09/12/2011

Ah, el noise. Tan preñado de incertidumbre como la vida misma. Es el no-relato, el anticlímax, la constatación sonora de que la realidad es escurridiza […]

Ah, el noise. Tan preñado de incertidumbre como la vida misma. Es el no-relato, el anticlímax, la constatación sonora de que la realidad es escurridiza e intangible, de que los esquemas y categorías con los que definimos el mundo son artefactos inútiles, y de que incluso dentro del peor caos se puede hallar un instante de belleza. A los que adoren este tipo de música: ¿qué os voy a decir que no sepan de sobra vuestros lacerados oídos? A los que la aborrezcan: ¿acaso pensáis que la vida es estrofa, puente, estribillo? ¿En serio?

El pasado domingo, los amantes del noise tenían una cita de órdago en la madrileña Siroco: las japonesas Nisennenmondai traían munición de grueso calibre, lista para disparar en la incursión ibérica que la semana pasada les llevó, además de a la capital, a Barcelona, Vigo, Oporto y Lisboa. Todo ello cortesía de Giradiscos. Las niponas, que ya estuvieron en el último Primavera Sound, casi consiguen llenar la sala, y eso pese a que el concierto estaba programado un domingo. La dicharachera música disco que sonaba durante la espera ejercía de banda sonora para nuestras expectativas mentales: ¿tirarán de su último LP, Fan, o quizá apuesten por el sólido EP Neji­/Tori? ¿A lo mejor le meten mano al socorrido disco en directo Destination Tokyo? ¿Saldré con acúfenos en los oídos una vez más?

Después de veinte minutos de espera, las componentes aparecen. Afinan. La baterista estira los brazos. No hay sonrisas ni saludos: no hay ceremonia, no hay relato. Nunca muestran su rostro de frente. Que a nadie se le ocurra decir que tienen algún tic oriental. Sin aviso, comienzan. Masako Takada pisa un par de veces el pedal, el bajo tintinea como un martillo gigante, Sayaka Himeno se vuelve una autómata de la percusión durante los diez minutos largos que dura ‘Appointment’, la primera canción. La noción del tiempo también se desmorona, atrapada en un patrón rítmico (casi) inalterable, hipnótico, paroxístico.

El núcleo del concierto está en la pedalera que tienen justo arriba. De ella emanan loops que suenan como sonarían las tripas de Godzilla en proceso de ebullición, bucles de notas agudas y afiladas como clavos, siempre con el apoyo rítmico de batería y bajo, infalibles como un reloj atómico. Definitivamente, son mil veces mejor en directo que en disco. El minimalismo sucio que despliegan viola nuestros oídos, pero abraza nuestros cerebros. Funciona. Alguien a mi lado improvisa unos tapones con el papel de una servilleta. Es inútil.

Llama la atención la actitud del grupo: sin dejarnos ver las artimañas con las que hacía gritar su guitarra, Masako Takada mira de vez en cuando los focos y monitores sobre su cabeza, ensimismada. Después de estallar en un intenso y demencial galimatías al final de ‘Ikkyokume’, se dirige por única vez al público. Con una tímida vocecilla que contrasta con su brutal sonido, empieza una frase trilingüe: empieza por “Hola”, sigue con “We are Nisennenmondai, we come from Tokyo”, y acaba en “Arigato” y una inclinación de cabeza made in Japan.

Para los curiosos, el setlist del concierto se puede degustar, en el mismo orden, en el bandcamp del grupo. Sí, a lo mejor se podrían haber currado algo más el repertorio, a lo mejor hubiera estado bien un poco menos de piloto automático. Sea como fuere, aquellos cincuenta minutos fueron monstruosamente bellos. Esto sí que es un power trio.

Texto: Alvaro Ramírez (@alvarorcalvo)

Fotos: Julio Zamarrón

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