05/11/2011

Los espacios son elementos circunstanciales que no siempre sirven para sopesar la magnitud de la banda que los ocupa. El miércoles 26 de octubre, a la misma […]

Los espacios son elementos circunstanciales que no siempre sirven para sopesar la magnitud de la banda que los ocupa. El miércoles 26 de octubre, a la misma hora que Coldplay se daba su particular baño de masas en la madrileña plaza de toros de Las Ventas, Mogwai se ceñía a un espacio mucho más intimista de la capital en la pequeña sala San Miguel del Palacio de Vistalegre de Madrid. Y si, como indicaba recientemente Diego Manrique, parece que los de Chris Martin están a la búsqueda de la perennidad con estrategias a veces discutibles, los reyes de la épica escoceses saben que lo efímero no entra dentro de su particular diccionario.

Las autores del sempiterno Young Team son conscientes de que el recinto en el que se presentan es un asunto de menor importancia. Da igual que aparezcan sobre una gran superficie, como el escenario Llevant del ultimo Primavera Sound 2011, o que su atmosférica densidad ocupe una estancia más apta para inocentes novicios que para una banda de lleva escribiendo su trascendental epopeya durante casi dos décadas. El objetivo es transformar ese lugar en un inexorable entramado de emociones.

Satisfecho tuvo que estar el ex Super Furry Animals Gruff Rhys de poder telonear a los de Glasgow. Sus gorgoritos electrónicos y sus ademanes de hombre orquesta solo sirvieron para demostrar que cualquier aventura del pasado fue mucho más fértil. Tonadas folk y una aplicada dosis de simpatía que no merecieron demasiada atención por parte del todavía escaso público presente.

No son necesarios los artificios para anunciar la salida de Mogwai. Seis enigmáticas siluetas que no se permiten, a excepción de Stuart Breithwaite, excesivos lujos sobre las tablas, conscientes de que su muestrario solo depende de cada modulación, de cada nota estudiada para alterar el estado anímico de sus agradecidos seguidores. Abrir con ‘White Noise‘ es una declaración de intenciones, un resumen de la idiosincrasia de una banda donde el minimalismo inicial avanza hacia la característica plenitud espacial. Es el comienzo de una primera parte en la que abundan temas dirigidos a incidir en lo sentimental, con las licencias vocales de ‘Travel Is Dangerous‘, la enigmática contundencia de ‘Rano Rano‘, la experimentación electrónica de ‘Mexican Gran Prix‘ o el optimismo itinerante de ‘How To Be a Warewolf‘. La indiscutible excelencia sonora se erige como el pilar de una  experiencia ilustrada por procedentes visuales, un directo que manifiesta la voluntad de travestir cualquier conato de apatía.

En Barcelona, la intensidad fue tal que los cimientos del Casino de l’Aliança del Poblenou temblaron. Literalmente. El sonido, pese a ello, era cristalino: cualquier golpe de bajo se escuchaba con una precisión atronadora, los crescendos elevaban al público (sentado) a otra dimensión, las notas de piano se distinguían clarividentes entre el caos ordenado de ruido que Mogwai generan. Y en esas que, en medio de la quietud forzada por las sillas, un espontáneo baja el pasillo central dirigiéndose al escenario, brazos en alto y sudadera del grupo mediante. Empieza a animar a los de las primeras filas para que se pongan en pie y vibren físicamente con la música de los escoceses. Nadie le hace mucho caso. Pero Stuart ríe. Y el batería del grupo se levanta para darle una cerveza (San Miguel, claro). Y al final, todo el mundo acaba en pie y justo entonces empiezan a desgranarse las primeras notas de la eterna ‘Rano Pano‘. Glorioso.

Obviando su último EP, Earth División, Mogwai tiraron del repertorio de su último Hardcore Never Die But You Will, sin olvidar imprescindibles del catálogo como la aplaudida y estimulante ‘I´m Jim Morrison, I´m Dead‘, o la maravillosa ‘Friend of the Night‘. La aparición de ‘Auto Rock‘ pudiera haber implicado, al igual que en la cita barcelonesa, el auge explosivo y el fin de fiesta. Pero si Mogwai optaron en un primer momento por catapultar la experiencia sensitiva, el cierre significó la explosión de su vertiente más contundente. Tan solo ‘Helicon 1‘ se salvo de la impía quema que emergió de ‘Like Herod‘, ‘Batcat‘ y ‘We´re No Here‘. Un final excesivo con un ensordecedor y prolongado epílogo que no ensombrece la apoteosis de una banda que se antoja eterna.

 

Por: Carlos Marlasca

Foto interior: Jose Luis Masmano

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