29/05/2013

Crónicas de Blur, James Blake, The Knife, Solange, Daughter, Local Natives, Goat,...

(Aquí la crónica de la jornada del jueves). El viernes, en los festivales de tres días, es un día raro. Es el día raro. Sin la euforia de la jornada inicial, ni las ganas de darlo todo de la noche de clausura (el sábado), queda justamente en medio. Y puede que por ello, el Primavera Sound 2013 programó en este día nada menos que el gran cabeza de cartel de este año (Blur), así como pesos pesados (The Jesus & Mary Chain, James Blake) o conciertos tremendamente esperados por motivos diversos (Daughter, The Knife, Kurt Vile,…). Eso y, por supuesto, un cierre de altura con esa solapación a las cuatro y media de la mañana de Daphni –el nuevo proyecto de Dan Snaith de Caribou– y Disclosure –el dúo de hermanos que se postulan como líderes de la nueva electrónica de masas británica. Así que aquí van unas líneas de cada uno de ellos (y unos cuantos más).

 

Kurt Vile & The Violators

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El año pasado salimos algo escarmentados del concierto de The War On Drugs, en cierto modo un proyecto paralelo comandado por Adam Granduciel. El motivo fue que los de Philadelphia trataron de llevar al escenario el sabor de su atmosférico y maravilloso último trabajo con la mitad de ingredientes que aparecían en él. El resultado fue algo descafeinado. Y la verdad, servidor temía que Kurt Vile cayese en el mismo error, pero no. Aprendida la lección, con pelazo, Levi’s blancos y chaquetilla de chándal, el autor de Wakin On A Pretty Daze salió al escenario Heineken para comérselo. Acompañado por un bajista, que durante gran parte de la primera mitad del bolo, y merced a las malas artes de los ingenieros, atronó batante; un guitarrista que se animó con el saxo en un par de temas; y un batería bestial (literalmente) que multiplicó a hostias la intensidad de todo lo que pasó por el set list. ‘Was All Talk’  pasó de ser un paseo a un trote duro, los desgarros guitarreros de la maravillosa ‘Girl Called Alex’ fueron una delicia pura. El sonido en línea con la torre de la izquierda era manifiestamente mejorable y aun así uno entraba de lleno en esos juegos de dos guitarras que Kurt Vile domina como pocos. Y el tipo solea de lujo. Quien esperase la pereza polvorienta, las capas y los detalles de la versión grabada se tuvo que ir decepcionado. Vile cambió detallismo por garra, especialmente en el último cuarto, tras quedarse solo en ‘Peeping Tomboy’. Gritó más de lo que nos podíamos imaginar, distorsonió sin piedad y se metió en largos túneles instrumentales que por sí solos hicieron que el bolo valiese la pena. Tribunero, pero triunfador. (Daniel)

 

Nick Waterhouse

El horario fue la única pega que se le puede poner al concierto de Nick Waterhouse. Alrededor de las seis y media de la tarde, los ánimos estaban todavía a la espera de florecer y la plácida fatiga del día anterior todavía se acusaba entre algunos de los espectadores. A partir de ahí, todo resultó perfecto, incluso hubo quien no pudo aguantar el ritmo del californiano y su banda con saxos y coros incluidos. R&B, soul… lo de menos son las incómodas etiquetas. Sonido añejo, de los años cincuenta y sesenta, y clase a raudales en la ejecución y en esa maravillosa voz vintage no apta para el moderneo impenitente. La actuación sirvió para corroborar la valía de ese disco enorme llamado Time’s All Gone. El ambiente se caldeó con las  sensuales voces de ‘I Can Only Give You Everything’, despertaron las almas más aletargadas con ‘Say I Wanna Know’ y crujió el escenario con la exhibición vocal de ‘Some Place’. El cantante quiso también reivindicar la época a la que pertenece versionando el ‘It’s Your Voodoo Working’ de Charles Sheffield. Si Eli ‘Paperboy’ Reed o Kitty Daisy & Lewis desempolvaron un sonido desdeñado, Nick Waterhouse le ha dado la última pincelada de brillantina. (Carlos)

 

