20/06/2012

Queda confirmado que en el más difícil todavía el Sónar se encuentra como pez en el agua. Rozando las 100.000 visitas (término que veo más […]

Queda confirmado que en el más difícil todavía el Sónar se encuentra como pez en el agua. Rozando las 100.000 visitas (término que veo más correcto que visitantes), ha vuelto a batir otra vez su record de asistencia. Y lo hace un año en el que se presentaba con un cartel con la fibra comercial restringida a tres nombres bastante sobados, otro de prestigio y a una nueva promesa cuya aceptación popular resultaba una incógnita. A saber: Fatboy Slim es más carnaza de Creamfields y semejantes que de caer por aquí. Lo de la nueva heroína de la música popular –Lana Del Rey– no fue ni de lejos lo más masivo del escenario SónarPub y así se demostró (se quedó en una razonable buena entrada). Die Antwoord ya habían venido el año pasado (aunque ahora tocaba consagrarse). New Order actúan dentro de un mes también en el FIB. Y The Roots serán todo lo buenos que se quiera, pero no tienen ni por asomo el poder de convocatoria de otros ilustres del hip hop como unos Wu-Tang Clan, Beastie Boys o De la Soul, por poner algunos ejemplos. Vamos, un cartel con bastantes peros en lo que aceptación popular se refiere respecto a sus grandes nombres (nada que ver con la calidad, porque lo del combo de Philadelphia fue para sentar cátedra).

 

No se vayan todavía, aún hay más

Pero la lista de retos y obstáculos no acababa ahí: el festival barcelonés se presentaba en medio de una cruenta crisis económica europea, un 50% de paro juvenil por estos lares y las birras nocturnas a cuatro euros… Y aun así la cita más importante del mundo de la música electrónica consigue más público que nunca. Lo que digo siempre: el Sónar se encuentra en ese selecto club de festivales que se han ganado con esfuerzo, dedicación y cariño el “hay que pisarlo una vez en la vida”. Y claro, después no puedes parar de repetir. Como el Coachella, el Primavera Sound o Glastonbury, es de esas citas que la gente comienza a fichar sin tan siquiera saber quién va a componer el grueso de artistas de la siguiente edición, aunque sí consciente de que lo que vendrá acabará convenciéndole. Si a eso le añadimos un trabajo constante de internacionalización de la marca (este año con eventos en Brasil, Japón y Suráfrica) que ya comienza a reflejarse en la versión madre de la Ciudad Condal (el 60% del público era extranjero) y unas ganas inmensas de evadirse y darse un homenaje en una época difícil como bien acierta a indicar Javier Blánquez en sus magníficas crónicas del festival, tenemos un Sónar más que consolidado.

¿Puede aportar problemas tanto pecho lobo suelto por el festival? Algunos pequeños, como que el SónarLab a veces se convierta en un territorio de tránsito que molesta continuamente a los que se han quedado a ver las actuaciones que allí se programan. Poque el overbooking para Mouse on Mars (en el SónarHall, en Sónar Día) nos lo tomamos ya como parte del folclore del festival. Pero por otro lado aporta algo que para el que redacta es sumamente positivo: que no haya escenarios desangelados por falta de público. Comprobado: el nivel de la vergüenza que se define en que la mancha humana no alcance del escenario hasta la mesa de sonido no llegó a verse en casi ningún concierto. Parece una tontería pero eso es algo que ayuda a elevar la autoestima de los que están arriba para que se dejen un poco la piel y acabemos indirectamente nosotros disfrutándolo.

 

Dignidad, esa palabra

Diginidad es que New Order, Imserso Style, no destrozaran en exceso sus canciones. Es más, las suyas sonaron bastante bien, aunque no ocurrió lo mismo cuando hurgaron en el legado de Joy Division. Cada vez que que Bernard Summer espetaba a destiempo un “Aparrrrghhht” de la celebérrima ‘Love Will Tear Us Apart‘ para jalear al público a uno le daba una punzada en el corazón. Los que tuvieron la suerte de verlos el jueves (aquellos que demostraron que beberse cinco cervezas es una labor con un nivel de dificultad equivalente a ejercer de chica del Telecupón) se llevaron a casa un puñado de temas extras a cambio de un sonido más estridente; los del sábado, un directo corto pero en el que se entendía mejor lo que sonaba, y una versión de ‘Bizarre Love Triangle’ la mar de apañada.

