01/11/2011

Una buena forma de ser consecuente escribiendo crónicas es hacer la que a uno le gustaría encontrarse como lector. Y les confieso que a mí […]

Una buena forma de ser consecuente escribiendo crónicas es hacer la que a uno le gustaría encontrarse como lector. Y les confieso que a mí me gustan muchos las pseudocrónicas. Las narraciones de «empezó con esta, luego tocó la otra y cerró con la de más allá» tienden aburrirme un poco. Puede uno hacer este tipo de experimentos cuando va solo a los eventos y sobre uno cae toda la responsabilidad. Esto es lo que vamos a hacer aquí. Una pseudocrónica al estilo Elige tu Propia Aventura’, hito generacional. Si tienen tiempo y quieren leer una historia, musical y no musical, de lo que vieron estos ojos y escucharon estos oídos entre el jueves por la noche y el domingo por la mañana en el Pitchfork Music Festival de París, lean del tirón. Si les interesa poco toda la parte no musical, salten hasta los dibujitos y lean sólo los párrafos que van encabezados con los nombres de las diferentes bandas cuyas actuaciones se reseñan (que no son todas). Y si no quieren leer ni las miserias y alegrías del viaje ni lo regular que sonaron la mayoría de las bandas en cartel, esperen unas horas a que publiquemos la crónica del concierto de Bon Iver, ese vano intento de poner en palabras la excelencia. Vamos a ello.

El vuelo Madrid – París del jueves a las 17:35h no salió a las 17:35h. Una fuerte tormenta lo retrasó prácticamente dos horas, aunque el embarque de pasajeros fue puntual. La consecuencia, se imaginan, es que estuvimos ahí dentro esas dos horas bajo el chaparrón y pasando un calor que a punto estuvo de convertir la cabina en un video de Youtube de esos que luego salen por la tele, con motín a bordo, desmayos octogenarios y niños que lloran como si fuesen a morir. No llegó a tanto, pero sudamos como fondistas y el aterrizaje en París pasó de vespertino a nocturno y la llegada al hostal de nocturna a muy nocturna.

El Aubergue de Jaunesse de la Cité de Ciences está situado al noroeste de la ciudad, a escasos 500 metros del recinto de Pitchfork Music Festival. Pero en esos 500 metros hay una frontera de dos carriles por sentido: el boulevard Periphérique, que es una vía de circunvalación que al parecer separa el ‘centro’ del comienzo de los suburbios. Pasa en las ciudades grandes que estas fronteras son radicales. A un lado de ésta que nos ocupa está La Grande Halle, una mole de hierro y cristal construida en el siglo XIX y que, hasta 1974, fue el mayor matadero de París. Blanco y grande, aunque de apariencia frágil por la delgadez de sus lineas, conserva cierto encanto industrial. La estructura está bien rodeada de cultura: a un lado, el Conservatorio de Paris, al otro, la Filarmónica de Paris y justo detrás uno de los templos de la música moderna parisina, Le Zénith. Ante ella, desde donde está tomada la foto de arriba, una gran fuente sirve de centro a una plaza flanqueada por cafés. Uno de ellos, el Café de la Musique (5,5€ el café con leche), de lo más chic. Al otro lado de la calle, frente a la boca de metro de Porte du Pantin, línea 5, un expreso sale por el módico precio de 2,20€.

Al otro lado de la Periphérique hay una ciudad más antipática, donde los pobres son más pobres, donde los chicles pegados al asfalto son más negros y huele más a frito y a vino barato. En ese interesante entorno estaba mi albergue, el segundo mejor valorado de la ciudad. 25€ la noche. Para llegar a la 304 hay que cruzar el comedor y su reunión de árabes adolescentes en pijama, tomar el ascensor, subir, encontrar la luz y llegar al fondo del pasillo. Las literas son de hierro y a las 23:50 allí no había nadie. Sólo el ruido agónico y cabrón de un extractor que rozaba con algo. A las 2:00h entró un negro inmenso que abrió la puerta con toda su inmensidad. Esta roza con el suelo, así que, si no se tiene cuidado, hace mucho ruido. Fue el caso, me despertó. A las 2:10h aquel ser tremendo ya roncaba como una tuneladora y a las 3:50h, cuando llegaron los americanos ebrios, dobles parejas, yo seguía sin pegar ojo. Menos cuando una de ellas tomó la litera de abajo y ella le empezó a pedirle a él que se la metiese a no más tardar. Básicamente. «Sweat me the fuck off, bitch». Afortunadamente, la yankee iba como las cabras y abrió la puerta de los sueños antes que las piernas y yo, invirtiendo los estertores de la batería de mi iPod en el All We Grow de S. Carey (bendito seas), también.

