03/09/2011

Flequillos rubios, zapatillas de tela sin calcetines, tatuajes, shorts, minishorts y blusas ligeras. Madrid entró en septiembre con resaca de verano, nubes, claros, lluvia amenazante, […]

Flequillos rubios, zapatillas de tela sin calcetines, tatuajes, shorts, minishorts y blusas ligeras. Madrid entró en septiembre con resaca de verano, nubes, claros, lluvia amenazante, aire tibio y un buen cartel en el Circo Price gracias a la bondad de Heineken Music Selector. Okkervil River teloneando a The Drums. Una frase que merece comentario, pues que a los autores de Black Sheep Boy o de The Stage Names se les reserve el papel de abrir para una banda de Brooklyn con un muy buen disco en el mercado y otro que promete (mucho), no deja de llamar la atención. Pero así es el hype, no sabe de currículums. Por eso nos pone. La bandas, además de ser hijos todos de los Estados Unidos de América, tienen en común haber sacado disco este año. Poco más. El de los segundos, I Am Very Far, del que hemos hablado poco, lleva meses en el mercado y hemos tenido tiempo para aprendérnoslo. El de los primeros se filtró hace unos días y las sesiones intensivas que nos hemos autoinfligido hasta la fecha la verdad es que ayudaron al disfrute del concierto. El del jueves fue el primer bolo de la gira de presentación de los neoyorkinos, de quienes servidor no tenía ni buenas referencias ni buenos recuerdos en directo. Vamos, que iba listo para un desastre que a juzgar por los comentarios posteriores, al parecer se produjo. Y digo al parecer porque a mí, que ya digo, iba preparado para la mediocridad, no me lo pareció. El disfrute es también una cuestión de expectativas y The Drums superaron las mías con un concierto solvente que tuvo un par de momentos, al menos uno, de verdadera intensidad. En cuanto a Okkevil River, qué decir. El gafotas de Will Sheff, ahí donde le ven, es un animal que llevó a los suyos a darlo todo ante un público que tardó en entregarse. Ahora, cabe algún reproche. ¿Bajan y se lo cuento?

Yo me quedé con ganas de más del nuevo. Comprendo las razones por las que quizás no le dieron más cancha a su nueva criatura, que ocupó algo menos de la mitad del set list. Lo disfruté como fan que soy, pero me dejó un regusto amargo asistir, sobre todo en la segunda mitad, a casi una especie de Grandes Éxitos. Al terminar, enfervorecidos, me asaltó brevemente la sensación de haber visto a una banda que cree que ya ha dado lo mejor de sí. Impresiones de paranoico, no me hagan caso, seguro que si no tocan los hits les hubiese dado un palo por eso. La cosa es quejarse.

Diatribas a parte, Okkervil River se comieron el escenario. Abrieron con ese ¿vals-rock? que es ‘Wake And Be Fine’, en su día adelanto del álbum, en una versión adaptada al sexteto que eran sobre las tablas. Es decir, sin arreglos de cuerdas ni florituras orquestales. Luego Sheff se pegó la boca al micro, miró con sus ojos pequeñitos al infinito cercano de la grada y soltó aquello de «some nights I thirst for real blood, real knives, real cries». Una canción brutal, bala de plata que disparó a la segunda sin miramientos. Tónica general. Tras la grandiosa ‘Rider‘, y algo deslucidas por un bajo descontrolado que tardó en amainar, vinieron ‘Black’, ‘A Girl In Port‘, ‘John Allyn Smiths Sails’ y ‘The Valley‘. Canción esta última para la que uno necesita tener un baterista en condiciones. Y el de Okkervil River es un animal. Pelanas como el bajista. La cosa es, ¿puede sonar débil una banda de Texas que tiene al bajo y la batería a dos barbudos? Pregunta retórica. Ya que estamos, mención (machista) a parte para el atuendo de ella: vestidito, botas, Fender Jazzmaster. Tremendo. Y para el hombre orquesta: guitarra, teclados, tambourine, violín, trompeta…

Superado el ecuador, Will Sheff se desmelenó definitivamente. Ya sin la chaqueta que le hacía sudar ni las gafas que se le resbalaban por la cara debido a ese mismo sudor, empezó ‘Your Past Life Is a Blast’, folk rock en estado puro. Inmensa, desbordante e intensísima. Mucho más de lo que luce en el álbum. Sheff pidió palmas y las hubo tímidas. Así que se puso al borde del precipicio a gritar que quería más. «No one is gonna stop me from loving my brother!», declamaba, lleno de actitud, de seguridad, y ya casi con el público en la palma de la mano. «Oye, pero estos son muy buenos, ¿no?», me preguntó entonces una chica que evidentemente venía a ver al rubio. Asentí, claro.

