17/07/2012

Siempre hace ilusión irse de festival. Hacer tus propios horarios artesanales, preparar con mimo listas de Spotify con lo último de lo último, ilusionarte con […]

Siempre hace ilusión irse de festival. Hacer tus propios horarios artesanales, preparar con mimo listas de Spotify con lo último de lo último, ilusionarte con las decenas de conciertos que vas a disfrutar en perfecta armonía temporal con otros miles de iguales que aman la música, armarte de comida basura para tres días, de alcohol basura para tres días, de ropa basura para tres días… bendito ritual. La primera cita destacada del calendario veraniego como tal ha sido el

Bilbao BBK Live 2012, que como ya sabrán este año coincidía en fechas con el FIB. Tres jornadas maratonianas (de jueves a sábado) que han dejado el saldo exacto de 109.178 visitantes, tres días intensos girando en torno al reclamo mayúsculo de la única actuación de Radiohead en España este año (sobre la que hablamos en la entrevista previa con su jefe de prensa). Además de nombres impepinables como The Cure, Band of Skulls, Garbage, Warpaint o The Kooks. Aviso para quisquillosos: no está todo lo que ocurrió. Lo sentimos, pero somos finitos y no tenemos el don de la ubicuidad, menos aún en espacios masificados. Vamos allá.

JUEVES 12

Bajo un mural hipercolorista, The Gift desplegó su receta basada en épica para niños y niñas. La banda de Alcobaça era la primera, la que estrenaba el festival, y se notó en las ganas que demostró el público, saltando y cantando como posesos. Sonia Tavares se mostró como una cantante de voz camaleónica (espectacular en Always Better If You Wait For The Sunrise’) y notable frontwoman, alentando al personal, haciendo palmas, hablando portugués, castellano y lo mínimo de euskera. Muy majos. Después de ellos, en el escenario 2 vimos diez minutos de Lori Meyers. Nada nuevo bajo el sol: Noni, medio descamisado, cantando ‘Alta fidelidad’ y ‘Viaje de estudios’ delante de un porrón de personas alocadas. Todo en orden.

¡Cómo molan los tríos que suenan como si fuesen ochocientas personas! Al menos eso le pasaba a las –preciosas- guitarras de Russell Marsden, cantante de Band of Skulls: cundían como ochocientas. Junto con la bajista Emma Richardson y el batería Matt Hayward dieron un show brutal y milimétrico, hermanado con el metal, y obviando las pocas concesionas al descanso de Sweet Sour, su disco de 2012. Impagables los momentos de ‘Sweet Sour’, ‘Bruises’ o ‘Patterns’. Por verles a ellos nos perdimos el concierto de Tribes, que dieron cuenta a la misma hora de su sabroso debut en el escenario 3. A falta de crónica, ahí tienen un enlace a Spotify del susodicho LP. Hagan click, no sean vagos.

Mientras La Habitación Roja machacaba los oídos del personal en una abarrotada lata de sardinas Carpa Vodafone debido al altísimo volumen, miles de personas iban tomando posición para ver el concierto de Snow Patrol. Fueron el primer plato realmente masivo de la jornada, dando un concierto demasiado homogéneo de ritmo. Tras los momentos karaoke de ‘Run’ (que para el que escribe siempre será su temazo) y de, por supuesto, ‘Chasing Cars’, comenzaron a aflorar las camisetas de The Cure (llegamos a contar un millón, así a ojo) dejando claro quién era la prioridad aquella noche. Quedarse y buscar un buen sitio para ver a Robert Smith o ir corriendo a ver a The Jon Spencer Blues Explosion al escenario 3: he ahí el dilema. La vena melómana nos pudo, y nos quedamos. Jon Spencer es joven, pensamos. Seguro que vuelve pronto a España, pensamos.