ICEAGE TEAM GHOST

El primer día llegamos con las ojeras por el suelo y la hora justa a lo que creíamos sería el concierto de Iceage, pero fueron baja por lesión. En su lugar tuvieron la responsabilidad de abrir el festival Team Ghost, banda en la que milita el ex M83 Nicolás Fromengeau y que hacen una versión más oscura e infinitamente menos épica que la de aquellos. Aun así, los elementos son los mismos: mares de sintetizadores, coros acuosos, guitarras pasadas por pedaleras inabarcables. Al bolo, como a la mayoría de los no-grandes, le faltó volumen en general y pegada en los bajos. Aun así, los franceses lograron transmitir, a base principalmente de desarrollos instrumentales largos y brumosos, esa atmósfera tenebrosa que ahora descubrimos hila también los dos EP’s que tienen publicados. El segundo y más completo, bajo el título de You Never Did Anithing Wrong to Me, va directo a la lista de deberes. ‘A Glorius Time’ (que podría recordar a The Pains of Being Pure At Heart o a unos The Album Leaf  más ruidosos), con la que cerraron, es un temazo. Muy bien. Tristemente, no iba a ser la tónica general del día. Ni me temo que del festival. (Foto de Charlotte Zoller para Pitchfork)

FUCKED UP

A Fucked Up los teníamos vistos hace no mucho como teloneros de Arcade Fire y el circo que montaron en París fue, lorza arriba lorza abajo, el mismo. Sólo que el refinado y rancio sobrio público parisino da para algo menos que la expectante masa que entonces abarrotó el Palau. A la primera canción nuestro amigo se quitó la gorra y la camiseta. A la segunda se bajó al público. A la tercera yo ya me aburría sinceramente. Dicen los de Pitchfork que estos canadienses «hacen música con profunda inteligencia incluso en sus momentos de más ruido». Será. A mi la primera vez me engancharon por el espectáculo, pero esto fue como ver repetida una película que sólo te había gustado por los efectos especiales. Cuando te los sabes, la cosa se cae. No les quito mérito a pesar de todo, simplemente no es lo mío. (Foto de Charlotte Zoller para Pitchfork)

REAL ESTATE

Tras ellos subieron al escenario una de las bandas que más ganas tenía de ver. Real Estate han sacado un disco delicioso lleno de guitarras reverberberizadas, coros suaves y canciones dulces que recuerdan a Deerhunter y The War on Drugs por igual. En directo, una pena, resultaron una banda plana y excesivamente conservadora que no se dejó llevar en prácticamente ningún momento. Funcionarial y correcto, sin mucho valor añadido, que es una cosa fea para un concierto. Ahora bien, el material es tan bueno que es difícil estropearlo del todo. Las partes musicales fueron exquisitas y canciones como ‘Beach Comber‘, ‘Easy‘ o ‘It’s Real’, con su coro ascendente, fueron muy disfrutbales. En una sala probablemente hubiese sido un buen concierto, pero en ese contexto les faltó algo de músculo o de implicación personal. Estuvieron aburridetes. No les ayudó nada un pequeño detalle: la luz. Les decía antes de los que han elegido leer todo que el recinto del festival es un antiguo matadero. Pues bien, si algo no han cambiado desde entonces son los mortecinos fluoresecentes blancos del techo. Esa ducha de vulgaridad lumínica mataba todo el trabajo de luces del escenario y por el camino se cargaba también la sensación de estar en un concierto y no en la sala de espera de un quirófano. Algún avezado redactor de La-web-de-los-2,5-millones-de-usuarios-únicos-al-mes debió darse cuenta y tras Washed Out, se apagaron. (Foto de @Steven_Be)

