21/12/2012

50 discos para recordar este 2012 siempre.

30. Damien Jurado – Maraqopa

Con Damien Jurado uno corre el peligro de poner el piloto automático. Y ale, otro disco de Damien Jurado. Lo cierto es que él mismo parece haberlo puesto en su propia carrera, ahora paralela y secundaria a una vida como padre de familia. Pero el de Seattle sigue siendo uno de los compositores más lúcidos de su ciudad. Cosa harto meritoria. Abre Maraqopa con ‘Nothing is the News’ una pieza ambiciosa y madura, que deja entrever que abre la puerta al blues y al jazz, al tipo de música que él escucha. Con una cadencia extraña en su discografía, con dos guitarras, una por canal, jugando sobre una batería pesada pero libre, el tema es un triunfo. Una rareza que no persiste. Jurado mantiene las texturas, todo tocado en directo, pero recupera sus referentes en la maravillosa ‘Life Away From The Garden’, donde se cuelan conceptos como la juventud y la inocencia. «There was a time when we were golden, like the sun, we were lights in the world» canta, mientras un coro infantil le da la réplica.  Este es un disco para escuchar de arriba abajo, para dejar que cale como la lluvia que suena al comienzo de ‘Maraqopa‘, el tema. Al final casi no hay tema sin encanto. ‘Working Titles’ es amor. ‘Museum of Flight’, ya lo dijimos, una obra maestra. (En Spotify)

29. Frank Ocean – channel ORANGE

En el año que ha significado el asalto definitivo del R’n’B (o sus familiares cercanos) a los iPods de todos los hipsters de a pie, Frank Ocean se ha coronado por todo lo alto. El contrapunto contemplativo y sereno dentro de ese delirante monstruo multicéfalo llamado Odd Future, el veinteañero que decidió salir del armario en un mundo (el de la música negra) en el que la virilidad, los machos cabríos y los rancios prejuicios aún mandan mucho. ”Menuda campaña de márketing se ha sacado de la manga el listillo de Ocean”, podrán decir algunos. Y quizás no les falte razón, quién sabe. En cualquier caso, una obra de la magnitud de channel ORANGE no precisa de relaciones públicas o retorcidos planes para quedarse con el personal. Va sobrado de virtudes y cualidades, sus más de 60 ambiciosos y sofisticados minutos son algo así como una minuciosa guía imprescindible para entender la música negra del nuevo siglo. Tiene de todo: véase la minimalista apuesta ganadora de ‘Thinking Bout You‘, ese vitalista homenaje a los clásicos que responde al nombre de ‘Sweet Life‘, la perfección pop de ‘Lost‘, ‘Bad Religion‘ y su solemnidad en los arreglos… Y luego está ‘Pyramids‘, que juega en otra liga, que está fuera de concurso. Una odisea faraónica de mil caras, situada poco después del ecuador del disco, que justifica por sí sola la presencia de channel ORANGE en este top. Clásico de nuestros días. (En Spotify)

28.  Sharon Van Etten – Tramp

Bienvenidos al disco del sí… pero no… y al final rotundamente sí. Así podría resumirse, a grandes y crípticos rasgos, nuestra historia con Tramp, tercer trabajo de la magnífica Sharon Van Etten y el primero en que la de Brooklyn pudo contar con banda y colaboradores de lujo (miembros de The National, The Walkmen, Wye Oak, Beirut… Casi ). Dos detalles, estos últimos, que sumados a un adelanto tan inmediato y colosal (y a la postre poco representativo) como ‘Serpents’ resultaron decisivos para que en su día cometiéramos un error de alevines. Sí, lo admitimos, encumbramos el disco… sin haber escuchado once de sus doce temas. ¡Ah, el maldito hype! Fue un golpe bajo hacernos creer que el grueso de canciones restantes serían singles en potencia; y, claro, al toparnos con esa colección de lamentos cargados de inseguridad (‘Leonard’), reproches (‘Ask’) e intentos de redención (‘We Are Fine’) el álbum se nos vino abajo. Por suerte no nos duró mucho la tontería y el tiempo, normalmente tan cabrón con los lanzamientos de principios de año, hizo lo que la barrica al vino. Hicimos nuestras las cicatrices de Sharon y entendimos el por qué de la madurez en su voz (“You enjoy sucking on dreams, so I will fall asleep with someone other than you”, joder.), moldeada a base de palos. Con las escuchas,  temas como ‘Magic Chords’ se han hecho gigantes y nosotros incondicionales de esta voz nasal, oscura, extraña y vulnerable. Una voz que ya pocos dudamos nos seguirá dando canciones de gloria. Ella va a más. (En Spotify)

27. Divine Fits – A Thing Called Divine Fits

He aquí, muy probablemente, el álbum más infravalorado del año. Claro, que también puede ser que nosotros seamos talifanes de Spoon y de los extintos Handsome Furs y no podamos sino caer de rodillas ante una banda que propone su fusión y que coloca ante el micro a dos monstruos como Britt Daniel y Dan Dios Boeckner. Argumentos para los escépticos: ‘What Gets You Alone’ es la simbiosis perfecta entre el guitarreo texano de Spoon y el frenetismo sucio de los Furs. ‘My Love Is Real’ y ‘Flagging a Ride’ son sexys, oscuras, bailables. La segunda tiene castañuelas, joder. La línea de bajo de ‘Would That Not Be Nice’, sus coros, sus maracas, su batería… todo es puro glam, del rico, del bueno, del que no hay. Primera parte, zapatilla. Premier class. Hasta que llega la bedroom song de Boeckner, ‘Civilian Stripes’. Sencilla, inmediata. Y al poco Daniel contesta con otro alarde cantando al comienzo de ‘Shivers’ una de esas frases: “I’ve been contemplating suicide / But it really doesn’t suit my style / So I guess I’ll just act bored instead”. Ese final es magma comprimido sobre un bombo y una caja. Vale, tenemos nuestra filias, pero ¿y lo bien que nos lo pasamos? (En Spotify)

