07/03/2013

Encima de un escenario son el mejor grupo del mundo.

Hay días que están llamados a formar parte de la historia, por la conjunción de varios factores de orden sideral. Mientras el Real Madrid labraba su paso a cuartos de la Champions frente al Manchester United, servidor de ustedes hacía cola frente a La Riviera. Mientras Venezuela entera se estremecía (unos de pena, otros de alegría) ante la noticia de la muerte de Hugo Chávez, quien escribe estas líneas se colocaba en cuarta fila de la trinchera, listo para la batalla. Horas antes de que se produjera un incendio en el hospital donde está ingresado nuestro querido monarca, Yo La Tengo, los Tres Reyes Magos, detonaban una magnífica bomba en forma de concierto.

Que Fade es uno de los discos del año y los de Hoboken uno de los grupos de nuestra vida es algo que está fuera de toda duda. Su buen hacer durante 29 años de carrera, repartiendo a partes iguales talento y actitud (adorables los tics nerviosos que muestran al salir al escenario, como si fueran debutantes), ha germinado en un puñado de discos imprescindibles, el reconocimiento de la prensa especializada y el de un público siempre encandilado, no masivo pero férreamente fiel. A estas alturas de la película nadie niega el papel que ha tenido Yo La Tengo en la configuración del rock alternativo, y, más importante: nadie niega el papel que tendrán en el futuro del indie. Porque el trío de Nueva Jersey, metido de lleno en la cincuentena, tiene futuro. Eso es así.

Al grano. El concierto tuvo dos partes claramente diferenciadas, obedeciendo a las dos almas que laten en el seno de la banda: la acústica y la ruidosa. Las primeras nueve canciones fueron deshojadas ante un público que sonreía embobado (y que al principio permaneció callado: otro evento sideral), asistiendo a un desfile de armonías vocales, de solos sentidos y de emoción contenida. Sorprendió que empezaran con una perfecta versión acústica de ‘Ohm’, el himno eléctrico de Fade que a muchos nos dejó con la boca abierta. Se abría la veda: ‘Two Trains’, ‘Season Of The Shark, ‘When It’s Dark’, ‘The Point Of It’… canciones que de oído parecen fáciles de hacer, pero que nadie más compone: sólo ellos. Sencillez inmediata, talento eterno. En ‘Cornelia and Jane’ la gente anduvo confundida por los varios finales amagados que tiene la canción, y rompió a aplaudir cuando no tocaba varias veces. “Allí al fondo estamos vendiendo discos”, dijo Ira al terminar, “así no os volveréis locos con el final la próxima vez”. ‘Black Flowers’, con James como voz cantante, y ‘I’ll Be Around’ cosecharon ovaciones. ‘Nowhere Near’, cantada por Georgia, hizo de puente con la segunda parte del concierto: la acústica fue dejando paso a la distorsión, con Ira sacudiendo con furia atropellada la guitarra, acuclillado entre los pedales.

Después de un descanso eterno (veinte minutos) el escenario se amplió, listo para la locura. Por allí desfilaron ‘Stupid Things’ en clave rockera (otra sorprendente auto-versión), ‘Moby Octopad’ y su sinuosa línea de bajo, una metamorfoseada ‘Before We Run’ (cambiaron la orquesta por capas de noise puro), la mítica ‘Sugarcube’… y de nuevo ‘Ohm’, esta vez intensa y sedante, como en disco. Abajo tienen su interpretación en Santiago, de nada. Viendo el listón, faltaba el clímax, la catarsis: y ésta vino en forma de ‘The Story Of Yo La Tango’. Construida a base de loops y drones ejecutados en directo, fue el momento. Un momento que duró quince minutos, donde Ira hizo feedback con todo lo que pillaba: su cuerpo, el micrófono, el amplificador, el suelo del escenario, las dos mil almas que estaban allí. Imposible describirlo: aquél era el verdadero Trémolo Humano, el frontman ideal: “Tú, el chico de cuadros, ¿lo estás pasando bien? ¿Sí? ¡Pues todos lo estamos pasando bien entonces!”.

En los bises, el trío asomó su tercera cara: la de grupo melómano. Desparrame de versiones y rarezas: ‘This Is Where I Belong’, de Kinks; ‘Gates of Steel’, de Devo, tocada a base de palm muting y cantada con furia por James; ‘Let’s Compromise’, canción de 1987 de ellos mismos; y ‘The Summer’, de nuevo en formato acústico, pedida por alguien del público y con Georgia como voz dominante. Siempre fingían que ése sería el último bis; y siempre volvían a salir con otra canción más, arropados por ovaciones realmente merecidas. Pero al acabar ‘What Can I Say?’, una dulcísima versión de NRQB incluida en Fakebook, ya no volvieron. La realidad pasó sin llamar. Algo dentro de nosotros se rompió, y el momento presente pasó a ser recuerdo, historia de tu vida, crónica para la posteridad, concierto del año. Sobre un escenario son el mejor grupo del mundo. Sin discusión. Si la afinidad por los grupos se hiciera a base de actuaciones inolvidables, Yo La Tengo tendría su nombre grabado con letras de oro en el Olimpo, fieles predicarían el Evangelio en cada rincón del planeta y los cánticos del Valhalla serían coros de Georgia Hubley. Sí: pretender sustituir con palabras la avasalladora experiencia de un concierto de Yo La Tengo es una herejía. Pero haber elegido este tipo de música como banda sonora vital es una maldita bendición.

Fotos: Bsides

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