WASHED OUT

¡Ay, Ernest! Llevamos un trecho y me he dedicado mayormente a dar hostias, pero ¿qué les voy a contar? Me encantaría parar aquí, pero no puedo. Para empezar, la puesta en escena de Washed Out es como de patio de colegio el día de fin de curso. Uno con una diadema de plumas de indio, otro con un poncho mexicano… No sé, tendrá alguna intención, pero es como feo. Ernest Green es un tipo muy simpático pero en directo no canta como en el disco. Digerido el concierto, tengo una teoría. Pienso que Green quiere darle a sus canciones un poco más de pegada en directo. El problema es que lo hace sin demasiado éxito y por el camino sacrifica, en mi opinión, la mejor virtud de los temas del su maravilloso Within and Without: la atmósfera. Cierto que la luz era fea, cierto que faltó volumen, pero aun así escuchamos una voz principal mas dura, unos coros menos preciosos y un resultado más vulgar que el consigue el álbum. La sensación de flujo que provoca aquél no existió. Como en el caso de Real State, hay temas tan buenos que incluso algo deslucidos se disfrutan. Caso de ‘Soft‘, ‘Far Away‘ y, sobre todo, ‘Amor Fati‘, donde algo más de pegada hubo. Yo creo que esto tiene mucho de falta de rodaje, así que les esperamos en la próxima. (Foto de Charlotte Zoller para Pitchfork)

WILD BEASTS

Bien, se acabaron los palos, amigos. Hablemos de Wild Beasts. A priori, ponerles después de Washed Out y antes del comienzo de la electrónica parecía un error. Para nada. Wild Beasts tardaron un tema en hacernos sentir que hasta ese momento habíamos asistido a un concurso de maquetas. Salvando a Team Ghost y ciertos pasajes de Real Estate, la diferencia de solidez, pegada y calidad fue más que obvia. Se lo dice además alguien que no especialmente fan de los ingleses. Disfruto mucho cuando canta Tom Fleming, el de la voz grave, pero tiendo a desconectar con los gorgoritos de Hayden Thorpe (en la foto). Pues aun así, la elegancia y la perfección absoluta de temas como ‘Loop the Loop’, cantada por el último, me hicieron aplaudir incluso a mitad de canción. Tras aquella vino ‘Devil’s Crayon‘, la que les aupó allá por 2008 y que no ha perdido ni pizca de magia. Escucharla salir de esa banda sin fisuras fue una auténtica delicia. ‘We Still Got The Taste Dancing on Our Tonges’, al principio, espectacular. ‘All The Kings Men’ y ‘End To Come Soon’ de cierre, con una auténtica lección de hipnosis por atmósfera (aprende, Ernest, parecieron querer decir), apabullantes. Me ganaron por completo. (Foto de Charlotte Zoller para Pitchfork).

Luego vino la electrónica de Mondkopf y Aphex Twin, a los que vi ya sin compañía. Aquello en solitario y con el déficit de sueño que tenía se me hizo cuesta arriba y abandoné el barco a antes de que subiese a escena Phanta du Prince, que era en realidad lo que más me apetecía probar del menú electrónico. Me perdonarán, pero vuelvo a la aventura no musical.

Crucé la frontera camino del albergue palpando en el bolsillo los tapones de espuma que había comprado antes de salir. Bien incrustados fueron la salvación y esa noche sí, por agotamiento físico y espiritual, dormí decentemente. Al día siguiente aprovechamos para patearnos el sur del Sena, comernos otro bocata de esos de pastelería francesa, con lechuga, huevo duro y pechuga de pollo, y llegamos a la Grande Halle con The Rosebuds ya sonando. Aprendida la lección del día anterior, no llevamos mochila.