26. Dan Deacon – America

Dan Deacon ha dado un salto mortal y en el camino ha dejado adeptos y ha ganado público. Curiosamente, en esta redacción tenemos ambos casos. Unos, enganchados en su día a Bromst, no le acaban de ver la gracia a este ejercicio de ampulosidad musical. Con lo bien que estaba la frikada aquella. Con sus conciertos locos. Otros, entre los que me cuento, se han puesto esta vez si de rodillas. America es un disco extraño. Para empezar porque conceptualmente su cara A y su cara B son divergentes. La primera, cinco temas independientes. La segunda, viaje a la idea musical que Deacon tiene de su país. El álbum se despeja como un paisaje nebuloso, un poco más saturado y disfrutable a cada escucha, a medida que el sol lo calienta. Deacon, además de un geek, tine una extensa formación musical, y aquí se ve por todas partes. En sus temas caben marañas melódico-percutivas como la que recorre ‘Guilford Avenue Bridge’, piezas de belleza reposada, como la delicada ‘Pretty Boy’ (una canción como de banda sonora, maraviollosa); y protohits como ‘Crashed Jam’, inundados de ese universo ruidista, de ese horror vacui colorista que cuando conquista no suelta. Sólo con esto, ya sería un gran disco. Pero va el friki y en la cara B se pone serio, se tira el farol… y sale cum laude. A ratos épico, mezclando cuerda clásica con electrónica; siempre excéntrico, abrazando cacharreo, vientos, informática y percusiones ensordecedoras. Valiente no, más. El resultado es soberbio. ‘USA II: The Great American Desert’ simplemente no está al alcance de cualquiera. ‘USA IV: Manifest’ casi menos. Es el caos y es el orden. Denle tiempo y disfruten. Esto no es una moda. Este es de los que no cansa. Es música del futuro. (En Spotify)

25. The Walkmen – Heaven

”Cariño, esta noche van a venir a cenar The Walkmen, le dije. ”Deberías ponerte el vestido que te regalé, ellos vendrán de traje”, añadí. Y Hamilton Leithauser y los suyos aparecieron a la hora establecida, impecablemente puntuales y, efectivamente, trajeados. ¡Qué porte, qué elegancia, qué apariencia de banda grande! A la cita no se presentaron con el vino o el postre, sino con un disco en cuya portada podía leerse Heaven. Letras negras, fondo blanco. Y en su interior, un delicioso ejercicio de confianza, cantado a pleno pulmón y tocado con la pericia que otorga la experiencia. Arranca despistando, con esa ‘We Can’t Be Beat‘ que es pura quietud y armonía, para luego entregarnos una versión perfeccionada de los The Walkmen de toda la vida: más rápidos, más altos, más fuertes. Y, para colmo, luciendo una nueva habilidad para firmar hits instantáneos, como la trepidante ‘The Love You Love‘ o el delicioso corte que da nombre al álbum. Unos mejoran con los años, otros tenemos que conformarnos con ir aguantando el tirón. Y, de repente, cuando la final ‘Dreamboat‘ aún no había sonado, ella me miró, comparó, cogió del brazo a Leithauser y se largó. La entendí perfectamente, nadie puede resistirse a The Walkmen. (En Spotify)

24. The Maccabees – Given To The Wild

La ambición. Eso que, tanto en la música como en la vida, suele separar a los buenos de los mejores. A los que se conforman y… psé de los que se arriesgan y… ¡guau!The Maccabees podrían haberse conformado: sus correctos dos primeros discos les daban para ser un grupo prácticamente puntero en las Islas Británicas, llenar grandes recintos y ver su nombre en la parte (más o menos) alta de los carteles festivaleros. Pero no, no les valía. Querían más. Y decidieron hacerse un Foals y publicar el expansivo Given to the Wild a comienzos de año. El salto cualitativo es de los grandes: pasajes cercanos al post-rock (‘Heave‘), explosiones apoteósicas (‘Pelican‘), exhuberantes demostraciones de nuevos recursos (‘Ayla‘) y hasta vientos en su justa medida (‘Child‘). En conjunto, un disco tremendamente compacto, repleto de pequeños detalles (los ecos de los Radiohead de In Rainbows también resuenan por aquí en canciones como ‘Glimmer‘) y cuya vida, como la del Total Life Forever de Foals, se antoja larga y próspera. Una confesión para terminar: Si alguien nos dice hace un año que The Maccabees iban a colarse en nuestro top 25 de 2012, nos hubiéramos echado a reír. Qué cosas. (En Spotify)

23. Bat For Lashes – The Haunted Man

Maquillaje fuera. Vestidos multicolor fuera. Plumas fuera. Cambio de look y madurez definitiva. Nastaha Khan ha sufrido una transformación en The Haunted Man, una que la aleja definitivamente de toda comparación con Björk y la coloca como una artista con personalidad propia, con un discurso ganado a base de tres discos robustos que tienen en The Haunted Man su consagración definitiva. Con un sonido sobrio y refinado pero igual de apasionado que sus predecesores, la desnuda y estremecedora ‘Laura‘ (segunda mejor canción del año para nosotros) ya dejaba entrever que Khan no solo se había quitado las plumas de cara a este complicado tercer disco, que según ha afirmado después llegó después de un bloqueo creativo. Las premisas se mantienen casi intactas: los sintetizadores siguen ahí (‘Marilyn‘, la pegadiza ‘All Your Gold‘) pero han dejado paso a una nueva cara, más cruda y al mismo tiempo más impactante, caso de ‘Laura‘, ‘Winter Fields‘, la minimalista ‘Oh Yeah‘ o la evocadora ‘Lilies‘, que inicia lánguidamente el dulce pero intrincado camino del disco y que ve a Natasha aullando aquello de «thank God I’m alive«, como celebrando que finalmente este disco haya visto la luz. Pues sí, thank God you’re alive, Natasha. (En Spotify)

22. Woods – Bend Beyond

Si al igual que nosotros ustedes también han empezado a familiarizarse con Woods a partir de Bend Beyond (su séptimo largo si uno se fía de fuentes como Rateyourmusic y Wikipedia), supongo que todavía deben andar buscando la psicodelia que se anuncia en muchas de las etiquetas que les acompañan. Bend Beyond es un disco de esos que uno se puede poner cuando no sabe qué ponerse. Y en su papel, en ese de disco de transición para los minutos, no tanto de la basura como de la pereza, es el disco del año. Será pop, folk, lo-fi refinado o como quieran llamarlo, pero aquí tenemos un puñado de canciones tan exquisitas como sencillas, que maravillan desde la imperfección. Maravillas como ‘Cali in a Cup‘, capaz de darle a la más radiante de las estampas un toque melancólico. Como el conato de psicodelia de ‘Find The Empty‘ que, como courre en las mejores de The Wave Pictures, transmite esa relejación y una falta de presuntuosidad que oxigenan. Y así van pasando las canciones de este Bend Beyond (‘Lily‘, ‘Is It Honest?‘, ‘It Ain’t Easy‘), y Woods va calando. Poco a poco, a su ritmo, a su modesto nivel, pero cuando termina uno puede creer haber encontrado el amor. No el de las películas o el de los libros de antaño, sino uno a pie de calle. Cuando el indie era un género se parecía a esto, ¿no? (En Spotify)

