07/06/2012

Cuando un festival como el Primavera Sound cuenta con un cabeza de cartel de la envergadura de The Cure, el resto de la jornada se […]

Cuando un festival como el Primavera Sound cuenta con un cabeza de cartel de la envergadura de The Cure, el resto de la jornada se resiente ligeramente de ello. Lógico. Y es que los de Robert Smith y su concierto de tres horazas (el mismo día se anunció que el grupo tocaría 15 minutos más de lo anunciado inicialmente) acapararon buena parte de la noche del viernes, para delirio de los fans y sopor de los que no estaban muy interesados. Había alternativas, sí, pero entre eso y el cansancio ya acumulado de la maratoniana jornada anterior, el número de concierto vistos durante la segunda jornada –la más numerosa, por cierto, de las tres del festival, precisamente gracias a The Cure– descendió un poco. Si en la crónica del primer día narramos nada menos que 17 conciertos, en la del viernes ‘solo’ son 14. Pero claro, con tres horas de The Cure y acontecimientos tan memorables como el histórico concierto de Jeff Mangum (sin duda, el más especial de todo el festival), la consagración definitiva de M83 como grupo de masas, delicatessen como Codeine o SBTRKT, pesos pesados como The Drums o The Rapture, y apuestas propias como Sleigh Bells, Siskiyou, I Break Horses o The War On Drugs. Casi nada, vamos. Adelante con ello, pues.

 

Jeff Mangum

En Twitter: «Jeff Mangum empieza con la mitad del publico entrando. Toca sentado. Ya ha caído ‘Holland 1945’

Y ahí estaba. Sentado en una silla, con tres guitarras a su lado, su boina, su camisa de cuadros, y me atrevería a decir que incluso un poco cohibido por la expectación que se respiraba en el ambiente. Jeff Mangum, sin duda el máximo icono del indie de los noventa, existía de verdad. No era una invención, ni un mito; estaba vivo y tocando en el Auditori del Fòrum. Sentado en una silla, con tres guitarras al lado, boina, camisa de cuadros, y como si nada raro estuviera sucediendo. El primer día –tocó viernes y sábado– empezó su concierto mientras la mitad del público de la cola todavía no había entrado al auditorio (no sé si fue cosa suya o no, pero se trató de un golpe bajo en un concierto así; especialmente al empezarlo con la descomunal ‘Oh Comely‘), en el segundo las cosas se hicieron bien y Jeff incluso invitó al público a sentarse a su alrededor, en lo que quedará grabado como otro momento histórico al nivel de aquella invasión de escenario con Portishead hace ya algunos años. Jeff Mangum, una guitarra y su voz, quitando hierro al hecho de haber estado años desaparecido del mundo de la música. Bordando al milímetro temas descomunales como ‘King of Carrot Flowers, Pts. 2 & 3‘ (con ese estremecedor momento a capella y el «I love you, Jesus Christ» que nos enmudeció), ‘In The Aeroplane Over The Sea‘ o ‘Two-Headed Boy‘, de ese disco cada día un poco más grande que es In The Aeroplane Over The Sea. Tocando canciones distintas cada día (‘Song Against Sex‘, ‘Engine‘, ‘Little Birds‘) por aquello de mantener un espíritu amateur que él mismo trató de propagar durante todo su concierto, como si aquello fuera una reunión de amigos y no un concierto que la mayoría de asistentes pensaba que jamás podría ver. Una especie de sueño cumplido. Eso sí, clavó cada nota que salió de sus cuerdas vocales, igual que todos los urgentes rasgados de guitarra. Lo hacía tan bien, tan naturalmente, tan fácil que parecía irreal. Pero era real. Igual de real que nuestra emoción, nuestro aliento contenido, y nuestras ganas de que aquello fuera más perfecto todavía (con una trompeta, una sección de vientos, un grupo acompañándolo). Aún así, claro, fue inolvidable. (Aleix)

 

