04/06/2011

Una semana después del San Miguel Primavera Sound 2011, el debate sigue abierto. El hilo de comentarios, dudas y quejas en el foro del festival […]

Una semana después del San Miguel Primavera Sound 2011, el debate sigue abierto. El hilo de comentarios, dudas y quejas en el foro del festival supera las 50 páginas, lo allí sucedido todavía es tema de conversación (tanto lo bueno como lo malo) y en general toda la ciudad está de resaca después de un festival que ha vivido su edición más faraónica y concurrida, y por tanto más complicada y susceptible de polémica. Hablaremos de ellos muy pronto, porque lo que no queremos hacer es mezclar el tocino con la velocidad: el Primavera Sound es un festival de música. Punto. Este año hubo cosas que no nos gustaron, y las explicaremos detalladamente, pero lo que es innegable es que durante tres días (cinco si contamos los dos del Poble Espanyol) vimos infinidad de conciertos, grupos que probablemente de otra manera no veríamos por estos lados, grupos nuevos, clásicos vueltos a la vida, consagraciones, decepciones, solapaciones… Durante cinco días todo giró alrededor de la música, y esta vez giraron más cosas que nunca. La tarjeta-monedero, el nuevo recinto, la afluencia masiva de público… todo ello son cuestiones paralelas, fragmentos que contribuyen a la idea de festival completo y global, pero que al fin y al cabo están al margen de los acordes, de los estribillos, de las improvisaciones. Y nosotros, ahora, queremos hablar de música. Así que empecemos a repasar lo que dio de sí este San Miguel Primavera Sound 2011 con la jornada del jueves 26 de mayo en el Parc del Fòrum de Barcelona. El día de Interpol, Girl Talk, Grinderman. El día de Sufjan Stevens. Pasen y rememoren con nosotros.

TOUNDRA (17:00h, Pitchfork)

Con dos de los tótems mundiales del post-rock presentes en el festival (Explosions in the Sky el viernes y Mogwai el sábado), el a menudo despreciado género de las canciones largas e instrumentales parecía más que bien cubierto para el público general. Sin embargo, a los que disfrutamos moviendo la cabeza siguiendo la cadencia de guitarras que inventan atmósferas, a ratos sosegadas, a ratos furiosas como un tsunami, el jueves se nos quedaba algo huérfano. Hasta que descubrimos a Toundra, conjunto madrileño cuyo nombre nos sonaba y al que, injustamente, nunca habíamos prestado la atención necesaria. Y ellos llenaron el vacío, y en nuestros Excels imprimidos en modo rápido se convirtieron en el pistoletazo de salida idóneo para el Primavera Sound 2011. Como es habitual en los primeros conciertos de las jornadas inaugurales llegamos tarde (no mucho) y corriendo, así que decidimos sentarnos en las escaleras que dan acceso al reubicado Pitchfork, no fuéramos a agotarnos a las primeras de cambio. Desde allí pudimos presenciar a vista de pájaro la consistencia de una banda que lució sonidazo, impresionó en los pasajes de furia desatada (dos guitarras, batería, bajo y a ratos también una guitarra acústica y un chelo) y sedujo cuando decidió nadar en la calma. En sus 45 minutos de actuación creímos oír las imponentes ‘Bizancio/Byzantium’, ‘Magreb’ y ‘Danubio/Danube’, todas recogidas en (II), aunque la falta de conocimiento nos impide asegurarlo. Por eso, y porque nos cautivaron sobremanera, no pensamos perdernos su próxima visita. (Arnau Roma)

EMERALDS (18:00h, Pitchfork)