21. Richard Hawley – Standing At The Sky’s Edge

Richard Hawley ya estaba bebiendo whisky en barras de bares infectos cuando nosotros nos chupábamos el dedo, pero no deja de ser llamativo que su disco más abiertamente denso, guitarrero y psicodélico haya venido poco después de la metamorfosis vivida por Arctic Monkeys, que con su colosal Humbug descubrieron el rock del desierto, los delays hasta el infinito y las tonalidades oscuras. El propio Hawley ha afirmado que los de Alex Turner son amigos y al mismo tiempo inspiración, y que el desolador panorama a nivel político y social le ha empujado a dejar de lado su faceta de crooner clásico (la de canciones como ‘Tonight The Streets Are Ours‘ o ‘Coles Corner‘) y a meterle un poco de mala baba al tema. Y lo celebramos, porque Standing At The Sky’s Edge es una mirada al abismo, un auténtico pepino. Un disco por el que tienes que dejarte arrastrar, porque hará de ti lo que te apetezca. Los siete minutos y medios de la inicial ‘She Brings The Sunlight‘ pasan como un suspiro, como una mezcla entre Mark Lanegan y unos Oasis puestos hasta arriba de LSD. Y las siguiente ocho canciones del disco son increíbles (incluso aquellas en las que apaga el pedal de distorsión, como la preciosa ‘Seek It‘ o esa épica ‘Don’t Stare At The Sun‘), con éxtasis absolutos como la que da título al disco o ‘Leave Your Body Behind You‘, pero más allá de ellas valoremos como se merece que un artista de la trayectoria de Richard Hawley haya podido mutar en este nuevo cuerpo y lo haya hecho de manera tan creíble. Tan real. Respeto infinito. (En Spotify)

20. The Men – Open Your Heart

A mi un disco que hace “tac, tac” y empieza a guitarrear me produce el mismo efecto que una tía buena que viene me dice “hola” y me agarra por ahi: me pongo palote. Open Your Heart epieza así con ‘Turn It Around’:  agarrándote la nuca y metiéndote en una tormenta, no de lengua y labio, pero si de rock furioso, hedonista y revitalizante. ‘Animal’ sigue garajera y agresiva, y parece que The Men (NOMBRAZO) no van a salir de ese bucle de vigor. Pero las que siguen, ‘Coutry Soung’ y ‘Oscillation’, son una escalada instrumental que comienza ténue y hace reposar el álbum. Al final, claro, acaban desembocando en otra ración de electricidad, ‘Please Don’t Go Away’. The Men crecen, suenan mejor, pero la calidad no les quita un ápice de rugosidad (ojo a ‘Cube’). ‘Open Your Heart’ es posiblemente el mejor tema de su carrera, también en esa clave imponente y sudorosa, pero en este álbum explotan también esa otra faceta, más sosegada y clásica. ‘Candy’ suena casi a estándar sesentero. Fácil, bonito y previsible, sí. Pero también necesario. Algo más que furia, en fin. Discos de estos, que no nos falten. (En Spotify)

19. Jack White – Blunderbruss

El tipo grande que ya se las sabe todas también puede hacer las cosas él solito. Bandas de culto, numerosos proyectos, colaboraciones, e incluso se especula con la posibilidad de que se convierta en el próximo productor de los Rolling Stones. Que el disco en solitario de Jack White iba a dar que hablar se sabía mucho antes de que se le escuchara rasgar sus seis cuerdas en ‘Sixteen Saltines’, el que fuera primer adelanto de Blunderbuss. ¿Y el resto del trabajo? Como no podía ser de otra forma, impregnado del sello personal del ex White Stripes. Cuentan Japandroids que Jack tiene esa marca de los elegidos que le permite convertir en oro todo lo que toca.  Y la realidad hace justicia a esa aseveración. Blunderbuss tiene todo lo que puede ofrecer el amplio catálogo de su autor: rock juguetón en ‘Freedom at 21’, medios tiempos de los que tocan al alma en ‘Love Interruption’, confesiones personales en ‘Blunbderbuss’ y sublimes versiones de los que hicieron grande el rock, lo que Jack magnifica,  en ‘I’m Shaking’. Un compendio para entender que da igual que el chico de rojo vista de blanco, negro o multicolor. Lo único que importa es que empuñe su guitarra, llame a filas al resto de sus instrumentistas y ponga su prodigioso cerebro a funcionar. En ese momento, entramos en otra dimensión. (En Spotify)

18. Lotus Plaza – Spooky Action At A Distance

Si no me falla la memoria, 2012 es el primer año sin disco de Bradford Cox (Atlas Sound y Deerhunter) desde 2006. Al año siguiente salió en enorme Cyptograms y luego ya ha habido diso por año, con una u otra firma. Y juraría que todos y cada uno de esos álbumes han estado en nuestras listas de mejores discos del año, más arriba o más abajo. Cox ha acabado generando en nosotros cierta dependencia. Incluso después de Parallax, o quizás precisamente por no ser este su mejor trabajo, entramos en 2012 con algo de mono. Y esta es nuestra metadona. Lockett Pundt, guitarrista de cabecera de Cox, es la mente pensante de Lotus Plaza, el hombre detrás esta colección de canciones fluviales que tanto beben de las de su compañero de banda. Pundt ha escogido el año perfecto para debutar en solitario. Nosotros, yonkis de esto, nos hemos abrazado a Spooky Action At A Distance. Y la verdad es que tiene poco que envidiar a Yoda. Ya había demostrado su talento antes: no nos cansaremos de repetir que es el autor de ‘Desire Lines’. En este álbum firma un hit a la altura, ‘Monoliths’, pero lo rodea de nueve canciones más que notables que rotan en ese mismo sistema solar de guitarras líquidas, voces reverberantes y baterías vaporizadas. ‘Strangers’, ‘White Galactic One’ o ‘Eveningness’ no son apuntes, son temazos. Por lo hablar ‘Remember Our Days’, que no ha dejado de crecer a cada escucha y casi va camino de calar más que el hit. Grandísimo disco. Y grandísima noticia que no haya año Cox. Aunque el asunto esta vez sea tangencial. (En Spotify)