Primer acto: Robert Smith sobre el escenario. Pasos torpes, sonrisa de circunstancias. El público está mosqueado tras más de media hora de espera. Chapurrea: “Buenas noches. Un problema tiecnica with the… claviha, oh… So, dos miniutos”. Se va. Segundo acto: Los “dos miniutos” han sido finalmente diez o más. El tiempo duele, la espalda también. Robert Smith sobre el escenario. Pasos torpes, sonrisa de circunstancias… y una guitarra acústica en la mano. “Esto es mientras lo arreglan”. Así empieza su improvisado unplugged, que incluye ‘Three Imaginary Boys’, ‘Fire in Cairo’ y una coreadísima ‘Boys Don’t Cry’. Detallazo. Al acabar, asoma en su pintado rostro una mueca humilde: “Siento que el resto del grupo tiene que estar conmigo. Esto es The Cure, y no Robert Smith”. Se va.

Tercer acto: The Cure sobre el escenario. Vítores, espaldas destrozadas, latigazos de dolor subiendo desde las plantas de los pies. Ya no hay rencor por el retraso. Arrancan con ‘Open’, graves excesivamente potentes, de estos que alteran tu biorritmo. Da igual: es el inicio de un tour de force de más de 3 horas (dos bises), un vaivén entre las tremendas estructuras de ‘From The Edge Of The Deep Green Sea’ o ‘Want’ y las livianas melodías de ‘Just Like Heaven’, ‘Push’ o ‘Friday I’m In Love’. Setlist bien repartido por toda su discografía, desde 1979 hasta 2008, salpimentado de hits y canciones menos conocidas, con momentos memorables como el punteo dislocado del final de ‘A Forest’ o los tics adolescentes de Robert Smith (de una solvencia vocal notable, por cierto). Un concierto para fans, para los que ya lo eran y se reafirmaron, y para los que se convirtieron a la logia. Cualquiera con orejas en la cabeza no pudo resistirse a la evidencia: que esas composiciones son historia viva de la música popular. Puede que The Cure ya no den ningún disco memorable, pero cada noche, en cada escenario, reivindican su leyenda. Por eso hablamos otra vez de ellos, pese a que ya lo hicimos a propósito del Primavera. Lo del jueves en Bilbao fue espectacular. Y hay que decirlo más. Pero coño, Robert: ya que tocasteis 37 canciones, ¿tanto os costaba interpretar ‘Plainsong’? Probablemente, el mejor concierto de todo el festival.

Después de aquello, todo parecía pequeño. Bloc Party apabulló al personal con un juego de luces epiléptico (aunque el sonido falló un poco en ‘Helicopter’) y una pericia espídica en la ejecución de los instrumentos. Ya abandonando el festival, vimos brevemente a James Murphy, afrontando el final de su sesión (solapada por el retraso en The Cure). No podemos decir gran cosa de él, por aquello de que nuestros tímpanos se habían volatilizado y tal: pero el escenario 3 estaba a reventar de gente, eso es así.

VIERNES 13

Finalmente llegó. La fecha marcada en rojo. El Día R. Llamadlo como queráis. Si la jornada anterior era apabullante la cantidad de camisetas de The Cure que se vieron dentro del recinto del festival, el número de hunting bears era insondable. El concierto de Radiohead era la piedra de toque, el momento definitivo, una masa enorme de carne grasienta burbujeando dentro del asador. Creo que la metáfora está clara. También eran multitud todos los ingleses, franceses, alemanes que se dejaron ver por Bilbao. Rubios, altos, ojos azules, centrales depuradoras en lugar de hígados. De esos que se saben todas las canciones, que hacen todos los coros, que pueden disfrutar al 1000% de un concierto, y jodérselo al prójimo en la misma proporción a base de hercúleos empujones. Ya llegaremos a eso.

Abrieron la tarde del viernes los bilbaínos Zea Mays, que atrajeron sobre todo al (acérrimo) público euskaldun. Quizá un poco desbordados por la inmensidad del escenario principal, simbolizaban el guiño de la organización a las bandas del terruño (en otro momento y lugar tocaron los también vascos Belako y Namek Planet). Zea Mays, a través de sus guitarras nu-metaleras, recordaron al Gaztexte Kukutza, derribado en otoño del año pasado, mediante una banderola que ondeaba del set de la batería y la homónima canción. El potente chorro de voz de Aiora terminó resultando algo repetitivo, aunque marcó la personalidad de canciones como ‘Elektrizitatea’, ‘Besterik ez naiz’ o ‘Negua Joan da ta’. Al final, la gente terminó pidiendo más: “Beste bat!”.

