12/04/2013

Desrroche de carisma para un concierto que con más ambiente y otro par de ensayos hubiese sido perfecto.

El nuevo de Julio de la Rosa es, y acabará siendo, uno de los discos nacionales más destacados de este 2013. El jerezano afincado en Madrid y –muchos dirían– con actitud de ser del mismo Chamberí, es un tipo que aparenta estar seguro de sí mismo en lo musical hasta límites infinitos. Su último trabajo, Pequeños Trastornos Sin Importancia, es una colección de canciones pop cuyas letras, brillantes, puntiagudas e inteligentes, están mucho más cerca de la ambición conceptual que de la sensiblería a veces propia del género. Hace no demasiado publicamos aquella entrevista que le hicimos y que tanto dio que hablar. En ella nos contaba que esperaba salir en directo con una banda en la que cantasen muchos. Esto es raro verlo en bandas nacionales, por desgracia, donde hacer coros a más de una voz es algo a lo que se atreven pocos. Lo vimos en los conciertos del Sónida Festival y más recientemente en los de Get Dirty. Por eso, al entrar este pasado miércoles en la sala Sol de Madrid y ver sobre el escenario cuatro micrófonos, nos ilusionamos. De la Rosa, eso sí, nos hizo esperar. 45 minutos al ritmo de un country radical, rollo RNC, que empezó siendo simpático y acabó siendo una tortura.

Cuando por fin salió, lo hizo sólo. Encendió una suerte de radio blanca que emitió una ambientación como de hacer yoga y empezó a cantar una dolorida versión de ‘El traje’. Canción que en su penúltimo el disco es casi de charanga, pero que con las palabras arrastradas y heridas, sin más acompañamiento que esa base oscura, pareció de otro mundo. Revelador como frases del estilo «olvidar es una guerra / y esta vez la gano yo», que en el disco sugieren liberación, vestidas así, destilaban rencor puro. Brutal. Terminada, dio las gracias y empezó una lenta presentación de la banda. Primero salió Jorge Fuertes (We Are Standard) y con guitarra y batería la pareja rescató ‘Otro de sus juegos’ (M.O.S., 2004); salió después el bajista Jaime Olmedo (Bandini), y continuó el revival con ‘El monstruo nunca duerme’ (M.O.S., 2004); se unió después el percusionista Cecilio Santiago (Bandini, camisa negra, soga blanca al cuello y cara 100% de llamarse Cecilio) y sonó, festiva, ‘La cama’ (El Espectador, 2008); con la elegantísima Nieves Lázaro (de J.F. Sebastian, camisa negra, pantalones negros, tirantes cruzados a la espalda) llegó ‘Sexy, sexy, sexy’ (La Herida Universal, 2010); y por fin con el guitarrista Dani Llamas (G.A.S. Drummers), último miembro de la banda -cuenten, seis- sonó la primera de Pequeños Trastornos Sin Importancia 

Julio de la Rosa da el tono de hombre reposado, de ser tranquilo, pero sobre el escenario no es nada de eso. Se retuerce, mira al infinito como ido, canta de escándalo, grave, canalla, y pide lo suyo al público. «El concierto va en sentido inverso», blandió al comienzo del bolo ante ese murmullo maldito del que tanto nos quejamos. Lo pillaron pocos, unos por cortos, otros porque, efectivamente, estaban de charla. A ver, que no hay que estar como en misa, pero joder. La verdad es que a ‘Colecciono sabotajes’ le faltan dos ensayos. Alguna voz se fue y las percusiones no jugaban con la eficacia de la versión grabada. Aun así, sonó notable si tenemos en cuenta que, probablemente, la banda no ha debido de tocar mucho junta desde el 22 del pasado mes, cuando empezó la gira. Esta gira de Julio de la Rosa, como la de muchos artistas nacionales que trabajan bajo su nombre y apellidos, es mayormente acústica. Economía de subsistencia en estos tiempos de mierda. Afortunadamente, esa iba a ser una de las pocas criticables de toda la noche. ‘Gigante’, ‘Tarde a todas partes’ y ‘Glorieta de trampas’, una detrás de otra, no nos hicieron echar en falta absolutamente nada. Él, metido en su papel, declamaba las letras («las trampas que puse son tantas / que soy yo el que cae…») desde las tripas. Sudado y teatral, gesticulando, cayendo de rodillas y dirigiendo a su banda a golpe de mástil, se entregó mucho más que su público, extrañamente reacio al coreo. Si se encendió –nos encendimos– cuando fuimos poco a poco reconociendo la base de ‘Kill The Mosquito’, uno de los muchos himnos de El Hombre Burbuja, un spoken word de una pasticidad casi táctil. Servidor pensaba que nunca jamás vería a Julio de la Rosa tocar nada de su anterior proyecto y ya con eso la noche fue cojonuda.

Y no iba a quedar ahí la cosa. Julio volvió a tirar de su repertorio más desenfadado y encadenó ‘Hasta que te hartes’, ‘Kiss Kiss Kiss Me’ («¡¡yeahh!!») y ‘Las camareras’ en un trío hedonista en el que la banda lució definitivamente engrasada. Los coros a cuatro voces de la segunda (los habituales junto a Josephine Ayling, de Boat Beam, que subió para la ocasión), que se pegan y se despegan en diferentes tonos, confirmaron nuestra ilusión inicial. SÍ, SE PUEDE. La primera línea del escenario la compartieron De la Rosa y Nieves Lázaro, que lo mismo iba al teclado, que atizaba con un cinturón una suerte de bola de chapa, que tocaba el xilófono, que hacía coros… Tremenda. ‘Entresemana’ sirvió de final adelantado. Julio salió de nuevo solo, descalzo y con camisa limpia, se arrimó al micro y pidió un aplauso para Miren Iza, de Tulsa, que salió ovacionada. Juntos, solos, cantaron la devastadora, esta sí, ‘Un corazón lleno de escombros’. Esa voz terrosa de Miren tiene un potencial destructor bien conocido. Fue uno de los momentos de la noche junto con el que vendría inmediatamente después. Miren se fue y entró Ignacio Celma, bajista de Havalina, para ayudar a poner los cimientos de bos bajos sobre que sostuvieron ‘La fiera dentro’, esa canción bipolar que está entre las mejores que De la Rosa ha hecho en su vida. Digo.

Todo acabó con la catártica ‘Maldiciones comunes’, una de esas canciones que uno devora y repite hasta la enfermedad cuando su situación personal se pega a la letra. De nuevo, como al inicio, desordenada, pero ahora más por un desmadre sudoroso y de vena en cuello que por falta de ensayos. El público, caliente por fin (tardó) se entregó al «¡que te jodan!». El último, atronador. Fin, reverencia conjunta como en el teatro en noche de buena faena y a la cama, calentitos. Lo llaman carisma.

Fotos: Daniel Boluda.

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