12/01/2013

Primer adelanto del tercer álbum de la banda de Michael Lerner, a la venta en abril.

Tener de vuelta a Michael Benjamin Lerner y sus Telekinesis no puede ser sino una alegría. Un grupo de esos a los que resulta terriblemente fácil cogerles cariño, ya sea por la pinta de pagafantas del amigo Lerner, por su sana costumbre de publicar un nuevo álbum cada dos años, porque recuerdan casi instantáneamente a varios nombres casi sagrados del indie norteamericano o, simplemente, por lo amable y pegadizo de su propuesta. Nuestra relación con ellos viene de lejos, desde que en aquel enorme 2009 viera la luz su debut homónimo. No es que el disco en cuestión pudiera competir con el maltrecho espíritu de Hospice, el batallón de hits de Wolfgang Amadeus Phoenix o la sofisticación del estreno de The xx, pero como homenaje al pop sencillo pero bien hecho, como rato entretenido, no se le puede poner ni una pega. Que la fugaz ‘Awkward Kisser‘ o la guitarrera ‘Coast of Carolina‘ sigan molando casi como el primer día no es casualidad: se trata de un buen álbum en el que se nota para bien la mano en la producción de Chris Walla (Death Cab For Cutie). Después, en 2011, fue momento para una notable continuación, 12 Desperate Straight Lines, a la que un verbo siempre inquietante como »madurar» le sentó estupendamente. Algo más oscuro, algo más ruidoso, también supervisado por Chris Walla. Y así, entre risueños punteos, adhesivos coros y percusiones que piden a gritos que el oyente se arranque a dar palmas, llegamos a un nueva cita con los puntuales Telekinesis. Su tercera entrega verá la luz el 2 de abril, bajo el nombre de Dormarion. Una palabra inventada por el propio Lerner (»suena bien» es el argumento con el que justifica su elección) para poner título a un trabajo producido por Jim Eno, batería de los nunca suficientemente valorados Spoon. La mejor noticia es que ya podemos escuchar el primer bocado de tan prometedora alianza, una ‘Ghosts and Creatures‘ en la que las guitarras le ceden la voz cantante a sintes y piano. El tema crece en intensidad poco a poco, como preparando una explosión que, finalmente, nunca llega. Y lo más importante: es muy bonito, mucho.

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