Dignidad es también un elogio cuando no hay muchas expectativas depositadas en alguna cosa. Y en el caso que nos ocupa, con Lana del Rey, la curiosidad era mayor por saber si realmente existía, si era una persona de carne y hueso (lo era aunque con algo de horchata en las venas) y si encima se le daba bien eso de cantar. Y la verdad es que no se le dio nada mal, como se explicó en su crónica pertinente. Cuando uno se va destrozado a la cama y se despierta después aún con la tonada de ‘Born To Die’ retumbando en su memoria es que algo ha funcionado. Y eso a pesar de que no se zanjase el verdadero dilema que nos hizo a todos atragantarnos con la cena para estar justo a la hora de su actuación: ¿está o no está buena? (yo opino que no).

Y dignidad es, por supuesto, reencontrarse por fin con un cierre de festival que te permita estar agradecido de haber aguantado hasta que saliera el sol tras unos años sufriendo sesiones chungas de minimal facilón que intenta solventar su mediocridad recurriendo al bombo de urgencia. Un Laurent Garnier que algunos (bueno, simplemente yo) habíamos dado por perdido por su ostensible síndrome del proyecto paralelo, demostró en sus casi tres horas de sesión cuánto estaba equivocado. Él nunca se había ido, era yo que no supe escucharle lo suficiente. Si el directo de The Roots se coronó como el del mejor grupo instrumental de esta edición (muy conscientes de su perfección que les da para versionear el ‘Sweet Child O’Mine’ y el ‘Apache’ de los grandísimos The SugarHill Gang mientras sueltan perlas como ‘The Fire’), el francés demostró que en formato electrónico técnicamente es insuperable. Ayudado por Benjamin Rippert y Scan X (al de Soma sí que lo teníamos perdido) en labores de retaguardia, Mr. Garnier ofreció una clase maestra de lo que es el orgullo de baile con un pie en Detroit y otro en Chicago (ojo al guiñazo a la difunta Donna Summer), recurriendo a temas propios como ‘Jacques in the Box’ o el maravilloso ‘The Man With A Red Face’, y atreviéndose a desconstruir innecesariamente el ‘Strings Of Life’ de ese otro monstruo que es Derrick May (hay canciones tan perfectas que no vale las pena retocarlas). La panacea debe de estar en que uno disfrute como si le fuera la vida en ello con una banda sonora de calidad, y así lo agradeció el público que le premió con una ovación que tanto iba dirigida al galo como al propio festival que ya bajaba definitivamente el telón tras un fin de semana de gloria musical.

 

