09/05/2013

El segundo disco de los mallorquines abandona el folk a lo Fleet Foxes para conquistar atmósferas y texturas. Y es maravilloso.

La primera vez que escuché Mokragora pensaba exactamente lo mismo que pienso ahora: que es un discazo. Con las escuchas, digo más: es uno de los discos que más me ha hecho disfrutar como oyente en lo que va de año. Uno de esos en los que atiendes y de vez en cuando se te escapa un «uf, ¡qué bueno!». Ocurre en esto de la crítica musical que uno espera ver validada su opinión por la de quienes tiene cerca. Compañeros de redacción, colegas blogueros, amigos con gusto musical. Y lo cierto es que esta vez tal cosa no ha ocurrido. No del todo, al menos. La crítica ha sido buena con este álbum, tratándolo siempre de  notable. La mayoría destaca el paso adelante respecto al debut homónimo, que les valió para salir de la oscuridad de la escena mallorquina. Nosotros hablamos de ellos por primera vez entonces, en aquel lejano 2011 en el que Xavier Marín, Paco Colombás y compañía nos deslumbraron en el TalentoSOS con un directo que estaba varios peldaños por encima del de sus competidores en aquel concurso. Apuntamos nombre, apellidos y referencia. A pesar de todo, no mencionamos su disco como uno de los más esperados del año y cuando salió, tardamos un par de semanas en escucharlo. Ahora bien, cuando lo hicimos… Mokragora tiene poco que envidiarle a algunos de los mejores LPs internacionales del año pasado. Manejan los silencios como The xx, las guitarras y las baterías como Grizzly Bear, y es uno de los discos mejor cantados que nos hemos echado a la cara en los últimos años. Mokragora es más que notable. Es sobresaliente. (Lo presentan hoy jueves en la sala Apolo de Barcelona, por cierto).

El paso adelante es muy evidente.“En el anterior disco la formación de la banda era diferente. Este es otro proyecto diferente, otra historia”, nos dice Euse, bajista, via mail. Y tiene razón. Su debut está a años luz. Las dos señas de identidad de aquél, las guitarras acústicas y la proliferación de voces y coros, han pasado casi por completo a mejor vida. No encontrarán en aquí rasgueos acústicos como los de ‘Rebellion’; se acabó radicalmente cantar a dos voces, al mismo volumen. Todo ahora es más profundo, infinitamente más ambicioso, deslumbrantemente más grande. Mokragora no renuncia al folk, pero necesita apellidos. Es un disco nocturno y húmedo. Contenido, ambiental y rico en texturas. Lleno de canciones con estructuras poco convencionales, bañado de un barniz conceptual y unas letras extrañas. Un disco que tarda menos de 15 segundos en meterte en un mundo aparte, que tiene mucho que ver con lo que servidor le pide a los grandes discos: que sean habitables, que uno se pierda dentro. Piensen sin ir más lejos en el Kill For Love de los Chromatics, que acabó siendo nuestro disco del año pasado. Recuerden esos primeros 15 segundos, ese rumor de vinilo y esa guitarra vaquera que en su día parió el gran Neil Young. Mokragora alza el vuelo con un teclado etéreo y un pulso electrónico adornado por una clave aguda que rebota como golpeada en una iglesia, dibujando el espacio. La voz de Xavier llega enseguida, haciendo que el recuerdo vocal que teníamos de la banda se convierta casi en una broma. Afina, desde luego, pero eso nunca fue suficiente. Eso ya lo hacía. El cambio cualitativo es su forma de cantar: apagada, camuflada en la canción, sutil. Cada palabra se adapta perfectamente al tono marchito y bello de ‘Ficus’, el primer tema de esta “otra historia”. La canción no rompe, se repliega y se reabre. En ‘Ficus II’, el bajo suelta las cuerdas, la maraca hace que todo se suavice. La aparente modernidad del bombo electrónico y los teclados etéreos deja paso a una batería natural y unas guitarras eléctricas casi desnudas de efectos que hidratan el tema. El cambio es natural, casi imperceptible. Los nuevos elementos, los recursos electrónicos, están integrados en este bosque casi jazzístico con una facilidad admirable.

