07/02/2013

Comentamos 'Lysandre', el debut el solitario del ex-Girls.

Si lo piensan, se darán cuenta de que existen sujetos camaleónicos que son capaces de transformarse sin tener en cuenta sus vidas anteriores. Deténganse, por ejemplo, en Edward Norton. Puede interpretar a un despiadado rapado y luego convertirse en instructor de un campamento de boy scouts, en un seductor taumaturgo o en un pícaro ladronzuelo sin que quede rastro de su pasado. La sólida personalidad de otros deja en cada instante su impronta y siempre queda algo subrepticio que delata cualquiera de sus apariciones. Por apelar al clasicismo, reparen en Marlon Brando. Puede elevar al misticismo unos rugidos desesperados, ser un fracasado boxeador proscrito en los bajos fondos o el eterno jefe del hampa, pero por encima de cualquiera de sus proyectos siempre sobresale su esencia innata.

Christopher Owens se encuentra dentro de este último grupo. A pesar de que ya era el director y actor principal de Girls, ha preferido prescindir de la mayoría de sus colaboradores excepto del productor Dough Boehm, responsable del estupendo Father, Son, Holy Ghost. Cuenta el bueno de Chris que le sobraban secundarios. Veintiún músicos eran demasiados para haber ido pasando por el escenario en un grupo que tan solo tenía dos discos y que él quería convertir en un núcleo inseparable, asegura, al estilo de los Beatles o los Rolling Stones. Una dificultad que es probable que mantenga si se plantea poner sobre las tablas todo el elenco de vientos y cuerdas que aparecen en su primer trabajo en solitario, este Lysandre que se publicó a mediados de enero.

Quizá por esa manera de susurrar, como un Jarvis Cocker desaliñado, por la virtud de atraer los focos hacia sí pese a ser el alma errante de cualquier guateque o por sus simpatías hacia el pop californiano, su huella es también indeleble en Lysandre. Ya demostró ese don de emerger sobre cualquier agua cuando tras protagonizar tonadas pop como ‘Laura’ se embarcaba en ‘Die’, un patente homenaje a los propios Deep Purple. Pese a que él trate de disimularlo, su afán de protagonismo se revela incluso en la portada del disco, copada únicamente por su rostro camuflado entre su media melena rala.

Pero pese a las expectativas, este trabajo decepciona. Owens encuentra en un leit motiv medieval la excusa para rodar diferentes escenas de la última gira que realizó con la banda que tan sorpresivamente disolvió. Elementos suficientes para un biopic musicado con un hilo conductor que debería haber aportado coherencia. Lejos de eso, el autor se pierde en una amalgama de sonoridades con nexos demasiado difusos y sin que su robusta identidad predomine esta vez sobre las carencias.

Como cualquier creador con un destacable pasado, hay escenas agradables. Los mejores momentos vienen de baladas que le reconcilian con su época anterior, como el meditabundo recuerdo de salir a un escenario de la Gran Mazanza en ‘Here We Go’, su nostálgica dedicatoria a JR White, el compañero con el que compartió las correrías de Girls, en ‘A Broken Heart’, o la romántica ‘Everywhere You Knew’. Pero en esta ocasión ni siquiera el desbocado saxofón de ‘New York City’ o los coros de ‘Here We Go Again’ sirven para darle algo de trascendencia a las composiciones más aceleradas.

Quedan incluso guiños a Madness en ‘Riviera Rock’, arpegios taciturnos y la sugerente voz de Owens. No, Lysandre no es un impío castigo para quien se anime a comprobar si hay vida tras Girls. Sí que puede dejar cierta sensación aséptica, al igual que pasó el pasado año al indagar sobre si Ben Gibbard podría sustentarse por sí mismo. El disco se cierra con una historia autobiográfica de amor imposible. Un final verosímil y sincero, idóneo para una película que no hubiera naufragado en sus líneas argumentales, pero a la que le falta consistencia a lo largo de todo su desarrollo.

Publicidad
Publicidad