PEACE

Por aquí nos enamoramos de Peace hace más de un año, a propósito de ese portentoso single llamado ‘Bloodshake‘. El romance con ellos comenzó tórrido y apasionado como el temazo en cuestión, aunque todo se fue al garete cuando a finales de marzo publicaron su primer LP, ciertamente insípido y mayormente decepcionante. Tanto como para mandarles a dormir al sofá y terminar echándoles de casa. Su actuación fue algo así como una segunda oportunidad, un intento de recuperar la chispa, que, a decir verdad, tenía poca razón de ser. Ni reconciliación, ni nada que se le parezca. Buena actitud, reseñable valentía (se deshicieron relativamente pronto de ‘Wraith‘ y ‘Bloodshake‘, en un gesto entre inconsciente y valeroso) y formas aparentes, pero nada en las suficientes dosis como para recordar su actuación dentro de unos días. Les creíamos poseedores de algo especial y resultaron ser unos de tantos. (Víctor)

 

Django Django

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Se les planteaba difícil la coyuntura a Django Django. A la misma hora y en el mismo escenario el día anterior, Tame Impala había hecho una exhibición cuyos estertores aún resonaban. Así que la sensación generalizada era si los niños británicos podrían repetir la hazaña realizada el día anterior por sus coetáneos australianos. Tan injusto sería decir que consiguieron borrar la larga estela como que su concierto no fue más que correcto. Es evidente que su divertido y sobresaliente primer trabajo podía alcanzar altas cotas sobre las tablas, pero también serviría revisar su partida de nacimiento para comprender que no todo puede ser soberbio. Los británicos, ataviados con idéntica indumentaria blanca, prefirieron no salirse del guión y, como era previsible, empezaron con la introducción y el ‘Hail Bop’ de su primer disco. Algo rígidos en el escenario, con tan solo el teclista Tommy Grace saltándose con discreción las formalidades, los británicos se esforzaron en mantener en directo esas armonías vocales tan Beach Boys con las que se han hecho un merecido nombre. Algunas canciones como ‘Firewater’ o ‘Love’ Dart’ sonaron algo anodinas pero el empujón inicial o la traca final con ‘Default’ o ‘WOR’ justificaron sobradamente su posición como uno de los grupos importantes del cartel. (Carlos)

 

MATTHEW E. WHITE

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Si a uno le da por leerse los créditos que aparecen en la contraportada de Big Inner, observará (probablemente atónito) que en el maravilloso debut de Matthew E. White participaron la friolera de treinta y tres (sí, ¡33!) músicos. Conocedores de este dato, y tras anunciarse que la actuación de la “reducida” (sólo seis miembros) banda del barbudo-melenudo de Richmond, Virginia, se quedaba fuera de l’Auditori, nos entraron las dudas respecto a su directo. Imposible reproducir canciones tan complejas y con tantísimos matices como las suyas, sobre todo si las secciones de viento y cuerda y las coristas se quedan en territorio yanqui. Más conscientes de ello que nadie, White y los suyos optaron por darle la vuelta al calcetín y, tras calentar con una ‘Will You Love Me’ algo desaborida, atacaron el frío y el viento convirtiendo la hermosa ‘One Of These Days’ en una pieza menos sutil pero más animada de lo habitual. Y ahí, en el músculo y en la falta de miedo a la reinterpretación, estuvo la clave. ‘Big Love’, la siguiente, sonó tan o más hit que en el disco a base de brío y de potenciar las partes instrumentales con codas que derivaban en pequeñas jams, mientras que la marcha extra que le dieron a ‘Steady Pace’ desentumeció muchas extremidades que empezaban a perder color. Y tras la cucharada de rock bluesero que añadieron con una muy acertada y macarra versión de Neil Young (‘Are You Ready For The Country?’, del imprescindible Harvest) llegó la monumental ‘Brazos’, tristemente lastrada por una mala ecualización del bajo, inesperado protagonista. Aún así, el mantra de “Jesus Christ, he is our Lord, Jesus Christ, he is our friend” y estallido final surtieron efecto, culminando un notabilísimo concierto que, en otras condiciones, podría haber sido apoteósico. La próxima así, por favor. (Arnau)

 

