23/09/2013

Capsula en la lavandería de un hotel; Pissed Jeans en un mini-skate park al fondo de un bar.

«¿A qué es raro? ¡Pero mola que te cagas!«, espetaba Martín Guevara, voz y guitarra de Capsula, escasos minutos después de haber enchufado su equipo e iniciado su vendaval sonoro con una descarga instrumental atronadora. No era para menos: estábamos en la lavandería del Hotel La Paloma de Barcelona, un discreto hotel para parejas del centro, cuya sala en la planta baja se había reconvertido, para la ocasión y solo durante unas horas, en un garito infecto de la mano de Converse Get Loud. Los apenas 40 asistentes que cabíamos en la diminuta sala estábamos allí después de haber recibido un mensaje de texto en el móvil, dos horas antes del evento, en el que se nos desvelaba la dirección del concierto (hasta entonces secreta), y desde el minuto uno vivimos toda la intensidad de los argentinos (afincados en Bilbao) Capsula a escasos centímetros de nuestras caras. A la segunda canción Martín ya rasgaba su guitarra entre el público, y su escudera Coni Duchess (al bajo) no tardó en acompañarle, escenificando a la perfección lo que un concierto secreto, improvisado y sudoroso debería ser. Fueron apenas 30 minutos de rock brutal, sin tregua ni lugar para la rebaja de revoluciones: venían con Solar Secrets, su nuevo disco, bajo el brazo, pero no hubo lugar para la promoción, la cháchara, ni las piezas más relajadas de su discografía. Tenían media hora y por eso descargaron sus canciones más explosivas y ruidosas, caso de, si mal no recordamos, ‘Atomic Breakdown‘ y ‘Constellation Freedom‘, del nuevo álbum. Rock clásico sin complejos, de aroma sureño, con entrega a raudales y una actitud digna de estar presenciando el último concierto del mundo. Martín introdujo su última canción pidiendo al público, que no había acabado de entrar en calor, que hicieran honor a la palabra ‘pogo’. Y así lo hicieron. Concierto efímero, caluroso, de recuerdo borroso y del cual nuestros tímpanos todavía no se han recuperado.

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Pero si lo de Capsula fue ruido, lo de Pissed Jeans se quedaría sin una palabra en el diccionario para describirlo. Una ininteligible maraña de sonido fue lo que salió de los instrumentos de estos cuatro tipos de Allentown, Pennsylvania, que habían llegado de Estados Unidos para media hora de locura absoluta en el segundo concierto de Converse Get Loud, el pasado viernes 20 de septiembre en Barcelona. La mecánica fue similar: un mensaje al móvil un par de horas antes para todos los que nos habíamos inscrito previamente, desvelando el lugar del concierto. En el caso de los americanos, el emplazamiento no podía ser más significativo: esa suerte de skate park en miniatura que existe en la parte trasera del bar Nevermind de la calle Tallers, en pleno centro de la ciudad condal. Allí, minutos antes del concierto, bebían cerveza, comían chocolate y compartían palomitas los cuatro miembros de Pissed Jeans, un puñado de fans que no se creían lo que estaban a punto de presenciar, y también clientes habituales del bar que no tenían ni idea de lo que iba a pasar. Pero al fondo, en una sala trasera, descansaban una batería, una guitarra, un bajo y un micro. Lo que pasó cuando Pissed Jeans entraron en el cubículo (ya lleno) y empezaron su concierto, rodeados literalmente de público, es tan inexplicable como ininteligible fueron sus canciones debido al sonido. Pero dio igual: la comunión con el público fue instantánea, los pogos llegaron a la segunda canción y durante 30 minutos eso fue una olla a presión desbocada, con devaneos del cantante Matt Korvette allá por donde podía, stage diving constante y un descontrol absoluto. También venían con nuevo disco, Honeys, pero aquello fue lo de menos: esos 30 minutos se convirtieron en una celebración del punk-hardcore en su vertiente más visceral. Un auténtico delirio que acabó con miembros del público tocando los instrumentos y las fuerzas al mínimo.

Los conciertos Converse Get Loud llegarán este próximo sábado a Madrid, con nada menos que Yuck y Triángulo de Amor Bizarro.

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Fotos: Ikram Bouloum

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