En torno a las 19.20 salían al escenario 3 las chicas de Warpaint, cuarteto femenino de estos que hacen voces en cascada, meten guitarras etéreas y sirven tanto para cantar una nana como para hacer tralla de la buena. Tras una intro a base de voces en bucle, y bajo un cielo encapotado, el concierto fue más de la primera opción que de la segunda, y se hizo cortísimo entre tanto pasaje ambiental. Las canciones más coreadas fueron ‘Undertow’ y ‘Beetles’. Ojalá podamos disfrutar de ellas con un setlist más largo y en una sala cerrada: es lo que merecen.

El concierto de Mumford & Sons fue más bien una prueba de resistencia. Con la explanada del escenario uno completamente desbordada, entre la marabunta podía pasar cualquier cosa: que unas jovencísimas alcohólicas te preguntasen “qué había que hacer para conseguir pase de prensa” (¡como si se ganase en un rasca y gana o algo así!), que un valenciano gritase todos los coros con una antelación de medio segundo a un centímetro de tu oído, que una chica se pusiera justo delante de ti, con su moño alcanzando la altura de tu boca (de regusto amargo, el moño, digo), que se formasen pogos colectivos improvisados… y también pasó un concierto de folk-rock. Los londinenses debieron quedarse flipados con el llenazo absoluto. Recordándonos varias veces que íbamos a ver a Radiohead (como si fueran los únicos en el cartel), acometieron otro concierto karaoke, con momentos álgidos como ‘Little Lion Man’, o ‘The Cave’. Aprovecharon para sacar a relucir ‘Lover Of The Light’, de su inminente Babel. Pintaza, ya saben.

La segunda prueba de resistencia vino con The Kooks. Nueva petada masiva, esta vez versión guirilandia. Con un estilo furioso y precipitado, los muchachos de Brighton pusieron el piloto automático y tocaron temas cortados por el mismo patrón. Supieron dosificar los hits (‘Shine On’, ‘Naïve’, ‘Do You Wanna’), pero la homogeneidad en el ritmo general del concierto hizo que terminase por resultar demasiado fugaz, demasiado copia de sí mismo. Hacia el tramo final del concierto, fueron muchos los que emprendieron la huida hacia el escenario principal, haciendo tiempo mientras esperaban a Four Tet Radiohead. Como sabrán, el DJ, fagocitador y re-ensamblador de mil y una bandas de rock alternativo, también ha metido mano a alguna de las canciones de The King of Limbs. Así se explica que estuviera en la (extraña) posición de tocar/pinchar justo antes de Thom Yorke y cía. Pudiendo ser un coñazo, la suya fue una sesión llevadera y ágil, que llevó a un trance generalizado, aunque los bajos sonaban atronadores.

Y ahí estaban. Después de hablar de tanta exclusividad y tanta historia , ahí estaban Radiohead, cinco minutos después de que Four Tet se despidiera. Listos para empezar. Muchas expectativas, muchas tardes oyéndoles en la habitación mirando al techo. Veinte años, dos décadas, distintas generaciones de jóvenes distintos. Empieza a sonar ‘Bloom’ (de The King of Limbs, su último disco), y se confirma lo que muchos señalan: que las canciones de dicho álbum suenan mejor en directo, donde pierden esa frialdad artificial y ganan en intensidad orgánica. El suyo es un concierto ecléctico, y por tanto se abrazan a sus discos eclécticos. Eso implica ningunear no sólo a Pablo Honey (típico), sino también a The Bends (¡blasfemia!).

