28/10/2013

Crónica del abrumador concierto de los de Yannis Philippakis, mucho más ruidoso y caótico de lo que cabría esperar.

Cuando se trata de lo que uno espera de un concierto, pueden suceder dos cosas: que uno desee que el grupo en cuestión reproduzca fielmente el sonido de sus discos, generando la magia de estar construyendo en aquel preciso instante las canciones delante del público; o bien querer que la banda aporte algo distinto, que puede ser mejor o peor, más enérgico o más apagado, más contundente o más refinado, a lo que ya hemos escuchado tantas veces en casa. La decisión final no pasa en ningún caso por el público, que sea cual sea su predilección tiene que conformarse con la opción que al grupo le parezca más acertada, o más abarcable. Y el concierto de Foals de anoche fue el ejemplo perfecto de la segunda opción: vimos a una banda transformada, convertida en una arrolladora máquina de rock ruidoso y apabullante, con un Yannis Pihilippakis absolutamente entregado (por momentos fuera de sí) y una puesta en escena descarnada y tremendamente efectista. Anticipándonos al final de la historia, sí, arrasaron. Sin duda alguna. ¿Pero son estos los Foals que queremos?

Algo similar pasó con Everything Everything, teloneros de lujo para la gira, desde Manchester y con dos discos deliciosamente esquizofrénicos como Man Alive y el reciente Arc bajo el brazo. Con cierta tendencia hacia el caos controlado, sus canciones cobran robustez encima del escenario, siempre envueltas con un acertado juego de voces comandado por su camaleónico cantante Jonathan Higgs. En el FIB 2013 dieron uno de los mejores conciertos del festival, y ciertamente esta vez ofrecieron un concierto notable gracias a dianas como ‘My Kz, Ur Bf‘, ‘Cough Cough‘ o ‘Kemosabe‘, pero su buena actuación se vio barrida minutos después por el vendaval Foals.

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Y es que ya decíamos en nuestra crónica del paso de los británicos Foals por el reciente DCode 2013 que sus partes más contundentes, algo más presentes en su reciente Holy Fire (caso de ‘Inhlaer’ o ‘Providence’ especialmente) eran pintadas con brocha gorda, hecho que despejaba los matices de la ecuación. Y, sin que quien escribe esto estuviera presente en dicho festival, la sensación es que Foals doblaron la apuesta en su concierto de anoche en una Razzmatazz abarrotada (y con sold out). El triplete inicial de canciones, con una musculosa ‘Prelude’ (de su último disco) acompañada por sorpresa de dos temas de sus discos anteriores como son ’Total Life Forever’ y ‘Olympic Airways’, ya señaló de algún modo el camino: en la primera primaron más la base rítmica y un final estruendoso que el juego de voces milimetrado que escuchamos en el disco, mientras que en ‘Olympic Airwaves’ la energía del directo multiplicó la ya efervescente canción original, devolviéndonos a los Foals salvajes de su debut.

El bajista del grupo, Walter Gervers, nos confesaba en nuestra reciente entrevista que con Holy Fire de alguna forma habían vuelto a la esencia de Antidotes, su primer disco. Y puede que esa sea la clave del directo actual de Foals, en el que prima lo salvaje, el ruido y la entrega por encima de los matices, la contención y la evocación. ‘My Number’, por ejemplo, sonó como una bacanal desenfrenada, y la estruendosa ‘Providence’ es todavía más apabullante en directo, con un final loco de aires casi industriales en el que Yannis no dudó ni un segundo en tirarse al público, guitarra en mano, para delirio de unas primeras filas donde se mezclaban hooligans cerveceros con chicas perfil fan.

Al final, apenas hubo tregua con la deliciosa ‘Blue Blood’, que ejemplificó perfectamente el grupo que son Foals en directo: emocionantes y certeros en los crescendos, pero dispersos y bastos cuando se trata de aplicar matices. La excusa del sonido de la sala no sirve, porque la simple elección del repertorio deja claro que los de Oxford optan por avasallar en vez de emocionar, y cualquier interludio instrumental incluido en sus temas (algo bastante frecuente, por cierto) era siempre plasmado en clave ruidista y caótica. Solo en ‘Spanish Sahara’, sin duda el himno catártico de la noche, se pudo percibir ligeramente esa sutileza que, ingenuo de mí, creía que era parte fundamental del sonido de Foals. Porque prácticamente todo Total Life Forever podría ser tocado en un auditorio sin desentonar, e incluso más de la mitad de Holy Fire. Pero Foals se van por el lado opuesto, quieren convertir su concierto en un glorioso caos, y como ya hemos comentado, lo consiguen con creces.

Para cuando llega el final con ‘Electric Bloom’, otro rescate de su primer álbum, Yannis deja la guitarra y se coloca un tom al lado del micrófono para enfatizar todavía más la parte tribal del tema mientras se desgañita con aquello de “it’s just another hospital”, para luego dejarlo todo y atreverse a subir al piso de arriba de Razzmatazz, y pasearse por allí hasta encontrar un lugar adecuado desde el cual saltar al público en uno de los momentos más arriesgados que hemos visto en un concierto (y desde luego en esa sala). (Vídeo de beaturista)

Transcurrido el grueso del concierto bajo estas directrices, por tanto, era fácil imaginar que todavía quedaba la detonación final. Y el triplete del bis, formado por sendos trallazos del nivel de ‘Hummer’ (su single pre-Antidotes), la descomunal ‘Inhaler’ (que, hay que reconocerlo, sonó brutal en directo, más Rage Against The Machine que nunca) y el clásico para cerrar que es ‘Two Steps Twice’, absolutamente desbocada ya, no hizo sino confirmarlo. Foals se han convertido en uno de los grupos más importantes de los últimos años con motivos de sobras gracias a tres discos que no bajan del notable, y un directo abrumador como el que ejecutan no hace sino allanarles el camino. Pero en el fondo de nuestro corazón echamos de menos a ese grupo milimétrico, mesurado y sutil que escuchamos en los discos.

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Fotos: Rosario López

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