SOLANGE

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Cómo son las estrellas. Porque Solange, más allá de ser la hermana de quien es, es ya una estrella, no cabe duda. Es algo intangible que casi puede palparse, algo que se percibe en detalles aparentemente insignificantes. Un ejemplo: el concierto de la Knowles fue uno de los pocos (¿el único?) que arrancó con retraso durante todo el festival. Diez minutitos de rigor para sus cosas de estrella. Ella no irrumpió en el escenario hasta que no se aseguró de que su genial y elegante banda (formada por siete miembros, dos coristas y el multiusos Dev Hynes incluidos) ya había comenzado a tocar el tema que inauguraba el repertorio, ‘Some Things Never Seem to Fucking Work‘. Chupa verde pistacho en ristre, saludó sonriente, se colocó delante del micrófono y, a partir de ese momento, se dedicó a demostrar que no había venido a Barcelona a lucir palmito y que su público europeo también le interesa. Y todo sin dejar de ser la más cool del lugar. Una sensual abertura de piernas por aquí, unos pasos de baile perfectamente coordinados con Hynes por allá. El delirio en las primeras filas cada vez que la chica del afro impecable descolgaba el micro de su pie para pegarse un garbeo de una esquina a otra del Pitchfork. Como ven, al envoltorio de la actuación no le faltó ni un detalle. ¿Y qué hay de la música? Solange cantó como los ángeles, poniendo en serios aprietos a todos los fans que intentaban seguir sus melodías vocales. Misión imposible: la tía va sobradísima, tanto en los pasajes más susurrados (‘Bad Girls‘) como en los momentos más rockeros (el enérgico estribillo de ‘Locked in Closets‘ fue una maravilla) o más soul (‘Lovers in the Parking Lot‘). Para echar el cierre por todo lo alto, una ‘Losing You‘ que desató la locura y una versión del ‘Stillness is the Move‘ de Dirty Projectors que le fue como anillo al dedo. O vuelve pronto o iremos nosotros a buscarla. (Víctor)

 

The Jesus & Mary Chain

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Cuando los escoceses cogían sus guitarras por primera vez, muchos de los aquí presentes ni siquiera habíamos nacido. Pero es lo que tiene el siglo XXI: a golpe de click puedes viajar virtualmente y vivir escenas que antes se cocían en la imaginación, sacadas de una lectura aquí y una cinta allá. Un instrumento peligrosamente capaz, incluso, de infundar una irreal nostalgia de que aquél tiempo que ni siquiera vivimos fue mejor. Cualquier fan de The Jesus & Mary Chain habrá visto alguna vez en su vida este mágico vídeo, de 1985, donde se alternan imágenes de un concierto que acaba en pelea con declaraciones de «somos el jodido mejor grupo del mundo y todos los demás son basura» de Jim Reid. Sirva esto para explicar la gran cantidad de gente que acudió en masa al escenario Heineken, buscando cubrir ese hueco que no se cerró en el pasado o con ganas de poner carne y hueso a los vídeos. Y si bien es cierto que la cita con la nostalgia la supieron resolver rápido a base de clásicos (sonaron ‘Teenage Lust‘, ‘Reverence‘, ‘Happy When It Rains‘ o ‘Sidewalking‘), el concierto dejó una sensación agridulce, de puedo y no quiero. The Jesus & Mary Chain sonaron correctos, pulcros, solventes… y absolutamente desganados. Era hasta gracioso observar a William Reid recorrer su guitarra en sólos ágiles como el que mira la lluvia caer. O ver por las pantallas la cara de pasota de Jim Reid mientras cantaba aquello de «I wanna die just like Jesus Christ, I wanna die on a bed of spikes«. Ni siquiera la aparición de Bilinda Butcher de My Bloody Valentine para cantar con ellos ‘Just Like Honey‘ sirvió para firmar un notable. Salvaron las tablas de aquella manera tocando de memoria como máquinas, sin dar pie a que se les reprochase mucho pero sin ofrecer ningún momento brillante. Como aquel que va a su trabajo en la oficina y cumple pensando en fin de mes. Quizá la culpa sea nuestra, por rebuscar demasiado en la red. (Sonida Collective)

 