Madeon, un mocoso dando lecciones

Llega a celebrarse el Sónar en las fechas del Primavera Sound y hubiera tenido que acceder al recinto acompañado de un adulto (acaba de cumplir los 18). Y es por eso que lo de Hugo Pierre Leclercq, alias Madeon, fue un sorpresón de los grandes. Con un amor que roza lo enfermizo por Daft Punk (no paró de colar guiños musicales del dúo francés en toda su sesión), aterrizó en el mastodóntico Club para demostrar que la tecnología es un acicate para ir un paso más allá, algo que lamentablemente no son capaces de ver algunos que se sirven de ella para enmascarar sus carencias. El término presentar comienza a ser literal en algunos vagos del laptop con el Ableton Live instalado y el Notepad para emergencias: le dan al play y presentan las canciones (vamos, casi les sale más a cuenta tirar de Spotify si ni te vas a poner a cuadrar beats). Donde algunos ven una solución, el francés ve una oportunidad para complicarse la vida haciéndonosla a los demás un poco más felices. Y eso significa no parar ni un segundo quieto metiendo cizaña de la buena en un corta y pega continuo de clásicos de la música de baile comercial actual (cayeron M83, Justice, Skrillex…). Sin esa red que aporta una puesta en escena repleta de hipnóticos visuales y que permite a la gente que desconecta de una propuesta músical aburrida embobarse por la retina, Madeon tenía que mantener el pabellón alto tras el incontestable, gamberro y extenuante directo de Die Antwoord (que lo petaron pero esta vez al ir de sobre aviso quizá no acabaron por sorprender tanto, aunque ‘Baby’s On Fire’ y ese cover de Enya sean el despiporre máximo) y poner la alfombra a Deadmau5 (que no ha podido resistirse a ser remezclado por el chavalín). Vamos, un papelón de cuidado. Pero lejos de amilanarse, la gran promesa del french touch galo se marcó una de los directos del festival y encima insertando algunas de sus composiciones como la genial ‘For You’ y ese medley espectacular que es ‘Pop Culture’, su particular ‘Teachers’ de, claro, Daft Punk.

Horas antes, Metronomy dieron uno de los conciertos del festival, en el que sustituyeron la sutileza de las canciones de The English Riviera –y álbumes anteriores– por una contundencia instrumental que pocos esperábamos. Con un directo bastante orgánico (batería, guitarra y teclados), himnos como ‘The Bay’ (a la segunda de turno y con una explosión de euforia tremenda), ‘Everything Goes My Way’ o una final y celebradísima ‘The Look’ justificaron que el SónarLab estuviese abarrotado a esa hora pese a coincidir con el final de New Order y The Roots. Sabían dónde jugaban, y estuvieron a la altura de las circunstancias provocando una euforia que algunos ni intuíamos que podían provocar. Muy, muy bien.

 

En el Club: un viernes para experimentos

Podría pensarse que programar a los extremos (‘extremos’ comparado con la media de artista que se suelen citar) Amon Tobin y Squarepusher en el escenario mayor del festival pondría en riesgo la afluencia de público, pero ya el año pasado, con la terrorífica visita de Chris Cunnigham y los láseres dañinos de Aphex Twin, se demostró que cualquier actuación que apueste por el desarrollo de una tecnología visual acorde a la música va a tener un público fiel. Eso sí, por si acaso siempre hay un Riche Hawtin de por medio que, como Villa, te asegura un buen puñado de goles ande o no ande fino: el SónarClub estaba repleto aunque el canadiense volviese a repetir por enésima vez la misma jugada. Por lo que respecta a Tobin y Squarepusher, hay que anotar que los dos salieron airosos. El primero embutido dentro de una antológica instalación sonoro/visual bautizada como ‘ISAM live’, basado en una estructura en la que se proyectaban imágenes para dar una sensación 3D de lo más lograda, y musicalmente con el ramalazo sonoro made in Ninja Tune, esto es: tanteando los hipotéticos sonidos del espacio exterior y abierto a la experimentación amigable, aunque menos pop que el directo de su compañero de sello Daedelus y su ‘Archimedes Show’ que se presentó el jueves. Por su parte, Squarepusher también aterrizaba con novedades tanto visuales como musicales (el fabuloso Ufabulum, con trallazos del nivel de ‘Dark Steering’, poco que envidiar a sus loadas producciones noventeras). Ataviado con un casco iluminado y unas elegantes proyecciones geométricas, dio un repaso exhaustivo a su dilatada carrera entre el braindance y los breaks saturados característicos del sonido Warp. Algo más low cost que el montaje de su capo Aphex Twin pero igual de efectivo y con un encanto sci-fi que moló un rato, el ritmo de su directo se resintió de algunos parones entre canción y canción y una disposición de temas algo inconexa que dejaron una sensación agridulce. Eso sí, el final, guitarra en mano en pose ‘El Exterminador’ (peli de acción ochentera destroyer), fue impagable.

Fotos: Archivo Sónar.

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