17. Menomena – Moms

Ya nos conocemos y les conocemos. Por eso cuando llegaron los singles y no nos entusiasmaron pusimos nuestras primeras impresiones en hold. Porque los discos de esta banda no son para quemarlos, no son de los que entran a la primera. Ya nos pasó con Mines, paradigma de grower, esto es: disco que crece y crece. Las escuchas han hecho justicia a Moms. A pesar de perder un miembro (Brent Knopf se largó para volar libre en Ramona Falls), Menomena no han quedado inválidos ni por asomo. Siguen sonando mejor que el resto del universo cognoscible. Lo harán como lo hagan, pero ustedes pongan el disco, escuchen ‘Plumage’ y díganme si esos saxos no están a la altura de Byrne, si esas guitarras no vibran mejor que ningunas, si los arreglos de piano al fondo no se separan de resto como si fuese magia. Tecnicismos aparte, Moms está aquí por algo más que cabezonería. La citada ‘Plumage’ es un pelotazo, ‘Don’t Mess With Latexas’ más de lo mismo, y si hablamos de ‘Pique’ o ‘Skintercourse’ la primera palabra que nos viene a la cabeza es “crema”. Ahora como dúo, Menomena han tenido poco miedo a soltar la mierda que les ha cubierto a lo largo de su vida (padres y madres ausentes, ex compañeros… aquí pringan todos). La letra de ‘Heavy Is As Heavy Does’, probablemente uno de sus mejores temas, de pronto se abre y suelta cosas como «among six billion people / I want the ones who never wanted me». Debe haber una razón por la que no lo han petado todavía. Pero nosotros no la conocemos. (En Spotify)

16. Lambchop – Mr. M

Mr. M es otra de esas paradas obligadas de este año. Un disco como una chimenea en invierno. Clásico, calentito, reconfortante. La apertura de cuerdas con la que se abre ya invita a coger la manta, a abrir el mejor vino. Kurt Wagner, veterano, tiene voz de crooner de sala de estar. Sus letras, costumbristas, delicadas, dibujan en este álbum historias en honor a su amigo Vic Chesnutt. Los dos, más que colegas, eran amigos. Antes y durante lo musical. La muerte de Vic destrozó a Wagner, que apartó la música de su vida un tiempo. Cuando volvió a la guitarra por fin fue para hacer esto: el mejor disco de su carrera. No es sólo la maravillosa ‘If Not I’ll Just Die’, que lo abre con una clase infinita, es que la que sigue, ‘2B2’, está entre las canciones más bonitas de este año con mucho. “It was good to talk to you while we’re cooking / Sounds like we are making the same thing / One man cooks with poder / The other cook with stones” es una de esas estrofas que abre una ventana y te dice: mira. Una delicia de principio a fin. ‘Gone Tomowwor’, ‘Buttons’, ‘The Good Wife Is Wasted’… Canciones sin aristas, sin estridencias ni experimentos. Sólo clase, gusto y saber hacer. Uno cumple años para algo. Discazo. (En Spotify)

15. Django Django – Django Django

El de Django Django es uno de esos discos que empieza con ranas. Las ranas son a 2012 un poco lo que los saxos fueron a 2011. ¿No se han fijado? Escuchen, están por ahí. En Talabot y en otros sitios. Buenos discos con ranas. Este los lo comimos en la primera mitad del año, apabullados por la novedad, escépticos ante un debut en un año en el que ha costado encontrarlos buenos. Este sin duda lo es. El primer disco de los londinenses es un pop poliédrico, asequible pero no facilón, propenso a los hits, pero que deja poso. La terna ‘Hail Bop’, ‘Default’ y ‘Firewater’ está entre la sucesión de canciones más estimulantes del año. La primera con sus coros, la segunda simplemente porque es un hitazo, la tercera porque es imposible no caer rendido a su línea de bajo, a sus aires vaqueros. Django Django han metido un mundito en un LP. Esto tan pronto suena indio como americano, tan pronto rock como electrónico. El gusto de canciones como ‘Love’s Dart’, con esa rítmica nunca simplista detrás, con ese trabajo de voces milimétrico, es infinito. Aquí hay precisión, diversión (‘WOR’, ‘Life’s a Beach’) y calidad en un envoltorio que recuerda a cosas, pero que así, tal cual, no existía. Y a esto llegan pocos, poquitos. (En Spotify)

14. Spiritualized – Sweet Heart Sweet Light

Jason Pierce desprende inevitablemente el aroma de las leyendas malditas. Alcohol, drogas, el hígado convertido en un apéndice que incordia a al resto de su anatomía… y un deseo incontenible de expresar con música sus múltiples demonios. Quizá por eso el tema de cabecera de su último trabajo parezca extraído de una Velvet Underground en pleno éxtasis. ‘Hey Jane’ es la piedra angular de un trabajo con el que Spiritualized sigue demostrando que álbumes gloriosos como Ladies & Gentleman We Are Floating In Space pertenecen a la historia y que el presente continúa siendo sólido y eficiente. Pierce continúa necesitando un verdadero ejército para interpretar las once canciones que contiene Sweet Heart Sweet Light. Llámenlo rock espacial o sinfonías rockeras, pero  la apuesta continúa repleta de vientos, cuerdas, percusiones y un largo etcétera. Los fantasmas de su autor aparecen dulcificados en ‘Little Girl’, los estertores de las canciones toman forma de extensas experiencias lisérgicas, como  en la mencionada ‘Hey Jane’ o en ‘Headin’ For The Top Now’ y existe ese aroma a cuentecillo de hadas en temas como ‘Too Late’. Spiritualized es una de esas bandas que tienen la suerte de que parece imposible que caigan en el tedio. Y si el final de un disco es síntoma de lo que ha ocurrido previamente, el cierre con la emocionante ‘So Long You Pretty Thing’ garantiza que estamos ante un trabajo superlativo. (En Spotify)

13. Fiona Apple – The Idler Wheel Is Wiser Than the Driver of the Screw and Whipping Cords Will Serve You More Than Ropes Will Ever Do

Fiona Apple va camino de convertirse en un mito. Sacó su primer trabajo con 19 años y acaba de publicar el cuarto con 35, tras siete años de silencio. Dice que es simplemente desorden, que no tiene un método, que trabaja por intuición, que se toma su tiempo. Hija y hermana de artistas, Fiona dice que este es su primer disco sabiendo que es adulta. Esto lleva cocinándose siete años, y sin embargo está deliciosamente crudo. Aquí hay poco más que una voz sobresaliente que rompe, te acaricia y te parte la cara; un piano teatrero, unas veces centro y otras complemento; y un percusionista superdotado que habla por las manos (‘Left Alone’, ejemplo). Y créanme, si los años tuviesen 24 meses este disco acabaría en la cima de esta lista. Uno intuye que es de esos trabajos que seguiremos escuchando dentro de 10 o 15 años. En las listas de mejores canciones de este año hay quien ha encumbrado ‘Werewolf’. Lean: “Podría compararte a un hombre lobo / por cómo me dejaste medio muerta / pero admitiré que yo puse la luna llena / Podría compararte con un tiburón / por cómo me arrancaste la cabeza de un bocado / pero la verdad: yo estaba nadando por ahí, con una herida abierta”. Hay quien, como nosotros, ha caído rendido a ‘Regret’, una canción que sangra rencor, donde todo lo que suena es música y teatro a la vez. Con el tiempo uno se da cuenta de que no hay descarte posible, que es un disco sin respiro a lo mediocre, de la primera a la última. Afiladísima letra la de ‘Peripherie’. Enorme ‘Anything We Want’. Original, compleja, bonita. Como todo el álbum. Un disco de hacerse mayores que en unos meses no entenderemos cómo está más arriba en esta lista. Grande Fiona. Tú tómate tu tiempo. (En Spotify)

