27/05/2012

Les habíamos dicho que la noche del jueves se encontrarían a Silvia Pérez Cruz en el Teatro Lara de Madrid. Lo que no sabíamos y […]

Les habíamos dicho que la noche del jueves se encontrarían a Silvia Pérez Cruz en el Teatro Lara de Madrid. Lo que no sabíamos y no dijimos es que el evento era un showcase al que sólo podía accederse con invitación. La prueba de que no lo sabíamos es que este iluso se plantó allí, sin entrada, con cara de «hola, quiero pasar». Y no coló claro. «Espera a que vengan los de la organización», me dijo una moza. Fuimos a echar el rato al Aiò, un sitio cool pero un poco antipático de comida cerceñesa situado esa especie de little italy que empieza a ser el valle de la Corredera Baja de San Pablo. Mejor el Circo de las Tapas, oigan. Total, que cuando volvimos por allí, cenados, una soccer mom majísima, indicada por la moza, se acerca blandiendo un papelito. «¿Eres tú el que quería invitación? Toma». Estas cosas pasan a veces, ¿saben?

Faltaban ya pocos minutos para que abriesen las puertas y por allí empezó a desfilar fauna variopinta y gente guapa. Primero llegó el aura de Cristina Rosenvinge, seguida al poco de la propia Cristina Rosenvinge, seguida a su vez de un tipo altísimo, rubio de melena y muy delgado que obviamente tenía que ser alguien. Luego Martirio y una tipa con gafas de pasta que saludaba a todo el mundo y tenía pinta de ser cineasta. Más tarde, una semidiosa con camiseta de Black Lips y shorts vaqueros que resultó sólo estar de paso (shiiiit). También un hombre que presumía en corro y con unos colegas de su nueva adquisisión: una Lambretta del 59 con varios retrovisores a cada lado. (¿Postuqué? Postureo.) En fin, Kiko Veneno, Javier Colina, Refree, qué les voy a contar. Y yo con esa cara de llevar en pie desde las 7h.

Pero vamos al tema: están las chicas con magia y luego está Silvia Pérez Cruz. La de Palafrugell desprende una sensualidad como de película italiana. Salió al escenario descalza, con el pelo suelto, rizado, cayéndole en manada por los hombros. Llevaba un vestido largo hasta el suelo, de una tela ligera y estampada. Silenciosa, caminó entre aplausos hasta el borde del escenario, las luces se atenuaron, se hizo el silencio y comenzó a cantar ‘Meu Meniño’, a capella, sin micro, como una aparición. Puf. Después de ponernos los pelos de puta nos contó que ha su último trabajo, primero en solitario y titulado 11 de Noviembre (en memoria del día que murió su padre, a los 54, hace un par de años), es producto de seis años de retazos, fragmentos, ideas. «Hasta ahora no me había atrevido», dijo sonriendo, inocentísima, doméstica, dulce hasta donde empalaga y algo nerviosa todavía. Ya sentada delante del cuarteto formado por chelo, guitarra, banjo y contrabajo que la acompañaban en el escenario.

Lo cierto es que el año pasado amagamos con hacer mención de En la Imaginación, un de esos discos que el mundo que el indie, devorador, no ha tenido el  valor a apropiarse. Pero, ¿qué sentido tiene no hablar de música que nos hace disfrutar tanto en un blog que nació para compartir ese entusiasmo melómano? El caso es que En la imaginación, disco que hizo a medias con el mencionado contrabajista Javier Colina, es una delicatessen. Cabe aclarar, eso sí, que ese álbum era un repaso de temas ya escritos. Este que nos ocupa no, en este las 13 canciones son suyas. Algunas son poemas musicados, como la segunda. «Escuche este poema en un recital. La chica [María Cabrera] dijo que leerlo era para ella como una terapia. Yo terminé llorando. Cuando acabó, me acerqué a ella y le pregunté si podía ponerle música por favor. Y eso es ‘Pare Meu‘».  El resultado es una canción que conmovería hasta a las piedras. «Me pasa desde muy pequeña. Yo recuerdo tener 12 años y hacer llorar a la gente al cantar, a gente mayor», dice en el fragmento de entrevista que sigue a la interpretación de este video.

Y así es ella. Lo cuenta todo con una sencillez tremenda, conecta con una velocidad pasmosa. Se sube, sonríe, te gana y te canta una en catalán, una en castellano, una en brasilero… En esa voz que parece rebotar en un paladar de caoba noble, en esa vibración acolchada, caben el jazz, el fado, el flamenco y casi lo que quiera. Cruz no es ni por asomo una cantante ostentosa, de esas que gritan, se rompen en pedazos y se rasgan la camisa a cada rato. Portadora de una voz nuclear, sólo la hace estallar cuando el estómago se lo pide. No canta demostrando, canta sintiendo. No va de artista, es artista. Y sería ya mucho con cantar así, pero además Cruz ha compuesto y coarreglado estas canciones, algunas de las cuales demuestran que tiene un talento compositivo tremendo.

En la actuación, extraña por esa suerte de público mezcla de artistas, colgas, alguaciles discográficos (por cierto, miedo nos da que Universal repita errores y Cruz acabe saliendo por patas de allá como ya hiciesen Quique González o, más recientemente, Zahara) y uno de indiespot que se coló, las historias se iban sucediendo como un resumen de esos seis años de vida que recoge 11 de Noviembre. «Esta te la canté en Cuba, Javier, en aquella mesa de madera. Ahora te la canto otra vez. Sin mesa. Y sin Cuba». «Esta se la dedico a mis tres glorias que son mi abuela, mi madre y mi hermana. Porque son muy guapas».  Y entonces va y suena ‘O Meu Amor É Glòria’, juguetona, divertida como ‘Memoria de Pez’, una canción en la que simplemente reconoce que es un desastre y no se acuerdo de los nombres. Lo divino y lo humano, lo trágico y lo magnífico, lo anecdótico y lo fútil. Como la vida, vaya. Y un disco que se parece a la vida sólo puede ser interesante. Así que dense un respiro, que es domingo, y déjense querer por este trabajo, producido por cierto magistralmente por Raül Fernández (Refree) y que va camino de clásico.

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