De hecho, salvo ‘Karma Police’ y ‘Paranoid Android’ no sonó ningún tema de los noventa, y sí hubo abundancia de sus últimos discos, incluyendo la nueva y estremecedora ‘The Daily Mail’. De la esquizofrenia de ’15 Steps’ a los arreglos arabescos de ‘Pyramid Song’. Del tono elegíaco de ‘Reckoner’ (con nuevos arreglos, por cierto) al rock progresivo tribal de ‘There There’, o al rock explosivo de ‘Bodysnatchers‘ (celebradísima). De la electrónica cortante de ‘Idioteque’ a la electrónica fluida de ‘Kid A’. No hubo dos canciones que fueran iguales, y sin embargo todas eran lo mismo: el código genético de un grupo que ha roto etiquetas, que ha marcado a fuego su sonido en el imaginario de millones de personas, que ha estirado su sonido hasta romperlo, y que luego ha juntado los añicos como le ha venido en gana. Tras algún viejo truco (la arenga de Yorke diciendo que “alguien os ha robado vuestro dinero” y que deberíamos «tomar la calle«, con la consecuente alzada generalizada de puños y la ausencia total de rebelión efectiva) vinieron momentos bonitos, como la lluvia en mitad de ‘Paranoid Android’, broche perfecto para un concierto que tardó media vida en llegar y hora y tres cuartos en irse.

Antes, dos bises (el primero con ‘Give Up The Ghost‘, ‘Kid A‘ y una espectacular ‘Everything In It’s Right Place‘ mezclada con ‘After The Gold Rush‘ de Neil Young; el segundo, con una ‘Paranoid Android‘ haciendo casi las funciones de ‘Creep‘), una formación absolutamente engrasada –con la ya habitual doble batería– y una sensación de que el grupo británico sigue un paso más allá: OK Computer en su día marcó un hito, y sigue resultando conmovedor e imprescindible en un mundo cada vez más deshumanizado, pero Radiohead están ya más allá. Cuando tocaban esas canciones, parecían demasiado convencionales para ellos. Hasta aburridas. Radiohead necesitan más, y por ello su concierto fue uno de los más exigentes que recordamos haber visto de cualquier grupo que mueve decenas de miles de personas. Y eso es mucho.

Después del concierto, había más opciones. Unos eligieron la grandilocuencia mil veces repetida de Vetusta Morla. Otros, la bola de ruido ininteligible de Triángulo de Amor Bizarro, que en un concierto brevísimo tuvieron tiempo de despachar ‘Amigos del género humano‘ y ‘De la monarquía a la criptocracia‘ y de que una Isa (bajista) un tanto chulesca casi metiera la pata hablando de la subida del IVA y acabara cagándose en el PP. Otros se decantaron por la electrónica juguetona de Étienne de Crécy. Pero invariablemente, seguía lloviendo sobre nosotros desde una gran altura.

 

SÁBADO 14

Con los dos cartuchos del jueves y el viernes consumidos, todo parecía indicar que la última jornada sería la menos multitudinaria de todo el festival. Nos encanta equivocarnos en estas cosas. La tarde empezó con Corizonas, y Cristo, estos muchachos sí que saben dar conciertos. No se salen del guión, tocan siempre las mismas canciones y hacen siempre los mismos chascarrillos: pero da igual. Ya sea con ‘Run To The River’ o ‘I’m Alive’, lo petan. El público se vuelve loco, Javier Vielba se vuelve más loco, el público roza el éxtasis, Javier Vielba entra en trance, y así. Un concierto para sudar, reír, cantar y llamar a tu amigo cuando suena ‘Wish You Were Here’ de Pink Floyd. Sí señor, sí señor.

Siguiendo la estela de conciertazos, en el escenario 2 estaba Eli ‘Paperboy’ Reed dando canela fina. El muchacho, ataviado con un ceñido pantalón azul turquesa empezó a disparar con su potente vozarrón, y no terminó hasta acabar con todos nosotros. Cuando se dirigía al público pecaba de histrionismo (como si el espíritu de James Brown le hubiera poseído), pero aquello formaba parte del espectáculo. Nos regaló ‘It’s Easier’, ‘Take My Love With You’, ‘I’m Gonna Getcha Back’, y otros trallazos por el estilo. Ni se sabe la de veces que ha estado ya en España. Da igual.

De vuelta en el escenario principal, llegó el turno de The View, en lo que terminó siendo otra congregación masiva. El guitarrista Pete Reilly tuvo la decencia, en un alarde de infinito buen gusto y deferencia hacia la ciudad anfitriona, de vestir una camiseta de la segunda equipación del Athletic de Bilbao, lo cual le hizo subir varios puntos en mi estimómetro. La gente no paró de bailar desde el primer momento, ya sonase ‘Blue Jeans’, ‘How Long’ o ‘Sunday’, aunque no dejen de ser un grupo del montón. Al final, pese a todo, el concierto terminó siendo más disfrutable que el de The Kooks el día anterior.

