30/12/2011

Y llegó la lista final. Después de las de mejores canciones estatales, mejores canciones internacionales, y mejores discos estatales… solo faltaba una. La internacional. La […]

Y llegó la lista final. Después de las de mejores canciones estatales, mejores canciones internacionales, y mejores discos estatales… solo faltaba una. La internacional. La de los discos de más allá que nos han emocionado este año. Y este año, superando todo lo visto, nos hemos lanzado a seleccionar 50. 40 de ellos forman parte de la lista convencional, la que más o menos democráticamente acordamos entre todos. Y para que todo el mundo quedara contento, hemos creados diez puestos de honor, seleccionados por las filias personales de la mayoría de la redacción. Sea como sea, los 50 discos están en esta inmensa lista de reproducción de Spotify. Y el resto, pues aquí debajo. Hemos escrito tanto que no podemos decir mucho más. Disfruten, y luego nos cuentan.

 

Menciones de honor

Ezra Furman & The Harpoons – Mysterious Power (Red Parlor Records)

Ezra Furman no puede parar de crear. A las puertas de publicar en 2012 su primer disco en solitario, en 2011 ha entregado este tercer disco junto a su banda The Harpoons, y sorprende comprobar que no hay una sola canción de relleno. Con puntos álgidos como ‘Mysterious Power‘, ‘Teenage Wasteland‘ o ‘I Killed Myself But I Didn’t Die‘, el disco entero es un excelente ejercicio de folk-rock con raíces punk

Braids – Native Speaker (Kanine Records)

Desde Canadá llega uno de los debuts más revitalizantes del año. Pop experimental de largo recorrido con ecos a Animal Collective o WU LYF, de impecable factura técnica y que en directo gana muchísimos enteros. Los descubrimos en el Primavera Club 2011 y ya forman parte de nuestros grupos mimados.

Iron & Wine – Kiss Each Other Clean (4AD)

Toca aplaudir el riesgo asumido por Sam Beam en Kiss Each Other Clean. Dominador absoluto de la exitosa fórmula «guitarra acústica + voz celestial», podría haber complacido a público y crítica perpetuándola en vez de apostar por la variación estilística y la riqueza instrumental (pónganse ‘Walking Far From Home’ o ‘Big Burned Hand’ y sabrán de qué les hablamos). Sin embargo, en su nueva aventura ha elegido el camino más pedregoso y, aunque no de manera impoluta, lo ha recorrido con extrema elegancia (y la barba intacta). Chapó.

The Joy Formidable – The Big Roar (Canvasback/Atlantic)

Si la música pudiera plasmarse en imágenes la de The Joy Formidable correspondería a las más descomunales creaciones de la naturaleza, aquellas cuyas dimensiones escapan a la comprensión humana. Piensen en infinitas fosas abisales, frondosísimos bosques perdidos e inalcanzables cordilleras de escarpadas montañas. Ahí pertenece la épica del debut de los galeses, tan desaforada a veces como devastadoramente bella en su conjunto.

Big Deal – Lights Out

Si después de aquel post y de incluir ‘Locked Up‘ en nuestra lista de temas aun no le han pegado una escucha a este disco, ya no podemos hacer más. Si todavía no han descubierto la perla indie del año, no ha sido por falta de insistencia. Si ya han escuchado ‘Talk‘ y no quieren devorar el resto, nos rendimos, pero esto es un diamante en bruto.

The Weeknd – House of Ballons

Hemos empezado tarde a escuchar esto en serio. Se nos escapa un poco por perfil, pero sinceramente no se puede dejar de disfrutar con temas como ‘Wicked Games‘ o ‘The Party & The After Party‘. Un disco espeso, lleno de sexo, con un pie en el underground y tres en la MTV. Un buen disco para fo escuchar en la intimidad. O para que te lo suelten a las 5 de la madrugada. Con un buen equipo suena para morirse.

Apparat – The Devil’s Walk (Mute)

Confirmando una vez más su enorme talento y sin abandonar su base electrónica, Sascha Ring nos ha dejado un disco memorable. Música envolvente, apacible y muy emotiva que para bien merecería estar entre lo mejor del año.

Washed Out – Within And Without (Domino)

Después de su EP debut publicado hace un par de años, Ernest Greene ha logadro dar la vuelta al mundo con su primer largo. Un disco redondo que lleva la etiqueta chillwave por el repetido uso de efectos, samplers y sintetizadores como pilar principal de su sonido.

Wilco – The Whole Love (dpm Records)

¿El mejor disco de Wilco desde Yankee Hotel Foxtrot? Posiblemente. Es cierto que nos habría gustado continuar andando el camino que apunta ‘Art of Almost’, pero sería de necios dejar de rendirse al trote de ‘I Might’, prescindir de respirar la suave brisa de ‘Born Alone’, o de deleitarse con la clase infinita de cada arreglo del que presume ‘Whole Love’. Un disco cómodo, sí, pero brillante.

Holy Ghost! – Holy Ghost! (DFA)

En algún momento tenía que aparecer alguien que se jugase los cuartos con Cut Copy. Deudores del mejor synth pop de los hace tres décadas, y tan floridos como sus coetáneos australianos, Holy Ghost! se ha presentado con un disco repleto de hits como ‘Hold my Breath’ o ‘Say my name’. Muy a tener en cuenta.

 

La lista de los 40

40. Okkervil River – I Am Very Far (Jagjaguwar)

Hay muchos buenos discos que se han caído de la lista, cada uno reivindicará el suyo, pero nosotros no podíamos dejar de defender un álbum con temas como ‘Rider‘, ‘Wake And Be Fine’ o la deliciosamente clásica ‘Your Past Life as a Blast’. Un disco sólido y denso con letras marca de la casa y que crece con cada escucha. Larga vida.

39. Emmy The Great – Virtue (Close Harbour)

Aunque apenas han pasado dos años desde su primer disco, Emmy The Great ha dado un salto inmenso en la composición de sus canciones. Puede que fueran sus circunstancias personales (su prometido canceló la boda a seis meses vista), pero el caso es que Virtue tiene un halo melancólico, y canciones como ‘Cassandra‘, ‘Paper Forest (In The Afterglow Of Rapture)‘ o la espectacular ‘Trellick Tower‘ desprenden cierta tristeza pese a que siguen contando con las incisivas letras de Emma Lee Moss. Son, eso sí, maravillosas canciones de pop hermoso y delicado, que componen un disco que sorprende por compacto y diverso, repleto de matices por descubrir. Una delicia.

38. Alela Diane – Alela Diane & Wild Divine (Rough Trade)

A Alela Diane simplemente hay que escucharla. No hay que hacer mucho más. Cuando se presta atención a las delicadas composiciones de Alela Diane & Wild Divine, el tercer disco de la artista californiana. Reminiscencias de las girl bands con la personalidad de una cantautora ya afianzada, un vozarrón y canciones para parar un tren: no dejen de escuchar ‘Elijah‘, la desarmante ‘Suzanne‘ o ‘Desire‘. Una de aquellas joyas que hay que conservar bien.