Abramos párrafo de reglas del festival. Esta es una de ellas del festival: no se puede entrar con mochilla (ni bolso grande ni nada que se le ponga en la punta del glan** al de la entrada). Tampoco comida ni bebidas embotelladas, aunque no sean alcohólicas (creo que agua sin tapón sí…). Te cachean en plan aeropuerto. Puedes dejarlo todo en el guardarropa, que cuesta 2€. Justo al lado, puedes comprar el programa con las actuaciones del festival por 1€. (Te lo dan con un lápiz para que aproveches las páginas centrales, en blanco, para apuntar cosas. Obviamente, diseñado por críticos musicales. Gracias Ryan, como ves, hice buen uso). Pero la regla la regla más hija puta discutible con diferencia es que si entras, no sales. Es decir, puedes salir, pero entonces ya no puedes volver a entrar. ¿Consecuencia? Si el primer día querías, digamos, ver a Iceage (16:20h) y a Fout Tet (3:00h) tenías que pasarte en el matadero 11 horas sobreviviendo a base de perritos estilo Manhattan (3,50€, los habituales del Primavera los conocéis bien) y cerveza (7€ la pinta, 4€ la media siempre que devolvieses el vaso) o derivados. Sentándote en el suelo y soportando a lo mejor horas de bandas que ni te van ni te vienen. Mal, Pitchfork, mal.

THE ROSEBUDS

A nosotros a priori esta era una de las bandas que ni nos iba ni nos venía, pero los días previos hicimos los deberes y nos pusimos a repasar su último tabrajo, Low Planes Fly Low, lleno de canciones de sonoridad FM pero cargadas en muchos casos de una belleza fácil que resulta cautivadora. ‘Go Ahead’, la que abre al álbum, es de esas. Dicen los de Chicago que este último trabajo, el quinto de su carrera, está influido por la historia del divorcio de los dos principales componentes de la banda: Ivan Howard y Kelly Crisp (en la foto). En directo salieron ellos dos y un violonista. Lo mejor, la voz de él, preciosa, limpia y potentísima. Lo peor, la ausencia sonada de una batería. Las bases no dieron el pego ni por asomo y deslucieron casi todas las canciones. Vimos sólo la segunda mitad, pero la verdad es que hubo momentos de intensidad emocional como la bonita ‘Second Bird of Paradise’. Tras ella, la buena de Kelly se bajó del piano negro y se plantó ante el micrófono para leer un fragmento de Huckleberry Finn. Al terminar, donde debió haber un aplauso, el público parisino dejó correr un silencio doloroso. (Foto de Charlotte Zoller para Pitchfork)

KATHLEEN EDWARDS

Aprovecho aquí para decir una cosa que viene a cuento: el festival estaba «montado» por Pitchfork, pero los artistas del segundo día, en principio, los había elegido Justin Vernon. Supongo que dentro de lo posible, claro. Digo esto porque Vernon es precisamente el coproductor del disco que esta simpatiquísima muchacha de Otawa, Canadá, sacará el año que viene (es más, tienen una canción juntos, lo que quizás nos haga soñar con un For Kathleen, for ever ago a medio plazo. Sé mala, Kath). Sería injusto decir que esta es otra chica con voz bonita que hace canciones bonitas en un formato más o menos cercano al country, aunque por ahí anda la cosa. Es cierto que ‘Wapusk‘, esa pieza que tiene con Bon Iver, es otra liga. Una canción magnética y que sin duda no puede hacer cualquiera. En París la tocó y fue un momento de esos en que uno conecta por completo. La chica se atrevió a usar su francés (ojo), algo oxidado pero perfectamente entendible, y el público galo respondió con cierta indiferencia. «Ok, now shut up and just sing us a song», se dijo en voz alta a si misma interpretando la actitud del respetable. Hacía el final cayó otra reciente, ‘Change the Sheets’, que tiene algún buen verso, pero la verdad es que me aburrí un poco. (Foto de Charlotte Zoller para Pitchfork)

