12/06/2012

Instrucciones. Comparar el inicio de ‘Wild’, de Beach House (live @ SMPS12), con la melodía, a partir del minuto 1:42 del tema ‘Axel F’, de […]

Instrucciones.

Comparar el inicio de ‘Wild’, de Beach House (live @ SMPS12), con la melodía, a partir del minuto 1:42 del tema ‘Axel F’, de Harold Faltermeyer (Beverly Hills Cop Soundtrack).

La culpa de todo la tiene Harold Faltermeyer y la melancolía en forma de conjuro capilar lanzado por Victoria Legrand (Beach House) y Ruth Radelet (Chromatics), bellezas que ocultan sus planes en la oscuridad del escenario: melena alquímica entre sombras y guitarras, artes más allá de nuestra comprensión. Quedo embriagado por el sonido en un viaje centrifugador para epidermis sensibles y ocurre lo imposible.

Hay ranas que se convierten en príncipes. Yo escuché ‘Wild’ de Beach House, y me transformé en Axel Foley, superdetective en Hollywood, San Miguel Primavera Sound 2012.

Todo era muy ochentas en aquel SMPS12.

 

Los hombres de Harrelson y el sudor en Beverly Hills 90210. Gafas de sol, chapas, tirantes, miradas en órbita, la felicidad del tripi mezclada en cerveza a lo largo de caminatas hippies, indies, punkis o hipsters. El cansancio, el sudor de las pieles sintéticas y los sintetizadores, el maquillaje y Gotham City, las camisetas y los besos sin nombre en pegatinas adheridas sobre cuerpos inflamados. Todos éramos zombis en comunión de escenario en escenario hasta el confín del mundo, casi allí mismo donde el Festival perdía su nombre. Una única travesía por el desierto: el escenario Mini era una ironía de la vida, gigantesco como el anuncio de un automóvil, un oasis abandonado en el reino de Muy Muy Lejano).

Denominar Primavera al festival pasará a ser un defecto de forma monumental si la canícula continúa funcionando a pleno rendimiento, aunque Verano Sound 2013 sería algo parecido a un concierto de Chanquete. El mitiquísimo Alfred Rodríguez Picó no acertó en su pronóstico, algo anticuado por cierto, aunque con idéntica vestimenta que Baxter Dury, por lo que los desnudos veraniegos casi integrales han sido este año una necesidad erótica de horario diurno y nocturno, para goce y disfrute del personal.

Como superdetective especialista en cachondismos, rápidamente llegué a la conclusión de que precisamente era eso, el roce deslizante y cremoso (tradicionalmente conocido como baile agarrado), lo que habían venido a vigilar nuestros queridos Mossos d’Esquadra, una de las sorpresas del Festival. Es un tema básico el del control de la natalidad. Controles de esos que te hacen soplar y tal. Se les pudo ver paseando por el recinto muy sexys. Muy serios. Muy Mossos participando del recuento de asistentes, incómodos en la tesitura de inflar el número total de manifestantes//espectadores que llenó, aunque menos que en otras ediciones, un recinto que acabó siendo igual de sudoroso pero más cómodo. Es éste, el de los Hombres de Harrelson, un nuevo “look” a añadir a la pasarela de modernos y antimodernos que siempre es Primavera Sound (Felip Puig creando tendencia y seguridad). Esta nueva generación de modelos tuvo que huir a algún búnker para protegerse de las salvas lanzadas durante el explosivo concierto de Lisabö. Viva la no wave.


Primaverastagram, las dimensiones del nuevo cinemascope. Proseguir la ronda escondido en gafas de sol era la mejor manera de mimetizarse en el entorno, rodearse de Tom Cruise’s frustrados (¿alguien sabía que la melodía principal de Top Gun también es de Harold Faltermeyer?). Primavera Sound es, en este sentido, un lugar paradisíaco en el que los artistas pisan el terreno de juego de forma relajada y se mezclan entre el público: se ha visto a Jody Stephens de Big Star, Glenn Kotche de Wilco y Steve Shelley de Sonic Youth tomando algo (chiste clásico: ¿cuántos baterías se necesitan para cambiar una bombilla?), a Ken Stringfellow y Mike Mills paseando entre el plástico de San Miguel, a Nels Cline departir amigablemente con chicos sónicos sobre Joan Miró, Antoni Tàpies o la Barcelona todavía franquista de 1968, a Wilco tocar en la tienda de discos Revolver Records, en la calle Tallers, a Robert Smith ir a un peluquero desestructuralista con una foto de Christina Rosenvinge y decirle: “Quiero justamente lo contrario”.