Más allá de por los grandes nombres (que también) es por propuestas como las de Emeralds que alguien mínimamente interesado en el apartado musical va al Primavera Sound y se gasta sus ciento y pico euros. Caros de ver por estos lares, sin mucho nombre y con un puñado de buenas críticas bajo el sintetizador por su estupendo último álbum, el trío de Cleveland tuvo en el horario y en el emplazamiento su principal problema. Me explico: aun y comprendiendo que difícilmente podrían haber ocupado otro slot en el festival, sobraron los rayos de sol (la oscuridad y cientos de luces centelleantes les habrían sentado de maravilla) y faltó la placa fotovoltaica del Fòrum a sus espaldas. Eso o que el concierto hubiera sido en la frondosidad de un bosque perdido, en una nave espacial o, mejor, debajo del agua, en las cercanías de una fosa abisal. Porque la electrónica ambiental que practican los de Mark McGuire (repleta de exquisitos drones minimalistas y momentos de cautivadora experimentación) requiere de un entorno y unas circunstancias especiales que no se dieron, lo cual repercutió excesivamente en un set centrado en Does it Look Like I’m Here? que no terminó de arrancar. El teórico empujón que suponía empezar con ‘Candy Shoppe’ no fue tal, la interpretación careció de fuerza y la (poca) energía emitida se perdió en la inmensidad de un recinto que todavía se desperezaba, como si un tema cualquiera hubiera sonado. El público, bastante numeroso y en respetuoso silencio, permaneció mayormente impasible hasta los compases finales, cuando por fin McGuire decidió pisar el pedal de la distorsión de su guitarra y aumentó la intensidad hasta los mínimos esperados. Fue entonces, y solo entonces, que Emeralds dejaron entrever el fascinante universo que atesoran sus grabaciones, demasiado vulnerables a la ordinaria luz diurna. (Arnau Roma)

TRIÁNGULO DE AMOR BIZARRO (18:00h, San Miguel)

Nada más entrar al recinto y todavía sin conocer el alcance del desastre de las tarjetas, la primera parada obligada era ir a ver a unos Triángulo de Amor Bizarro un poco desubicados en cuanto a horario. Escenario grande, pero casi inaugurando el primero de los días. La afluencia de público fue moderada, pero por supuesto nada de eso intimidó a Rodrigo (que, por cierto, lucía shorts rojos muy llamativos) y compañía: volumen, distorsión y contundencia en su línea habitual. Dispararon ‘De la monarquía a la criptocracia‘ en la primera mitad del concierto, alternaron obviamente los pelotazos de sus dos discos, y como siempre cumplieron más que sobradamente. Nada nuevo bajo el sol, pero la sensación de consolidación que un gran concierto en un festival como el Primavera Sound podía otorgarles quedó un poco deslucida por el tema del horario. Se merecían un puesto de honor a las 10 u 11 de la noche para poder desplegar toda su contundencia, para poder demostrar por qué son uno de los grupos españoles de referencia en la actualidad. Otra vez será. (Aleix Ibars)

DM STITH (19:30h, Rockdelux Auditori)

Exceptuando a los muy pocos que ya le conocían, quien diga que al leer DM Stith en el cartel no pensó en un DJ o un artista de hip-hop/rap/rhythm and blues miente de forma bellaca. A Sufjan Stevens se le ha ido la cabeza (para bien, cree el que escribe) en The Age of Adz y para su colosal y extraterrestre gira se lleva a un rapero o a alguien por el estilo de su sello (Asthmatic Kitty) como telonero. Locura, pero locura verosímil al fin y al cabo. ¡Moooooooc! Error, y de los gordos. El tal Stith, al que, no nos engañemos, el 90% vio por ir incluido en el pack que impuso el genio de Detroit, demostró no ser una mera comparsa pese a la situación adversa que se presentaba ante sí (gente entrando sin parar, agotada por la gincana que había sido conseguir un ticket de reserva y con la poca predisposición del que está ansioso por degustar a Stevens y le obligan a empezar con otro), y en apenas 25 minutos cautivó lo suficiente como para que una semana después sigamos acordándonos de él. Las cuatro canciones que le dio tiempo a desgranar en ese tiempo fueron de una sutileza maravillosa, un ejemplo perfecto de que el folk barroco y preciosista puede parecer sencillo y, lo más importante, digerible. Ya fuera solo con una guitarra acústica y los loops, o con parte de la banda de Sufjan (de la que acabaríamos descubriendo que también formaba parte) elevándole en ‘Thanksgiving Moon’, aprovechó las cualidades del magnífico Auditori para lucir arreglos y una voz a ratos Antonyana. Su disco Heavy Ghost (del que sonaron tres piezas) es una joya a descubrir aunque no incluya ‘My Impatience’, tema final que comenzó a abrir las puertas del cielo que aguardaba. (Arnau Roma)

