24/05/2012

Huelga decir que la delegación catalana de este blog (medular y mayoritaria) es muy fan de Mishima. Rollo incondicional-loco, ¿saben? En plan: «son los The […]

Huelga decir que la delegación catalana de este blog (medular y mayoritaria) es muy fan de Mishima. Rollo incondicional-loco, ¿saben? En plan: «son los The National de Barcelona, ‘Tot Torna A Començar’ es la mejor canción made in Catalunya desde ‘Mediterráneo’, ve al concierto que vas a flipar», etc. Servidor, que ya les había visto sin mucho entusiasmo en un evento que se organizó hace tiempo en el Circo Price; servidor, que no parla catalá y escucha las letras como veía de adolescente el porno codificado del Plus, intuyendo; servidor, que a la hora de juzgar a primera vista a la gente tiene en cuenta la montura de sus gafas; servidor, no es tan fan. Es importante decirlo: no soy (¿era?) tan fan. Por eso salí de casa, cerca de la Galileo Galilei, con la hora ajustadita y en los cascos de camino no sonaba L’Amor Feliç, último y muy disfrutable (incluso sin ser fan-fan) album de Mishima, sino el álbum de Pond, por enésima vez (ya hablaremos ustedes y yo de esto). Subiendo ya la calle Galileo, en una terraza, apareció de pronto, con camisa de cuadros verdes (lo que me hizo pensar que estaba de servicio), el gran Jordi Évole. Oh, efluvios catalanes empezaron a fluir desde entonces y en adelante. Ya dentro de la sala vimos a la Comitiva de Colegones, encabezada por el omnipresente Ricky Falkner. Nosotros ya andábamos con la primera Mahou de la noche, como las ponen en el Galileo: en jarra helada y con galletitas saladas y cosas. Sentados en mesa, como casi todos. En el hilo, sesión de Red Hot Chili Peppers.

Cuando Carabén y los suyos salieron, la sala estaba razonablemente llena (de Évole ni rastro), lista para la primera, ‘Tornaras a tremolar’, con su, efectivamente, rollo The National, speaksinging al margen. El sonido de la sala no ayudó mucho. Hubo momentos mejores y peores, pero en estos últimos, sobre todo al principio, la banda sonaba un poco a pueblo en fiestas, con una voz como comprimida y una instrumentación desequilibrada, al menos desde donde estábamos. Carabén (en un momento pensé: Eugenio + el primer Walter White) tardó en hablarnos lo que tardó en llegar ‘El temple’, cuyo precioso estribillo tuvo la bondad de traducir («qué haremos con el deseo ahora que hemos encontrado el amor») y el atrevimiento de pedir que lo cantásemos. La primara vez que nos tocó, mal; pero luego aprendimos y sonó hasta bien. Tras aquello llegó ‘Una cara bonica’, la primera que sonaba de Ordre i Aventura, y la primera una tanda donde el concierto, hasta entonces aburridete plano, empezó a subir.

Las primeras notas de ‘La vella ferida’, ya de su último trabajo, revolucionaron al personal. El concierto iba llegando al ecuador y fue la primera vez que tuve la sensación de estar ante la banda que me habían vendido: sólidos, serios, contundentes y a la vez emocionantes. Enormes los coros, muy bien. ‘Els crits’ confirmó sensaciones y, más tarde, esa cosa rara que es ‘Ossos dins d’una caixa’, con Carabén trabalengüeando, y la no menos jugetona ‘L’olor de la nit’, terminaron de quitarme el escepticismo. El éxtasis prometido sólo se había acercado con un arranque en la guitarra del muy pluriempleado Dani Vega, pero en general estaba todavía lejos. Eso sí, la pereza había desaparecido por completo.

De hecho, cuando llegó esa joya que es ‘Set tota la vida’, quintaesencia del Pop Catalán Bien Hecho, clásico instantáneo, estaba ya más que rendido. Listo para lo que iba a llegar: lo bueno. ‘L’última ressaca’, ‘Un tros de fang’ y, cómo no, ‘Tot torna a començar’. Colocar esas tres, casi del tirón, al final, una detrás de otra, es un poco tramposo, pero vaya si funciona. Cuando sonaban las dos últimas uno estaba dispuesto hasta a tragar con la montura de las gafas de Carabén. Tienen hechuras de himno, y lo saben. Mensajes claros con coros ricos («tú no sabes cómo me haces sentir» vs. «Todo vuelve a empezar») y esa épica pop controlada, medida, pesada. Lo hacen muy-muy bien («son muy-muy buenos»). El aplauso final fue grande y el bis, muy exigido. Para entonces, la gente ya pasaba mucho de las mesas, como se puede comprobar.

Y volvieron a salir, claro. Y lo hicieron para demostrar que su último trabajo, casi recién salido del horno, ya es su bandera. Viendo el setlist (aquí lo tienen, más o menos), parece que hicieron las cosas al revés: las tres primeras, de sus primeros álbumes, las tres últimas, del recién nacido. Primero, la que le da título, ‘No existeix l’amor feliç’ (psé) y después sí, un pelotazo serio: ‘No obeir’, una canción que desprende sabiduría por los cuatro costados: los teclados, el estribillo, la cadencia de la voz, los arreglos de guitarra en la bajada… Suena a banda ambiciosa, inteligente y capaz.

Claro, a todo eso le sumas un final coreado que para sí hubiesen querido Arcade Fire y pasa lo que pasa, que te vas del escenario para casa y la gente se queda de pie, coreando y dando palmas («ohhh, ohhhh, ohhhh, ohhhhhhhhhh») y tienes que marcarte un Rolling Stone segundo bis con una sonrisa que no te cabe en la cara para que la gente acepte irse. Así que sales y, como ya has dilapidado todos los himnos, vuelves a tirar de retoño y cierras con ‘El camí més llarg’, otro protohit, con su parada, su coro épico, su mensaje y su sabiduría. Y para colmo, quedas como Dios cerrando el concierto con gesto torero y esa última línea: «por favor, dejadnos volver a casa».

Cualquiera diría que no estabais ya, nens.

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