Siskiyou

Recuerdo bien la confirmación de Siskiyou. Ocurrió durante una de las primeras tandas de nombres que se dieron a conocer. ¡Menuda sorpresa que esa diminuta banda canadiense de la que un año atrás nos habíamos enamorado casi por casualidad fuera a visitarnos en tan señalado evento! Ello, imaginarán y acertarán, nos llenó de honda satisfacción, que diría aquél cazador de elefantes. Y claro, sin pensarlo marcamos como imprescindible una actuación que, por fin, en la jornada del viernes, llegó, pasó y… nos dejó un pelín fríos. Nos jode admitirlo pero así fue. Y eso que ni faltó entrega ni falló la sutil interpretación de los chicos del ex Great Lake Swimmer Colin Huebert, todo lo contrario (aunque sí se hubiera agradecido más volumen y un mayor desmelene, ni que fuera tímido, como el que hay en ‘Twigs and Stones‘ o en el final de ‘Revolution Blues’). El problema estuvo en que el setlist se centró básicamente en Keep Away The Dead, un reposado segundo trabajo repleto de oscuridad, misterio y tristeza, tres características que requieren de unas condiciones opuestas a las que se encontraron Siskiyou para atrapar al oyente (pónganse ‘Where Does That Leave Me‘ o la fantasmal ‘So Cold‘ y sabrán de qué hablo). Sin intimidad, se perdieron los fundamentales detalles del folk asilvestrado que practica esta gente y, contrariados, no paramos de desear haberlos visto en un espacio más pequeño. Hubiera sido perfecto, sin ir más lejos, en el barquito en el que aseguraron haber tocado la noche anterior (¿alguien sabe algo?). Seguro que allí la cosa funcionó a la perfección, como seguro es que en el ATP alguna que otra canción más de su maravilloso debut (escuchar sólo ‘Never Ever Ever Again‘ y ‘Big Sur‘ y tan pocos cascabeles supo a muy poco, la verdad) tampoco hubiera hecho ningún daño. Otra vez será, no nos cabe duda. (Arnau)

 

I Break Horses

En Twitter: «Joder I break horses! El ATP está sonando brutal!«.

Hola, aquí uno que no se apuntó al hype de I Break Horses y que el viernes pasado se arrepintió de ello. Pasamos a verles como quien no quiere la cosa, a tomarnos una cerveza al ATP, a descansar las piernas, a ver qué tal. ¿Y qué tal? Pues bastante bien. A los suecos les dieron volumen (de lejos sonaba bien, lo juro) y ellos respondieron con una bola de shoegaze electrónico y atmosférico donde brillaron hasta las menos buenas de su álbum debut, Hearts. Maria Linden, de negro, bonita, encantadora, seductora, tuvo su voz casi escondida por completo en la maraña de sonido, pero consiguió que su propuesta, más nocturna, resultase totalmente creíble a esas horas intempestivas. ‘Winter Beats‘, el hit, desató la euforia del personal, no poco y gratamente sorprendido por esta aproximación al shoegaze en la línea de los primeros M83 o incluso de unos Explosions In The Sky o My Bloody Valentine más electrónicos. Breve pero intenso. (Daniel)

 

The War On Drugs

En Twitter: «The War On Drugs, fila dos. #muyfans«.

Llegamos a Pitchfork con muchas ganas de trance guitarrero y nos fuimos un poco decepcionados, la verdad. Adam Granduciel canta como le da la gana en directo. En prácticamente ningún momento de ninguna canción es fiel a la versión de los discos y las variaciones casi nunca mejoran al original. Canta como más alto, más forzado. En definitiva: peor. Con la voz escondida en el descafeinado muro de sonido que alcanzaron a generar su guitarra, un teclado y un bajo mucho menos constreñido que en la versión grabada, The War On Drugs brillaron sólo por momentos. No ayudó ni el sonido ni el volumen del Pitchfork, uno de los lunares claros de esta edición del Primavera Sound. Con todo, disfrutamos como fans que somos con temas como ‘Come To The City’ y se nos hizo muy corto. (Daniel)

 

The Cure

Y al fin uno de los sueños húmedos de los organizadores del festival barcelonés se hizo por fin realidad. The Cure aterrizaba por primera vez en el Parc del Fòrum con todos los honores, y agradecían la invitación con una inmensa actuación que si no te convenció por su magnífico repertorio y ejecución seguro que al final lo haría por agotamiento (nada menos que tres señoras horazas estuvieron sobre el escenario San Miguel). Cabeza de cartel exquisito, un Robert Smith que con la edad ha sido más consciente que nunca de lo importante que ha sido su música para toda una generación de almas desorientadas que se alarga hasta estos días, satisfizo con enorme profesionalidad esas ansias sin olvidarse de casi ninguno de sus clásicos (‘Friday, I’m In Love’ , ‘Just Like Heaven’, ‘In Between Days’, ‘Disintegration’… un no parar) mientras se daba su propio homenaje con media docena de canciones que él cree que son igual de buenas que las anteriores pero que la mayoría pensamos que no están al mismo nivel. Así que todos contentos en una plácida y larga noche en la que sonó a chiste el “Nos dejan tres minutos más” para excusarse por su tercer bis con el que finiquitar una toma de ‘Boys Don’t Cry’ digna de ser contradicha haciendo brotar la lágrima (les hubieran dejado tocar hasta que hubiera salido el sol si hubieran querido). (David; foto: Eric Pàmies)

