12/07/2012

Cuando, a mitad del escalofriante crescendo de ‘Murderer‘ de Low, la lluvia dobló su intensidad como si formara parte del atrezzo del momento, aquello parecía […]

Cuando, a mitad del escalofriante crescendo de ‘Murderer‘ de Low, la lluvia dobló su intensidad como si formara parte del atrezzo del momento, aquello parecía un regalo divino. Ver a Low en medio de un parque, en un escenario cómodo, con un silencio sepulcral pese a ser las 3 de la tarde y que encima la naturaleza se sumara al lamento desesperado de los de Duluth era poco menos que una estampa perfecta. Una especie de revelación mística muy en la línea de lo que transmite la música de Low, serios, sobrios y emotivos como siempre, que el poseído Alan Sparhawk se encargó de recordar al final diciendo «the sky is falling, someone should tell the king» antes de abandonar el escenario tras una hora de su habitual descarga emocional.

Que luego estuviera lloviendo sin parar las siguientes cinco horas del Cactus Festival de Brujas, celebrado del 6 al 8 de julio en el Minnewaterpark de la ciudad belga, ya fue menos místico y un poco más pesado. Aunque así son los festivales de Bégica: suele llover y a nadie le importa, las bebidas en el backstage se pagan, y todo el conjunto se concibe más como una experiencia –familiar, con amigos– que una excusa para ponerse del revés y perder hasta el DNI. Invitados muy amablemente por la campaña Flanders is a Festival de la oficina de Turismo de idem, pasamos tres días en la turística ciudad que resulta ser la capital de Flandes Occidental: una mezcla constante de parejas románticas, viajes de la tercera edad y algunos mochileros despistados dando una vuelta por Europa. Igual que en sus calles, donde se mezclan coches, carros de caballos y bicicletas un poco sin ton ni son, para que luego digan que los del sur de Europa somos los caóticos.

En este contexto de ciudad pequeña (de apenas 100.000 habitantes) coronada por las patatas fritas, el chocolate y los edificios pintorescos, con un turismo no precisamente joven, se instaló hace siete años un festival con un perfil muy (bien) definido: ofrecer una selección de artistas durante tres días, a caballo entre lo mejor del pop alternativo actual con clásicos de renombre del pop y el folk internacional. La clave del Cactus Festival reside en que solo hay un escenario, y que todo lo que acompaña al festival es cuidado hasta el último detalle: cada año se encarga a la misma artista que cree una serie de instalaciones como decoración del festival (este año, el motivo eran los animales), hay espectáculos teatrales a pie de público, los precios son económicos (cervezas a 2€, combinados a 5€), no hay ninguna cola, y todo funciona francamente bien. De ahí que por el Cactus Festival estos siete años hayan pasado nombres como Gnarls Barkley, Jose Gonzalez, Mogwai, Dinosaur Jr. Leonard Cohen, The Notwist, Elvis Costello, Janelle Monae o Iron & Wine, y que este año el cartel también presentara buenas credenciales: Yeasayer, Blonde Redhead, los mentados Low, Kurt Vile & The Violators, Chris Cornell, The Kills, John Hiatt

El diverso pero selecto cartel, su planteamiento, y los horarios (de 12 del mediodía a 1 de la noche) han hecho del Cactus Festival un verdadero éxito, congregando unas 7.000 personas por día y recibiendo premios al mejor festival pequeño europeo. La estampa es curiosa, porque hay realmente un buen puñado de generaciones disfrutando del festival, la duración de los conciertos es generosa (más de una hora para cada grupo) y, ahí nos ganaron, puedes ver todos los grupos que hay en el cartel. Con tranquilidad, sin agobios ni carreras de un sitio para otro. Por eso que nos perdiéramos los grupos del primer día (capitaneados por The Ting Tings y Razorlight) no fue culpa de solapaciones o gustos personales sino del viaje en sí, que hizo que no pudiéramos llegar a la ciudad a tiempo para cómo se desenvuelven The Ting Tings tras su fallido segundo disco, o si realmente Razorlight todavía existen. Parece, por lo que nos dijeron, que sí.

El segundo día sí comprobamos, por ejemplo, que Low siguen en un estado de forma descomunal, repasando ampliamente las canciones de su reciente C’mon y aderezándolas con perlas como la monumental ‘Murderer‘ o una ‘Monkey‘ remozada por completo. En el Cactus Festival también hay lugar para la world music, motivo por el cual los siguientes a subir al escenario fueron Zita Swoon Group, proyecto de Stef Camil Karlens (ex-guitarrista de dEUS) con músicos africanos con el que, sinceramente, no acabamos de conectar pese a reconocer su valiente apuesta por la fusión. De ahí al folk rock añejo de Grant Lee Buffalo, en una gira de reunión que les encontró en plena forma física pero con un discurso musical un poco anclado en los noventa, cuando se dieron a conocer y la avalancha grunge parecía que se iba a comer el mundo.