STORNOWAY

Otros que no teníamos en el radar y a los que nos apuntamos. La verdad es que teníamos ganas de verles después de ponernos a repasar su debut, publicado el año pasado, Beachcomber’s Windowsill, y lleno de canciones fanfarlianas y de puro-puro indie pop que probablemente pecan de excesivamente ligeritas. Cuando aciertan (‘The Coldharbour Road’: «I’am a small town, you are a tornado»), podrían recordar a unos Death Cab For Cutie rurales, sin presumir. Es fácil engancharse al pegadiza ‘Zorbing‘ o a la sensibilidad impostada de ‘Fuel Up‘, en la que Brian Briggs, con su voz nasal, se aferra al autoharp que tanto adora PJ. Precisamente ‘Fuel Up’ resume bien las virtudes y los defectos de estos ingleses que se conocieron en Oxford. Entre las primeras, la facilidad para dar con una melodía agradable, bonita, amable. Entre las segundas, la poca profundidad de todo. «So fuel up your mind and fire up your heart and drive on, drive on». Nada del otro mundo. (Foto de Charlotte Zoller para Pitchfork)

JENS LEKMAN

Adalid del suequismo, Jens Lekman es un tipo sencillamente divertido. Antes que él habíamos visto varios intentos de acercamiento al público, ya fuese con bromas, agradecimientos excesivos o intentos más o menos acertados de hablar la lengua local, casi todos vanos. A Lekman le bastó con su carisma natural y su canciones. Salió a escena en dúo con un baterista que le hacía unos coros espectaculares. La primera parte del repertorio, con canciones como la divertidísima ‘A Sweet Summer’s Night On Hammer’ Hill’, en la que para suplir la ausencia de trompeta todos hicimos el bon-bo-bo-bo-bo… del corazón con la boca, fue brillante. Se notó que mucha gente no había escuchado el último EP de Lekman, An Argument With My Self, y a medida que iba comprendiendo las letras de canciones como la que le da título, se oían carcajadas. Especialmente en ‘Wating for Kristen’, escrita para Kirsten Dunst, que según Lekman se confesó fan de sus canciones en una entrevista . El tema cuenta la historia de Jens persiguiendo a la actriz por su ciudad natal, Gottemburgo, y acabando borracho en la recepción del hotel de ella. Deliciosa. Personalmente, lo di absolutamente todo con ‘Black Cab’, que me parece una obra de arte y me trae buenos recuerdos. Desde ahi, Lekman empezó a tirar de elementos pregrabados para suplir la ausencia de orquestación. Al principio como recurso y con mucho humor, pero hacia el final ya su baterista marcaba la negra en la caja y él cantaba sobre una superproducción de calidad discutible con violines, trompetas y demás. La gente disfrutó mucho, se vio, pero a mi interesó mucho menos que lo primero. (Fotón de Charlotte Zoller para Pitchfork)

LYKKE LI

Segunda ración de suequismo ilustrado y muchas ganas de ver de nuevo en directo el torbellino de esa rubia que firma Wounded Rhymes. Pero a Lykke le boicotearon o se boicoteó el concierto. ¿Les gusta el último disco? Pues hagan la prueba de ponérselo e imaginarlo sin percusiones. Más o menos eso sonó, al menos desde donde yo estaba, centrado y entre las 20 primeras filas. Lo especifico esto último porque buscando videos encuentro algunos en los que la percusión suena más alta de lo que recuerdo. Pero sé lo que escuché. Después de la cuarta o quinta canción alguien desde las primeras filas suplicó… «LOUDER!!» y tras aquello algo subió la cosa, pero menos de lo deseable. Empezó con la preciosa ‘París Blue’ y hacia la mitad se puso pastelosa y clavó una versión de ‘Unchained Melody’, conocida mayormente por hilar esa escena mítica de Ghost. De piedra. Tras aquello, la cosa mejoró. El base que tenía Lykke sí tenía volumen y cuando lo golpeó en la jugetona ‘Dance Dance Dance’ por fin no acordamos de por qué nos lo pasamos tan bien la última vez que la vimos. Después, la rabiosa ‘Youth Knows No Pain’ adecentó mucho la sensación final y ‘Get Some’ ejerció de hit enciendemasas para terminar de redondear un concierto que pudo ser mejor. Y ya sólo quedaba Bon Iver… (Foto de @Steven_Be)

 

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