01/11/2011

Y ahí estaban Kakkmaddafakka, siete tíos procedentes de la segunda ciudad de Noruega, dando las gracias ante una abarrotada sala Music Hall todavía sin creérselo […]

Y ahí estaban Kakkmaddafakka, siete tíos procedentes de la segunda ciudad de Noruega, dando las gracias ante una abarrotada sala Music Hall todavía sin creérselo del todo. Porque ¿quién demonios son Kakkmaddafakka? Hasta hace poco, nadie los conocía, eran sólo un nombre larguísimo y a priori impronunciable (ellos nos lo enseñaron, durante su concierto). Pero resulta que con un disco infeccioso como Hest (su segundo álbum real, aunque el primero que se edita internacionalmente), y gracias a la labor del siempre imprevisible boca oreja, estos siete noruegos hicieron felices a las cerca de 400 personas que se congregaron en la sala para comprobar si su directo era tan arrollador como venían avisando.

Y sí, lo fue. Desde el principio hasta el final, prácticamente sin pausa. Kakkmaddafakka salieron al escenario uno a uno, como si fueran estrellas de rock, metiéndose en el papel desde el primer minuto. Y fue ahí donde nos percatamos por primera vez de la presencia de los culpables de buena parte de la diversión: dos coristas vestidos de gala, serios, impolutos, viriles, que desde que empezó a sonar la inicial ‘Touching‘ arrancaron con sus coreografías y coros y se ganaron el corazón de todos los asistentes. Coristas a un lado, Kakkmaddafakka son en directo todo lo que un grupo de baile querría ser (algo que a veces ni siquiera sus referentes directos The Whitest Boy Alive alcanzan). Ofrecen tanta entrega que dotan a sus canciones de unas cuantas revoluciones de más, y eso sumado a un disco como Hest que ya funciona de por sí gracias a su pop de reminiscencias ochenteras y discotequeras, hace que el cóctel sea efectivo para el que disfrute con este subgénero en sí (en ocasiones recordaban hasta a The Rapture) se lo pase en grande.

Con una banda atípica más allá de los mentados coristas (había un violoncelo además de guitarra, teclado y bajo), Kakkmaddafakka no se limitaron a tocar sus canciones: las interpretaron, hicieron el burro encima del escenario, acabaron sin camiseta (la mayoría de ellos), nos hicieron corear su nombre, y no se cansaron de repetir lo felices que estaban de tocar en Barcelona. Si lo que decían era verdad (y lo parecía), tenían que estar alucinando por el hecho de estar tocando ante 400 personas en su primera visita. Cosas de temas como ‘Make The First Move‘ o ‘Touching‘, que abrieron el concierto dejando claro que lo de Kakkmaddafakka es la música de baile, a menudo hedonista y hasta sensual, pero siempre divertida.

Hubo algún pequeño bajón, especialmente en la parte central del concierto, seguramente debido a su falta de repertorio (tuvieron que rescatar temas de su primer disco, que por no estar no está ni en Spotify; además de avanzar un par de nuevos) y a una jam que se lanzaron a interpretar como quinto tema de la noche y que muchos grupos dejarían para el final del concierto. Pero Kakkmaddafakka tenían otros planes: planes que empezaron con las deliciosas e irresistibles ‘Your Girl‘ e ‘Is She‘, que iniciaron la remontada final del concierto, y que culminaron con una infecciosa ‘Self Esteem‘ que empezó en acústico y luego se convirtió en una auténtica fiesta. Para seguirla, inmediatamente después, por ese hit que es ‘Restless‘, su canción más rápida y menos bailable, que en directo intentaron tocar todavía más rápido y que perdió una pizca de magia.

Pero en fin, lo olvidamos rápido porque lo que estaba por llegar era el festín final, algo que ninguno de nosotros hubiera podido predecir: una versión de ‘Halo‘ de Beyoncé cantada casi a capella por el más viril de los coristas en uno de los momentos más emocionantes de la noche, y la canción especial dedicada a Barcelona con la que anunciaron su gira en primera instancia. Y el público, claro, extasiado, y el grupo dando las gracias una y otra vez, y todos sin camiseta, y la sala llena, y de nuevo Kakkmaddafakka de vuelta a la furgoneta customizada expresamente para la gira, pensando –seguro– en la noche mágica que acababan de vivir. Volverán, seguro.

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