12. Passion Pit – Gossamer

No se le puede pedir a alguien que despega con un EP de regalo para su novia que se transforme en adalid de lo trascedente o que de sus letras emane un lirismo desmesurado. Pero Passion Pit han ideado un universo particular. Ni siquiera haber incorporado a músicos de la prestigiosa universidad de Berkeley tras su primer trabajo completamente en solitario desencadenó en una mayor solemnidad. Michael Angelakos escapa de su inestabilidad mental con su florida, ornamentada y evasiva propuesta y no hay nadie que pueda inmiscuirse en sus ideas. Ni siquiera se permite licencias cuando versionas a bandas tan distantes como The Cranberries o Smashing Pumpkins. Pese a todo ello Gossamer es un disco algo más adulto, dentro de las limitaciones, que su anterior Manners. Los teclados y sintetizadores de Angelakos son más mesurados y menos acaramelados y superficiales (¿quizá menos cargantes?) y los temas tienen una atmósfera más perenne, como demuestran ‘Cry Like A Ghost’, pese a los característicos estribillos, ‘On My Way’ o ‘Where We Belong’. Los enormes hits de ‘Take a Walk’, ‘Carried Away‘ o ‘I’ll Be Allright‘ esconden, por fin, una mayor presencia de guitarras. Y sí, esos falsetes y coros son familiares, pero también están ‘Love is Greed’ o ‘It’s Not My Fault, I’m Happy’. Pese a que de los momentos  más depresivos emergen las obras más sublimes, tampoco puede ser execrable un disco que pone una sonrisa al día más encapotado. (En Spotify)

11. Swans – The Seer

Pongámonos serios. The Seer es The Seer. No hay palabras, no hay conceptos. Las reseñas son inútiles. The Seer es un disco para escuchar con el alma, para sentir, no para hablar de él. Eso es hacerle cosquillas a lo que pretende, a lo que representa, a lo que es. No es el primer disco que oímos que nos dé miedo, ni mucho menos. Pero sí es el que más lejos ha llegado, el que ha destacado entre lo mejor del año con la fuerza de un ariete, con el estruendo de un trueno. ¿Por qué, si es tan abstracto? Quizá porque se balancea entre las canciones más accesibles (‘Lunacy‘ -y eso que suena como un conjuro satánico- o ‘Song For A Warrior‘) y la brutalidad de ‘Apostate‘ o el clímax de ‘A Piece Of The Sky‘. A lo mejor nos gusta hacernos daño, sentirnos ciegos y pequeños ante la avalancha de percusiones frenéticas, drones interminables, guitarras que aúllan y veneno. A lo mejor la salvación empieza aquí. A lo mejor todo es una broma que no hemos entendido, y Michael Gira se está riendo en su mansión. A lo mejor mientras Tool se terminan de desperezar, Swans nos devoran a todos. A lo mejor. No hay respuestas: eso implica conceptualizar. Y The Seer no va de eso. (En Spotify)

10. Crystal Castles – III

Debo confesar que, hasta este III, Crystal Castles me parecían una simpática broma que rebosaba bilis y que salvaba el culo gracias a un incendiario directo que justificaba muchas cosas. Pero con cada adelanto que iban descubriendo de este tercer disco, la broma iba haciéndose más seria hasta constatar lo que temíamos: que prácticamente han inventado un género y que lo dominan a la perfección. No nos engañemos, su sonoridad sigue en muchos momentos al borde del abismo hortera, del ‘no’ definitivo, pero siempre se queda ahí, en el ‘a punto’, siempre acaba resultando ganador. ‘Sad Eyes‘ o ‘Violent Youth‘ son dos muestras evidentes de ello, con sintetizadores casi makineros que sin embargo acaban funcionando perfectamente envueltos de la fantasmal voz de Alice Glass y de esa pulsión constante que casi te arranca de la silla y te sube a quién sabe donde. Es ese instinto, esa explosión contenida, ese puño cerrado con fuerza, el que predomina en un disco que arranca arrollador, con cuatro pepinazos que convertirán al hereje. ‘Plague‘ con esa rabia in crescendo, ‘Kerosene‘ y su juego con los samplers, ‘Wrath Of God‘ y ‘Affection‘ –probablemente sus canciones más abiertamente pop, si no contamos la versión de ‘Not In Love‘ en la que canta Robert Smith– abren una vía en el oyente que consigue al mismo tiempo que te quieras tirar de un puente y volver a empezar el disco a un volumen más alto. Pero seguramente el tema que mejor describa a los Crystal Castles de III sea ‘Violent Youth‘, un trallazo que aguanta más de la mitad de la canción en lo más alto con esa mezcla tan indescriptible entre electrónica zapatillera de cuatro de la mañana y voz angelical tan desquiciante que acabas enganchado a ella. Es la pieza central de una segunda parte de disco, tras el auto-homenaje que se hacen en ‘Insulin‘, considerablemente más oscura (la opresiva ‘Mercenary‘ no da tregua), y cuando llegas a ‘Child I Will Hurt You‘, pese a su título jodidísimo, acabas viviendo una especie de revelación mística. Crystal Castles juegan con nosotros. Y no sé cómo lo hacen, pero cuando los escucho solo puedo imaginarme puño en alto, con la capucha puesta, y completamente a su merced. (En Spotify)

