03/11/2011

(Pueden leer la crónica de todo el Pitchfork Music Festival Paris, hasta el concierto de Bon Iver, aquí). Teníamos alguna esperanza de que tras el […]

(Pueden leer la crónica de todo el Pitchfork Music Festival Paris, hasta el concierto de Bon Iver, aquí).

Teníamos alguna esperanza de que tras el concierto de Lykke Li en las primeras filas hubiese algún fan exclusivo de la sueca, o alguna vejiga demasiado llena, o algún estómago demasiado hambriento, o alguna cabeza demasiado inconsciente para que hubiese algo de movimiento y poder así avanzar algunas posiciones (y despegarnos de paso de una woo girl que me estaba perforando el tímpano). No hubo suerte, aunque estábamos razonablemente cerca. Es de destacar que, en un día mayormente consagrado al FM, con propuestas realmente accesibles, el entendido (ja) publico francés tomase posiciones para no soltarlas en honor a un tipo que viene a presentar un disco que no es precisamente pan con chocolate. (Foto de Charlotte Zoller para Pitchfork)

El montaje del escenario se hizo eterno. Debieron de ser 30 o 40 minutos de instrumentos, plataformas, luces, focos, cables, pedales y soportes de todo tipo viajando de un lado a otro de la escena. La primera, y hasta este fin de semana única vez que habíamos visto a Bon Iver, eran tres. Ahora el triple, nueve, casi todos multinstrumentistas (baterista-teclista, precusionista-trombonista, violinista-guitarrista…). Cada uno iluminado por un foco propio, sostenido sobre una delgada columna luminosa. Un montaje tremendo, apabullante, pero… ¿necesario? ¿Le sentarán bien a esas canciones tanta cosa? Estábamos a punto de saberlo.

Justin Vernon es sólo tan grande como su modestia. Salió en una ovación cerrada y las luces, perfectas por fin, se ajustaron. Cada uno se colgó o se sentó ante su instrumento y todo se hizo azul. De la guitarra del gigante empezaron a salir las notas de ‘Perth‘ y de alguna forma, antes de que pasase nada, sólo lamiendo con los tímpanos esos primeros ecos, uno tenía la sensación de estar ya metido de lleno de algo grande. Los dos bateristas en escena ejecutaron sus redobles marciales, Vernon estrenó falsetto y foco, y un coro a cuatro voces (llegaron a ser ocho en algunos momentos del concierto) le arropó con una sensibilidad milimétrica. Y de pronto, todo explotó.

Las dos baterías comenzaron a pegar y todo el volumen que no habían hurtado hasta hora, llegó. Las variaciones de intensidad que hay en el disco se multiplican por 10 en directo. Las baterías tienen más pegada, los vientos soplan más fuertes, las distorsiones son más dañinas. Allí delante los dobles bombos de ‘Perth‘ retumbaban dentro del pecho como un segundo corazón todavía más acelerado. En la cara se sentían las trompetas, el saxo barítono, el trombón, los platos rompiéndose a mazazos, la eléctrica arañando. Las luces, a flashazos, retumbaban en los ojos acompañando cada golpe, como una tormenta de rayos. Cuando terminó, sentí que me había pasado por encima un mar entero. Pero no hubo pausa, no hubo margen para reponerse. En seguida la voz gravísima y espectacular de Justin Vernon (sin falsetto) empezó a cantar ‘Minnesota, WI’ y allí estaba todo de nuevo, los vientos, las guitarras solapadas, los coros. ¿Hacen falta nueve? Sí, hacen falta. Sí si se tiene esa ambición gigante, sí si se quiere hacer sentir lo que nos hizo sentir.

Con los ojos cerrados en ‘Holoscene’ uno sólo podía tratar de disfrutar aquello como si después no fuese a haber nada. Cuando sonaron las últimas notas de esa joya, cerrando un trío que calca el inicio de su segundo álbum, Justin nos saludó con esa sonrisa grande que tiene y comenzó uno de los momentos del festival: ‘Blood Bank’. Con el escenario teñido de rojo sangre, Bon Iver reventaron la maravilla de aquel EP de 2009 transformándola en una canción rock, más llena de rabia que de melancolía.«Then the snow started falling, we were stuck out in your car, you where rubbing both my hands, chewing on a candy bar…». Era todo tan plástico que era como ver un corto. La canción acabó en ruido  y su final alargado terminó por desembocar en otra de ese mismo EP, ‘Beach Baby’. Otro temazo.