Dos de las grandes cualidades de este álbum son el manejo de los silencios y la, a falta de una expresión mejor, ilusión de ritmo. Ambas se conjugan a la perfección en el inicio del ‘Alçaria’. Durante sus primeros segundos consta, sencillamente, de una nota por compás. La misma, al inicio. Un golpe, como un latido. La voz entra desnuda. «I am the river that flows…». No hay un solo elemento de percusión, pero la unión de teclado y voz da una clarísima sensación de ritmo. Las palabras son pocas, pero la métrica es matemática. La fuerza cae en primero en “river-that-flows”, tres palabras para tres golpes; después en “fire-that-burns” –idéntico, pum-pum-pum-, y después, para romper la linealidad, las tónicas juegan en “I am a fire to-you / You are a river to-me”. La introducción, en la que hay tanto silencio como sonido, demuestra un gusto exquisito, un manejo del silencio excepcional y mucho trabajo de ese que no se ve pero se nota. Cuando por fin entra esa batería tribal y esas guitarras casi susurradas, uno ya llevaba un rato largo marcando el paso con el pie. La voz, como un instrumento más, colabora. Emergiendo con pequeños aullidos hasta recuperar el eje entre el sotobosque de instrumentos. En estos temas la voz no «aparece y desaparece». Las transiciones entre las partes cantadas y las instrumentales forman parte de un todo tan uniforme, tan continuamente expresivo, que no cabe casi la distinción.

Intencionado. “Era importante que cada elemento tuviera su lugar y espacio. La voz era esencial que quedara integrada, que fuera un instrumento más, que entrara y saliera dejando paso a otros elementos y espacios sonoros. Cada instrumento tiene su momento de importancia el disco, a veces la voz está delante y otras va por detrás dando pie así a un diálogo entre los sonidos. A veces había debates sobre si doblarla o no, y al final terminábamos siempre con una frase: ‘es suficiente, no necesita más’”, explica Xavier. La decisión le da al disco uniformidad y una dosis extra de personalidad. Uno tiene la sensación de que aquí ya no hay un ‘tipo que canta’; hay un cantante, con sus matices, sus giros, su idiosincrasia. Si mañana se pusiesen a hacer versiones, esta forma de cantar, ese tono, esos ecos, les haría sonar a Oso Leone. Y eso, amigos, te saca del amateurismo echando hostias.

Eso y canciones como ‘Cactus’, claro, la única en la que están a punto de salirse de los márgenes, la única en la que cogen velocidad por momentos y las atmósferas se cargan tanto de tensión que el cuerpo pide explote. Pero no. Oso Leone tensan la canción poco a poco, añadiendo elementos, subiendo el volumen de los teclados, sumando nuevos rumores, y cuando parece que lo van a soltar, se meten en un sprint que no tiene más objetivo que perderse en si mismo. La canción acaba muriendo sin reventar, enlazada con ‘Salvia’, que ejerce de ecuador instrumental al disco. De epílogo a una primera mitad impresionante. Llena toda, por cierto, de canciones con nombres de plantas. La cosa tiene explicación en el libreto.

“Mokra Gora, literalmente, significa montaña húmeda. 
En su nombre yacen los pilares de un futuro abandono.
 Es, precisamente en el desamparo de la naturaleza donde reside la clave de su resistencia, de su estado pletórico.
 La humedad presagia los lugares vivos». De ahí la matáfora, se entiende: la salvia, los cactus, las alçarias y los ficus nacen en esta montaña húmeda que, para colmo existe en forma de región. Está en Serbia (cerca de la frontera con Bosnia, al sur de Srebrenica) y linda con el poblado de Drvengrad, que Emir Kusturica construyó para su película Life is a Miracle. ¿Saben? Esto de ir de conceptual/profundo y que el resultado sea un éxito no tiene demasiados precedentes. Menos para un segundo disco. El álbum, editado por Fohem Records y que se puede descargar a través del Bandcamp de la banda por, ojo, cinco euros, viene además (también en la descarga) con un libro de fotografías y poemas titulado Belle-Ille. En los versos, reflexiones como esta. “Querer poner un nombre a una canción, /sellar un pueblo / ¿Quién pone qué a quién, porqué? / Los vínculos entre el origen de una canción y su título, / esa relación de naturaleza tramposa”. Y habrá a quién le parezca pretencioso y hasta ridículo. Y respeto, pero no comparto.