9. Dirty Projectors – Swing Lo Magellan

El cambio que supuso Bitte Orca en la carrera de Dirty Projectors es un suceso que se verá como clave en la historia del grupo en caso de que el imprevisible David Longstreth sepa mantener lo que ha creado aquí. Y eso es un grupo creativamente libre con el favor total del público; situación inusual que, también hay que decirlo, Dirty Projectors se han ganado a pulso. «Verás un millón de colores si observas con atención«, canta Longstreth en los primeros compases de ‘Gun Has No Trigger‘, el minimalista primer adelanto de Swing Lo Magellan. Y los vemos, pero en este disco priman las estructuras desnudas (que no sencillas), caramelos envenenados como ‘See What She Seeing‘ o ‘Just From Chevron‘, que cuando pareces haberte acomodado en sus coordenadas siguen conservando la capacidad para conseguir torcerte en medio segundo. Que siguen conservando la enorme tonalidad de colores. Los Projectors se descubren, eso sí, desenvolviéndose sorprendentemente bien en los cortes folk con aroma soul, en la línea del hit ‘Stillness Is The Move‘ de Bitte Orca; el trío –no consecutivo– formado por ‘Swing Lo Magellan‘, ‘Dance For You‘ e ‘Impregnable Question‘ es clave para entender por donde transita Swing Lo Magellan y por dónde parecen querer andar Dirty Projectors: haciendo equilibrismos constantes entre la realidad y el sueño, entre la razón y la locura, aparentando ser una banda convencional pero haciéndolo con una risilla escondida de «si vosotros supierais…«. Y al final, canta Longstreth en ‘Irresponsible Tune‘, ganamos todos: «With our songs, we’re alone / but without songs we’re lost«. A sus pies. (En Spotify)

8. Tame Impala – Lonerism

Al final va a ser que ni los que hicieron pequeños y remarcables amagos, como The Shortwave Set o The Accidental, ni los que parecían poder adelantarles como Beach House, ni los que amenazaban con una vuelta como Olivia Tremor Control, Neutral Milk Hotel o el resto de bandas del colectivo Elephant 6. Resulta que el testigo dejado por Syd Barret, Yes o la ristra de grupos que aparecían en el imprescindible Nuggets: Original Artyfacts from the First Psychedelic Era: 1965-1968 vienen de muy lejos y, además, son los que más respetan ese sagrado legado. Los australianos Tame Impala se han colocado al frente de la nueva psicodelia. Ese el nombre bajo el que Kevin Parker gira en interminables círculos de mil colores, conmina a un viaje lisérgico y reparte diamantes en un azul infinito. Al bueno de Parker no le debió valer el éxito cosechado con su primigenio InnerSpeaking. Demasiado simple aquello de sacar un cable de un ampli y pegarlo a una guitarra o un bajo y modelar el sonido con unos pedales. Hacía falta elevar a la décima potencia el cacharreo, los sintetizadores o los multiefectos, darle una forma coherente y no decepcionar a los ya numerosos acólitos. Objetivo conseguido. Sin renunciar a su esencia, Tame Impala ha logrado perfeccionar matices y continuar ascendiendo. Y si no lo creen, sumérjanse en el estallido instrumental de ‘Apocalypse Dreams’, compartan entre gorgoritos electrónicos la soledad de Kevin Parker en ‘Why Won’t They Talk To Me’ o despierten de la molesta realidad con el paso marcial de ‘Elephant’. Kevin Parker siempre cuenta que está obsesionado con los sonidos de los sesenta y los setenta. El grupo que comanda con mano firme ha conseguido recuperar el leit motiv de aquella época e impregnarle los ornamentos de la postmodernidad. El trabajo de un alquimista privilegiado que invita a un sueño imperecedero. (En Spotify)

7. Grizzly Bear – Shields

Esta entrada es especial. Enigmática y hermosa, como un oso grizzly paseándose por las praderas norteamericanas, sintiéndose el amo del cotarro. Seguro de sí mismo, convencido de que nadie le va a hacer sombra. En algo así se deben sentir los miembros de Grizzly Bear. Hablemos claro: Edward Droste, Christopher Bear. Christopher Taylor. Daniel Rossen. Vivan las madres que os parieron. Que vivan muchos años, para que os alimenten y cuiden bien, y así vuestros cerebros y corazones sigan creando como hasta ahora. ¿Cómo puede Grizzly Bear hacer canciones tan milimétricamente pensadas, tan hondamente sentidas? ¿Dónde está el secreto? ¿Qué libro han leído, que disco han escuchado, quién les ha enseñado? Si Veckatimest fue la gran consolidación del grupo Brooklyn, este Shields es, si no un paso adelante, sí un momento de contemplación del paisaje. Es como si dijeran: “Sí, lo del disco anterior no fue producto de la casualidad. Podemos hacerlo otra vez. Y las que queramos. Mira, escucha esto”. Para algunos de sus miembros, Veckatimest terminó suponiendo un agobio, una sobre-exposición pública que nadie había pedido. Eso hizo que se replantearan ciertas cosas en el seno de la formación: su objetivo como banda, la consolidación de proyectos alternativos entre 2010-2011 (CANT, el propio guitarrista Daniel Rossen), la dilatación temporal en sacar Shields. Pero ya está, lo tenemos aquí. Al principio lo saludamos con efusividad, al probarlo se nos hizo extraño pero adictivo, y ahora que ha eclosionado en nuestro interior lo tenemos claro: uno de los discazos del año. La brusquedad de ‘Yet Again‘, el ritmo juguetón en ‘A Simple Answer‘, la vibrante ‘Half Gate‘, el respiro psicotrópico de ‘Adelma‘, el arrullo psicodélico que es ‘Gun-shy‘… el catálogo de canciones es completísimo, diverso pero homogéneo, pensado pero sentido. Lo tiene todo. Así que se confima: Grizzly pasan a ser una de las promesas mejor cumplidas de la última década. ¿Alguien lo dudaba? (En Spotify)

6. Beach House – Bloom

Hace tantos meses que salió, y su sonido resulta tan familiar, que parece que Beach House y Bloom nos hayan acompañado durante toda la vida. Es inconcebible que nadie antes hubiera alcanzado esta perfección formal a base de melodías etéreas, voz poderosa y una caja de ritmos. Porque Bloom es, ante todo, perfección. Diez canciones como diez soles, como diez galaxias, como diez vidas. Perfectas. Pulcras. Milimetradas. Vitales. Robustas. Épicas. Los 35 segundos de introducción a ‘Lazuli‘ hasta que estalla. La repetición de la nota de guitarra de ‘Irene‘. El estribillo celestial de ‘The Hours‘. Las campanas del principio de ‘Myth‘. La esperanza que transmite ‘On The Sea‘. Podríamos pasar horas enumerando pequeñas partes perfectas de Bloom, pero todo se resume diciendo que este es un disco inmaculado desde el primer hasta el último segundo, con el único lastre de venir detrás de Teen Dream, que ya anticipó de lo que era capaz este dúo de Baltimore llamado a figurar con letras de oro en el olimpo del pop alternativo. Sin Teen Dream no hubiéramos llegado a Bloom, pero la mera existencia de su predecesor es el único defecto atribuible a un trabajo que, por sí solo, no tiene ni una fisura. (En Spotify)