37.  The Dodos – No Color (Frenchkiss)

No mintió Meric Long al anunciar que la nueva entrega de The Dodos estaría cargada de energía y de reminiscencias al celebrado Visiter. No mintió porque en No Color el folk atípico y acelerado del dúo de San Francisco recupera el nervio y la crudeza perdidos en el fallido Time To Die y despacha una primera mitad excelsa, de las que se enmarcan y se cuelgan en un lugar preferencial del salón. Entre ‘Black Night’ y ‘Don’t Try And Hide It’ todo son magníficas notícias: hay cohesión disfrazada de caos, brillan los coros de la gran Neko Case y, lo mejor, las esquizoides percusiones de Logan Kroeber vuelven a acaparar protagonismo. Lástima que sea a costa de un tramo final en que, a excepción de ‘Don’t Stop’, la cosa da la impresión de torcerse si uno sucumbe a las odiosas comparaciones.

36. Mogwai – Hardcore Will Never Die, But You Will (Rock Action)

Una de las apuestas más seguras. Porque Mogwai nunca fallan. En su último trabajo, vuelven a demostrar que los años no pasan para la banda más sólida del panorama post rock, a pesar de que detesten la mencionada etiqueta. Fieles a sus señas de identidad, la superposición de capas sónicas vuelve a aparece en temas como ‘White Noise‘. Como novedad, recuerdo de Kraftwerk en ‘Mexican Grand Prix‘ y como consolidación del pesado paso que les gusta marcar, ‘Rano Pano‘. La reflexión de ‘Letters to The Metro‘ o la evocación épica de ‘Death Rays‘ sirven para volver a diferentes coordenadas de mundos ya conocidos. Lo eterno siempre deja una estela. Por eso los imprescindibles capítulos de la historia de Mogwai nunca pasan desapercibidos.

35. John Maus – We Must Become The Pitiless Censors of Ourselves (Upset The Rhythm)

Colaborador de Ariel Pink, este profesor de filosofía que tiene la música como hobby, ha entregado durante este 2011 su tercer disco, un onírico viaje sensorial con muchas, muchísimas reminiscencias ochenteras. Luego ha sido objeto de todo tipo de opiniones por sus actuaciones en el Primavera Club 2011, pero lo primordial es que la suerte de pop cósmico de We Must Become The Pitiless Censors of Ourselves es de aquellos que o amas u odias (aunque a ‘Hey Moon‘ solo se la puede amar). Eso sí, si te atrapa ya no te deja escapar.

34. Miles Kane – Colour Of The Trap (Sony)

Una de las sorpresas del año. Si bien con The Last Shadow Puppets, junto a Alex Turner, Miles Kane empezó a dar muestras de su talento, con su grupo de toda la vida (The Rascals) parecía quedar diluido. Así que ha tenido que ser Colour Of The Trap, su primer disco en solitario, y pelotazos como ‘Come Closer‘, ‘Quicksand‘ o ‘Rearrange‘ los que pongan de nuevo el nombre de Kane al lado de los mejores nuevos talentos musicales británicos. Brit pop con ecos sesenteros del bueno, del que convence y perdura.

33. Real Estate – Days (Domino)

Es curioso lo que pasa con este disco. Es probablemente el grower más lento del año. Y una de esas veces en las que tienes que dar la razón a los pesados de Chicago. Es una primera escucha, o en una segunda, Days pasa por ser un disco agradable y bien construido, sin mucho más. Pero a medida que uno se sumerge en ese mundo de guitarras líquidas y variaciones suavísimas, a medida que uno se echa a flotar sobre canciones como ‘Green Aisles‘ o ‘Youger Than Yesterday‘, uno empieza a comprender el entusiasmo. El hit casi indiscutible, ‘It’s Real‘, uno de esos instantáneos pero con capacidad de arraigo. Uno disfruta primero con el estribillo coreado, pero superada la fascinación, uno descubre que el verdadero paraíso está en esos compases musicales del último tercio. Huele a sal y a chalets adosados. Sospecho que uno de esos discos que seguiremos escuchando en 2021.

32. Radiohead – The King of Limbs (autoeditado)

Seguramente por esperadísimo, el nuevo disco de Radiohead después del excelente In Rainbows nos supo a poco. Solo ocho canciones introspectivas que no daban brazo a torcer de buenas a primeras. Apenas ‘Lotus Flower‘, con ese estribillo desgañitado, nos daba una concesión entre la base profundamente electrónica, profundamente rítmica, mucho más sensorial que melódica. Pero antes de guardar el disco en el cajón de los olvidados, merece la pena intentar adentrarse en lo que The King of Limbs ofrece, en los pormenores de cada una de sus ocho canciones. Y es ahí donde brillan ‘Separator‘, ‘Feral‘ o ‘Bloom‘. Estos son otros Radiohead, y siguen teniendo mucho que decir.

31. Fleet Foxes – Helplessness Blues (Sub Pop)

Cuando tu primer disco es, además de sobresaliente, víctima de un ¿exagerado? fenómeno de canonización y más gente de la que probablemente te haya escuchado nunca te eleva a los altares del indie, la reválida se antoja poco menos que una pesadilla. Fleet Foxes, conscientes quizás de ello, dejaron enfriar las desorbitadas expectativas del momento y se tomaron casi tres años para entregar este Helplessness Blues que nos ocupa. Hicieron bien, pues la paciencia y la serenidad son dos cualidades necesarias para apreciar el refinamiento y la evolución que ha sufrido su estilo, todavía muy reconocible en ‘Sim Sala Bim’ o ‘Batterie Kinzie’ pero un pelín más imbricado y exigente que antaño (‘The Shrine / An Argument’ o la misma ‘Helplessness Blues’) pese a conservar una exquisitez vocal y estructural sin parangón. El tiempo dará la razón a un álbum que huele a clásico y que si no fuera porque no cuenta con el factor sorpresa estaría mucho más arriba.

30 The Rapture – In The Grace Of Your Love (DFA)

Con ‘How Deep Is Your Love‘ les hubiera bastado a The Rapture para hacerse un hueco entre lo más sobresaliente que ha pasado este último año. Las idas y venidas de los miembros de la banda neoyorkina no han sido impedimento para que aparezca, otra vez bajo el sello de James Murphy, un disco directo a los tobillos. In The Grace of You Love deja poco sitio para especulaciones. Desde la inicial ‘Sail Away‘ o la exótica ‘Come Back to Me‘ hasta las piezas más analógicas como ‘Miss You‘ o ‘Roller Coaster‘ su último trabajo rebosa una incontenible felicidad. A veces más calmado, otras con mayor éxtasis, el disco de The Rapture sea, quizá junto con el de Neon Indian, el que mejor represente el interminable optimismo de la electrónica indie que va mucho más allá de uno de los hits del año.