 

Sleigh Bells

En Twitter: «Tremendos Sleigh Bells. Tremendos.»

The Cure apenas empezaban a arrancar la máquina (con suerte llevaban media hora de concierto, ni siquiera un tercio del total), por lo que el escenario Pitchfork estaba casi vacío minutos antes de la actuación de Sleigh Bells. La muralla de amplificadores Marshall –bastante parecida a la que usan Justice– que ejercía de atrezzo aguardaba en silencio la aparición del dúo norteamericano… que fue absolutamente atronadora. En su hora escasa de actuación, Alexis Krauss y Derek Miller hicieron de los defectos virtudes, y encima de bases de batería pregrabadas y con únicamente dos guitarras y la voz de Krauss consiguieron llenar con creces un escenario que celebró la descarga de intensidad del dúo (trío en directo). Sleigh Bells no son ni más ni menos que la combinación de una frontwomen descomunal como Krauss (entre Karen O y Alice Glass de Crystal Castles) y los guitarrazos de reminiscencia heavie –un poco de postín, reconozcámoslo– de Miller. En directo, pues exactamente lo mismo. Como la mayoría de sus canciones vienen pregrabadas, el show se aposenta básicamente en la incansable Krauss –que no está quieta ni un segundo–, y en los vaivenes de Miller –también de lado a lado del escenario–, y así sus hits más celebrados (‘Tell ‘Em‘, ‘Infinity Guitars‘ o las recientes ‘Comeback Kid‘ y ‘Born To Lose‘) suenan precisamente a lo que tienen que sonar, con el volumen al 11 y haciendo las delicias de todos aquellos que querían un poco caña. Ni más, ni menos. (Aleix; foto: Damià Bosch)

 

Dirty Three

En Twitter: «Dirty three = Desparrame. Esperamos ya a m83. Tiene que petarlo.»

El proyecto del loco Warren Ellis era la opción de los valientes. Con The Cure sonando a todo trapo en el escenario de honor, el barbudo multinstrimentista al que quizás conozcan por ser un Grinderman, fue recopilando desafectos que pasaban por el ATP. Entrar en el área de influencia de Dirty Three era sinónimo de pasarse a ver qué coño era eso. Y hacerlo era casi sinónimo de quedar hipnotizado por un trío enloquecido que casi parecía un dúo (violín/batería, a cargo la última de Jim White) que tocaban todo como si se fuese a acabar el mundo. Post rock cavernícola, free jazz experimental con tintes de clásica, locura, emoción, libertad pura. Canciones indefinibles que parece que acaban todo el rato, enloquecidas, redobladas, pasadas por ácido. Y al frente un frontman con pintas de predicador escupiendo al aire, arengando al público creciente, pegando patadas voladoras para remarcar los golpes de canciones como ‘Some Summers They Drop Like Flies’ o la descomunal ‘Sometimes I Forgot You’re Gone’, una canción «about realizing your whole fucking outbox is full of letters written to people who are dead, and that’s why they don’t write back, because they’ve left this mortal coil». Por momentos así molaba el Primavera pre-solapacionesasesinasalltheltime. (Daniel)

 