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Tras el inciso de ‘Salvia’ la banda arranca la segunda cara del álbum, menos inmediata que la primera, probablemente menos brillante, pero con más espacio para que el disco crezca con las escuchas. ‘Clivia’, subida en una línea de bajo que recuerda fugazmente a Django Django, funciona en realidad como dos canciones en una. Aquí los mallorquines demuestran una maestría enorme para los arreglos. El tema tiene una batería desatada, teclados, guitarras, elementos de percusión… Todo en su sitio, a su volumen. El trabajo que hay detrás es obvio. Mokragora ha sido mezclado tres veces y masterizado dos. Han sido tres meses de trabajo en los que la banda no se cansa de subrayar el trabajo de Antoni Noguera. “Su papel fue muy importante para nosotros, en el estudio nacían muchas inseguridades y de alguna manera él nos reconducía por el buen camino. Hubo momentos de verdadera obsesión por reflejar exactamente lo que queríamos en el proyecto, y momentos de frustración al sentir que algún tema no lo habías plasmado como tenía que ser. Al final aprendes a convivir con esa sensación extraña, aceptas que así es como ha salido, con sus errores y sus aciertos”. Una de las recomendaciones de Noguera fue, precisamente, dejar la masterización en manos de Hay Zalen, que sin duda ha dejado el disco con un sonido espectacular.

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En Mokragora las letras dicen poco. Caben todas impresas en un folio, son poco más que un centenar de palabras para más de 40 minutos de música. Son puertas abiertas, imágenes breves, pequeñas ventanas que no ofrecen narración ni conclusiones. “Wating in the forest / wating for you / how’s the land? / how’s the light? / Without the fire you must leave town / stay beneath the sound / You won’t save it inside your soul / let it be soft”. Esta es toda la letra de ‘Monstera’, por ejemplo. El efecto también es buscado, dice Xavier. «Las letras son bastante ambiguas, aunque algunas si que pueden tener cierto matiz narrativo. De hecho algunas pueden parecer incompletas, como si faltaran fragmentos. Era algo que me interesaba a la hora de escribir, no concluir demasiado, dejar un final abierto, dejar en construcción las palabras. Quizás tiene que ver con cierta incapacidad de concluir o de dar las cosas por terminadas, pero al fin y al cabo las canciones no se terminan se abandonan».

La que sigue, ‘Cristantemo‘, vuelve a iniciarse con una armonía liviana y un pulso ahora más lejano. Xavier hace vibrar la voz en un recurso que repite de forma igual de afortunada, aunque menos obvia, en otros temas. Aquí es todo delicadeza en la primera mitad. El tema flota como ingrávido, minimalista hasta que de pronto, y esta vez sin preludio alguno, batería y percusión lo invaden. De nuevo esa sensación tribal: golpes de bongo, un hostiazo inopinado a una paila. Todo mezclado en un remolino suave con una flauta, una trompeta con sordina, apuntes de guitarra. En este desarrollo instrumental la voz vuelve a aparecer, camuflada. Es minuto y medio de gloria. El álbum se cierra con ‘Sanseviera‘, un tema austero con apenas un par de detalles sobre un bucle pregrabado. La voz de Xavier, esta vez en primer plano, aguanta igual de bien el tipo. La letra recupera unos versos de ‘Monstera‘: » You won’t save it inside your soul / let it be soft”, cantados ahora de una forma completamente distinta, y los repite hasta que la canción se extingue y el disco acaba. Sobresaliente.

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