29. WU LYF – Go Tell Fire To The Mountain (LYF)

Frescura es lo que muchos le piden a los debuts. Que tengan algo nuevo y destacable que ofrecer, que cambien y cuestionen lo establecido, que sorprendan… Esto aquí, esto allí y a ver qué sale. Pues bien, si atendemos a estos criterios Go Tell Fire To The Mountain es un descubrimiento sensacional. La presentación al mundo de estos cuatro mancunianos, estrategias de mercadotecnia aparte, reta al oyente con una mezcla que si bien toma prestados elementos conocidos (punteos post-rockeros, teclados atmosféricos y batería pétrea) consigue sonar arrebatadoramente tribal, épica y diferente. El colofón a lo que ellos denominan «heavy pop» (como el tema que cierra el álbum; quizá el mejor) lo ponen los alaridos cuasi ininteligibles que profiere la garganta de piedra pómez de Ellery Roberts, puro primitivismo. Y es que con World Unite! Lucifer Youth Foundation dan ganas de eso, de quitarse la ropa, pintarse el cuerpo y correr por el bosque junto a los lobos. ¡Auuuuuu!

28. Atlas Sound – Parallax (4AD)

Bradford Cox, he ahí un tipo que desde 2008 ha firmado Microcastle, Logos y Halcyon Digest. ¿Quién es capaz de sacar tres álbumes así en años consecutivos? Cox, ya lo saben, diluye sus canciones en dos recipientes con etiquetas distintas: Deerhunter uno, Atlas Sound el otro. Este año, por impar, tocaba lo segundo, y lo que nos encontramos es un álbum que vuelve a llegarnos al alma con temas como ‘Parallax’ o la brutal ‘My Angel is Broken’, que podría haber estado perfectamente entre las mejores del año. Descubrimos también al Cox más alegre en ‘Mona Lisa’, una delicia llena de colores como de caramelo. Dicen los que saben que él va evolucionando, suavizándose, y quizás sí, pero los trucos (esos ecos en las oclusivas, los sonidos oníricos) empiezan a resultar poco sorprendentes. No le quitamos un ápice de mérito a este álbum, pero esperamos que la fórmula no se agote antes de ser aderezada.

27. Metronomy – The English Riviera (Because Music)

Es, por fin, con The English Riviera que Metronomy han obtenido el reconocimiento que merecían. Tres fantásticos de pop electrónico después, por fin Metronomy son uno de los grupos de referencia de la revitalización del género. Y ha sido así porque The English Riviera es un disco cargado de hits: empezando con la seductora ‘The Look’, pero sin olvidar ese himno que es ‘The Bay‘ o las juguetonas ‘She Wants‘ y ‘Everything Goes My Way‘. En la portada del disco apenas podemos apreciar una especie de palmera, arena de playa y el mar, y es precisamente lo que desprende este disco: buen rollo, electrónica seductora para escuchar en verano al lado del mar o, en su defecto, hacer más corta la espera hasta que llegue. Grandes.

26. The Vaccines – What Did You Expect From The Vaccines? (Sony)

Algo más tienen que tener estos chicos londinenses que su procedencia para haber sido uno de los mayores reclamos de la temporada apta para todos los públicos. Respondiendo a la pregunta que formula el título de su primer disco, si lo que se espera es rock directo con alguna reminiscencia punk en píldoras que rara vez superan los tres minutos e historias breves que dejan con apetito, el deseo es sobradamente satisfecho. Aunque hay pocas dudas de que ‘If You Wanna‘ es el himno de la temporada para universitarios rebeldes, habrá que ver si The Vaccines continúan una trayectoria que han comenzado de forma saludable, pero que puede caer en un pozo demasiado saturado. Veremos, pero de momento con el primero han dado en el clavo.

25. Lykke Li – Wounded Rhymes (Warner)

El destino sonríe al pop sueco. Ahí están I’m from Barcelona o Peter Bjorn & John para certificarlo. Pero si de lo que se trata es de buscar una cara más sólida, esa es la de Lykke Li. Tan solo dos discos para certificar una sensual timidez que en Wounded Rhymes se hace más discreta aunque también mucho más confiada. La cantante parece más introvertida y, a pesar del descaro de canciones como ‘Youth Knows No Pain‘ o ‘Get Some‘, muestra ahora su predilección por atmósferas más íntimas alejadas de las ínfulas ochenteras de su primer trabajo. Un enfoque que permite jugar con las percusiones en la preciosa ‘Love Out Of Lust‘ o los órganos ‘Rich Kid Blues‘, dejando, además, espacios para la melancolía en ‘Sadness is a Blessing‘. Wounded Rhymes son los seductores alaridos de un dulce animal herido.

24. Veronica Falls – Veronica Falls (Bella Union)

Al contrario que otros debuts de temporada, el de Veronica Falls no va a lo fácil. Aquí no hay apenas melodías felices sino tonos bajos, voces en eco y tonos lúgubres. Con un pie en el shoegaze y otro en un ambiente más oscuro y opresor (y hasta clásico; hay muchas referencias al rock de los sesenta en este disco), el cuarteto de Londres han dado forma a un debut sorprendentemente robusto que tiene en temas como ‘Bad Feeling‘, la final ‘Come On Over‘ o ‘Beachy Head‘ sus mejores cartas de presentación. Habrá que tenerles muy en cuenta.

23. Kurt Vile – Smoke Ring For My Halo (Matador)

Kurt Vile salió de The War on Drugs para centrarse en su carrera y en cuestión de dos años ha dado cuatro EPs y tres álbumes. Nada mal. El último, este Smoke Ring From My Halo, que deja alguna de las mejores composiciones del año. La delicada ‘Babys Arms’ y la infecciosa ‘Jesus Fever’ abren magistralmente un trabajo con infinitos referentes en el pasado pero que sabe ser totalmente actual. La ternura de las primeras contrasta con esos navajazos que son ‘Society is my Friend’ («he makes lie down in a cold blood bath») y ‘Peeping Boy’. La última sólo con dos ingredientes: una guitarra acústica maravillosa y una letra que dice algo tan simple y potente a la vez como esto: «I don’t wanna change, but I don’t wanna stay the same, I don’t wanna go, but I’m running, I don’t wanna work, but I don’t wanna sit a around all day frowning». Otro para conservar.

