03/11/2013

Descubrimos a unos nuevos discípulos de Tame Impala, directamente desde Denver.

Primero llega el escepticismo, luego la confirmación y, después, la avalancha de elogios y seguidores. Como en casi todos los aspectos de la vida, la música lleva reproduciendo ese mismo ciclo en los últimos años, en los que un grupo rompe los cánones y establece el nuevo patrón que adorar. A día de hoy, empieza a parecer absurdo no reivindicar a Tame Impala como el grupo más influyente del momento. Los australianos sentaron las bases –aún con cierto escepticismo– con Innerspeaker, e hicieron saltar la escena por los aires con Lonerism. Sin hacer nada nuevo, Kevin Parker ponía en primera plana a los Beatles de Revolver y dejaba noqueados a los de A Hard Day’s Night, que vivían de aquel invento que fueron The Last Shadow Puppets de Alex Turner y Miles Kane, flequillos y trajes mediante. Tame Impala reivindicaban, en un pastiche colorista y alucinado, a Led Zeppelin o 13th Floor Elevators frente a la languidez del indie anglosajón y el camino más abrupto de MGMT, para bien, o Empire Of The Sun, para horterísimo. Dos mil trece es la confirmación, unos meses después, de que el discurso no sólo caló hondo en el público sino en sus compañeros de escena: Washed Out o Youth Lagoon, adalides del chillwave en sendos debuts, han fundido sus continuaciones en la misma onda que los australianos y los nombres emergentes más recitados este año (hablamos de Temples, Splashh, Jagwar Ma o Wampire) son del mismo padre.

En ese contexto en el que psicodelia es la nueva palabra de moda, la cantidad de nuevos grupos que han surgido con el mismo patrón resulta mareante. Los chavales que hace cinco años querían ser como Joy Division o los Smiths, ahora quieren ser Pink Floyd, Cream o… Tame Impala. Los americanos Sunboy son uno de ellos aunque, lejos de resultar la copia de la copia, consiguen remilgar su sonido y convertirlo en un compendio más que interesante. Una personalidad que vienen forjando desde los efímeros Popcult (a los que hemos llegado no sin ciertas pesquisas), un proyecto que coqueteaba con el electropop melódico de The Postal Service y que, si rebuscas, permanece aún vivo bajo su nuevo disfraz.

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Por lo menos en ‘Anxious People‘ y ‘Aphrodisia‘, temas con los que el dúo (formado en Denver por Justin Renaud y Jordan Lempe) se dio a conocer. Es el primero el más inmediato y ecléctico, donde Sunboy consiguen jugar entre sus dos caras: empieza recto y sintético hasta que estalla en un estribillo pop altamente coreable y un solo de los que despeinan. Misma receta en el segundo corte, quizá con una vertiente más electrónica y que no termina de dirigirse a un punto fijo. Sea como sea, los de Denver ponían así las cartas sobre la mesa y presentaban un proyecto prometedor, en el que ellos mismos componen, tocan, graban y producen.

Pero donde realmente su tremendo potencial es en ‘Highway Screamin‘, ultimísimo y más nuevo corte y en el que Sunboy juegan su mejor mano. Es aquí donde comienza el festival de delays y de sintes que aparecen y desaparecen, de ambientes espaciales y marcianos, de guitarras expansivas y una melodía que se retuerce entre falsetes sobre un ritmo recto. Como si se hubiesen comido a Tame Impala y lo expulsasen en un corte tremendamente adictivo y cambiante con billetes a un viaje de psicodelia pop. Ahora sí que sí, los de Denver se presentan ya no como una promesa, sino como una realidad tangible a tener en cuenta mientras anuncian que ya tienen banda, que van a dar sus primeros conciertos… ¡y que están preparando su primer disco! Así pues, todo indica que Sunboy están preparados para despegar en un futuro cercano. Mejor conocerlos pronto que tarde y estar muy atentos a sus próximos pasos. Avisados quedan.

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