15/01/2013

Crónica del concierto en el Petit Palau del secreto mejor guardado del underground barcelonés.

Seward es mucho más que un grupo invisible a los ojos de la modernidad conectada permanentemente. Es más que un grupo que se esconde bajo la premisa de no tener página web, ni perfiles en las redes sociales como la práctica totalidad de resto de grupos, ni newsletters acosadoras ni eventos de Facebook constantes. Seward es una experiencia, casi un estilo de vida, un grupo moldeado y moldeable alrededor de la figura de Adriano Galante, una suerte de Thom Yorke patrio en versión histriónica, que se sumerge como nadie en sus propias composiciones, nadando encima del escenario siempre en una dirección distinta. Casi imprevisible, casi imposible de cazar, tremendamente difícil de capturar en palabras. La experiencia Seward no es fácil, y puede no ser gratificante en un primer momento, pero es de las que calan, ocupando un rinconcito en la psique del sorprendido espectador que se ve sometido a un torrente de música aparentemente inconexo, con partes reconocibles aquí y allá, una y otra vez, pero hilvanadas como verdaderos rompecabezas, a veces con sentido y a veces directamente sin.

La del sábado 12 de enero en el Petit Palau de Barcelona era la primera vez que veía a Seward en directo, después de seguirles la pista durante muchos meses y de que ya hayan pisado festivales como el Primavera Sound, el SXSW o el BAM. Algo tenía que haber en este escurridizo grupo de Barcelona, de alrededor de seis miembros pero siempre capaz de mutar a otras formaciones, exactamente igual que su música. Y su concierto en la sala pequeña del Palau de la Música dentro del ciclo BandAutors era algo así como una puesta de largo, una salida definitiva de la cueva para un grupo que después de casi tres años de vida sigue empeñado en utilizar los canales tradicionales para promocionar su música y sus conciertos (el boca oreja; y que quien los vea alguna vez, repita; la experiencia personal por encima de todo).

Por eso lo prepararon todo con esmero. La experiencia Seward fue esta vez maximizada, ensanchada por todos lados: en cuanto a repertorio (tocaron más de veinte canciones en dos horas de espectáculo), en cuanto a formación (contrabajo, batería, guitarra eléctrica, guitarra acústica, saxo, programaciones…), en cuanto a vestuario (camisa y tirantes, salidos directamente de otra época). En cuanto la guitarra acústica de Adriano Galante empezó a sonar y él empezó a cantar con sus habituales muecas a lo Joanna Newsom, con ese falsetto que en ocasiones remite a Patrick Watson, todo empezó a fluir de una forma un tanto exigente para el oyente, pero de manera perfectamente coherente para el propio grupo.

Seward disfrutan en el escenario deconstruyendo sus propias canciones, rompiéndolas en el momento preciso en el que, si siguieran, se convertirían en algo convencional. Quizá a veces eso pueda parecer algo forzado, frustrante incluso para un espectador que puede reconocer influencias del propio Patrick Watson, de Sparklehorse, o incluso de unos Mogwai, pero esa pátina jazz que Seward aplican a todas las canciones las convierte en animales indomables, en piezas que no puedes pretender dominar porque son ellas las que tienen el control en todo momento. Algo parecido a lo que daban 12twelve encima del escenario, solo que esta vez con una amplitud de estilos todavía mayor, con una teatralidad escénica canalizada por el propio Galante que es todo un espectáculo (no abre la boca para dirigirse al público en ningún momento), y con una continua huida hacia adelante.

Resulta abrumador, no nos engañemos. Digerir más de dos horas de esta experimentación constante puede ser agotador, especialmente si tenemos en cuenta que en ocasiones parece que puedas tocar la estructura de la canción con la punta de los dedos… y entonces vuelven a hacerlo, vuelven a romperla, a ponerse en sentido contrario y devolverte a la casilla de salida. En estos casos y desde fuera resulta complicado discernir cuánto hay de improvisación en sus composiciones, pero parece evidente que los temas de Seward son organismos vivos que fluctúan dependiendo del lugar y la química en el ambiente. Y el hecho de que la mayoría de composiciones empiecen igual (con Galante a la guitarra o banjo, y la posterior incorporación de la banda, cada uno a su ritmo) corrobora esta idea de construcción de las canciones, siempre distintas y siempre esquivas.

Por eso Seward es el secreto mejor guardado de la escena barcelonesa. Pero precisamente por ser un secreto, por no hacer ninguna concesión al oyente, por exigir tanta concentración (y tanta paciencia), son un grupo para una selecta minoría. Puede que el mejor, puede que el más estimulante a nivel creativo, puede que el más único, pero para una minoría al fin y al cabo.

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