22. Youth Lagoon – The Year of Hibernation (Fat Possum)

La historia de Trevor Powers, el nombre que se esconde detrás de Youth Lagoon, empieza a ser un clásico de la música alternativa del siglo XXI. Ya saben, chico (preferiblemente introvertido) con inquietudes propias de la post-adolescencia y con una clara vertiente artística se encierra cual ermitaño en su habitación durante un período indefinido de tiempo. Durante el mismo, y gracias a dos instrumentos mal contados y un ordenador, logra componer un puñado de canciones más o menos catárticas que dan entre bastante y mucho que hablar en la blogosfera. Por ahí van los tiros en The Year of Hibernation, disco cuyas grandes dosis de intimismo y baja fidelidad invitan a una escucha atenta, con cascos y a buen volúmen. Solo así se saborea el lamento ahogado, cuasi fantasmal de Powers, que cuando se encuentra rodeado de hermosos beats electropop, suaves pianos y delicadas guitarras logra revitalizar espíritus decaídos y evocar pensamientos luminosos y optimistas aun y con su lírica apesadumbrada. ‘Posters’, ‘Afternoon’, ‘July’, ‘Montana’… hay algo muy especial y bonito en la música de Youth Lagoon que merece ser descubierto, preferiblemente desde su habitación.

21. The Drums – Portamento (Moshi Moshi)

Sí, había para tanto. El primer disco de The Drums brilló principalmente por ese hit del que ahora reniegan que es ‘Let’s Go Surfing‘, pero en Portamento despejan toda duda: no hay ningún ‘Let’s Go Surfing‘, y sí un buen puñado de canciones de regusto ochentero, aroma surf y con referentes como The Smiths, Joy Division o The Cure siempre presentes. Pero, por encima de todo, lo que más abunda son las grandes canciones, desde la inicial ‘Book Of Revelation‘ hasta la final ‘How It Ended‘, pasando por ‘Money‘, ‘Days‘ o ‘If He Likes It Let Him Do It‘, que conforman un segundo disco compacto, muy disfrutable y que despeja cualquier duda. Uno de aquellos discos de notable sobrado.

20. The Horrors – Skying (XL)

Dichosos los ojos, The Horrors. Quién les ha visto y quién les ve a estos cinco escuchimizados mozalbetes de Londres por los que cuatro años y pico atrás, cuando destrozaban Moby Dicks y vendían más pose emo-gótica que canciones, ni el oficinista más enajenado de una correduría de apuestas hubiera dado un triste euro. Su indudable y cercano final estaba en el cementerio de hypes hasta que, como si la vida les hubiera dado una colleja de las que no se olvidan, burlaron al destino con Primary Colours, álbum en el que la estética (mucho más moderada) dejaba paso a unas sorprendentes melodías que ahora no solo refrendan sino que amplían y mejoran. Skying, pues, certifica una de las resurrecciones más inesperadas en lustros y lo hace cargado de pelotazos (‘You Said’, ‘I Can See Through You’, ‘Endless Blue’ o ‘Moving Further Away’ lo son y mucho) a caballo entre el post-punk y el shoegaze psicodélico que poco tienen que envidiar a los de los padres de ambos géneros. Y es que tanto han evolucionado The Horrors, que incluso en las guitarras y sintetizadores donde antes habitaba una oscuridad asfixiante y maliciosa ahora se adivinan claros indicios de energía, luz y color. Nunca habríamos imaginado que el talento también se esconde debajo de imposibles peinados horteras.

19. Feist – Metals (Polydor)

¿Lo de «el disco de madurez» es un tópico muy superado ya no? Pensaba en la madurez por las formas, por la idea conjunta, por el equilibrio. Metals es así, un disco maduro, tremendamente equilibrado, un plato con todas las vitaminas y minerales, con la cantidad diaria recomendada de épica y calma, de exaltación y reposo, de vigor y de paz. Un disco que te pone los pelos de punta con ese final de ‘Undiscovered First’, gritado y barroco, y que es capaz de agarrarte el estómago con la desnudez de ‘Anti-Pioneer’. Es difícil comentar el álbum destacando unas canciones sobre otras sin ser injusto, esa es su gran virtud. ‘The Bad in Each Other’, ‘How Come You Never Go There’, ‘Cicadas and Gulls‘… todas muy buenas por separado, todas magistrales en su contexto. Esto es un álbum, uno de esos que hay que escuchar de arriba a abajo, en orden, saboreándolo.

18. Handsome Furs – Sound Kapital (Sub Pop)

He aquí un disco que de existir una lista de lo más escuchado a lo largo del todavía presente 2011 ocuparía a buen seguro un lugar en el podio. He aquí un disco como los que ya no se hacen, un disco corto (9 temas), rabioso y visceral en el que no sobra absolutamente nada. Un disco nacido de la urgencia del que vive al día y necesita contarle cosas al mundo. Un disco que si hubiera salido en la época del apogeo del CD habría acabado quemando el discman. Sound Kapital, tercera acometida del matrimonio todo pasión que conforman Dan Boeckner y Alexei Perry, es su crítica visión de lo establecido después de haberse pateado medio Sudeste Asiático y constatar que, en efecto, la civilización occidental en la que vivimos sigue siendo una gran mierda. Para contárnoslo, desproveen el electro-rock soviético de Face Control de guitarras (presentes aquí en ‘Bury Me Standing’ y poco más) y se centran en los teclados y en una caja de ritmos que, a base de escupir beats contudentes, construye viciosos himnos de cambio (‘When I Get Back’), protesta (‘What About Us’, ‘Serve The People’) y desazón (‘Memories of the Future’, ‘No Feelings’). El conjunto es una vibrante (y accesible) reivindicación de la electrónica underground de los 80 en la Europa del este que, si se logra vencer el recelo, resulta endiabladamente adictiva. No se lo pierdan.

17. tUnE-yArDs – w h o k i l l (4AD)

Mucho se ha hablado ya de este segundo disco de Merrill Garbus con este proyecto descoyuntado y extraño. Pasado el tiempo y las escuchas, acostumbrado a los escorzos y adaptado a las canciones, uno no entiende qué complicación podía tener para disfrutar de este trabajo desde la primera esucha. Hay algo primitivo y terriblemente divertido en los ritmos africanos sin filtrar de canciones como ‘My Country‘ o ‘Gangsta‘. Son como juguetes, puro goce. ¿Cómo puede no gustarle a alguien? ¿De verdad se puede no querer bailar con ‘Bizzness‘, con ‘You Yes You‘? ¿Alguien puede no conectar con la ternura sin colorantes ‘Wolly Wolly Gong‘? Merril Garbus ha inventado el postafropop, o lo que sea eso que deja de ser pop con toques africanistas (Vampire Weekend) para convertirse en africanismo pop, en una síntesis  tan disfrutable como intrínsecamente compleja. Atención a los coros, a los bucles de percusión, los enredos de vientos… Es totalmente adictivo.

