21/04/2013

Crónica del ¿concierto? ¿live? ¿sesión? de los cerebros de Atoms For Peace.

Por mucho que públicamente se empeñe en fomentar lo contrario, la figura de Thom Yorke roza niveles místicos desde hace años. Su inmaculada trayectoria al frente de Radiohead le ha proporcionado al músico británico carta blanca ilimitada e infinita, tanto en su proyecto principal como –y sobre todo– en todos esos divertimentos paralelos que Yorke acomete sin la compañía de los Greenwood, O’Brien, y Selway. Y en esa búsqueda constante, en ese continuo inconformismo, Thom Yorke ha encontrado una fórmula, una marca, un lugar seguro. Desde la aparición de OK Computer pero especialmente desde que el legendario Kid A viera la luz, sabemos que a Thom Yorke le chiflan las maquinitas. La electrónica. El sentimiento a través de códigos binarios y las conexiones eléctricas.

Y ahí ha residido Thom Yorke durante los últimos años, con leves altos en el camino (como algunos temas de Hail To The Thief o el sonido orgánico de In Rainbows) pero sobre todo afianzado en su proyecto en solitario, con The Eraser viendo la luz en 2006 y el flamante Amok emergiendo hace apenas unas semanas, bajo el nuevo nombre de Atoms For Peace que reúne a la eterna mano derecha de Yorke (Nigel Godrich) así como a ilustres colaboradores (Flea de Red Hot Chili Peppers, Joey Waronker de REM, Mauro Refosco,…).

La actuación del alma de Atoms For Peace el pasado miércoles en la sala Razzmatazz de Barcelona fue una marca más en el camino. Actuación, porque no se le puede llamar concierto a lo de Thom Yorke y Nigel Godrich encima del escenario. Ni tampoco sesión de electrónica. Sino más bien una combinación de ambas, en la que no sabemos si por gusto o sencillamente por temas de agenda (llevar a un tipo como Flea de gira no tiene que ser fácil) se instalan en tierra de nadie, con una puesta en escena que combina bases pregrabadas y aspectos de un live electrónico a cargo del genio Nigel Godrich con la voz (y la guitarra o bajo a veces) in situ de Thom Yorke. Todo ello en una sesión sin pausas, de aproximadamente una hora y media en la que hubo tiempo para todo.

Atoms For Peace

Para que Thom Yorke, cantara, bailara, se contorneara, o saliera unas cuantas veces a vitorear al público –sorprendiendo a bastantes con una actitud escénica bastante abierta–. Para que todo empezara sonando francamente mal y no se arreglara hasta al cabo de aproximadamente 20 minutos, después del primer punto álgido de la noche: cuando tras una especie de introducción algo anodina los elementos confluyeron por primera vez en ‘Ingenue‘, el primer tema propiamente dicho de la noche. Los experimentos son así, a veces rozan la perfección por inesperados, pero a veces simplemente fallan. Y la actuación, set, puesta en escena o como quieran llamarlo de Atoms For Peace en esta ocasión gozó de lo mejor y sufrió de lo peor. En la balanza positiva, los momentos de conexión absoluta (‘The Eraser‘, ‘Dropped‘, o la final ‘Default‘), en los que todos los elementos se fundían en un avasallador torrente de electrónica viva, radiante, acompañada por unos visuales impecables.

En la negativa, las partes a la deriva, la búsqueda fallida del climax, esa suerte de improvisación con la que Thom y Nigel coqueteaban mientras iban construyendo cada tema y que, como todo experimento, corría el riesgo de sonar insustancial. Y el final, algo confuso, con ambos artistas saliendo a pinchar (disco de los 70, Azealia Banks, Talking Heads…) ante una sala que seguramente esperaba un bis.

Pero por encima de todo, hubo tiempo para Thom Yorke, genio y figura. El mito. El tío con mayor carta blanca de la música pop contemporánea.

Atoms For Peace

Fotos: Sara Hernández

Publicidad
Publicidad