18/09/2011

Somos fans desde el nombre. Su debut se cayó por los pelos de nuestra lista de discos favoritos hace un par de años, aunque tanto […]

Somos fans desde el nombre. Su debut se cayó por los pelos de nuestra lista de discos favoritos hace un par de años, aunque tanto aquel trabajo como los directos con los que lo presentaron nos dejaron un muy buen sabor de boca. Y ahora confirmamos sensaciones. Lenses Alien, el segundo trabajo de Cymbals Eat Guitars, es el enésimo buen segundo disco de este año (Bon Iver, The Pains of Being Pure At Heart, Lyyke Li, The Drums…) y les confirma como un grupo raro. Capaces de parir fragmentos de lo más pop (‘Wavelenghts’), con guitarras limpias y teclados clásicos, y al minuto romperlo todo en una estructura alambicada y ruidosa que le lleva a uno del disfrute al esfuerzo en apenas segundos. En un movimiento un poco tontorrón el álbum empieza con una pieza que es la quintaesencia de esa fórmula: una montaña rusa de ocho minutos y medio bajo el título de ‘Rifle Eyesight (Proper Name)’. En los primeros compases los de Staten Island le dan la razón a quienes los marcan como primos de Modest Mouse y Built to Spill, pero con la vorágine que sigue, con la esquizofrenia que hace pasar al tema del agobio a las ventanas abiertas, quizás ahuyenten de una tacada a todos aquellos que no tuviesen las agendas para darle a este trabajo más de dos o tres vueltas. Pero que no cunda el pánico.

Porque las nueve restantes se mueven mucho más cerca de los tres minutos de rigor que de los ocho de esta primera, aunque esa sensación de imprevisibilidad, de no intuir ni por asomo qué pasará en el próximo compás, se mantiene. Por eso las primeras escuchas son un poco desconcertantes, pero cuando uno empieza a conocerse los caminos, empieza también a disfrutar del paisaje. Temas como ‘Keep me Waiting’, (arriba), descargan esa energía rabiosa y juvenil con la que nos conquistaron, por ejemplo, Japandroids. Bajos a púa, guitarras rasgadas, semicorcheas en la caja y ese sonido crudo que también tenía su debut. Receta artesanal, desde 1990.

Contribuye a ello también D’Agostino, que canta como toca, gritando, con un tono esforzado y duro, como si siempre estuviese a punto de acabársele el aire. Difícil entenderle entre el ruido, la dicción y el vocabulario, pero, para hacerse una idea, en temas como ‘Plainclothes’, (arriba), canta cosas como. «Friends fuck each other in the guest room / I feel the ghost of all the parties still happening / Right on this very spot that I am standing / Kids are blissing in the spare room, light years away». Parental Advisory.

Las dos que siguen, ‘Definite Darkness’ y ‘Another Tunguska’, (abajo), son probablemente mis favoritas. Los coros del valle que parte la primera son sencillamente perfectos. La manera de escalar la salida, magistral. Por momentos alcanzan el refinamiento del último The War on Drugs. En la segunda, D’Agostino se atreve a cantar, a que se le oiga, y el resultado es más que bueno, especialmente al final. Hedonismo, psicodelia, drogas, skateboards, narices que sangran… las letras hay que leerlas.

Por desgracia, la recta final del álbum tiene al menos un par de peros. ‘The Current’ es un paréntesis casi instrumental que podrían haberse ahorrado. No por malo, sino por bajonero dentro del ritmo del álbum; y ‘Gary Condit’ (político norteamericano, demócrata, conocido por una relación extramatrimonial con una becaria que fue asesinada en 2001 en extrañas circunstancias…) es una especie de autoplagio estructural con menos encanto que las originales.

Aun así, chapó.

Publicidad
Publicidad