30/04/2013

Crónica personal de nuestro colaborador Victor Sala del emblemático festival californiano.

Llegar a Indio en transporte público no fue buena idea. En medio de un árido desierto, rodeado de palmeras y montañas, te encuentras en una desoladora estación de autobús con apenas más conexión que la de los locales que hacen el agosto a base de ser taxistas ocasionales. Llegar hasta el recinto de Coachella es, en realidad, una pequeña odisea para el viajante sin coche, que hace retrasar el momento mágico en el cual entrar en otro mundo. Y aunque suene a frase de Walt Disney, la verdad es que es un lugar de fantasía e ilusión. Realmente una nueva dimensión, que deja atrás las casas unifamiliares y la arena para mostrar un mundo de luces, color y música. A la emblemática noria luminiscente se le añaden distintas piezas de arte visual que decoran el lugar haciéndolo una experiencia para los sentidos. Pero vayamos al grano, el sentido que nos interesa más es el oído… ¡que por eso vamos a un festival de música!

VIERNES 19 de abril

Después de mucho análisis del cartel, y con un horario realizado al milímetro, teníamos el viernes muy bien planificado. Pero como es usual en los festivales, siempre aparecen sorpresas, y entre los registros agobiantes y atravesar todo el camping para llegar a la zona de conciertos, nos perdimos los dos primeros conciertos marcados en fosforito (Alt-J y Of Monsters and Men). Al llegar al Outdoor Theater, uno de los escenario, ya estaba tocando el siguiente grupo: nada menos que Local Natives. El sol empezaba a ponerse, y el sonido embriagador de los de Silver Lake le vino como anillo al dedo. Los asistentes movían relajadamente su cabeza, hasta que la tranquilidad melódica de las canciones se veía arrastrada por emotivos estruendos de percusión y guitarras más rockeras que hicieron del concierto un baile de emociones.

Solapándose, en el escenario principal, entraron en escena Modest Mouse, y ya tenían una corte de fans esperando el momento. Y se los pusieron en el bolsillo con los dos primeros temas: ‘Bury Me With It‘ sonó con extremada potencia, y el pegadizo riff de ‘Float On‘ hizo el resto. El público ya flotaba con las inusuales composiciones de Modest Mouse. La actuación estaba totalmente centrada en que las canciones sonaran perfectas, más que en montar un gran «show». La pena es que a veces el sonido se mezclaba con los vecinos Local Natives. A pesar de eso, los violines y las probaturas sonaron de fábula a excepción de dos pequeños acoples. Cosas del directo.

Se iba haciendo oscuro, y en el Outdoor Theater empezó a gestarse una fina niebla. La humareda aumentaba a medida que el público llegaba, hasta que la cortina de humo invadió el escenario por completo. En ese preciso momento, el ritmo de ‘Wild‘ empezó a envolver al público en el placentero estado letárgico que propone Beach House. El emotivo y al mismo tiempo oscuro sonido de los de Baltimore no defraudó, aunque la noche sea «comprensiva». «Night time is to feel very good. Night time is very forgiving» («La noche es para sentirse bien. La noche es clemente»), decía Victoria Legrand, con esa voz tan parecida a la de Nico, que sale de algún lugar entre los cielos más tenebrosos y los infiernos más celestiales. La iluminación en penumbra, remarcando los contraluces, evoca la estela onírica que tanto dominan. Una atmósfera especial que ya sea en el Primavera Sound o en la sala Apolo, no nos cansamos de experimentar

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Cambiamos de escenario, para ir al principal y allí Karen O nos hizo sacudir de inmediato el letargo en el que Beach House nos habían sumido. La potencia de Yeah Yeah Yeahs es incontestable. Y qué buena frontwoman es Karen O. Su «Get this shit started, Coachella» fue una premonición de la fiesta que se nos venía encima. «Raise some hands, Coachella!» decía, para animar el cotarro, y el público la siguió aplaudiendo la introducción de ‘Gold Lion‘ para comprobar que el «take my hands out of control» de la canción puede ser literal. Y más aún cuándo unos enormes ojos volaron hacia el público, que jugó con ellos haciéndolos volar con sus manos de punta a punta. El concierto iba llegando a su fin, y un coro de gospel harmonizaba ‘Sacrilege‘, en la que parecía que sería la última canción… pero no. Como todo el mundo esperaba, faltaba uno de los hits: ‘Heads Will Roll‘. Este fin de fiesta fue un terremoto de bailables dimensiones. Pero acabar así es casi hacer trampa… así cualquiera acaba bailando y con una sonrisa de oreja a oreja.

