03/04/2012

Cuando Vic Chesnutt murió, a Kurt Wagner se le cayó la música de las manos. Han pasado ya algo más de dos años desde que […]

Cuando Vic Chesnutt murió, a Kurt Wagner se le cayó la música de las manos. Han pasado ya algo más de dos años desde que el de Florida decidiese acabar con su vida, después de casi tres décadas en una silla de ruedas tras sufrir un accidente de tráfico a los 18. Al recordarle, a Wagner se le entrecorta la voz. Y es que no eran sólo colegas, eran amigos. Dos tipos que se conocieron antes de la existencia siquiera de Lambchop. De hecho, Wagner, que antes convertirse en músico se ganaba la vida poniendo parqués, dice que fue Chesnutt quién le metió en esto. «Esta banda no hubiese existido sin Vic Chesnutt». Quizás por eso, tras aquel 25 de diciembre de 2009, Wagner dejó de tocar, de componer, de cantar. «No sabía cómo continuar haciendo lo que estaba haciendo. Llegué a un momento en el que perdí gran parte de mi capacidad de comunicare a través de la música».

Entonces regresó a su vocación artística original: la pintura, «la forma de comunicación artística más indirecta posible». Y allí, exiliado en los pinceles, creó sin saberlo la portada del hasta hoy último disco de Lambchop. Porque no, el parón no fue definitivo y con el tiempo, entre pincelada y pincelada, Wagner volvió a escribir letras, a tocar la guitarra y, finalmente, a hacer las canciones, algunas monumentales, que componen este álbum, Mr. M. Un álbum, por cierto, que iba a llamarse Mr. Met, como la canción, pero que sufrió la amputación por culpa de una coincidencia estúpida. Un trabajo pausado, refinado, algo triste pero, sobre todo, de una elegancia infinita. Y dedicado, claro, a la memoria de Mr. Chesnutt.

Los arreglos de cuerda con los que se abre, como un río espumoso despeñándose a cámara lenta, calidad BBC, dejan claro que aquí no hay lo fi que valga, no hay rugosidad más allá de la que le dan a las cuerdas vocales los años y el humo de los cigarros. La voz de Wagner, subwooferiana cuando habla, suena a crooner sin volumen cuando canta. «I don’t know what the fuck they talk about, maybe blowing kisses…», dice en la primera frase de ‘If Not I’ll Just Die’, joya. Son ya muchos discos con Lambchop y esa voz ha fermentado. Reponemos Nixon y le escuchamos menos gutural, más inteligible, pero menos cerca. En Mr. M, Wagner canta con los labios frotando la rejilla metálica del micro, muy cerca.

Las letras, de un costumbrismo pictórico, con ese aire de gran novela americana, son deliciosas. En ‘2B2’ -acrónimo de ‘to be two’- Wagner canta: «It was good to talk to you while we are cooking, sounds like we are making the same thing», y uno casi lo imagina con una sartén en la mano derecha, limpiándose la palma de la izquierda en el delantal viejo, sosteniendo el teléfono con el hombro y sonriendo al conversar. Todo envuelto en ese terciopelo musical que suena a jazz, a Sinatra, a country de salón muy caro. Responsabilidad de Wagner, sí, pero también de Mark Nevers, encargado de la producción y en cuyo estudio casero se ha grabado el disco; y de Peter Stopchinski y Mason Neely, que firman los soberbios arreglos de cuerda.

Lambchop cerró el domingo en Madrid su gira europea con un concierto en la Joy. No hubo lleno, probablemente porque 29€ son muchos euros para los tiempos que corren. Los que pagaron, eso sí, mantuvieron un silencio sepulcral que no siempre se logra en estas citas en las que uno se siente culpable hasta por toser. Wagner en directo va bien acompañado. Al piano lleva a su escudero, Tony Crow, que además de ser un músico delicadísimo, le pone al directo, ya en su parte final, un punto de humor absurdo que los descarga un poco de tanta majestuosidad musical. «Si han pasado el mejor momento de sus vidas, recuerden: somos Lambchop; si por lo que sea se van decepcionados, somos Kings of Leon».

Con ellos viajan otros cinco músicos entre los que no hay ningún violinista, violista o contrabajista. Para interpretar un disco en el que gran parte de la magia la ponen las cuerdas, es un hándicap no tenerlas en el escenario, la verdad. La falta se intenta solucionar a base teclados y con la voz tratada de la corista, Corney Tidwell, (mucho mejor en ese papel que como solista, como se comprobó en su actuación como telonera). El objetivo se cumple sólo a medias, aunque si uno se olvida, es terriblemente fácil dejarse embelesar por el discurrir cristalino de canciones como ‘The Good Wife (Is Wasted)’ o ‘Gone Tomorrow’, ‘Nice Without Mercy’ (¡qué letra!) o ‘Buttons’. «I used to know your girlfriend, back when you used to have a girlfriend, she was nice and you were not, but I was a big prick back there too», canta precisamente en esa última, medio riéndose, en uno de los pocos momentos en los que, al levantar la cabeza, la luz sortea la visera de su gorra de CO-OP y le pega en unos ojos que resultan ser juvenilmente azules. Al final de cada tema, el volumen de los aplausos superaba con mucho de los amplificadores.

Wagner escribe desde una melancolía confortable, como mirando atrás con nostalgia, recordando iglesias de pueblo y peces pescados con sólo las manos. Cuando las suyas abordaron las primeras notas de ‘Never My Love‘, el silencio volvió a hacerse denso. «Love, yeah, I’ve never thought about it, is just some silly word that people use», canta con esa voz gravísima, en la línea. La misma que después nos susurró ese monumento que es ‘My Blue Wave’, del Is A Woman; la misma con la que recuperó esa pieza country que es ‘The Man Who Loved Beer’. Fue la última antes de un bis distendido, de fin de gira, con rock y versión de un tema de Brian Wilson incluida.

Vuelve cuando quieras Kurt.

Publicidad
Publicidad