LOCAL NATIVES

Una frase que resume todo lo que van a leer a continuación sobre la actuación de Local Natives: si pueden, no falten a su concierto madrileño del mes de noviembre. Y si creen que no pueden, asegúrense de que de verdad no pueden. Vayan, por lo que más quieran. Por su bien. Lo dice uno que el viernes pasó el rato más brillante de todo el festival a la vera de los californianos, un súper grupo al que el Escenario Pitchfork se le quedó pequeñísimo. Y no es un tópico, es la pura verdad: sus canciones salieron despedidas en todas direcciones, rebosando un espacio que a otros casi les venía grande. Las de su debut, el animoso y fresco Gorilla Manor, corrían hacia adelante, decididas y enérgicas. Las incluidas en su reciente Hummingbird, mucho más detallista y meditabundo, crecían y crecían en círculos concéntricos hasta hacerse enormes. No son canciones sencillas, pero ellos, precisos como un reloj suizo, las clavan. Una tras otra, qué buenos. Tocan de maravilla y cantan aún mejor. Y es que pueden presumir de contar con dos vocalistas excepcionales, una bendición y casi un milagro: infinidad de bandas no tienen siquiera uno decente con el que presentar batalla. Ellos se pusieron dos veces a la cola de asignación de cantantes y en ambas les tocó el gordo, pero no se conforman con eso, que ya es mucho. Meten las voces que haga falta sin despeinarse, hasta tres y cuatro. La naturalidad con la que lo hacen consigue que el asunto parezca una cosa de niños, pero no debe de serlo. Si lo fuera, muchos más seguirían ese camino que conduce irremediablemente a la distinción. Momentos impecables y asombrosos hubo para coleccionar (los arrebatos casi a cappella de Kelcey Ayer en ‘You & I‘, la resplandeciente versión del ‘Warning Sign‘ de Talking Heads, el in crescendo a golpe de platillo de ‘Airplanes‘, los abrumadores siete minutazos de ‘Sun Hands‘ que cerraron el setlist…), pero nosotros, absurdamente quisquillosos como somos, les ponemos una única pega que les priva del 10, las cinco estrellas, las dos orejas y el rabo: a ratos, resultan demasiado académicos y correctos. Deberían desmelenarse y desbocarse más a menudo. Porque, cuando de vez en cuando se atreven a dar ese paso, se salen del mapa. (Víctor)

 

Daughter

Daughter

Perdonen el rollo abuelo cebolleta, pero estas cosas son las que le dan magia al viejo Primavera Sound. Ese concierto mediano tirando a pequeño, ese artista por confirmar que casi nadie ha visto jamás ante un micrófono, esa promesa incierta por la que hay que sacrificar a un totem (en este caso James Blake), y ese triunfo sin paliativos. Elena Tonra revisaba los últimos detalles en el escenario antes de que empezase el bolo. Ajustaba la altura del micro, la posición del setlist, el lugar donde reposaban las guitarras. Y de vez en cuando levantaba la vista, nerviosa. Lo que veía era una luna llena, su reflejo limpio en el mar… y centenares de personas apelotonándose para verles en un recinto que se quedaba pequeño a cada minuto. Cuando por fin salieron, se hizo la magia. Ella tiene eso que hay que tener, ese lo-que-sea magnético que transmite verdad sin aditivos. Agradecida, sorprendida, abrumada incluso por un público numerosísimo y, por lo menos en nuestro entorno, extremadamente respetuoso. Sonaba ‘Shallows‘ y solo hacía ruido el aire frío del viernes. «Es increíble que estéis aquí, con la cantidad de grandes bandas que están tocando en este momento. Es increíble que nos hayáis elegido, muchas gracias», dijo Igor Haefeli, guitarrista, realmente atónito. Elena casi no podía hablar en esos momento en los que el aplauso grande que seguía a cada tema se extinguía. Una risa nerviosa de incredulidad y alegría le venía todo el rato a los labios. Después hacía una pausa, te cantaba ‘Human‘ y no había bello corporal que no se erizase. ‘Smother‘, ‘Youth‘, ‘Home‘, tocadas con mimo, intensas, atmosféricas, recordando a The xx y The Antlers, arrebatadoramente bonitas, sencillas. Y asesinas: «hate is spitting out each others mouths, but we’re still sleeping like we are lovers. Still with feet touching, still with eyes meeting», canta en ‘Still‘, colegas. Concierto mágico, hype inexistente y probablamente la confirmación de una de las bandas del año. (Daniel)

 