16. The Pains of Being Pure at Heart – Belong (Slumberland/PIAS)

Mucho se dijo de The Pains of Being Pure at Heart cuando publicaron su segundo disco. Que si eran un hype, que si cogían demasiados elementos prestados del sonido C-86, que si no aguantarían la embestida. Pues aquí están, con un segundo disco casi mejor que el debut, un directo cada vez más engrasado y una propuesta cada vez más engrasada. En Belong siguen habiendo los clásicos parámetros del shoegaze pop, pero se escuchan ecos de los mejores The Smashing Pumpkins (‘Belong‘, ‘Strange‘, ‘Even In Dreams‘) y, lo que es más importante, conservan intacto ese don de hacer canciones infecciosas, juveniles y rotundas como ‘Heart In Your Heartbreak‘, ‘My Terrible Friend‘ o ‘Heaven’s Gonna Happen Now‘. Y hacerlo en dos discos sin apenas altibajos empieza a tener su mérito.

15. Bill Callahan – Apocalypse (Drag City)

Pasa el tiempo, se suceden los discos y la figura de Bill Callahan, cual llanero solitario de la América moderna, no para de engrandecerse. Da igual que publique como Smog o bajo su propio nombre, pues lo único cierto es que el de Silver Spring, Maryland, siempre acaba dando en el clavo. En Apocalypse, un severo ejercicio de introspección que a su vez sirve para retratar la cara opaca de su país, vuelve a conseguirlo creando un nuevo escenario en el que nos lleva por un paisaje árido y polvoriento de lejano oeste y que muy poco tiene que ver con el hermoso y cuidado jardín de Sometimes I Wish We Were An Eagle. No hay comparación posible entre ambos, por lo que la alargada sombra de su última obra maestra no aparece en ningún rincón de las nuevas composiciones, más parcas en instrumentación pero igualmente sentidas. De esta manera, libres de toda influencia, casi podemos mascar el mismo tabaco imaginario que el pastor de ‘Drover’ y dejarnos seducir por el balanceo, ahora rápido, ahora más lento, de la guitarra protagonista en ‘Baby’s Breath’. Sin olvidarnos de la bengala que durante ‘Universal Applicant’, cuando anda perdido en medio del mar con su barquito, Callahan lanza al infinito en una exhibición vocal fabulosa. Es así, con la libertad de movimientos que permite la lejanía del gran público, que este genio del folk contemporáneo sigue forjando su silenciosa leyenda.

14. Tom Waits – Bad As Me (Anti)

Por muy aclamado que fuera su predecesor Real Gone, muchos ansiábamos secretamente un disco de Tom Waits menos exigente. Un nuevo Rain Dogs o Blood Money, para entendernos, uno de aquellos álbumes en el que el loco de Chicago mantuviera sus señas de identidad pero nos hiciera disfrutar de sus canciones sin muchas contemplaciones. Eso es, pues Bad As Me, un disco de Tom Waits perfecto en su justa medida. Disfrutable para casi todo el mundo, con su voz rasgada de siempre que tanto araña (‘Raised Right Men‘) como susurra (‘Back In The Crowd‘), con su histrionismo marca de la casa (‘Get Lost‘, ‘Bad As Me‘), con su particular combinación de blues, rock, jazz y lo que le pase por la cabeza. Pero un disco que apetece escuchar una y otra vea sin parar.

13. EMA – Past Life Martyred Saints (Souterrain Transmissions)

EMA está tan arriba porque consigue hacernos sentir algo que no nos hace sentir ningún otro disco de este año. El debut de EMA es un coágulo de mal rollo con destellos de luz, un trabajo, violento por momentos, lleno de un rencor real que se derrama. ‘California‘ es una auténtica burrada de canción, potente, resentida. No es sólo la letra, que al principio suena a amenaza y de pronto gira hacia la más completa indiferencia con ese «I’m just 22, I don’t mind dying…». Es la atmósfera entera, como de petrolero atracando entre la niebla, ese ruido blanco de fondo, agobiante, absorbente. ‘Marked‘ no te deja escapar. Cantada como desde el purgatorio, la voz roza, la guitarra  trastea y todo huele casi a morgue mientas Erika repite una y otra vez «I wish that everytime he touched me left a mark», inspirando entre cada repetición como si fuese a reventar de rabia. Y de pronto, hacia la mitad, entre el teclado y entra la luz. Es todo plástico, es un cuadro de Rembrant infectado de malditismo. Solo por estas dos canciones, este disco ya merecería tiempo, pero es que la que lo abre ‘Grey Ship‘, está a la altura. Lo mismo con ‘Milkman‘, ‘Buterfly Knife‘ o con la grandísima olvidada, ‘Breakfast‘. Mucha bilis. Mucha.

12. Girls – Father, Son, Holy Ghost (True Panther)

Un tipo de gran parecido físico a Kurt Cobain y que ha intentado aproximarse a la sensualidad vocal de Jarvis Cocker puede tener un dubitativo camino para alcanzar grandes cimas. Más aún si agrupa su formación bajo el aséptico nombre de Girls. Y no parece que a Christopher Owens la vida le haya dado la espalda. Con el irónico nombre de Father, Son, Holy Ghost echa un nuevo borrón a su forzado pasado místico y además, cimenta el proyecto de su banda. Girls está ahora más arropado, siendo su formación más amplia con la incorporación de Darren Weiss a la batería, John Anderson a la guitarra y Dan Einsenbergh a los teclados. Se trata de un trabajo del que es necesario quitar una primera capa de polvo, un fino manto bajo la que transluce un tesoro de los que necesitan más de una escucha para ser descubiertos. Después, resulta idóneo para abrir un pequeño halo de esperanza cuando la doliente resaca obliga a permanecer inmóvil en un destartalado rincón. El mismo en el que un degradado yonki desesperado parece haber escrito ‘Saying I Love You‘ bajo el influjo del último suspiro de ilusión y desde el que una desgarradora guitarra intenta poner fin a la encrucijada de ‘Vomit‘. Si algo distingue a Father, Son, Holy Ghost es el eclecticismo, la parada en diferentes estaciones, llegando siempre a buen destino. Desde el ritmo surf de ‘Honey Bunny‘ a las reminiscencias del Highway Star de Deep Purple de ‘Die‘, el trabajo de Girls está sostenido por una sinceridad sin pretensiones. Por eso siempre hay una vuelta atrás después del primer efímero paso.

