30/07/2011

Todos la miraban a ella. Ella, Joanna. Ella, Victoria. Ambas en el centro de sus respectivos escenarios, ambas el foco de todas las miradas (del […]

Todos la miraban a ella. Ella, Joanna. Ella, Victoria. Ambas en el centro de sus respectivos escenarios, ambas el foco de todas las miradas (del público y de sus propios compañeros de escena), ambas con un magnetismo sobrecogedor. Cada una a su manera. Admiración mutua (o eso decían), puesto que ambas dijeron dos veces lo contentas que estaban de tocar con la otra. Y no es que Joanna ni Victoria se prodiguen demasiado en palabras. La primera está demasiado concentrada, o bien con su querida arpa o bien al piano de cola; la segunda, entregada en cuerpo y alma a la ensoñación pop de sus canciones, melena arriba, gesto abajo. Pero las dos, a su manera, consiguen abstraer al público, arrastrarlo a su mundo (o a la luna, como rezaba el nombre del festival en el que se enmarcaban sus conciertos) y conseguir que mantengan la atención en canciones de 11 minutos o en una hora entera de oscuridad y bruma. Sensaciones parecidas, aunque en terrenos completamente distintos, a las que provocan The Suicide of Western Culture y Animal Collective, que protagonizaron la primera jornada de este festival de nuevo cuño organizado por el equipo del Primavera Sound. Y, según cuentan, los primeros (los únicos locales del festival) deslumbraron en su camino hacia el reconocimiento con su electrónica salvaje a lo Fuck Buttons, mientras que los segundos ampliaron todavía más la brecha entre devotos y detractores: concierto astronómico para unos, divagación sin sentido para otros. Pero volvamos a las chicas, las protagonistas absolutas de la segunda jornada de Fly Me To The Moon. A todas luces, exquisita. (Fotos: Èric Pàmies para Primavera Sound)

Por trayectoria, repercusión y cierto respeto asumido, parecía extraño que Joanna Newsom –a priori la gran atracción de la noche– fuera la encargada de abrir la velada. Aunque las circunstancias lo exigían, puesto que su folk mágico requiere de mucha concentración y de una atención especial, y es cierto que se hubiera diluido después de la explosión emocional de Beach House. Así que a las nueve y cuarto en punto, apenas seis meses después de su última visita (aquella memorable velada en el Palau de la Música), Joanna Newsom aparecía sonriente, rauda y directa a su arpa, ataviada con un llamativo vestido rojo. De entrada, ‘Bridges And Ballons (de su primer disco), y el público ya en el bolsillo. O al menos el público de las primeras filas, porque de los alrededores surgía un murmullo constante e imparable que deslucía ligeramente la atmósfera. Cosas de los conciertos al aire libre, algo que Joanna ni pareció apreciar: ella seguía sonriendo exageradamente, dando las gracias, mirando constantemente a sus compañeros de grupo, radiante como siempre. A sus lados, tres de sus colaboradores habituales (dos menos que en su última visita), el director Ryan Francesconi, una violinista y el gran Neal Morgan, percusionista de Bill Callahan, entrañable hombre con traje y un tipo muy simpático.

Del resto de canciones, ¿qué decir? Conseguir que una canción de siete minutos no decaiga en ningún momento es algo al alcance de muy pocos, y Joanna Newsom es una de esas personas. Mágica cuando se ubicaba detrás del arpa, mucho más suelta y jazzie cuando se volcaba al piano (‘Good Intentions Paving Company‘), tuvo el detalle de no repetir al milimétro su concierto del Palau de la Música, obsequiando al público con detalles como las maravillosas ‘Cosmia‘ o ‘Peach, Plum Pear‘, aunque por ello hubiera que sacrificar ‘Emily‘ u ‘On A Good Day‘. De Have One On Me, eso sí, sacó a relucir las mismas: la que da título al disco, además de ‘Easy‘. Y una vez más perdimos la noción del tiempo, y dedicamos una hora a seguir las palabras, muecas, movimientos, gestos y miradas de Joanna Newsom. Bravo.

Y, de repente, oscureció. Y en el escenario aparecieron tres conos que alternaban colores, cada uno con una de las posiciones escénicas de Beach House. En el medio, cómo no, Victoria Legrand, una nueva diva, parca en palabras, certera en los gestos y profunda en la voz. Beach House llegaron, en realidad, con el estatus de banda de la noche, a raíz del eco que ha generado el descomunal Teen Dream, un disco que aguanta tantas escuchas como se le pongan por delante y que parece destinado a ser un clásico dentro del complicado género del dream pop. Y ellos, sabedores de la repercusión, y con el listón altísimo del inolvidable espectáculo del Primavera Sound 2010, salieron con ganas de gustar. Telón negro de fondo con pequeñas luces a modo de estrellas, oscuridad imperante en el escenario, melena al viento de Victoria… y un inicio un poco titubeante, con una ‘Gila‘ (de Devotion, su segundo disco) poco inspirada y el inicio doble de ‘Better Times‘ por algún desajuste técnico.

Ningún problema, sin embargo, porque a partir de ‘Walk In The Park‘ (la primera canción verdaderamente celebrada de la noche) quedó plenamente demostrado que Beach House son uno de los grupos más solventes, poderosos y con mayor capacidad para recrear una atmósfera única encima de un escenario. Lo hacen con poco: una batería, unas bases pregrabadas lanzadas por el guitarra Alex Scally (un tipo peculiar, de apariencia muy juvenil y movimientos muy acentuados), y los teclados envolventes de Victoria. Con esa fórmula, culminada por la penetrante voz de Legrand, logran esas píldoras también mágicas de pop rotundo a las que resulta casi imposible resistirse, y que en momentos concretos llevan al éxtasis emocional a cualquiera que esté delante de ellas.

Y si a eso le sumas canciones redondas como todas las que habitan en Teen Dream, la victoria está prácticamente asegurada. De ahí que el setlist estuviera protagonizado casi enteramente por el disco en cuestión (‘Silver Soul‘, ‘Zebra‘, ‘Used To Be‘, ‘Take Care‘, ‘Real Love‘,…), con espacio para alguna incursión previa (‘Heart of Chambers‘) y una golosina para fans: un nuevo tema, aparentemente titulado ‘Wild‘. Y de ahí que el bis también lo estuviera, y que la sensación de ganas de más dominara a la audiencia después de la final y apoteósica ‘10 Mile Stereo‘, con ese final desbocado. A Teen Dream, de hecho, le pasa igual: es tan breve e intenso que deja con ganas de más, pero ahí reside una de sus principales virtudes. Y esa carta también la supieron jugar Beach House, dejándonos completamente satisfechos y al mismo tiempo deseosos de seguirles los pasos. Y fin del viaje lunar.

Publicidad
Publicidad