Poco después de las nueve de la noche Glasvegas empezaron su concierto. Aunque la forma de cantar de James Allan puede parecer forzada y empalagosa, su formación se apuntó otro tanto en la casilla de conciertos multitudinarios. En las primeras filas la gente lo daba todo (cosa normal: ¿por qué estaban en las primeras filas si no?). Tal vez lo dieron demasiado, como aquellos irlandeses que daban por culo bailaban frenéticamente. Una bola gigante se paseó por encima del público llegando al escenario en dos ocasiones y amenazando con derribar micros, pedales y músicos. En ‘Daddy’s Gone’ la gente terminó de destrozar sus cuerdas vocales.

A esas alturas del partido ya no quedaba mucha tela que cortar, salvo los dos conciertos de Keane y Garbage, las apuestas más fuertes de todo el día (los conciertos de Sum 41 y Enter Shikari se quedan fuera de nuestra línea editorial, entiéndanlo). Pese a que parecían unos cabezas de cartel un poco desiguales con respecto a los de los dos días anteriores, Keane pusieron la explanada principal a reventar. El concierto fue bastante resultón y la voz de Thomas Chaplin quedó estratosférica. Además, ¡qué demonios!, suenan temas pasto de radiofórmula y de Singstar como ‘Somewhere Only We Know’, ‘Bend And Break’ o ‘Everybody’s Changing’ y uno no puede evitar cantar, aunque sea por lo bajini. El juego de luces fue espectacular, y la calidad del sonido, sobresaliente. Convencieron.

Personalmente el que escribe estas líneas tenía especial ilusión en ver el concierto de Garbage, de nuevo a la carga tras un lustro largo de ausencia. Muchos recuerdos de chaval escuchando alguno de sus trallazos en la radio… trallazos que fueron, de largo, lo que mejor funcionó aquella noche. Porque, no nos engañemos, uno escucha ‘Automatic Systematic Habit’ y a continuación ‘I Think I’m Paranoid’ y se queda con la segunda de largo. Hubo algún problema gordo de sonido (como el corte durante el primer estribillo de ‘Push It’, imperdonable), pero se equilibró con una Shirley Manson particularmente elocuente, diciendo a los incrédulos por su regreso que “seguimos aquí, hijos de puta”. A la cantante le dio por recordarnos la pésima imagen internacional de España (al igual que Thom Yorke la noche anterior), pero lo arregló diciendo que a pesar de todo, aquí tenemos una comida y un vino maravillosos (eso para quien se pueda pagar los vinos, Shirley). También dedicó ‘Cherry Lips’ a Sara, una fan que mandó como regalo un vestido al hotel donde se hospedaban Garbage y que, mira tú por dónde, estaba en primera fila, cerquita de la cámara-pértiga que hacía barridos del público de vez en cuando. Un concierto movido, que hizo olvidarnos del cansancio acumulado, y en el que pudimos ver detrás de la batería al bueno de Butch Vig. Gracias por todos los discos que has producido, genio.

A esas alturas del festival se estaba bastante cómodo, sin excesivas aglomeraciones (salvo en la carpa Vodafone, con Independance DJ’s haciendo un greatest hits indie non-stop). Las hordas zombies arrastrábamos los pies, bien hacia la barra (había una en la cima de una subida; absolutamente memorable, se dice que ahí solo se despachaba Isostar), bien hacia la carpa, bien hacia el mundo exterior. Nos mostrábamos sociables, hablando con todos en todo momento: “Hola, soy Albert, de Eslovenia, ¿sabes dónde está? Porque hay mucha gente que no. Hala, ¿estás acreditado? ¿Qué hay que hacer para que te den la pulsera de prensa?”. La ropa basura, la comida basura, el alcohol basura, las torres de sonido, las piedras y la humedad sempiterna del País Vasco nos habían convertido a todos en algo diferente. Estábamos acabados. Bendito ritual.

Texto: Álvaro Ramírez (@alvarorcalvo)

Fotos: Musicsnaper & Tom Hagen

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