Es difícil explicar la sensación que daban como banda. No tenía uno la impresión, ni por asomo, de estar viendo a Justin Vernon con ocho tipos que le ayudan tocar en directo sus canciones. La sensación era la de estar ante una suerte de ser mesiánico, un William Wallace, un Napoleón, que había convertido a su causa a ocho tipos que defendían cada nota, cada golpe, cada coro, como si les hubiese salido de las entrañas. Los bateristas, conectados por los ojos, turnándose ritmos, el saxofonista haciendo escorzos, el teclista mirándolo todo como un director de orquesta y Justin cantando y girándose hacía los suyos cuando podía, arrodillándose para ajustar un efecto, para activar un pedal, disfrutando como un niño. A pesar de que en algunas canciones podría prescindir de casi todos, no lo hace. Están los nueve siempre encima del escenario. Aportando algo, lo que sea. (Foto de @Steven_Be)

http://www.youtube.com/watch?v=P02ee8p02cM&feature=related

El mejor ejemplo de esto es ‘Skinny Love‘, obra de arte que no admite muchos aditivos. Para esa, que sonó tras la maravillosa ‘Creature Fear’, Justin se sienta, toma su Guitarra de Tocar Skinny Love, y tras él se colocan todos menos los bateristas para hacer los bombos con los pies y las cajas con la manos. Lo fácil sería sacarles de escena, plantarle un foco a la estrella y dejar que desgrane su himno, pero no. Emocionante escuchar los gritos en las antesalas del estribillo, la alegría incontenible.

Y después, como si no hubiese pasado nada, Justin forzó el tono de locutor de radiofórmula yankee y dijo: «now we are going go Calgary…». Riéndose de sí mismo. «Ok, that was THE LAMEST way to do it…» Tras ‘Calgary‘ vino el primer cierre provisional con ‘Beth/Rest’, que concluye el segundo álbum. Pero claro, hubo bis. «We’ll play a couple more, thank you guys a lot». Y empezó a sonar ‘Flume‘. Pensé entonces en esa discusión eterna de si el primer disco es mejor o no. Desde luego lo que tiene es que es un disco eterno. For Emma for Ever Ago no es una moda, no es una apuesta, no es un órdago de nada, es un disco sobre el amor, la soledad y la pérdida. Y eso es tan potente ahora, como mañana, como dentro de 200 años.

El otro momento del concierto fue el segundo cierre provisional con ‘The Wolves (Act I & II)’, en el que fuimos instruidos en el arte del grito («we do some crazy-cool-musician shit… and on that downbeat, you’ll now, is when you start screaming…») para participar en uno esos momentos épicos de los de «yo estuve allí, gritando ‘what might have been lost’, hasta que no me quedó voz». Mejor que lo vean, lo tienen justo abajo (gracias mil a @sergiocaffeina por los videos, un tipo muy grande, íntimo de los @indiescabreados).

Luego se fueron y volvieron a salir para despedirse, ahora sí definitivamente, con ‘For Emma’. Quizás hubiese sido mejor dejarlo arriba, con el caos de ‘The Wolves‘, pero digerido después, ese final más calmado en forma de epílogo, de vuelta a los orígenes, fue todo un ataque de buen gusto. Y eso que suele ser difícil unir los conceptos ‘buen gusto’ y ‘segundo bis’.

Cuando salimos de la Grande Halle para no volver, caía sobre el noroeste de París un calabobos que amenazaba con estropearles la barbacoa a los que vendían bocatas a la puerta del recinto (5€, muy rico). Volvimos al albergue y escribimos las líneas generales de este tocho en papeles sueltos ahora ilegibles. Dormimos, madrugamos, desayunamos y fuimos a pasear para hacer tiempo hasta que nos llamase el vuelo Paris – Madrid de las 17:35 (esta vez sí, puntual). Mientras caminábamos por la recién amanecida calle St. Denis, con su iglesia remendada 1.000 veces, su olor a crépes de chocolate y sus anuncios de masaje con masturbación incluída; o mientras, más tarde, bajo tierra, nos acordábamos de aquel cuento breve de Cortázar sobre encontrar el amor en las entrañas de la ciudad; o mientras, todavía más tarde, ya casi marchándonos, mirábamos los cuerpos de hierro mutilados que hay plantados en los jardines del Museo Rodín (entrada gratuita para menores de 26), en los cascos sonaba en repeat toda la producción de Bon Iver. Buscábamos allí lo que habíamos vivido la noche anterior, pero hay cosas que ni siquiera Steve Jobs supo meter en un iPod.

Publicidad
Publicidad