James Blake

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Han corrido ríos de tinta sobre el directo de James Blake desde su debut y, sin embargo, nunca ha conseguido el reconocimiento total que sí levantan más frecuentemente sus trabajos en estudio. Siempre con la mosca detrás de la oreja por si su live es demasiado aburrido o si no encuentra lugar en un festivales y de madrugada. La cantinela del auditorio, de que el inglés sería infinitamente más disfrutable desde una butaca y bajo techo. Aquí mismo se escribía en la crónica de la edición de hace dos años del Primavera Sound. Un tipo ya con la etiqueta de irregular sobre el escenario, capaz de lo mejor y de lo peor. Actuar, pues, a las 00:15h de un viernes y ante un Primavera repleto era la oportunidad para Blake de dar un puñetazo en la mesa. Y vaya que si lo hizo. Desde el segundo cero, con una apertura instrumental de dos minutos que dio paso a ‘I Never Learnt To Share‘, con el cantante sampleándose a sí mismo a capela hasta que la canción explotó en un torbellino de sintetizadores y beats expansivos. Esas eran sus pautas y con ellas jugó toda la noche. Cogió sus canciones, las deshizo y las reconvirtió en lo que le dio la gana, llevándonos sin respirar a una montaña rusa de baile y sosiego. Hipnótico y dub en las nuevas ‘Voyeur‘ y ‘I Am Sold‘, acercándose a la vena más clubber en ‘CMYK‘ con el «look, I found her / red coat» en repeat, imponente en las voces cuando se quedaba sólo al piano (no faltó, con jam final incluida, ‘Limit To Your Love‘) y cerrando con el single ‘Retrograde‘ para terminar de convencer al personal. Ahora ya lo podemos decir: esto es 2013 y su directo empieza a ser caballo ganador. (Sonida Collective)

 

HOW TO DRESS WELL

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Imaginemos a Tom Krell aka How To Dress Well en el momento en el que conoció que su actuación en el Primavera Sound coincidiría con la de Blur, el indiscutible mayor reclamo del festival. Tras ponerse en lo peor, dos opciones le quedaban al hombre del falsetto perenne: encabronarse de mala manera y dedicarse a cumplir la papeleta enfurruñado y con el piloto automático puesto, o tratar de responder ante los que habían confiado en él en detrimento de los de Albarn. Fueron sólo unos cientos, pero tuvieron premio porque Krell marcó la B y se encargó de que el desgarro y la amargura siguieran sobrevolando el Escenario Vice tras la exhibición de Daughter. La suya es una propuesta incluso más minimalista que la de los londinenses en la que todo gira en torno a su personal voz. Esa voz aflautada que podría usar para romper corazoncitos mainstream y que en cambio utiliza para moverse en círculos bastante más minoritarios. El espigado Krell la conoce al dedillo, la explota al máximo. La lleva al límite, la emplea con virtuosismo y la convierte en la protagonista absoluta de sus discos y sus conciertos. En el del viernes la hizo rodearse únicamente de unas programaciones lánguidas y etéreas y de algunos detalles aportados por un violinista, aunque en muchos momentos se hizo el silencio para que volara a cappella a través de su par de micrófonos. A ellos se aferró para ir presentando una a una sus canciones, remarcando el título de todas y cada una para suerte de los más despistados: desde la inicial ‘Cold Nite‘ hasta el tema inédito que cerró el setlist, desde la preciosa ‘& It Was U‘ hasta su ya conocida versión del ‘Again‘ de Janet Jackson. Una bella burbuja de paz y recogimiento a unos cuantos metros del eufórico baño de masas de Blur. (Víctor)

 

Blur

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Que los cabezas de cartel de un festival cumplan las expectativas es una de las sensaciones más reconfortantes. El problema del Primavera Sound es que muchas bandas las superan. En el caso de Blur se barajaban dos opciones. La primera, que resultaran tan apáticos e insufribles como sus antiguos rivales Oasis, y causaran una decepción similar a la de aquellos que han padecido el craso error de acudir a ver a los Gallagher renunciando a otras actuaciones. La segunda era que los de Damon Albarn realizaran una exhibición similar a la de Pulp hace un par de ediciones. Quince años dan para mucho y el deseo de revivir una época dorada puede resultar insoportable. Blur dio un recital majestuoso, marcado por una más que loable profesionalidad y el anhelo de contentar a la gente que se agolpaba en los alrededores del escenario. No resultó Albarn tan desbocado como Jarvis Cocker, pero sin duda se puede decir que todo lo que sonó fue maravilloso. Disparar con un “buenas noches” y los sintetizadores de ‘Boys & Girls’ con Alex James acabando un cigarrillo puede desencadenar una decepción tardía. Pero no fue así. El repertorio era más que suficiente para volcar los recuerdos en un torbellino de vigencia sin espacio para la nostalgia. Daba igual que los británicos tocaran baladas como ‘Under The Westway’ o que los coros de ‘Parklife’ resonaran al otro lado de la ciudad. Más allá de las evocaciones de ‘Tender’, todo tenía el sabor de una gran pradera inglesa o de un grupo de amigos tocando en un pub de las islas. El final del concierto con ‘The Universal’ fue un momento para contar a los nietos y ni siquiera los que creemos desgastada ‘Song 2’ pudimos resistirnos a gritar con vehemencia (aunque ellos la tocaron con una desgana considerable). La vuelta de Blur ha sido gloria celestial y para muchos supone el retorno de la mejor banda que dio el brit pop hace ya dos décadas. (Carlos)