11. M83 – Hurry Up, We’re Dreaming (Naïve)

Es el juguete del año. No solo por el nombre que Anthony Gonzalez ha decidido darle a su último trabajo, Hurry Up, We Are Dreaming. Sino porque todo lo que emana de él supone un paseo de fantasías, de mundos imaginarios, una aventura que bien podría ser el país en el que se sumergiera una Alicia de vanguardia. El techo de M83 continúa situándose cada vez más alto. Como una montaña rusa de trayectoria imposible, Gonzalez sube, baja y gira a través de  composiciones cromáticas que abarcan su infinita paleta de colores. Si los trabajos de Cut Copy o MGMT están destinados a la pista de baile, lo de M83 va dirigido a una catarsis onírica. Cuando la apuesta es generosa y arriesgada, el beneficio puede ser colosal. Quizá por eso haya entrado en la antología del nuevo siglo con ‘Midnight City‘, nuestra canción del año. Pero tan solo es una prioritaria parada dentro de su infantil creatividad. Al éxtasis de ‘Reunion‘, ‘New Map‘, ‘OK Pal‘ o la épica de ‘Steve McQueen‘, les acompañan los pasajes más reflexivos, el planeo de Peter Pan sobre el país de Nunca Jamás, la observación del lento desvanecimiento de los fuegos artificiales, a veces de forma instrumental, como el interludio de ‘Another Wave From You‘, otras, como en ‘Wait‘ para contener las emociones, si acaso haciéndolas más profundas. Los momentos más inocentes aparecen con ‘Raconte-Moi Una Histoire‘. Y también hay resquicios para el pop más juguetón. Y, al final, todo converge coherentemente en un lugar más allá de los sueños, el último destino de M83.

10. The War On Drugs – Slave Ambient (Secretly Canadian)

«I’ve been wondering by your room, and nothing’s coming out, you’re like a spirit through the wind I keep fighting». Son las primeras líneas de uno de los álbumes más infravalorados del año. Un disco para perderse, para ponerse en los cascos y dejarse llevar. Escuchen ese pasaje final: la guitarra, los teclados, la batería, el bajo, ese fluido armónico viajando de canal en canal, la armónica al fondo, el pulso y ese viento final que enlaza con el comienzo de ‘Brothers’. ‘Best Night’, como todas las de este álbum, es un zumo concentrado de horas y horas de grabación. La mezcla final, la preferida entre decenas de primas hermanas que compartían título. Y es que para Adam Granduciel el estudio no es un lugar de paso, es un templo. Uno en el que se trabaja con calma y precisión, pero del que , aunque sea tras años de trabajo y sin Kurt Vile, salen cosas como Slave Ambient. Una bibila para ese culto caleidoscópico de guitarras líquidas, baterías lineales y teclados suaves profesado por otros como Real Estate. Pero no son las mezclas o el número de capas lo que hacen de este trabajo poco menos que una obra maestra: son las canciones en las que se hacen carne. Es el fluir de ‘Brothers’, el aura de majestuosidad con la que brilla ‘Your Love is Calling My Name’, la nostalgia marcial de ‘Come To The City’ («take me back to the one I love…»), la máquina de vapor que mueve ‘Baby Missiles’ o ‘I Was There’. No se lo pierdan.

9. James Blake – James Blake (Polydor)

Esto es otra cosa. El disco de James Blake es algo distinto a cualquiera de los 49 otros discos que encontrarán en esta lista. Y ahí reside su magia: en ser el primero, en hacer algo único, en lograr conjugar emoción y técnica, sensibilidad y tecnología. Soul y dubstep. Burial abrió el camino, y Blake, un chaval británico de 20 y poquísimos años, ha decidido llevar lo que Burial creó al terreno del cantautor, de la persona que escribe canciones con versos, estribillos y puentes. Y eso son los 11 cortes incluidos en el debut de James Blake: canciones. Canciones mágicas, sinuosas, deconstruidas, afectadas, honestas,… hasta cursis. Pero canciones, al fin y al cabo. Y en 2011, nadie ha hecho canciones tan emocionalmente impactantes con tan poco como James Blake. ‘Limit To Your Love‘, ‘The Wilhelm Scream‘, ‘I Never Learnt To Share‘ son sencillamente inolvidables, y hasta las que quedan fuera del disco (como ‘Fall Creek Boys Choir‘ o la versión de ‘A Case Of You‘) mantienen el listón bien alto. James Blake, sin duda uno de los nombres propios del año.

8. Arctic Monkeys – Suck It and See (Domino)

La conclusión que se puede extraer de Suck It And See tras repetidas escuchas es clara: estamos ante el disco que colma las aspiraciones artísticas de Arctic Monkeys como banda, ante el trabajo que siempre han perseguido desde que a mediados de 2005 irrumpieran de la nada y empezaran a estar en boca de muchos. Punto. Que esto guste o no a sus más fieles seguidores es otra historia, aunque si tenemos en cuenta que en lo que a popularidad se refiere los ingleses continúan subiendo peldaños (ni más ni menos que el Palau Sant Jordi de Barcelona y el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid les esperan en enero) la impresión es que aquí todo el mundo anda contento. Nosotros los primeros, ya que en su cuarto trabajo los monos rezuman confianza, sobriedad y convicción gracias a una sobresaliente colección de doce canciones que sencillamente se salen. Las diez primeras porque reinterpretan en positivo lo mejor de su (ya no tan) corta trayectoria (‘Library Pictures’ podría encajar perfectamente en su espídico debut y ‘Brick By Brick’ o ‘Don’t Sit Down ‘Cause I’ve Moved Your Chair’ en el rocoso Humbug) y las dos últimas porque, con permiso de ‘The Hellcat Spangled Shalalala’, son el presente y el futuro del pop guitarrero y «alternativo» que se hace en las islas británicas. Aspirantes a hype, aprended de ‘Suck It And See’ y ‘That’s Where You’re Wrong’: los medios tiempos alejados de la inmediatez nunca han molado tanto.

7. The Black Keys – El Camino (Nonesuch Records)

Por lo leído, The Black Keys trabajan así: llegan al estudio con algunas ideas, construyen allí canciones, prueban para ellas diferentes tempos, giros y arreglos. Cuando dan con la tecla, mezclan y a correr. «Cuando lo piensas demasiado, normalmente la cagas», más o menos. Ya avisaron el año pasado con Brothers, pero esto que nos ocupa es otra cosa, otra liga. Once canciones que son un dream team. Adelantaron ‘Lonely Boy‘ y se nos cayó la baba con el sonido de esas distorsiones y ese estribillo pegadizo y juguetón. Hit, pensamos. Pero cuando llegó el álbum, directamente se nos cayó la mandíbula y todavía la tenemos en busca y captura. ‘Dead and Gone‘, la segunda, tiene también hechuras de single, pero es que ‘Gold On The Ceiling‘, con ese glam descaradísimo que ni los T-Rex, es una canción por la que mataría medio Tennessee. ¡Qué estribillo, qué guitarras! Pero, ¿y ‘Little Black Submarines‘? Ciertamente la comparación con ‘Stairway To Heaven’ es exagerada, pero damos fé de que las baterías de la segunda mitad parecen salidas de las manos del mismísimo Bonham. Y cómo suenan las guitarras, y los coros, y los teclados. Bendito seas, Danger Mouse. Cuando termina, con esas bofetadas secas, se oye el craqueteo distorsionado del ampli y empieza el riff de ‘Money Maker’.  Sin respirar. De verdad, podríamos ir canción por canción hasta el final, disfrutándolas todas, deteniéndonos a todas. El estribillo de ‘Run Right Back‘ («sheeeeee’s the woooooorts thiiing, iii’ve beeen adicted toooo») es para ponerle una plaza; ‘Stop Stop‘, con sus coros en falsete, es para descoyuntarse la pelvis. El arreglo con el metalófono en el estribillo, las palmas, el solo de guitarra…  podría estar en la lista de temas del año sin pestañear. ¿Y ‘Nova Baby‘? ¿Pedirá Frusciante derechos por ese solo? En fin, sólo se puede hablar de El Camino desde el entusiasmo porque es un disco que lo transmite. Sólo añadiremos dos cosas: 1) viva la Cofradía de los Tres Minutos y 2) prisión para quien se haya comido este álbum en sus listas respectivas.

