ (¿cómo sería cantada por la Monáe?) la tiene enterrada, compitiendo en frecuencias con casi todo lo demás. Está claro que Neilson tiene una idea de cómo quiere que suenen sus temas, tiene una imagen de ese margen sonoro limitado y polvoriento, y lo lleva hasta sus últimas consecuencias. Con éxito. Cuando sonaba la mencionada ‘How Can You Love Me’ ya habíamos asistido a dos jams improvisadas donde habíamos visto a Neilson bailar con su guitarra, soleando de una forma extraña, como delicada, con momentos de escala clásica, más sutil que enérgico. Nos quedaba todavía el, atención, solo de batería de Riley Geare, que en el camino perdió el gorro soviético y flexionó por fin los codos. UMO son, en definitiva, un trío de músicos que se lo pasan como Dios haciendo música. Por suerte, son buenos, así que estas colas instrumentales, que funcionaban bien para levantar la energía del bolo, eran también un deleite poco habitual en el mundillo indie, donde estas exhibiciones están casi vetadas. El público las agradeció con ovaciones admiradas, perdonando que por el camino quedase parte del detalle que exhiben los temas en su versión de estudio. La comunión fue muy obvia y sacó a Neilson de su ensimismamiento hasta el punto de ponerle en la cara una sonrisa así de grande.

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Ya calentitos nos regalaron la jam más desatada de todo el bolo tras otra de su primer álbum, ‘Strangers are Strange’, (ojo a esas interesantes variantes del moonwalk que se marcaba el amigo), y una vitaminada ‘Monki‘ que en directo quintuplica su intensidad y vuelve a dar al querido líder la enésima oportunidad para el lucimiento guitarrero. Poco después de aquello nos quisieron mandar a casa con ‘So Good At Being In Trouble‘, probablemente lo más cerca que han estado de un hit y uno de los mejores temas de este 2013, opino. El aplauso tras la primera huida fue grande y el bis estuvo a la altura. Primero con Neilson en solitario tocando la maravillosa ‘Swim And Sleep (Like a Shark)’, y luego una marca de la casa, ‘Ffunny Ffriends’.

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Fue ahí donde el buen rollo latente terminó por manifestarse del todo. El tema, como sabrán, tiene una melodía de esas pegadizas y muy simplonas que le invitan a uno al nananeo («naaaaa naaaaa, nana, naanaaaa») pero en vez de mantener el silencio o tirar de el tradicional «nanana» la gente, espontáneamente, se puso a silbar. Al principio unos pocos, pero de pronto la cosa se extendió como un virus y todo el que supo se encontró apretando los morros y afinando la melodía, haciéndola obviamente audible hasta encima del escenario. Neilson, al que ya teníamos ganado, empezó por reírse con la tontería y cuando el tema se convirtió en masivo, acabó acercándose al micro para unirse al silbidito de marras, casi sin poder juntar los labios de la risa. Ya al final terminaron soltándose definitivamente la melena con una poderosísima Nerve Damage en la que sonaron como una banda de rock que dejó en evidencia incluso a sus poderosos teloneros. Quizás no era lo que esperábamos, y quien acudiese buscando algo más sesudo y contemplativo se iría probablemente a casa rumiando, pero nosotros nos lo pasamos muy bien, así que escrito queda.

Fotos: Daniel Boluda.

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