 

Goat

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Apostamos por ellos y probablemente perdimos. Este es el problema de las expectativas altísimas. Si en Kurt Vile íbamos con tiento y todo resultó mejor de lo esperado; en Goat íbamos entregados, sacrificando Blur, Swans, y lo que hiciese falta, y nos fuimos con un sabor agridulce. Goat salieron ataviados, como suelen, con túnicas, máscaras y embozos varios. Dos guitarras, bajo, batería y un tipo sentado en una silla con un djembé, llámalo percusionista. Eso y dos muchachas delgaditas y chillonas que recorrían el escenario enloquecidas repartiendo una suerte de fuerza mágica imaginaria. Empezaron ‘Diarabi‘, algo fríos, y en seguida resultó obvio que el desparrame era cosa de ellas. Ellas bailan, ellas se retuercen, ellas corren, ellas se doblan, se miran, provocan, cantan, hechizan y percuten. Ellos, la banda, descontando quizás el batería, son unos pasmarotes que no entran jamás en ese juego chamánico. El contraste hace que por momentos Goat parezcan dos encocadas desparramando mientras sus padres y hermanos, disfrazados, esperan a que se les baje el pedo. Por otra parte, las panderetas, maracas y demás elementos bastante vitales para algunos temas, no se escuchan en absoluto porque los menean ellas y como andan por el escenario de farra, lejos de cualquier micro, si entra por alguno es sólo de casualidad. Atrezzo puro, vaya. A la tercera o así se rompió el pedal de bombo y el cuadro fue patético: el baterista de pie, brazos en jarra en plan «tráigaseme otro«, el resto de la banda callada, sin tocar una nota, mirando a los responsables, y las muchachas bailando para salir del paso, poniéndose al borde del escenario, culo en pompa, tratando de mantener la atención del público. El hechizo roto y el concierto camino de un naufragio casi seguro. Pero no. Llegó el pedal por fin, arrancaron con el hit, ‘Let it Bleed’ y en cuestión de minutos aquello se convirtió en el desparrame esperado. La banda siguió pasmada, no hubo saxo y Jimmy Hendrix, que descontamos por idolatrado en las filas suecas, no hubiese salivado con esos punteos a wua wua, pero ni con esas amainó la fuerza de ‘Goathead‘, ‘Goatman‘ y ‘Run To Your Mama’ («boy you’d better run to your mama now!»), bestiales las tres, en una recta final que salvó los muebles y dejó momentos grandes. Si la locura fuese más colectiva que privada y el nivel de intensidad se mantuviese, efectivamente, este podría ser un directo demoledor de principio a fin. El viernes se quedó en notable. (Daniel)

 

Titus Andrónicus (pogo version)