A medida que entramos en la noche, más grupos se solapan. Y viendo que Grinderman se reunificaban sólo para este único concierto, tocaba ir a ver el lado más canalla de Nick Cave. ¡Y qué canallada! Fue una experiencia difícil de olvidar, y es que que Nick Cave te grite a la cara durante 15 minutos seguidos es toda una experiencia, para lo bueno y para lo malo. No sé si la gente de primera fila podrá conseguir dormir sin tener pesadillas con un poseído australiano agarrándote la mano y chillándote a escasos centímetros… «I woke up this morning and I thought what am I doing here?» («Me levante esta mañana y pensé que hago aquí») empieza cantando, una letra que parece relacionarse (y mucho) con la situación de la banda. La canción, ‘Mickey Mouse and the Goodbye Man‘, ocurrente en este Disneyland de los festivales. Los decibelios al máximo, potencia en el escenario y como diría mi amigo Minguella, “power de la vida”. Flashazos de luz directos al público que disfrutó (o sufrió) un show agresivo y crudo que tiene por misión erizarte la piel y que no vuelvas a asistir a un concierto de la misma forma.

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Fue un acierto de la organización ubicarlo en un escenario más bien pequeño, cubierto por una cúpula, que ofrecía la intimidad que Grinderman querían violar. La elegancia inicial, de americana y camisa blanca impoluta, se mancha a base de rock oscuro, descamisando un espíritu punk, profundamente joven por un lado y experimentado por el otro. Warren Ellis, la mano derecha de Cave, ya sea en los Bad Seeds o en Grinderman, también demostraba su fuerza electrizante, dejándose llevar por el espíritu del ruido y aporreando unas maracas multiusos contra los platos. La electricidad y complicidad entre los dos se ve clarísimamente aunque el cruce de patadas pueda indicar lo contrario. Entre aullidos de lobo, escupitajos al suelo, y riffs blueseros. Cave se abalanzava al público, y le exigía compromiso como audiencia. Que le aguantaran la mirada, las letras y el sonido. Coraje deslumbrante que dejó sin aliento a los asistentes. El momento de la noche, sin duda.

Los cabezas de cartel de la noche del viernes, el doblete compartido entre The Stone Roses y Blur, se alternaron en esta ocasión a diferencia del primer fin de semana del festival. Así que The Stone Roses tocaron primero, y a Blur les tocó tomar las riendas finales para dejar al público con buen sabor de boca. Damon Albarn y compañía subieron al escenario y, postrados ante los micrófonos, se mantuvieron en silencio, inmóviles por unos segundos. El público se empezaba a impacientar, hasta que rompieron el silencio con ‘Girls and Boys‘. Y se desató la euforia. Su concierto empezó generando expectativas, con gran inteligencia, y con mucha conexión con el público. Pero avanzó de forma irregular. Temazos de lo más conocidos (‘There’s No Other Way‘, ‘Beetlebum‘, ‘Coffee & TV‘) aparecían como oasis en medio de un desierto que pecaba de frío y, en ocasiones, mancado de ritmo.

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Incluso en un momento, Albarn cogió un megáfono y empezó a gritar al batería, David Rowntree, para que este aumentara la intensidad. Y es que ni la sobreexcitación de Albarn, ni la tierna ‘Tender‘ cantada por un coro de gospel, ni la aparición del actor británico Phil Daniels para cantar ‘All The People‘ lograron hacer vibrar al público. Un público (el americano) que, todo sea dicho, tampoco los conoce demasiado a pesar de su larguísima trayectoria y ser un emblema del britpop.

SÁBADO 20 de abril

La inmensidad del recinto y el asfixiante calor va a poder con tus piernas y tu energía… Pero la compensación a tal desgaste es magnífica. Y la noche del sábado fue, definitivamente, la noche. Tardó en arrancar, y el calor apretaba, pero cuando el viento de la tarde empezó a hacer descender el sol, el festival arrancó, ¡y dios si arrancó!

La “Posición Los Angeles” que dicen algunos, refiriéndose al “habitual Coachella” que observa el concierto desde la barrera, sin implicación emocional alguna y sin más movimiento que cruzar y descruzar los brazos, fue rota primero por los mejicanos Café Tacvba, unos asiduos del festival, que llevaron el movimiento bailón a la tarde. Después de ellos, cuando ya empezaba a oscurecer, Hot Chip hicieron que la gente continuara bailando pero ahora con buena dosis de pop electrónico. Y fue una noche especial para sus dos cantantes.