6. The Antlers – Burst Apart (Frenchkiss)

El disco más esperado del año en indiespotHospice, el disco anterior de The Antlers, el álbum que escogimos como el mejor de 2009, nos pilló tan desprevenidos y nos compungió tanto que, sinceramente, no sabíamos qué esperar de su continuación. Aquel disco surgió de un modo tan especial (una especie de encierro de Peter Silberman en su casa tras una ruptura) que, tras dos años de gira y éxito de crítica, incluso el propio grupo tuvo que replantearse cómo concebir este Burst Apart. Y por eso el disco se llama así, porque de alguna manera es una explosión en contraposición a la implosión de HospiceBurst Apart es un álbum expansivo, que no crece hacia dentro sino hacia afuera, en el que The Antlers se arriesgan con nuevos sonidos (el sonido ‘sexy’ a lo Jeff Buckey de ‘I Don’t Want Love‘, ‘French Exit‘ o ‘Every Night My Teeth Are Falling Out‘), se sueltan instrumentalmente (la psicodelia de ‘Rolled Over‘, pieza clave del disco, que en directo hemos visto que cobra una dimensión brutal) pero siguen siendo capaces de escribir canciones preciosas (la descomunal ‘Corsicana‘, ‘No Windows‘). Y una vez más, consiguen un disco que no es de canciones, sino que requiere ser escuchado en conjunto, como trayecto, como los discos deberían ser.

5. Yuck – Yuck (Fat Possum)

¿Qué podemos decir del debut de Yuck que no hayamos dicho ya? Poca cosa. Quizá lo mejor que podríamos decir es que sigue vigente, pese a contar ya con casi diez meses a sus espaldas. Que sigue fresco. Que nos sigue emocionando. Que seguimos cantando el estribillo de ‘Get Away‘ con todas nuestras fuerzas, que seguimos repitiendo una y otra la bofetada inicial de ‘The Wall‘, que seguimos maravillados con lo bonita que es ‘Shook Down‘, que seguimos abrumados por la explosión de ‘Holing Out‘, que seguimos moviendo la cabeza suavemente al son del solo de guitarra de ‘Suicide Policeman‘, que seguimos saltando con ‘Georgia‘, que seguimos haciendo el descanso del disco con las deliciosas ‘Suck‘ y ‘Stutter’, que seguimos emulando el riff de guitarra de ‘Operation‘, que seguimos soñando con ‘Sunday‘, que seguimos estremeciéndonos con ese final de disco que forman ‘Rose Gives A Lilly‘ y especialmente la descomunal ‘Rubber‘. Yuck es un disco de canciones, de grandes canciones. No es nada más, pero tampoco nada menos que eso. Y con él ha nacido un grupo que apunta muy alto.

4. Destroyer – Kaputt (Merge)

¿Qué se ha inventado Dan Bejar? Sabíamos que este canadiense de aire despreocupado y melena alborotada tenía fama de ser un tipo raro, raro, de los que van a su bola independientemente de modas y movidas, de los que no siguen a nada ni nadie que no sean sus propios instintos. Lo sabíamos, pero lo que no sabíamos es que lo fuera tanto como para de repente, sin más, alejarse del pop de toques barrocos que lleva 15 años componiendo y atreverse a publicar un álbum como Kaputt, un universo musical en sí mismo por el que se le podría considerar tanto un iluminado como el puto amo, que diría Guardiola. En esta casa, una vez descubierta y comprendida su propuesta, hemos optado por lo segundo. ¿Por qué?, se preguntarán. Muy sencillo: porque muy pocos tienen las santas narices de llenarlo todo de bruma y luz blanca, acicalarse con un batín de seda y empezar a arrastrar la voz entre melodías glam plagadas de guiños a la muchas veces olvidada década de 1970. Porque si no fuera por él es posible que los ahora celebradísimos saxos y las trompetas (orgásmicos en la inifinitamente seductora ‘Suicide Demo For Kara Walker’) siguieran muertos de asco en el baúl de los recuerdos. Y lo más importante, porque con semejante mejunje de atmosferas teóricamente demodés, ha parido una obra maravillosa que rebosa carácter y elegancia sin renunciar a la extravagancia de un estilo muy propio. Conozcan a Kaputt, el lujo y la lujuria hechos música.

3. PJ Harvey – Let England Shake (Island)

Polly Jean vuelve a sus orígenes con un disco en apariencia asequible pero con muchísimas capas por descubrir. Después de desnudar sus canciones en White Chalk y de darse un pequeño revolcón artístico con John Parish en A Woman A Man Walked By, Let England Shake es una obra propia, excelsa e incisiva que ahonda en la problemática de una época confusa y con poca esperanza. Lo hace simbólicamente a través de su querida Inglaterra, a través de la metáfora de la guerra, pero los temas universales, las referencias oscuras recurrentes y la desesperación desprendida son cuestiones que se perciben perfectamente a lo largo de estas doce canciones. Las doce, por cierto, certeras y directas como un puñetazo en el estómago, escondidas en una cierta docilidad pop y jugando la carta de un cierto exotismo instrumental (no hay más que ver la autoarpa que empuña Polly en muchos temas). En canciones como ‘Let England Shake‘, ‘The Last Living Rose‘ o ‘On Battleship Hill‘, PJ Harvey juega a seducir en primera instancia, para más tarde –cuando uno se adentra en las letras y el significado del disco– golpear al oyente hablando de muerte, sangre y desesperación. ‘In The Dark Places‘, por ejemplo, es un musicalmente vital, casi épica, mientras que literalmente trata de un batallón avanzando entre las dudas y hacia, pues eso, los lugares oscuros. Y es que Let England Shake, y en eso reside la mayor parte de su impacto, funciona tanto en el plano superficial como en el más profundo. Seduce en la primera escucha, y te atrapa para que te quedes con él mucho más allá, porque cuando escarbas encuentras un submundo de historias bélicas, de recuerdos dolorosos y de lamentos profundos. Y te quedas. Es un disco que duele, que no busca el consuelo fácil, que deja un regusto amargo por su gran impacto (tremendo final con ‘The Colour Of The Earth‘). Y que, pese a todo, convence y conmueve y engancha hasta el punto de que queremos volver a vivirlo aunque por ello tengamos que volver a sufrir. Porque merece la pena. Cuando un disco es aclamado sin excepciones, es que algo hay.