En cualquier concierto, por teorizar, hay dos puntos de vista: uno subjetivo, personal; y otro objetivo, geolocalizable. Según el primero, servidor no le tenía especiales ganas al bolo de los de New Jersey porque su último trabajo había sido un bajón importante tras aquella joya que fue The Monitor. El álbum tiene no obstante bastante temas coreables y un directo a esas horas, con esos mimbres y bajo la batuta de un desequilibrado como Patrick Stickles, prometía muchas cosas y todas buenas. Vimos el primer tema hacia la mitad del escenario, con un sonido regulero. Pero en seguida sentimos la energía de las primeras filas llamándonos y a la mierda: gafas a la bolsita piscinera, apretado de emergencia en las zapatillas y al pogo más sano del mundo. Y desde ese lugar objetivo, geolocalizable, la vida es otra cosa. Desde allí, entre sudor y saltos, un concierto de Titus Andrónicus es una experiencia colectiva, lololizante, y sólo un poco violenta. Patrick, en los huesos, fue un torbellino de fuerza y afonía. Fuera de las letras, no dijo ni una palabra en inglés. La cosa fue desde «quiero más guitarro en mi monitoro»«¿Conoces a Daniel Johnston? Daniel Johnston no loco, yo muy loco, yo maniacodepresivo», justo antes de escupirnos ‘Titus Andronicus vs The Absurd Universe (3rd Round KO)’, con su ‘I’m going insane!!! / I’m going insane!!!». Desde las tablas del escenario Pitchfork tuvo tiempo de limpiarse el sudor con la biblia del indie llamándoles «estúpidos» por no valorar su último trabajo. «Titus LP3 mejor LP Titus Andronicus», acertó a construir. A diferencia de otros, lo que son las tablas, Patrick dio a los backliners 30 segundos de silencio para reparar un problema técnico. Al no verlo solventado, y con el técnico aun en el escenario, dijo que basta. «One, two, three, four» y pa’lante. ‘Titus Andronicus Forever» y su «the enemy is everywhere» sigue siendo insuperable en directo. Brutal, divertidísimo, único. Gracias loco. (Daniel)

 

THE KNIFE

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El jueves, a bordo de un tren Madrid-Barcelona repleto de hipsters y hombres de negocios, servidor pudo leer una entrevista en la que The Knife advertían al periodista acerca de lo que sería su paso por el Primavera Sound: »Haremos algo diferente. Ya lo verás». Una afirmación harto arriesgada en estos tiempos en los que todo parece estar inventado. Eso había que comprobarlo in situ. Cierto es que un disco tan poco usual como el que venían a presentar no parece apto para un concierto usual, pero ¿qué se traería entre manos el dúo sueco? La respuesta la dieron las pantallas de un concurridísimo Escenario Primavera instantes antes de que The Knife hicieran acto de presencia: el Shaking the Habitual Show. Aquellas cuatro palabras que terminarían cobrando todo el sentido del mundo permanecieron ante nosotros unos cuantos segundos, el tiempo suficiente como para que el escenario se llenara de una espesa niebla artificial que daba el pego completamente. Hasta la temperatura ambiente pareció bajar súbitamente, palabrita. De entre esa multitud de capas neblinosas comenzaron a surgir entonces unas ocho figuras humanas vestidas con túnicas religiosas y todo lo que vino a continuación, una mezcla entre un musical de Broadway y una rave en el infierno, es difícil de narrar e impactante de presenciar. Porque, efectivamente, aquello fue un show en toda la extensión de la palabra. Algo especial y sorprendente que, valga el tópico con más razón que nunca, no dejó indiferente a nadie. Hagan la prueba, rastreen la red en busca de las reacciones provocadas por una actuación que los asistentes al festival recordarán en futuras ediciones: hallarán tomatazos y abucheos o flores y vítores, pero ni una opinión tibia, ni un ni fu ni fa. Si les interesa la mía, diré que el asunto fue un magnético y muy entretenido, un flipe de los de »yo estuve allí». El radical debate está más que justificado: el grupo de encapuchados entre los que estaban camuflados los hermanos Dreijer interpretó los dos primeros cortes del setlist (una solemne ‘A Cherry On Top‘ y una sinuosa ‘Raging Lung‘) con toda la normalidad que puede esperarse de un concierto de The Knife para posteriormente dar comienzo a un carrusel de estudiadísimas coreografías realizadas sobre música enlatada. Pero no hablemos de playback, por el amor de dios. Allí nadie movía los labios intentando engañar, nadie fingía. Lo que sí hacían era retorcerse, agitarse y seguir un meritorio guión perfectamente trazado y coordinado ante una multitud de ojos como platos que no se atrevían ni a pestañear. Todos ellos vieron cómo la acción giraba, lógicamente, alrededor de Shaking the Habitual (cayeron nueve de sus trece temas), cómo las danzas y los juegos se detenían por un instante para que Karin Dreijer Andersson se sentara al teclado y cantara (ahora sí) ‘Ready to Lose‘ poco después del ecuador del espectáculo y cómo la explanada del Escenario Primavera se incendiaba con una recta final en la que se encadenaron ‘Full of Fire‘, ‘Stay Out Here‘ y ‘Silent Shout‘. Todo el mundo terminó bailando como si su vida dependiera del número de calorías quemadas: los protagonistas, los que estaban maravillados y hasta los que se sentían estafados. En eso no hubo división de opiniones. (Víctor)