Para Alexis Taylor (para los que tengan la imagen en la cabeza, el que lleva gafas de nerd) fue especial porque era su cumpleaños, y qué mejor que celebrarlo con su hija de 4 años trayendo un pastel, mientras el público de Coachella le cantaba «Happy Birthday to You». Suena como un buen lugar para celebrar un cumpleaños… (aunque estés trabajando ese preciado día). Para el otro cantante de Hot Chip, Joe Goddard (para los que sigan teniendo la imagen en la cabeza, el más entrado en carnes con el pelo rizado), fue un día de doble ración, y es que también tocaban The 2 Bears, pero en un escenario mucho más reducido, la carpa Yuma. Con una capacidad limitadísima y con colas larguísimas, pero con una gran ventaja: aire acondicionado. (De hecho, era el único reducto de la Galia que gozaba de tal bendición, a parte de las exclusivas y extremadamente caras zonas VIP. Por cierto, hablando de VIPs, vimos a Paris Hilton paseándose con unos amigos y rodeada de fotógrafos, más interesados en destacar el florido vestido de la chica que los conciertos). Hot Chip tenían, en fin, un reto difícil. Tocar en el escenario principal (que es muy grande) a las siete de la tarde y con un calor aún muy presente. Pero supieron solventar el reto de la mejor manera haciendo danzar al personal, y demostrando que demasiado a menudo se les ha infravalorado. Conciertazo.

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Y después, otro de los platos fuertes: nada menos que la reunión de The Postal Service, diez años después de su única gira. Un grupo que se convirtió en emblema, allá por 2003, y aquí el abuelo batallitas rellenará su vinculación con el disco Give Up de la forma que recuerde. El espacio para la nostalgia fue perfectamente cubierto por un memorable concierto, que sonó de maravilla y que tuvo un momento especial cuándo sonó ‘Such Great Heights‘, y aquí el novio molón estuvo rápido y entendió su función: un montón de chicas entre el público llevadas a hombros para que desde las alturas rememoraran recuerdos. Tíos listos…

El momento más doloroso de la noche llegaba, y se tenía que tomar una decisión: ¿A quién quieres ver? O peor aún, ¿a quién dejas de lado y no verás? ¿A The XX, a Franz Ferdinand o a Two Door Cinema Club? Y nos quejamos de las solapaciones del Primavera Sound… En fin, aunque nunca he visto a Two Door Cinema Club y The XX me hipnotizaron en el Primavera Sound 2012, decidí apostar todo  a caballo ganador: Franz Ferdinand (en el Primavera me decepcionaron, y les tenía que dar otra oportunidad para no quedarme con ese mal sabor de boca). Y me llevé el premio gordo. Fue el concierto de la noche, y quizás del festival. Ni un segundo de pausa entre canciones, de hit a hit, todo sudor y baile. Una fiesta monumental, que hizo empequeñecer a la Carpa Mojave.

La fiesta seguía en el escenario principal con Phoenix, que congregaron a las masas y sonaban de maravilla como para abandonarlos, pero no haber visto a Sigur Rós es una mancha demasiado oscura en el expediente del “festivalero” como para dejar pasar la oportunidad. Del éxtasis bailable, pasamos a la introspección sentimental para acabar la noche. La cuadrilla de Jónsi llenó el escenario de músicos dispuestos ,a con magia negra, llevarnos a un terreno bellamente existencialista. Donde las guitarras son tocadas con arcos y un bombo sacude consciencias, música para empujar las lágrimas a morir de felicidad. Una música que o se capta a cámara lenta o a ultra-velocidad. No hay término medio.

La pena fue que a ratos, se oía más a Phoenix que a Sigur Ros, detalle muy feo que restó potencia al miráculo que es escuchar a los islandeses. Las contadas palabras que dedicó Jónsi simplemente se limitaban a un tímido “Thank you” al finalizar cada canción, pero fueron ampliadas cuando avanzó que esta era una noche preciosa. Y entonces ‘Hoppipolla‘ empezó a sonar. Confirmando que cualquier noche es hermosa si suena esta canción. El concierto, con sólo 9 canciones y el final épico con ‘Festival‘ y ‘Poppaglid‘ hizo que fans y no fans de su música quedaran prendidamente atrapados en esta cautivadora belleza oscura.