2. Bon Iver – Bon Iver, Bon Iver (Jagjaguwar)

El paso por el averno de Justin Vernon dejó una indeleble huella cuya continuación era una cuestión de tiempo. Aquel For Emma, Forever Ago de 2008 escupía la incontenible aflicción de un tipo tan sincero como dotado. Bon Iver, Bon Iver, su continuación si exceptuamos el destacable EP Blood Bank, representa la bocanada de aire fresco tras el exhausto viaje y la confirmación de oasis solitarios y meditativos que reparan los daños sufridos. Un cambio demasiado brusco respecto a su primer trabajo que puede conducir a una decepción inicial. Pero la lenta génesis del nuevo mundo es ineludible. Vernon olvida el lacerante minimalismo que le sacó del anonimato para abrir camino a teclados y vientos que acompañan a guitarras, violines y los característicos falsetes. Una producción cuidada al milímetro con ornamentos más contenidos que excesivos que aparecen camuflados, discretos maquillajes para realzar la tímida y manifiesta belleza de su segundo largo. Y lo cierto es que todo funciona. Tan evocadoras resultan las canciones con escasez de arreglos, como ocurre en ‘Hinnom, TX‘ o las acompasadas voces de ‘Michicant’, como cuando Vernon edifica su particular éxtasis instrumental en ‘Perth’. Su tendencia a la introversión hace que quizá sea ‘Holocene‘ la que adquiera la etiqueta de imprescindible. ‘Towers‘ y ‘Calgary‘ corroboran que todo lo que ocurre, lejos de ser un parche para tapar una herida que sigue abierta, es real y, desde luego, parece duradero. No parece demasiado reprochable para un tipo cuya exudación depresiva le abrió un camino que le llevo a colaborar con músicos tan distintos a sí mismo como Kanye West. La difícil decodificación de su poesía certifica que la pesadilla ha terminado. “El peligro se ha escabullido, ese es el axioma” son las últimas palabras que se pueden escuchar cuando, lentamente, los últimos latidos de Bon Iver, Bon Iver desaparecen.

1. St. Vincent – Strange Mercy (4AD)

Vaya disco, amigos. Si Strange Mercy fuese un espacio, sería un quirófano sin ventanas, sin uso, sin vida microbiótica. La sala de espera de un dentista, sin cuadros ni hilo musical. Sería un bosque sin pájaros, un palacio de 200 camas habitado por dos personas que no se miran a los ojos. Sus canciones tienen poca letra, como Annie tiene poca carne. Al verlas escritas muchas veces parecen caligramas de la propia texana, guitarrista sobresaliente, cantante de bisturí, letrista con mala sangre. Omitida ‘Cruel‘, que en su alegría pop esconde cierta calidez, es muy dificil encontrar aquí una veta de algo que se parezca al cariño, al amor, a la sinceridad. Strange Mercy es una coraza, un contenedor de sarcasmo, ironía, decepción, conformismo y desilusión. Un trabajo lleno de una tristeza que gotea por las grietas de algunas frases («did you ever stare at me?») y se evapora por las juntas de algunas imágenes, precisas como misiles antiaéreos («you are like a party I hear through the wall»). Es, en resumen, un inventario del jodido desafecto.

Si Strange Mercy fuese una foto, podría ser este retrato de Marilyn Monroe, captado por Richard Avedon en 1957. La historia de esta fotografía es maravillosa. Cuenta Avedon que Marilyn hizo de Marilyn durante horas aquel día. Bailó, flirteó, sedujo, bebió, posó… Y cuando todo había terminado, se mudó como una niña a un rincón y se quedó allí, inexpresiva, sin coraza. Avedon caminó hacia ella con la cámara, la miró a través del objetivo y ella concedió este instante de verdad máxima. Esa expresión cansada, esos pechos desviados, enormes, esos hombros desenfocados, la boca llorosa, el peinado roto. Una foto que muestra hasta las entrañas. Fue en esa misma época cuando Marilyn, que moriría cinco años después, escribió sin saberlo el estribillo de ‘Surgeon‘. Una frase que  encierra toda la fuerza de Strange Mercy: «best finest surgeon, come cut me open». Que venga el mejor cirujano del mundo y me abra entera. Joder, ¿no? Annie sacó la frase de los diarios de la actriz y reconoce que es clave en la idea del álbum. Once canciones que hasta la primera mitad, hasta ese falsete rodeado de tormenta con el que termina la descomunal ‘Nothern Lights’, no te deja casi ni respirar. Las guitarras en ‘Surgeon‘, la fuerza del estribillo de ‘Cheerleader‘, la propia escalada final de ‘Nothern Lights‘. Embruja el juego entre la rotundidad musical, las distorsiones impías, la electrónica casi científica y esa la voz cristalina de Annie que te dice «ven, soy inofensiva, delgadita, poca cosa, todo amor, mírame los ojos, azules como témpanos«. Ya, pero tus manos, esa forma de agitar la guitarra como si la estrangulases, las piernas como autopistas, los gestos preorgásmicos de tu boca cuando terminas de solear y la canción se muere…. Todo eso sugiere otra cosa. El contraste provoca un magnetismo que acaba inundando como un tsunami cada rincón de este álbum brutal. Sus canciones son ese choque de señales, su magia nace de esa interferencia

‘Strange Mercy’, sirve de ecuador y de receso. Una parada con un punto de ternura y un final amenazante y cargado de rabia vocal. La tensión de ese «no, I don’t know what…» la transmite su forma de cantar. Igual, el primer verso de ‘Champange Year’ transmite toda su carga de decepción, de íntima estafa, a través de la forma en que Annie declama aquello de: «so I thought I learned my lesson but I secretly expected a choir at the shore and confetti through the falling air…». En en ese ‘air’, la garganta de Annie vibra como si no fuese suya. Duele oirle sacar de las entrañas que no, no es un plan perfecto, pero es lo que hay. Duele porque tú también has estado ahí, esperando la sorpresa, sintiéndote culpable de desearla tanto, sintiéndote triste al confirmar que no había tal, que no la merecías, que no hay razón para la queja. Tú también estás ahí, viendo como, con el paso de los años, el conformismo le gana días a los sueños de grandeza. Va en serio. Eso es lo jodido. El cierre con ‘Year of the Tiger’, con su irónico y bien cabrón «oh America, can I owe you once?» es sencillamente magistral. Broche para un álbum que, como su portada, es un grito ahogado. Pero a poco que se fijen, lo verán: tiene dientes. Y muerde.

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