Codeine

Bien entrada la medianoche, con Robert Smith desbocado soltando los últimos himnos de su mastodóntico concierto en el horizonte y con los pujantes M83 y The Drums dispuestos a devorar cuanto público se les acercara, se materializaba en el ATP otra de esas asombrosas reuniones que, por especiales e inesperadas, sólo suceden en festivales como el Primavera. Codeine, banda seminal del slowcore e influencia directa de favoritos de la casa como Bedhead, Low o The New Year, renacía de sus cenizas dieciocho años después para volver a enseñar al mundo cómo se le causan escalofríos al respetable ralentizando el metrónomo hasta casi detenerlo. ‘D‘, inicio de esa obra capital del género que es Frigid Stars y primer tema que abordaron los de Nueva York nada más aparecer de entre las sombras, lo ejemplifica perfectamente: poderosas pero sosegadas cadencias construidas a base de una guitarra (John Engle) y un bajo alquitranados que, con pocos pero sobrecogedores cambios de ritmo y mezclándose con la granítica batería de Chris Brokaw y el lamento anestesiado de Stephen Immerwahr conducen a una suerte de nirvana comatoso en el que la tristeza es infinita y, aunque parezca imposible, hasta disfrutable. Así lo sentimos durante 50 minutos de un majestuoso viaje a lomos de las estratosféricas ‘Cigarrete Machine‘, ‘Loss Leader‘, ‘Cave-In‘ o la final ‘Pea‘ (“When I see the sun I hope it shines on me and gives me everything… well, almost“), magistralmente interpretadas por unos Codeine que, como si para ellos la tierra hubiera dejado de girar en 1994, se presentaron como si nunca se hubieran ido y se fueron como si nunca hubieran vuelto. Sensacional. (Arnau)

 

M83

En Twitter: «M83, cómo no, arrasando.»

Esto fue muy tremendo. Tras el repaso de los Dirty Three agarramos el petate y nos dispusimos a cruzar la Tierra Media rumbo a la guarida de Sauron, transmutado en un Portable 22 Analog Modular Synthesizer System. Vamos, el aparato ese grande que hace ruidos cósmicos e induce indefectiblemente al delirio colectivo. A eso íbamos y de eso nos dieron los franceses, comandados por un radiante Anthony González, sinceramente impresionado por su capacidad de convocatoria. Pero no era para menos: Hurry Up, We Are Dreaming lleva dando momentos de gloria sobre los escenarios varios meses y ante el mar, bajo el cielo negro de la Barcelona cálida que nos acogió, aquello sólo podía ser lo que fue: un bolazo. Abrió ‘Intro’ y cuando nos quisimos dar cuenta ya sudábamos saltando y coreando ‘Reunion’, hitazo. Recuperamos sensaciones de aquel concierto de Phoenix hace unos años: estar delante de una banda en lo más alto de su carrera, demostrando desde esa cima provisional cómo se hace disfrutar a las masas sin renunciar a la excelencia. Ahí estuvieron para corroborarlo la ya inmortal ‘Midnight City’ y ese cierre magistal con una ‘Coloeurs’ energizada, supervitaminada y ultramineralizada. Grandes-grandes. (Daniel; foto: Santiago Periel)

 

The Drums

Que el ansia por el estrellato se notaba desde el minuto uno que asaltaron este mismo festival hace dos años, era algo de perogrullo. Esas ansias de comerse el mundo los delataba, pero parecía totalmente genuino y lo disfrutamos como si nos fuera la vida en ello. Ahora, que The Drums comenzarían a sacrificar parte de sus bienes (frescura y desparpajo) para conquistar el estrellato no entraba dentro de los planes. Lo llaman madurez, yo lo llamo estrategia. El concierto, eso sí, fue magnífico. No podía ser menos con los mimbres que se gastan los chicos de Brooklyn: un debut lleno de perlas pop a medio camino entre The Smiths y el surf rock (‘Best Friend’ y ‘Forever and Ever Amen’ sonaron a gloria), y un segundo disco, Portamento, que va ganando con el paso del tiempo. Hasta se dieron el gusto de atacar la celebérrima ‘Let’s Go Surfing’ y después cambiar de tercio finalizando con la mucho más reposada ‘Down by the Water’. Pero siempre sobrevolando la sensación de que  cualquier movimiento que efectúan (esos toques krautrock que tan bien quedan en los currículos musicales), cualquier gesto de Jonathan Pierce (pasando en un año de la locura al amaneramiento) obedece a un plan maestro para convertirse en esa gran banda que llena festivales tan sólo con nombrar su nombre. Pero van tarde. Otros con sus mismas pretensiones con el primer disco ya estaban entintando camisetas, y con el segundo ya tenían su nombre en mayúscula y bold en los carteles. Demasiado bonito, demasiado bajo control. (David)

 

