08/10/2013

Atrevida propuesta de la Red Bull Music Academy. Sólo para iniciados.

Electrónica en el auditorio de un museo. No será la primera vez, pero la propuesta todavía suena a vanguardia. Más si los cabezas de cartel son unos tipos tan inaccesibles como Fuck Buttons, cuya música cala sólo superada una primera y acaso intensa sensación de extrañeza. El sábado, en Madrid, era curioso ver a un lado decenas de turistas haciendo cola en la entrada principal para ver lo que queda de Dalí, algunas joyas de Picasso, o la exposición de Chris Killip, mientras a sólo unos metros, delineando el contorno de la Biblioteca del Museo, el centenar largo de afortunados con entrada para esta jornada del RBMA Weekender íbamos haciendo procesión. La propuesta sería arriesgada, pero las entradas volaron. Una señal, quizás, justo en este fin de semana que tanto se ha hablado de la decadencia, entre otros aspectos cultural, de la capital. Las gentes de Red Bull, que tienen el dinero por castigo, saben bien qué hacer con él. La Music Academy fue un regalo para Madrid y lo de este fin de semana ha sido otro loable ejercicio de valentía. Para empezar, nos han descubierto un espacio nuevo, uno de los auditorios del Museo, coqueto pero tremendamente eficaz. El recinto no es comparable a otros como el idílico Auditori del Fòrum de Barcelona, o el Fernán Gómez de Madrid: los asientos son duros y el aforo moderado, pero el lugar tiene su simbolismo por eso de estar pared con pared con el Guernica, posee una gran pantalla para los visuales y ofrece un sonido atronador.

Antes de Fuck Buttons estuvimos un rato largo viendo el show de Sunny Graves, de quien teníamos pocas referencias previas. Más contemplativo que quienes les sucederían en el escenario, el venezolano Simon Williams, que así se llama, dejó algún momento bastante evocador. El público, de hecho, respondió. Hasta cuatro veces tuvieron que advertirle de que su tiempo se acababa. Un hombre entraba al escenario, se acuclillaba junto al productor y le tocaba para avisarle: Ya. Se fue con ovación. No dejen de pasarse por su Soundcloud.

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Después, sí, salieron ellos. Fuck Buttons abrieron con la congelación cerebral que inaugura también su tercer trabajo, Slow Focus. Proyectados en forma de siluetas sobre la enorme pantalla de la sala, sin decir una palabra, uno frente al otro, Andrew Hung y Benjamin John Power comenzaron a tejer la madeja ruidista de este tema de catacumba. Una canción para la banda sonora de un destierro industrial en Siberia. «Gélida perfección«, dijimos en nuestra reseña de Slow Focus, un disco de digestión pesada al que estábamos allí expuestos sin intermediarios. En silencio, sentados, aguantando el ligero frío del Auditorio, sin distracción alguna, en una sobriedad casi absoluta, éramos como jueces de un concurso de talentos. Quietos, en esa penumbra imperfecta, iluminados por unas innecesarias luces de colores que rotaban sobre escenario y público, y fusilados por unos flashes situados al fondo el escenario, fue complicado para este que escribe conectar.

Sin poder bailar, sin poder apenas moverse, la escalada de ‘Surf Solar’ se disfrutaba en un bamboleo craneal extraño. Con los ojos cerrados uno podía entrar en ese trance, pero cuando los abría sólo veía gente sentada, dos tipos recortados en una pantalla y mucha quietud. La magia se rompía. Y no hubo piedad, no bajaron un ápice. El tsunami que abre ‘Colours Move’ nos lo comimos de principio a fin. Nueve minutos de dedos en el enchufe, percusiones tribales y gritos deshilachados por las máquinas. Fascinante por momentos, pero desde luego no para todos los públicos. Quizás no para mi. Reconozco que de pronto me descubrí en esa tesitura horrible que amenaza a casi todo el que escriba de música. Ese momento en el que dices, «va, esto tiene que gustarte».

Porque Fuck Buttons son tremendos, porque están dando exactamente lo que se les pide, porque sus dos últimos discos son de los que abren camino, porque el sonido es brutal, porque la propuesta de ponerles en el auditorio de un Museo es audaz, necesaria y totalmente enriquecedora. Y básicamente porque todo el mundo (en este mundillo, claro) espera que esto te guste. Y por momentos de verdad era así. Uno podría perderse en los juegos reflectantes de ‘The Red Wing’, quedarse embobado mirando la luz rebotada por la bola gigante, o contener el aliento tras un golpe de codo que subía el volumen de la mezcla hasta que te vibraba el pecho. Pero en conjunto, no tragué. Sentía un alivio culpable cuando daban treguas y descansaban los tímpanos. Los desarrollos larguísimos, los temas enlazados sin pausa durante más de una hora, los repetitivos trucos visuales… todo acabó por sumar más momentos de incomprensión que de deleite. Y sin embargo, es imposible dejar de reconocer que esto es una apreciación puramente personal. Uno puede comprender que muchos saliesen del recinto maravillados con el experimento y encantados con la propuesta. Y me hubiese gustado mucho que fuese mi caso, pero les estaría mintiendo.

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