5. Japandroids – Celebration Rock

El destino siempre es azaroso. Brian King y David Prowse pensaron que Post-Nothing había sido todo lo que tenían que hacer juntos. Un disco y a otra cosa. Quizá por el éxito de su primer trabajo al que acompañó el de la procedente gira, Japandroids decidieron que había que cambiar de idea y volver a hacer algo que detestan: entrar a grabar en un estudio. La casualidad ha entrado a formar parte de su segundo largo (el No Singles que apareció entre medias era una compilación de sus dos primeros EPs), así que el escepticismo era uno de los ingredientes para recibirlo. Las dudas se disiparon cuando apareció en forma de adelanto ese cañonazo titulado ‘The House That Heaven Built’, a la postre canción del año en indiespot. Si el preludio fue sublime, el resto del disco tampoco ha decepcionado. Hay algo que ha cambiado en los canadienses. De Celebration Rock emana la nostalgia de la experiencia del directo, el deseo de repetir el ascenso a un escenario con temas más contundentes, capaces de enloquecer al respetable. Es decir, aumentar el impacto que ya tenían canciones como ‘The Boys Are Leaving Town’ o ‘Young Hearts Sparks Fire’. Todas las papeletas para que el resultado fuera el que finalmente es: una colección de singles sin desperdicio. El sonido tiene mayor empaque, lo que también hace perder, excepto en ‘For The Love of Ivy’, el carácter garajero de canciones previas como ‘Heart Sweets’. Pero también es más coherente. El disparar temazo tras temazo, comenzando por ‘The Night Of Wine of Roses’ y acabando con la intensa ‘Continuos Thunder’, la única licencia al sosiego, no les ha convertido en unos edulcorados Gossip de la mano del vanidoso Rick Rubin. Celebration Rock habla de demonios, llamas, autopistas y chicos rebeldes, una idiosincrasia ya conocida, pero también desgarra y remueve las vísceras sin pretensiones, sensaciones solo designadas a los elegidos. (En Spotify)

4. Alt-J – An Awesome Wave

No ha pasado ni medio minuto desde que empieza a sonar ‘Intro‘ y uno ya sabe que An Awesome Wave es un disco especial. Es imposible anticipar la avalancha de referencias y lugares comunes que luego expone el debut de Alt-J, pero las altas dosis de emotividad y la aureola mágica se abren camino desde el primer segundo. An Awesome Wave es, sobre todo, un disco que fluye. Que transita con una inusitada facilidad, como si las canciones que lo componen hubiesen surgido por casualidad, por motivos naturales o por arte de magia. Cuando en realidad es todo lo contrario: todas están preparadas casi matemáticamente, cada línea instrumental de voz o de silencio está medida al milímetro, como si de una figura geométrica se tratara. Pero lo que los británicos consiguen es que, de tanta dedicación puesta en ella, la canción acabe resultando sencilla. Transparente. Familiar. Canciones como ‘Breezeblocks‘, ‘Dissolve Me‘ o ‘Matilda‘ suenan familiares desde la primera escucha, y es tanto por el conjunto de referencias que agrupan (TV On The Radio, Radiohead, The xx, CocoRosie,…) como por la insultante facilidad que demuestran Alt-J a la hora de componer canciones memorables. Tienen ese ingrediente secreto, ese añadido extra, ese don que hace que te los sientas tuyos cuando apenas acabas de conocerlos. Canciones que podrían estar construidas en base a la fórmula matemática perfecta pero que luego están dotadas del punto justo de humanidad hasta convertirlas en bombas que llegan a sobrecoger al oyente. Espectacular. (En Spotify)

3. The xx – Coexist

Visualicen la estampa: The xx, encerrados en el estudio, intentando dar forma a un sucesor a la altura de su monumental debut. Tela marinera. Un marrón insalvable para cualquiera, un bonito reto para Oliver, Romie y Jamie, tres chavales que, como demostraron el mes pasado en su visita a Madrid, se han amoldado de forma inteligente a su imparable popularidad. El segundo disco más difícil de los últimos tiempos estaba en buenas manos, pero las opciones de que saliera rana eran casi tan altas como las expectativas. ¿Y si se arrojan a las masas? ¿Y si se ponen en manos de un productor externo? ¿Y si detrás del memorable xx estaba la suerte del principiante? Guarden silencio, hombres de poca fe, suena ‘Angels‘. Vellos de punta, sonrisa de satisfacción, impagable sensación de alivio: The xx han escogido el camino correcto, han sorteado la guillotina del fracaso como sólo ellos saben. Coexist es un trabajo continuista, algo inevitable cuando sus precoces autores ya pueden presumir de un estilo personal y casi intransferible, altamente identificativo y reconocible. Es algo a lo que la mayoría ni se acercará, ¿cómo renunciar a ello? Su marcado ADN no impide que Coexist introduzca novedades, abra nuevos caminos y esquive la vulgar repetición. En cierto modo, la segunda entrega de los londinenses representa la vuelta a unos orígenes imaginarios. Resulta mucho más minimalista, espartano e introspectivo que su predecesor, como si fuera su esqueleto, su embrión, su germen. Coexist coge la propuesta de xx y la radicaliza, la lleva al extremo: más silencios, más oscuridad, más sencillez en las líneas. Entre las novedades, un papel mucho más protagonista para los beats y una confianza creciente de Oliver y Romie en sus respectivas voces. Jamie xx deja su sello en cada detalle, los dos vocalistas cantan más y mejor. Los tres han mejorado. Y, por encima de todo, las canciones. Enormes y gloriosas en su mayoría, con licencia para atravesarte de arriba a abajo y dejarte temblando. Ma-ra-vi-llo-so. (En Spotify)