SBTRKT

Perderse la fiesta que se aseguraba para el concierto de M83 fue una decisión difícil. Las ganas de presenciar el directo de SBTRKT ayudaron a tomar la decisión y, por suerte, la jugada salió bien. En directo, Aaron Jerome se hace acompañar de Sampha, colaborador habitual en un buen puñado de temas de su último disco. Aaron se encarga de las bases, los sintes y de vez en cuando la batería, mientras que Sampha pone la voz y los teclados, por lo que resulta ser una pieza clave para el directo de SBTRKT. Sonaron muy bien y convencieron. Además, no faltó ningún hit de su último disco homónimo e incluso algunos temas ganaron potencia en directo. ‘Hold On‘ o ‘Living Like I Do‘, cantadas por el mismo Sampha, son dos buenos ejemplos. (Andreu)

 

The Rapture

En Twitter: «Aunque en directo suenen descafeinadas, ‘Midnight City’ y ‘How Deep Is Your Love?’ son dos momentazos inolvidables. Gran jornada de #ps12«.

Era su noche y no la desaprovecharon. The Rapture no sólo venía a presentar In the Grace of Your Love, sin duda, su disco más redondo hasta la fecha, el que pule las aristas del sonido DFA de Echoes y el que equilibra mejor la perdición disco con la emotividad, algo donde fallaba el irregular Pieces of the People We Love. Luke Jenner (al que el paso de los años le comienza a castigar con un parecido razonable con Brian May) y compañía venían sobre todo a demostrar que han dejado de ser el Arsenal del nuevo post-punk –o sea, la eterna promesa– para convertirse en su estandarte de aquí en adelante. Cristalinos y tocados con el don de la inspiración, comenzaron ya por todo lo alto atacando el temón que da título a su flamante álbum para dejar visto para sentencia el concierto con la irresistible ‘Get Myself Into It’. Así no hay manera de discutirles nada. Y de ahí hacia arriba. La dupla ‘House of Jealous Lovers’ más ‘Echoes’ sirvió para enfilar un final de infarto donde cayeron ’Never Die Again’,  una apoteósica ‘Sail Away’, ‘Miss You’ y la catarsis popular con ‘How Deep is Your Love’, un himno house de esos que salen una vez cada lustro y que nunca perecen. Definitivamente el señor James Murphy  puede dormir tranquilo, The Rapture va a cubrir el trono de los muy llorados LCD Soundsystem, y encima en su propia casa. Maravillosos. (David)

 

AraabMUZIK

Habiendo escuchado su magnífico debut Electronic Dream, que fue publicado el año pasado, no me habría imaginado nunca que Abraham Orellana previamente ya había saltado a la fama mediante vídeos de YouTube en los que mostraba sus dotes para tocar la MPC, que es un aparato para generar ritmos electrónicamente. De haberlo sabido, quizá habría podido intuir un poco más por dónde iría su directo. El norteamericano dejó un poco de lado su álbum y prefirió mostrar sus habilidades con los dedos. Mediante unas cámaras colocadas en la mesa enfocando la MPC, pudimos ver el espectáculo en primera persona. Si bien al principio resultó curioso e incluso a ratos sorprendente, al final se hizo un poco repetitivo y se echaron de menos algunos de los temas que le han dado a conocer un poco más lejos que en su canal de YouTube. (Andreu)

 

Benga

A Benga le tocó esa lotería bautizada como coyuntura cultural con Magnetic Man, el resultón supergrupo de dubsteps que forma junto a Skream y Artwoork y que el año pasado partió la pana y las listas de ventas con un álbum homónimo que les llevó incluso a encabezar el pasado Sónar. Bajos agradecidos, hypeantes y no agresivos, ideal para el consumo masivo. Y a partir de ahí al londinense se le abrieron las puertas para exportar su versión más arisca, oscura pero también terriblemente bailable de un sonido que es ya la banda sonora de toda una generación de intentos de malhechores. Así que su confirmación en el Ray-Ban, encima con la a priori jugosa coletilla ‘live’, era cuanto menos interesante. Lastrado por el inevitabe MC de turno con síndrome Barrio Sesamo (que sí, que ya salto, coñe), solventó la papeleta sobradamente ante un muy numeroso público con ganas de baile calzando temazos del nivel de ‘Night’ e ‘Icon’ (si no ando desencaminado, con la mismísima Bebe Black como estrella invitada como grata sorpresa). A divertido y fiestorro no le puede nadie, aunque le reprochemos que esa palabra, la de ‘live’, cada día se acerque más a ‘darle al play’, o que se le olvidase ‘Smack Your Bitch Up’, su particular reinterpretación del clásico de The Prodigy. (David)

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