14/07/2013

Hora y media de clase y otro pasito camino de la posteridad musical.

La verdad es que lo de Tame Impala requiere cierta explicación. Cuando salió Innerspeaker hace ya tres años, los australianos se ganaron fama de duros. Aquel fue un disco para iniciados, nostálgicos y melómanos con paciencia. La crítica cayó rendida, pero no así la masa. Y Lonerism no es necesariamente más accesible que Innerspeaker. Acaso tiene una puerta de entrada más obvia en ‘Elephant‘, a la que algunos se atreven a equiparar con ‘Seven Nation Army’ por su capacidad de contagio. Pero ¿basta esto para explicar el salto? Por motivos ajenos al concierto en si, servidor pasó por delante de La Riviera antes de las 17h. Bajo un calor violento, resguardados a la sombra, ya había fans. Como si en cuatro horas, a orillas del Manzanares, fuesen a tocar unos Green Day o similar. Tame Impala tardaron en agotar, pero agotaron. Algunos yankees daban vueltas a la cola de la taquilla buscando una entrada de última hora, mendigando una reventa.

Tame Impala salieron al escenario exactamente a las 21h30, aclamados por un público impaciente. Ávido por comprobar si aquellas líneas elogiosas que nos salieron a casi todos tras su actuación en el Primavera Sound se correspondían con la realidad. Curioso por saber si una banda con sólo dos discos en el mercado puede aguantar un concierto en solitario -que terminó siendo de más de 90 minutos- sin quebrarse y tener altibajos. A favor, el entusiasmo del público; en contra, La Riviera. Los australianos abrieron con la espacial ‘Why Won’t You Make Up Your Mind’, que sonó falta de fuerza, volumen y pegada. Afortunadamente la cosa se corrigió en seguida y cuando entraron la guitarra y la batería que abren ‘Mind Mischief’ aquello sonaba todo lo bien que permite ese recinto, que diríamos, ha mejorado en los últimos tiempos. Kevin y los suyos están inmersos en una gira veraniega de esas maratonianas. El día anterior en Francia, el siguiente en Portugal. Tocando y bebiendo. Casi sin parar. Kevin es un frontman simpático, pero contenido. A veces alza su guitarra al techo o rocía al público con agua y gestos de bailarina de ballet. Lo suyo no son las bromas, las arengas o el desmadre. Como mucho, se tira al suelo de pronto para volar y luego emerge otra vez, despeinado. Pero ya. Lo suyo es la música, y esa la tiene buena. Los australianos hacen lo que les da la gana durante todo el concierto. Tienen un control total sobre las canciones. Las alargan, las acortan, las tunean, las retuercen, las paran, continúan…

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El cuatro de hora que invierten en la pareja ‘Solitude Is a Bliss‘ y ‘Half Full Glass Of Wine’ es glorioso. El ritmo pesado y machacón de la segunda, que se alarga en una jam de rock psicodélico salvaje, ya anticipa la llegada del hit. ‘Elephant‘ va camino de himno, con su ritmo juguetón y esa progresión que se queda como un tatuaje melódico. Parabará…. parabará…pa… La gente la coreó y se dejó llevar en ese paréntesis musical que es lo más pop que ha parido la psicodelia en los últimos años. Parecía la cumbre el concierto, pero nada más lejos. Ahí, en todo alto, sonaron una detrás de otra la obsesiva ‘Be Above It’ y ese hitazo mayúsculo que es ‘Endors Toi‘, disuelto de nuevo en una cola instrumental que hacía bailar las luces locas del reproductor gigante. Con una naturalidad bestial, sin escalones de por medio, Tame Impala habían pasado de los The Beatles de Revolver a unos Animal Collective decapados, a un Caribou más orgánico. En esos momentos de improvisación controlada, en la que Kevin Parker mira al suelo, se gira hacia su baterista, toca los pedales y da vueltas sobre si mismo, se resume exactamente el secreto del directo de Tame Impala: es único. Único en el sentido de que es imposible que esos paréntesis salgan calcados de una noche a otra. Uno tiene la sensación de estar viendo teatro musical, de estar recibiendo mucho más que las canciones de un par de álbumes extraordinarios.

Tras aquello, la ovación fue inmensa. «Sois increíbles, estáis locos. Hemos estado girando por todo el mundo, hemos estado en salas de Londres y París y vosotros hacéis más ruido que ninguno. ¡Muchas gracias!», dijo Parker tras los aplausos. «¿Listos para cantar?», preguntó, y acto seguido sonó ‘Feels Like We Only Go Backwards‘, que se ha convertido en la otra bandera de Lonerism. Para entonces había pasado ya la hora de concierto y la pregunta de si Tame Impala podían, con dos discos, dar un concierto largo sin quebrarse, tenía una respuesta clara: si. Habiendo quemado las dos canciones más populares de su último disco, los australianos se guardaron para la recta final ‘Alter Ego’ y ‘Desire Be, Desire Go‘, ambas de Innerspeaker, que sonaron como un auténtico tiro gracias en parte a las baterías mágicas de Julien Barbagallo, que tiene algo más que precisión en las baquetas. Juntas, coronadas por ‘Apocalypse Dreams’, dejaron otro de los momentos más grandes del concierto. Para el bis, y quizás a modo de guiño, quedó ‘Nothing That Has Happen So Far Has Been Anything We Could Control’ [NT: Nada de lo ocurrido hasta ahora era algo que pudiésemos controlar]. Pero no nos engañan, todo lo que ocurrió anoche en La Riviera estaba bajo control. Y al mando estaba una banda que va camino de abrirse un hueco en la competida posteridad musical.

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