DOMINGO

El calor de domingo fue matador. Los valientes que se enfrentaban a los conciertos del mediodía o principios de la tarde tenían que ser muy fanáticos de Grimes, DIIV, o The Gaslight Anthem, para poder soportarlo sin que la deshidratación pudiera con sus energías. Muchos optaron por el área del Do LAB, donde rociaban con agua a los asistentes, pero aunque la solución al calor estaba parcialmente solucionada, la selección musical no era demasiado buena. Así que, buscando mejor música, la tarde nos brindaba dos excelentes opciones: una sesión de Paul Kalkbrenner y la presentación del esperado segundo disco de James Blake. Es una pena que la organización los planificara a las 5-6 de la tarde. Son músicos a los que la noche les favorece, la electrónica y el calor no pegan juntas, y bailar su música para cerrar la jornada hubiera estado una experiencia más apetecible.

Uno de los conciertos más esperados de Coachella 2013 fue el de Sixto Rodríguez. El público le esperaba con deseo, con ese anhelo de vivir una experiencia única, más que por ver un concierto. Un afán de comprobar con tus propios ojos que la leyenda existe, y que puedes decir que has sido uno de los pocos afortunados que ha formado parte de ella. La historia de Searching For Sugar Man, de carne y hueso.

Las expectativas eran altísimas y la demora en empezar hizo que el público aplaudiera para provocar que Rodríguez apareciera de entre bambalinas. Cinco minutos más tarde, el vídeo en directo desde el backstage muestra cómo se pone sus gafas de sol y el sombrero, bebe agua y camina hacia el escenario, acompañado por una banda de músicos. Afinando su guitarra, el público se impacienta, hasta que ‘Climb Up On My Music‘ empieza a sonar. El sonido no es el mejor, y no parece mejorar con ‘Only Good For Conversation‘, pero cuando llega ‘I Wonder‘ y ‘Establishment Blues‘, parece que la banda ya va más rodada y Sixto también entra más en tono, e incluso se atreve a contar un par de chistes. Entonces la magia de ‘Sugar Man‘ aparece, y el ‘buenrollismo’ de su música folk se apodera del concierto. Hasta que Rodríguez nos agradece nuestro tiempo, con el suyo en ‘Forget It‘, considerándose un privilegiado de tocar en Coachella y reclamando “next destination: power to the people (próxima estación: el poder para la gente)”. Genio y figura.

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Uno de los mejores momentos del día en Coachella es cuando el sol empieza a ponerse. El calor ya no aprieta, la luz no molesta a los ojos, y la música parece que fluye mejor. En este momento del domingo fue cuando Vampire Weekend entraron en acción con sus ritmos africanos. A pesar de empezar con mucho ritmo con ‘Cousins’, el concierto fue irregular, y se notaba en el público que desconocían las canciones de su nuevo (y todavía inédito) álbum, Modern Vampires Of The City (y sonaron cuatro: ‘Diane Young’, ‘Ya Hey‘, ‘Unbelievers‘, ‘Step‘). Cuando parecía que el cansancio de tres días empezaba a desgastar a la gente y que las piedras del camping se empezaban a acoplar con nuestras espaldas, los de Ezra Koenig sacaron una traca final, de ritmo acelerado y basada en canciones de su primer álbum, que hizo bailar y bailar al escenario principal.

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Para acabar la noche (y el festival), tocaron unos habituales de Coachella, y más que habituales, podríamos considerarlos locales. Los californianos Red Hot Chili Peppers  venían a pasárselo bien, y lo hicieron pasar bien al público. Una de las bandas más eclécticas del panorama, hizo también uno de los conciertos más eclécticos. Canciones del pop más melódico (‘Snow, Hey Oh‘, ‘Dani California‘, ‘Scar Tissue‘), toques de rap en ‘Suck My Kiss‘, pinceladas de electrónica en ‘Monarchy of Roses‘, jam-session de rock en la introducción de ‘Can’t Stop’. y clásicos del rock-funk que tanto dominan (‘By The Way‘, ‘Californication‘, ‘Under the Bridge‘). Fue el concierto más multitudinario que se hizo en estos tres días en el recinto del Empire Club de Polo de Indio. Un buen concierto que demostró mucha sintonía con el público. Además, las letras de sus canciones, cantadas en California mismo, lógicamente tomaban otra dimensión. Un sistema de pantallas, que se movían en el escenario, y los diferentes audiovisuales que parecían elaborados para la ocasión transmitían estar en un evento de lo más especial, y este factor se acentuó con hasta 4 canciones extras. Lo que lo convirtió en uno de los conciertos más largos, también, del festival, para acabar con un electrizante ‘Give it Away‘, que fue un genial fin de fiesta. Se nota que tocaban en casa, y que ellos organizaban la fiesta. !Hasta otro año, Coachella!

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Texto: Víctor Sala

Fotos: Archivo Coachella

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