26/09/2011

Que Anna Calvi ha sido una de las grandes revelaciones del 2011, gracias a su debut de título homónimo que se publicó a principio de […]

Que Anna Calvi ha sido una de las grandes revelaciones del 2011, gracias a su debut de título homónimo que se publicó a principio de año, está más que claro. Avalada por gente como Brian Eno, Rob Ellis o Nick Cave y comparada frecuentemente con PJ Harvey o Patti Smith, esta mujer ha roto los esquemas de muchos en lo que a solistas femeninas se refiere. Y no es para menos. Aunque quizá Anna Calvi no necesite que la comparen con otras divas porque ha sido capaz de crear un estilo propio. Entre tanta niña mona con guitarra al cuello y aspecto de fragilidad absoluta, ya había ganas de que apareciera alguien con la presencia, la elegancia y la fuerza de la Calvi. Su voz potente, su virtuosismo con la guitarra, sus innumerables influencias musicales y la forma en que explota su belleza, exagerándola mientras se retuerce gesticulando detrás de su Fender, hacen de Anna Calvi una artista cuya música y cuya presencia funcionan como un auténtico imán. Una voz enorme en un cuerpo pequeño de chica tímida venida a femme fatale, que Heineken Music Selector se encargó de traer a Barcelona, Durango y Valencia después de su paso por el FIB 2011.

Y Anna Calvi salió al escenario de la sala KGB a las nueve de la noche, con estricta puntualidad. Blusa roja, pantalón negro de cintura alta y taconazos, una estética de inspiración flamenca que es parte de la armadura que utiliza para disfrazar toda esa timidez que sale a borbotones cada vez que dice una frase y no es cantando. Estaba espléndida, imperturbable. A pesar del calor que hacía en la sala, ni una sola gota de sudor salió por los poros de la inglesa en los sesenta minutos que duró el show.

Abrió con ‘Rider to the Sea‘, cediéndole todo el protagonismo de la entrada a su Fender, haciendo gala de su habilidad con las seis cuerdas y de su peculiar forma de tocar, algo entre la caricia y el arañazo. Después de ‘No More Words‘, ‘Blackout‘ sonó preciosa, con menos grandilocuencia que en el disco, como mucho más íntima. En este punto la sala estaba hipnotizada y ella empezaba a enfadarse; sus gestos se volvían cada vez más dramáticos y exagerados en temas como ‘I’ll Be Your Man‘ o ‘Suzanne And I‘, haciendo un alto en el camino para respirar con su brillante versión del ‘Surrender‘ de Elvis Presley. Los últimos temas de la noche sacaron lo mejor de ella y de su banda (la multi-instrumentista Mally Harpaz y el batería Daniel Maiden-Wood). Impresionante ‘Desire‘ con un brutal solo de guitarra que le valió un inacabable aplauso al terminar y esa carta cargada de deseo que es ‘Love Won’t Be Leaving‘ y que ella recita entre jadeos sin que se le mueva un pelo. Terminó con la oscura poesía de ‘The Devil‘, ella ya en esa especie de trance en el que suele entrar, cantando eso de “fall for me, and wait forever”… Llegó la despedida, para reaparecer minutos después con el que fue su primer single, la intensa versión del ‘Jezebel‘ de Edith Piaf.

Fue un concierto sencillo, emocionante, una actuación de una crudeza contenida que deja claro que Anna Calvi sabe jugar al exceso sin traspasar la fina línea que separa lo hermoso de lo grotesco. Y sí, sus canciones son oscuras, hablan de deseo, de amor y no de ese con final feliz, sino del que hace daño y abre heridas, del que nos ilumina por un segundo y luego nos envía a las tinieblas, pero por el que siempre vale la pena sangrar una y otra vez. Y más si la banda sonora sale de los labios rojos de Anna Calvi.

Texto: María Arranz

Publicidad
Publicidad