Tras aquello, cayó la pegadiza, ‘Our Live Is Not a Movie’, esa otra pieza de museo que es ‘Lost Coastlines’, y por cierre, ‘Unless it Kicks’. Claro, que un frontman así, entregado, divertido, y certero, al mando de una banda como una roca que te puede colocar esos tres temas delante de la cara se tenga que bajar estando en todo lo alto tras menos de una hora de bolo… psé. No hubo bis, obvio. Aunque me consta que más de uno y más de dos se fueron a casa pensando que el cartel estaba del revés.

Las estrellas de la noche tardaron un rato en salir. Cierto es que entre los presentes había mucho amigo del leak que ya le había dado cera a Portamento. Nosotros, sin ir más lejos. Pero aun así, el primer gran handicap de The Drums fue ese, la novedad. El segundo fue a ratos el sonido, demasiado espeso. Y el tercero, ellos mismos, que reconocieron estar algo nerviosos y desentrenados y que en más de un momento metieron la patita. Nada grave, pequeñas cosas. Comentado esto, The Drums me sorprendieron. Desde luego no son la banda naïf y netamente divertida que anuncia el hit que les ha encumbrado. Y me pareció que en su actuación había cierta intención de dejar esto claro. Bailes a parte, The Drums son una banda más manchesteriana que angelina y me atrevería a decir que con algo más de vocación a la melancolía (acelerada, eso si) que al hedonismo. Los sintetizadores que inundan el segundo álbum, especialmente en la segunda mitad, la dan a las canciones una atmósfera más submarina que playera. Son canciones más de buceo de profundidad que de dominación de olas. Y Pierce mola. Es simpático tirando a tímido. Canta conservador, con deje Casablancas.

Empezaron con dos nuevas: ‘What you where’ y ‘I Need A Doctor’ y la cosa fue regular hasta ‘Money’, donde por fin la gente respondió, lanzándose como locos a cantar el estribillo tras tanta nota nueva. En este punto, The Drums fueron más papistas que el Papa y le subieron la velocidad al tema, ya rápido de por si, con lo que al pobre baterista se le cruzaron las manos y la cosa quedó algo deslucida. Eso sí, esa línea de bajo es para ponerle un marco. Después vino ‘I Need Fun In My Life’ y la cosa volvió a subir. Pierce baila como dominado por el estramonio, con una especie movimiento pendular, lunático perdido, con las rodillas juntas a lo Jagger y los brazos como colgajos, separándose al cuerpo por pura cinética.

El bolo creció hacia la mitad, cuando empezó ‘Book of Revelations’, la que abre el álbum, con otro estribillo infeccioso (y de inicio familiar…) y una letra sacrílega y llena costumbrismo veinteañero. «I belive that when we die, we die, so let me love you tonight». Líneas que nos derriten y que fueron preámbulo de la canción que justificó la relativa sosez previa, las pequeñas meteduras de pata y la cada vez menos evidente falta de tablas. ‘Days’ me sedujo por completo. No pregunten por qué, fue una cuestión química. La canción salió redonda, emocionante, llena. Otra vez la letra, directa al hígado: «and the days go by, and I never needed you».

Fue para este que escribe el punto álgido. Desde ahí la cosa se desinfló un poco y hasta el encendido de luces sólo cabría destacar la también gravemente infecciosa ‘How it Ended’, que cierra Portamento y crece a cada escucha, y la ausencia destacada de ‘Let’s Go Surfing’, que no cayó ni en el bis. Algo que ya anunciaron en la más que recomendable entrevista que nuestros compañeros de JSNP publicaron esta misma semana. Ese fue el titular: «No nos imaginamos tocando ‘Let’s go Surfing’«. Parte de los palos fueron por ahí. Acusándoles de ‘renegar’ del hit que les encumbró. Cierto es que podrían haberlo metido de rondón, ni que fuese por pura deferencia a un público que pagó cara la entrada y que no tiene la culpa de que Pierce ya no sienta conexión con su obra anterior. Pero no les culpo. A mí la decisión, más que un ataque de snobismo, me pareció algo valiente y totalmente coherente con lo que creo que querían demostrar. Precisamente, que son The Drums, no «los de ‘Let’s Go Surfing’«. Y que ahora no están para salir a surfear.

Fotos: Daniel Boluda.

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