2. Cloud Nothings – Attack On Memory

Dylan Baldi la ha liado muy gorda este 2012. Quién ha visto y quién ve a este chaval de Ohio, un tirillas post-adolescente que hasta finales de 2011 se dedicaba a componer temitas facilones de indie pop saltarín desde su casa. Unos temas que, si algo, podían calificarse de “simpáticos” y no mucho más. También debía percibirlo así Baldi, que harto de ser otra aguja más en el pajar de lo alternativo decidió mandarlo todo al garete, apuntarse al Gimnasio Albini y someterse a un cambio de look radical plasmado hoy en ocho temas (un disco) que constatan una transformación tan rápida como inaudita. Ante nosotros se alza ahora un rockero adulto e hipertrofiado, con el depósito rebosante de confianza y una determinación infinita para llevarse todo prejuicio que se encuentre por delante. Attack On Memory (literalmente “ataque a la memoria”) es una bofetada a los incrédulos, un álbum furioso e intransigente que avanza sin perdón hacia una nueva dimensión situada en un punto desconocido entre el punk, el slowcore y el indie más robustamente accesible. “¡Olvidad lo que sabíais de Cloud Nothings, malditos, lo que hacíamos, lo que pensabais de mi!”, parece advertirnos. “Cloud Nothings han muerto para volver a nacer. Así somos y así sonamos A-HO-RA”. Y la novedad es desde la primera nota de la alquitranada‘No Future/No Past’, con su cadencia pesada y discurso nihilista. No nos cabe duda de que Baldi va muy en serio. Aquí no hay pose sino rabia, una rabia perfectamente canalizada que estalla en las ocho palabras de ‘Wasted Days’, esa salvajada que te deja exhausto antes de llegar a la tercera canción. Quizás por eso, porque la bestia todavía no es el perfecto animal despiadado que ambiciona ser, se nos permite tomar aire con ‘Fall In’ y ‘Stay Useless’, únicos momentos, notabilísimos, en los que el pop colorido de antaño resquebraja un monocromatismo que, por lo demás, lo inunda todo, desde la portada hasta la última nota de ‘Cut You’. La cara B retoma con tres minutos instrumentales que son una nueva sacudida a base de golpes de bajo y platillos (‘Separation’). Bárbaros, al igual que el desgarrador mensaje de ‘No Sentiment’, que incide en la constante idea de la tabula rasa: “No nostalgia / No sentiment / We’re over it now / We were over it then”, se desgañita un Baldi desbocado que roza el emo (bien entendido) en lo vocal. Para casi el final queda ‘Our Plans’ y esa mirada a un futuro incierto (“No one knows our plans for now / We won’t last long”). Nosotros, rendidos a los pies de la banda más mejorada del año (Most Improved Band, que dirían los yanquis), pedimos más de este brutal mejunje al que Baldi promete darle otra vuelta de tuerca. Mundo, ¡no te acabes! (En Spotify)

1. Chromatics – Kill For Love

Quizás sea porque la estantería musical de mi padre esta llena de discos de Neil Young. Es posible que tenga algo que ver. Uno nunca sabe hasta qué punto estas cosas están en el subconsciente. Recuerdo haber oído ese tema ‘Hey, Hey, My, My’, no en situaciones concretas, pero sí de fondo, desde el otro lado de la puerta. Con la voz extraña de Neil Young. Sin saber qué querían decir esas palabras. “It’s better to burn out, than to fade away”. Tapándolo todo con alguno de los primeros discos de Red Hot Chili Peppers, que era más mi sana afición de entones. Ahora, cada vez que me enfrento a Kill For Love y suena ese rumor de vinilo, cada vez que entra esa guitarra vaquera, oscura y púrpura, de alguna forma siento que estoy en casa. La voz que sigue no es la de Neil Young, pero ahora entiendo lo que dice, ahora estoy a este lado de la puerta. Empezar un disco así, con una versión que es casi un sarcasmo («rock and roll can never die…»), es de tenerlos cuadrados. Y sin embargo, funciona. Funciona precisamente para introducirnos aquí, en lo oscuro, en un disco que es estética, pero tiene fondo; un álbum que te abraza, que te sumerge en unos códigos, en un paisaje que al final resulta brutal.

Johnny Jewel es un tipo especial. De esos que se encierran y lo hacen todo. Ha tardado cinco años en dar por concluido este trabajo, el cuarto largo de estudio para Chromatics. Pensó sacarlo en 2010, pero se contuvo. No estaba terminado. Mandó a la mierda las presiones y trabajó en cada canción. Hizo una decena de versiones del álbum. Máster arriba, máster abajo. Cambiando ambientaciones, velocidades y arreglos. Hasta que un día lo tuvo. No avisó a nadie, lo subió a iTunes y a Soundcloud. Y esperó. Sabiendo que era bueno, que esto era lo que quería hacer y que por fin estaba hecho. Kill For Love es el mejor disco de este año porque es el mejor Disco de este año. Disco entendido como un todo, como una sucesión de canciones, un relato que tiene sentido conjunto, que es un viaje, en este caso, a lo profundo de la cabeza de un tipo brillante que ha pasado en silencio musical un lustro.

En una entrevista con Pitchfork, Jewel subrayaba la importancia de la selección y secuenciación de temas. Aquí no están los mejores, sólo los que me mejor casaban. No quería hacer de Kill for Love una sucesión de hits. Quería subir otro escalón. “Podría haber publicado un disco con 10 temas pop, pero entonces nuestra libertad para experimentar en el estudio no hubiese existido. Sabía que este trabajo iba a atraer la atención de muchos. Siempre ofrezco una gran cucharada de azúcar para ayudar a pasar la medicina. Quiero tener una relación de verdad con quienes escuchan mi música. Quiero retarles, darles a veces lo que quieren. Y luego darles algo que no saben que quieren».

El primer tercio del álbum es puro azúcar. Un despliegue de seda musical en piezas de tres minutos. ‘Back From The Grave’, con su beat noctámbulo y la voz mágica de Ruth Radelet; ‘Lady’, adictiva, llena de sonidos que sólo tiene este álbum, arreglada hasta el mínimo detalle, soberbia. Luego llega la joya, ‘These Street’s Will Never Look The Same’, y después la medicina. Y aquí es cuando Chromatics pierden oyentes de paso y ganan incondicionales. En la primera escucha dan ganas de saltar directamente a ‘Running From The Sun’. Pero qué desperdicio. A la enésima, uno desea todo lo contrario, quiere volver a la claqueta lejana de ‘Broken Mirror’, un trance lujoso, lúgubre y bello. Uno quiere volver a mirar dentro de ‘The Eleventh Floor’, agarrarse a los cascos cuando los sintetizadores suben y se extinguen hasta la vuelta de la claqueta. Esos pasajes le transportan a uno a un búnker sellado, con muebles caros y cortinas de terciopelo. A un lugar de una tristeza espesa, de una calma extraña.

Luego sí, el piano y el autotune de ‘Running From The Sun’ rompen una magia y abren otra, dura: “Then morning comes and they’re waking up / Drinking blood from a paper cup / It’s the same old dream we all had last night / And they’ll be there burning next to you (…) And if you lock your windows tight / Daylight still peaks through cracks / Running from the sun”, canta el propio Jewel. Y poco más tarde, en ‘Birds of Paradise’, Radelet responde: “You are the black sky / always running from the sun”. A esto vamos: la canción es una maravilla (esos violines…), pero tiene premio en su contexto. Y eso es lo complicado, conseguir las dos cosas: unir singles y experimentos en un todo funciona junto y por separado. Una experiencia musical y sensorial inigualable. (En Spotify)

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