20/10/2012

Si Ben Gibbard hubiera nacido hace algo más de seis décadas, probablemente habría sido un tipo de sombrero hongo y traje negro, habría optado por […]

Si Ben Gibbard hubiera nacido hace algo más de seis décadas, probablemente habría sido un tipo de sombrero hongo y traje negro, habría optado por un saxo alto como instrumento y no habría dudado en arrojarse a la carretera junto a Sal Paradise y Neal Cassady para recorrer infinidad de veces la larga distancia que separa el este y el oeste de Estados Unidos. Tal es la certeza de esta suposición que, en uno de sus múltiples proyectos, el cantante de Death Cab For Cutie decidió hacer un disco dedicado al prócer de la generación beat, con motivo de un documental a su alrededor. Junto con Jay Farrar, guitarrista de Uncle Tupelo, homenajeó a Jack Kerouac en 2009 con One Fast Move or I`m Gone: Music From Kerouac Big South.

Pero el siempre azaroso tiempo quiso que el bueno de Benjamin viniera al mundo muchos años más tarde y que su juventud coincidiera con la resaca grounge de un país, al menos en lo musical, aún aturdido por el sonido del disparo que acabó con la vida de Kurt Cobain. Y en el fértil terreno de la desesperación emergió un joven atribulado, de aspecto desaliñado y carácter afectado e introvertido. Una figura capaz de transmutar la depresiva brutalidad en una tierna melancolía que mostrara que el mundo todavía era un lugar hermoso, sencillo pero bello, en el que cabía toda una generación inspirada en él.

Así que, en lugar de uno de los protagonistas latentes de las historias de Allen Ginsberg o William S. Borroughs, Gibbard representaba en lo musical lo que en la gran pantalla dibujaba la Juno de Jason Reitman o los 500 días juntos de Marc Webb. E, incluso los más alérgicos a ese particular universo, heredero del hippismo más florido, admitirán que su talento es indiscutible. Pese a que en los últimos años los lanzamientos de Death Cab For Cutie se hayan recibido con decepción, los de Bellingham fueron autores de indudables joyas de finales del siglo pasado y principios del presente como Something About Airplanes o Transatlanticism. Y, por si el currículum aún resulta insuficiente, Ben Gibbard, con uno de sus numerosos proyectos, The Postal Service, interpretó su particular orgía electrónica en el inmenso Give Up que nunca tuvo una esperada continuación.

Era cuestión de tiempo que alguien tan atraído por una abnegada soledad decidera abandonar a sus acompañantes y embarcarse en un proyecto en solitario. Quizá aun afectado por su separación de la angelical Zooey Deschanel (actriz y mitad, junto con M. Ward, de She & Him), Gibbard ha escrito las doce canciones que componen Former Lives. Al contrario que Jack White, otro divorciado que también ha encontrado su inspiración en el aislamiento, el trabajo de Ben Gibbard es tan reconocible que podría ampliar el catálogo de la banda que le dio a conocer. La declaración de intenciones del comienzo de este trabajo, un ‘Shepherds’s Bush Lullaby’ a capella que rompe con ‘Dream Song’, hace pensar que su ideólogo está en un momento de lucidez creativa. Pero a medida que el disco avanza, las letras de frustración amorosa y el meloso acompañamiento son excesivamente familiares, como si el tiempo se hubiera detenido en un momento del que es imposible escapar. Gibbard parece despertar constantemente en el día de la marmota y no se da cuenta de que su cromática felicidad ha adquirido tonos ocres, síntoma del irrefutable paso del tiempo.

Y en los cuentos de Peter Pan, Campanilla ya no es una dulce joven con la que, como él dice, compartió un verano en París con el Sena rebosando champán. Ahora es una mujer avejentada y melancólica y su héroe parece ser el protagonista de ‘Teadrop Windows‘, alguien que un día fue el tipo más admirado de la ciudad y que en las postales con los vértices ya raídos se erige como una estrella. El chico que no quiere crecer continúa jugando con guitarras acústicas y melodías eléctricas, su pueril voz mantiene cierta atracción, pero al asomarse al jardín sobre el que continúa divirtiéndose, su cara es demasiado reconocible.

A pesar de querer siendo un joven imberbe, no se puede tildar a Gibbard de tedioso. Tiene cúspides como ‘Bigger Than Love’ en las que todavía funcionan esos puntos de inflexión marcados por la percusión y en los que evoca a esa generación beat cuando en sus memorias alude a un joven etílico rompiendo las puertas de los baños de cualquier tugurio de Nueva York. Y en los momentos preciosistas como ‘Lily’ aparece un déjà vu, como si ‘I Will Follow You Into The Dark’ aún no se hubiera apagado. Tampoco hay éxito en la exploración de nuevas rutas, aunque arriesgar siempre sea una virtud. La intención de otorgarle a su particular universo un suspiro en forma de ranchera (¿estará afectado por la muerte de Chavela Vargas?), en ‘Something Ratling’ simplemente no llega a buen puerto. Mucho más eficiente se muestra cuando reelabora su catálogo pop en temas como ‘Duncan, Where Have You Gone?’ y compone bajo su característico manto electroacústico ‘A Hard One To Know’.

El año pasado, en la última gira de Death Cab For Cutie, se pudo ver a un Ben Gibbard convencido de la autenticidad de sus canciones. Todavía se vislumbraba a alguien enérgico, todo lo contrario que muchos de los que parecen seguir su estela, como el insulso Martin Courtney (de Real Estate). Pese a un repertorio brillante pero caduco, es esa fe la que le lleva a creer que queda un largo camino rodeado de grandes luces todavía por recorrer. Pero para que esa autoestima se materialice es necesario que Gibbard pase página a esas vidas pasadas que evoca en su primer trabajo en solitario.

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