19/11/2013

Crónica de su concierto de presentación de 'AM' en Madrid.

Alex Turner ya no quiere ser una estrella del rock. Ahora quiere ser un crooner de los años 50. Sigue llevando tupé, sí, y sigue sacando el peine a medio concierto para darse un retoque, en lo que resulta la imagen más evidente de la confianza en sí mismo que ha adquirido el chico con el paso de los años. Pero ahora ha cambiado la chupa de cuero por una americana blanca, y los riffs de guitarra pesados siguen presentes pero cada vez ganan más terreno los medios tiempos de guitarras cristalinas. Alex Turner cada vez deja más la guitarra y coge el micro mientras se contornea por el escenario, algo que hace dos discos no hacía prácticamente nunca. Y si Alex Turner avanza, Arctic Monkeys avanzan.

Eso no significa que los monos hayan cambiado demasiado respecto a visitas anteriores (sea la más explosiva de 2012 en Barcelona o el golpe sobre la mesa que dieron en el FIB 2013). Son en esencia la misma banda, pero en cada gira dan un paso más, se cuelgan una nueva medalla, modulan un poco más su discurso. Y resulta lógico que, para un disco plagado de medio tiempos como es AM, las revoluciones bajaran un poco en búsqueda de la delicadeza rock de la que hacen gala en su quinto álbum. Pero con un repertorio tan versátil como el que tienen los de Sheffield, las previsiones se convierten en papel mojado si saltan al escenario y encadenan un trío ganador como ‘Do I Wanna Know?’, ‘Brianstorm’ y ‘Dancing Shoes’. Brilla la letra M gigante que domina el fondo del escenario, el Palacio de los Deportes en pie (y, sí, ya a sus pies), y ellos que rematan la faena de entrada con la siempre poderosa ‘Don’t Sit Down ‘Cause I’ve Moved Your Chair’, esa ‘Teddy Picker’ que nunca falta en sus repertorios, y una ‘Crying Lightning‘ para la cual se nos acaban los adjetivos.

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Cuando los de Alex Turner subían el volumen, el Palacio de los Deportes se comportaba acústicamente: uno podía percibir las guitarras de Turner y Jamie Cook, y la consistente base rítmica de Nick O’Malley y esa bestia parda que es Matt Helders a las baquetas. El problema llegó con la parte central del concierto, en la que Arctic Monkeys abordaron sus canciones más sutiles, momento en el cual el recinto decidió darles la espalda, hacer rebotar la batería de Helders por todos los rincones, y despejar de matices las canciones. Sonaban rotundas ‘Old Yellow Bricks’ o la explosiva ‘Arabella’ (en la que Turner solo cogió la guitarra para hacer el solo final; olé él), pero en ‘One For The Road’, ‘Fireside’ (con la colaboración del ex-The Coral Bill Ryder-Jones a la guitarra, y no fue la única), ‘Reckless Serenade’ o ‘Piledriver Waltz’ la magia se desvaneció por la inmensidad del recinto (o por nuestra ubicación en él, que también puede ser).

Esa parte central, con la mayor parte de temas de AM salteados con algunos viajes en el tiempo, se convirtió en la recta final del concierto, dejando tanto pequeñas decepciones como una ralentizada ‘I Bet You Look Good On The Dancefloor’ y una irreconocible ‘Why’d You Only Call Me When You’re High?’, absolutamente perdida entre la acústica, con momentos de comunión preciosos del calibre de una ‘Cornerstone’ casi acústica (sigue siendo una de sus mejores canciones abiertamente de amor) o una ‘Fluorescent Adolescent’ que hace saltar, gritar y cantar a miles de voces al unísono. Y luego llegó ‘I Wanna Be Yours’, seguramente la canción más bonita del nuevo disco (en gran parte gracias a la letra del poeta británico John Cooper Clarke), y todo se desmorona, gracias a un Alex Turner más crooner que nunca, a un juego de luces en el mismo escenario al más puro estilo años 50, y a que la melodía principal de la canción es de las que uno no puede olvidar fácilmente. «Maybe I just wanna be yours…«.

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Un bis con ’Snap Out Of It’ (el hit escondido del nuevo disco, hagan la prueba), la celebradísima ‘Mardy Bum’ y una descomunal ‘R U Mine?’ que condensa todo lo que nos gusta de Arctic Monkeys actualmente, sirvió para poner el punto final a un concierto que supo a poco a algunos, pero que sencillamente constató que estamos ante un grupo en movimiento, que parece haber encontrado su lugar entre el rock denso y las baladas con sustancia. La parte buena de su inmaculada trayectoria es que prácticamente cualquier cosa que toquen dará forma a un concierto más que notable, por sus tablas y el carisma adquirido por Alex Turner; la mala es que acumulan un arsenal de canciones memorables tan extenso que resulta imposible no echar en falta un buen puñado de himnos cada vez que se suben al escenario. Esta vez ganaron las lentas, y Alex Turner ahora quiere ser un crooner, pero seguro que dentro de dos años Arctic Monkeys ya están en el siguiente nivel.

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Fotos: Daniel Boluda

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