Todo ello ha sido perfectamente inmortalizado en el nuevo formato cinemascope de las instantáneas en tiempo real: una forma polaroid de ver pasar la vida (y los conciertos) a través de una pantalla de cristal líquido de 3,5 pulgadas, algo así como los prismáticos de la audiencia en la ópera, sólo que aquí la imagen se miniaturiza y distorsiona, e incluso baja de resolución en el fragor de la noche. Incombustible, atrapado en la cibercodicia, el “addicted to Primaverastagram” persigue la eternidad en tonos sepia, en b/n, o con efectos de iluminación, emborronando un poco la imagen en los márgenes, a la vez que se estresa por culpa de una conexión 3G que no es 3G, sino 2CV, algo que le impide colgar la foto en la sagrada Nube. Nunca antes peores fotos habían tenido la oportunidad de explicar tanto (y tan bien) la Historia de Todo Esto. Es todo muy romántico.

 

La crisis llega al planeta “Quién la tiene más larga?”. Porque el tamaño importa, el tamaño se mide en euros. La crisis ha provocado una mutación de la Ley Seca en el Primavera Sound en favor de la cerveza. Si pretendes una combinación, cubata, combinado o etcétera, antes de que el alcohol llegue a ese recipiente de plástico en forma de tubo tu potencial borrachera pasará por un filtro: un pequeño vaso de chupito, también de plástico, en el que se mide exactamente la cantidad de alcohol que va acabar en el hielo. Ese chupito es la marca fatal, el punto en el que el usuario sabe que va a tener que arruinarse si quiere olvidar las apabullantes 3 horas de concierto de The Cure, si pretende ahogar la bajona slowcore del histórico concierto de Codeine o si intenta bailar hasta las mil con John Talabot y una bebida en la mano, sobre todo si el individuo en cuestión se ha quedado sin Material Disponible Mucha Atención.

Un vaso de 3 horas se me antoja muy largo para tan poco güisqui (perdón, ahora se lleva el gintonic), y aunque más que compense la multiplicación de conciertazos de 45 minutos (este año ha sido un no parar excelente, el terreno perfecto para que el oscuro Sr. Solapador de conciertos hiciera de las suyas), el minutaje limitado en escenarios periféricos no siempre eran amor. A veces se quedaban en el coitus interruptus del de la segunda fila. Del grupo con un menor tamaño de letra en el cartel del festival. Está claro: Robert Smith la tiene más larga, pero tampoco hacía falta ayudarle con viagra, aunque de testosterona censurable fuera algo sobrada la organización: la hostia casposa que recibió Jordi Bianciotto la recibió en realidad todo el público del SMPS12.

 

Y para acabar, Replicantes, he visto cosas que vosotros no creerías… He visto disfrutar a invidentes y lazarillos ataviados en sus camisetas rockeras. A niños en hombros de sus padres imitar el maullido de los gatos observando el concierto de Atlas Sound. He visto a 4 sirenas bailar como si no hubiera un mañana. He visto al doom metal atacar naves en llamas más allá de Orión. A Warren Ellis sentado ante su público y tocar su violín y decir: “Sólo estamos tú y yo”. A Ignacio Julià en la pantalla de leds gigante durante el concierto de Yo La Tengo. Y también he visto Rayos-C brillar en la oscuridad electrónica del Fòrum. Pero sobre todo he visto la amistad que mueve al mundo cerca de la puerta de Tannhäuser, cerca de Primavera Sound. Abrazos, besos y música, año tras año. Y nada de esto se perderá en el tiempo, porque es hora de sonreír y luchar. Y de esperar.

Hasta que llegue la lluvia de sonido al próximo Primavera Sound.

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