 

Daphni

A veces dejamos de lado las sesiones que cierran las jornadas del festival. Pero este año había que reivindicar el magistral cierre de Daphni el viernes. Con unos cuantos largos con su otro nombre, Caribou, incluido el excepcional Swim y tan solo un LP con su último alías y un puñado de EP en los que también ha colaborado Four Tet, había lógicas garantías de que podría producirse algo grande, aunque su más reciente Jialong asustase a aquellos con menos inclinaciones electrónicas. Dan Snaith dejó contentos y satisfechos a todos. Baterías analógicas, ecos setenteros, retazos funk y momentos oníricos combinaron a las mil maravillas con el bombo contundente arropado por melodías que se alejaban del oscurantismo e invitaban a alargar el jolgorio de forma indeterminada.  La esencia de ‘Yes, I Know’ se extendió durante hora y media. Una festiva maravilla y, sin lugar a dudas, el mejor cierre de los tres días de festival. (Carlos)

 

DISCLOSURE

Ay, qué felices nos las prometíamos con Disclosure. Cuántas expectativas, cuántas ganas de terminar la segunda jornada con el depósito completamente vacío y, si hacía falta, con los pies por delante. Que conste que el que quiso lograrlo, lo logró, pero alguien tiene que mantener a flote el espíritu crítico y convertirse en el aguafiestas de turno. Aunque sean más de las 04:30 AM, con todo lo que eso conlleva. Y en ese intento de salvaguardar la equidad y algo de compostura fue donde chirrió el cara a cara con Disclosure. A pesar de que el pistoletazo de salida, con los hermanos Lawrence cantando ‘F For You‘ al alimón, fue esperanzador. Sí, a pesar de ese espejismo y de que ‘White Noise‘, ‘You & I‘ y el resto de sus hits convirtieron el Escenario Pitchfork en un sudoroso club londinense por unos instantes. ¿Cuál fue el problema, entonces? Que aquello fue gélido y plano, que tuvo mucho de dale al play y echa a correr y muy poco de actuación en directo por mucho que el dúo se empeñara en desenfundar un bajo (con su mástil y sus cuerdas) en algunos de los temas. A tiempo están de maquinar un espectáculo a la altura de la materia prima que tienen entre manos. (Víctor)

 

King Tuff

Acostumbrados a que las jornadas festivaleras cierren filas a golpe de beats, mesas de mezclas y mucha zapatilla, que hubiera opciones guitarreras a las tantas de la madrugada en el Parc del Fòrum fue toda una novedad. Entusiasmados con la idea de no tener que sucumbir a la electrónica por decreto, no dejamos que al acabar el masificadísimo concierto de Blur las piernas, la espalda y la cabeza se salieran con la suya y nos mandaran para casa, así que nos dimos un buen chute de adrenalina con Titus Andronicus y nos plantamos ante King Tuff dispuestos a gozar de más y más riffs after hours. Y lo primero que pudimos escuchar, ‘Anthem’, fue eso, pop-rock garajero a cargo de tres tipos de lo más cachondo (impagables las pintas del propio Tuff, Kyle Thomas, y especialmente del bajista, todo muy Trailer Park Boys) que, sin embargo, en muchos momentos sonaron tan limpios y agradables como poco fieros (‘Alone & Stoned’ o ‘Unusual World’, sin ir más lejos). Cierto es que así son en muchos temas de su último y homónimo disco, pero esperábamos un directo con más distorsión y gamberrismo estilo JEFF The Brotherhood, cualidades que aparecieron en cuentagotas. Ahora bien, cuando lo hicieron lo partieron de verdad, como se comprobó en ‘Stranger’ o en ese temarral que es ‘Bad Thing’, especialmente celebrado. Las piezas que rescataron del recientemente reeditado Was Dead (el debut como King Tuff) también funcionaron y redondearon un set que, a decir verdad, nos hubiera encantado continuar al día siguiente en el Parc de la Ciutadella. No fue posible por nuestra parte pero sí por la de King Tuff (que aún no sabemos cómo pero tocaron allí al cabo de menos de diez horas. Chapeau.), de modo que ojalá ésta fuera sólo la primera de muchas más madrugadas rockeras en el Primavera Sound.

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