No así The Black Box Revelation, conocidos por aquí pero héroes locales allí, que en plena tormenta (su cantante salió con un chubasquero a tocar) deleitaron al personal con su rock intenso a lo The Black Keys, aunando la contundencia de The White Stripes con la aproximación melódica de los hermanos Gallagher. Triunfadores con ‘My Perception‘ o ‘High On A Wire‘. Igual de triunfador que salió John Hiatt, clásico entre clásicos, que salió a hombros gracias a un auténtico conciertazo de rock ‘n roll, un absoluto greatest hits de himnos como ‘Have A Little Faith In Me‘, ‘Thing Called Love‘ o ‘Tennesse Plates‘, que sonaron más vivos que muchísimas canciones de grupos actuales. Para cerrar la noche, el pop electrónico artie de Yeasayer, tras horas de diluvio, que basculó entre la fluidez de maravillas como ‘O.N.E.‘ o ‘Madder Red‘ y algunos momentos más dispersos y aburridos, con alguna incursión a su inminente Fragarant World (‘Henrietta‘). La lluvia no había dado tregua, los pies estaban caladas (y suerte que iba equipado con chubasquero) pero todo el mundo estaba la mar de contento.

Ya secos y con una previsión del tiempo un poco más optimista (con muestra, eso sí, del esquizofrénico tiempo blega: cinco minutos de lluvia, sol abrasador, otros diez minutos de lluvia… y así sucesivamente), la jornada final del festival presentaba un triplete de clase media que se presumía ganador. Y lo fue. Abrieron la veda los apasionantes Blonde Redhead, liderados por una pletórica Kazu Makino y secundada por los gemelos Pace, que combinaron majestuosamente los arrebatos melódicos de perlas como ‘23‘, ‘Dr. Strangeluv’ o ‘Here Sometimes’ con momentos de auténtica furia shoegaze, dando como resultado un cóctel equilibradísimo de aquellos que uno gustaría de repetir una y otra vez. Igual que los otros héroes locales del festival, unos Absynthe Minded que empiezan a abrirse camino fuera de las fronteras belgas (hace poco estuvieron actuando por aquí) tras haberse convertido en un grupo con legión de seguidores allí. El quinteto de Ghent juega con un arma de doble filo: un eclecticismo lacerante, una amalgama de influencias (jazz, pop, soul, intensidad rock) que hace que ninguna de sus canciones sea igual que la anterior. Eso les convierte en un grupo realmente estimulante de ver, pero al mismo tiempo le resta unidad a su propuesta, de manera que brillan en temas como ‘Envoi‘ o ‘Space‘ pero uno echa en falta algo más de coherencia para poder disfrutar de todas sus canciones por igual.

Y completando el trío que más apetecía de ver en la jornada del domingo, unos apoteósicos The Kills, que tocaron sustituyendo a Explosions In The Sky puesto que estos tuvieron que cancelar su actuación semanas antes del festival (aunque me atrevo a decir que un concierto de ellos en un paraje como ese hubiera sido absolutamente descomunal). Sea como sea, Alison Mosshart y Jamie Hince salieron con ganas de provocar lo opuesto que el grupo que debía haber tocado en su lugar: querían arrasar. Y así lo hicieron. A los espamos fingidos de ella y la actitud rockera de él se sumaron unos certeros percusionistas (cuatro, nada menos) con coreografía incluida, y aunque es cierto que gran parte de su sonido está pregrabado (como sucede con Sleigh Bells), ellos están absolutamente  convencidos de lo que hacen, y consiguen transmitirlo –no sé cómo– al público. Con constantes juegos sensuales entre ambos, con la hiperacción de Mosshart y hits como ‘Future Starts Slow‘ o ‘Fuck The People‘ (no, no tocaron ‘Cheap And Cheerful‘, con un par) consiguen que sucumbamos a esa suerte de pulsión eléctrica y sexual que son sus canciones.

Precisamente una de las frases que Hince dirigió al público define perfectamente qué tipo de festival es el Cactus: «Parecéis un público muy pacífico y tranquilo«, comentó. Y estaba en lo cierto. Minutos más tarde, escuchando el set acústico de Chris Cornell –dedicado a hacer un repaso de sus discos en solitario, así como de algunos temas de Soundgarden y arrancando con la ‘Peace, Love & Understanding‘ de Nick Lowe–, mientras oscurecía y la lluvia por fin había dado una tregua definitiva, uno tenía la sensación de que allí, en ese festival, absolutamente todo encajaba. Y eso es algo tan difícil de lograr que ya pone de buen humor.

Fotos: Cactus Festival

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