SUFJAN STEVENS (20:30h, Rockdelux Auditori)

Lo que pasó el jueves en el Auditori fue, simple y llanamente, magia. Un concierto de esos que vale un festival, un abono, un madrugón con desplazamiento y todo lo demás. Cuando Sufjan Stevens por fin salió al precioso escenario del Auditori y el nerviosismo previo devino en ovación, empezó, no exageramos, uno de los mejores conciertos que hemos visto nunca. Solo ante el público, Sufjan, encantador, gracioso, guapo como un adonis, nos rompió la boca con ‘Seven Swans‘. Una canción «de cuando hacía folk». «Pero esta noche voy a tocar pop… ¿cósmico?», decía inseguro en un castellano leído de una nota que sostenía entre las manos. Lo que vino después fue, de todo punto, excesivo. Maravillosamente excesivo. El show de Sufjan tiene música, con muchos músicos (sección de vientos, dos baterías, coristas…), pero también luz, videoarte, proyecciones sobre una malla que cae ante el escenario, baile, coreografías marcianas, juegos y discursos. Discursos sobre el amor, sobre Royal Robertson, sobre la expansión constante del universo y nuestro empequeñecimiento relativo provocado por tal fenómeno… Y tiene momentos en los que a uno parece que vaya a rompérsele el cuerpo. Como cuando hacia la mitad, el final de ‘Get Real, Get Right‘ se descontrola, envuelto en una orgía de luces, en un sonido sencillamente acojonante, y de pronto la película se va a negro y empieza ‘Vesubius‘. Esa joya que crece hasta llevarle a uno al borde de la lágrima con su fire of fire. De verdad que es complicado explicarlo con palabras. Uno está allí, sentado, mirándolo todo sin pestañear, recibiendo la música casi como un fluido, como un río de lava, pensando… «santo Dios, todo esto sale de esa cabeza, de esa bendita cabeza»; teniendo la certeza de estar no ante un iluminado o un excéntrico, si no simplemente ante un genio, ante una de esas personas capaces de cambiar la música, de empujar sus fronteras. Y de hacerlo sin tomarse en serio, como sin querer, sólo jugando a crear. Únicamente alguien así es capaz de hacer algo como ‘Impossible Soul‘, media hora de opera cósmica que utilizó de cierre provisional. Pero ya lo dice la primera ley de la termodinámica: la energía no se destruye, sólo se transforma. Y uno no puede pretender descargar sobre 3.000 seres sentados una cantidad tal de fuerza, de genialidad y de amor sin que haya reacción más allá de los vítores. Al final de ‘Impossible Soul’, con Sufjan disfrazado por enésima vez, la gente se levantó y corrió al pie del escenario, a bailar, a dar palmas, a cantarle a Sufjan que sí, «boy, we can do much more together». Pero hasta ‘Impossible Soul’ termina. Y Sufjan se fue, pero la gente no. Nos quedamos todos de pie, aplaudiendo, descargándonos, echando vapor, queriendo que aquello no se hubiese acabado. Y tras varios minutos (cinco, seis) de ovación ininterrumpida, Él volvió a salir. Y se puso las alas. Y tocó ‘Chicago‘. Y nos echó a volar. Historia. (Texto y foto: Daniel Boluda)


GRINDERMAN (23:00h, San Miguel)

A eso de las 22:45, todavía en trance tras presenciar el apoteósico y triunfal show del señor Stevens, decidimos quedarnos en el Parc del Fòrum. Cuento esto porque, siendo sensatos, en aquellos momentos lo más apropiado hubiera sido coger el metro e irse a casa sin bajar a la tierra. Hubiera sido la manera más eficaz de asegurar que los 3.000 afortunados que salieron flotando del Auditori Rockdelux tuvieran el inicio y el fin de festival soñado. Punto. Ver otro concierto entrañaba el gran riesgo de no alcanzar un listón que en esos momentos andaba por la troposfera. Pero he aquí que quien esperaba era Nick Cave, leyenda del rock contemporáneo, y su manada de lobos hambrientos, esa que se hace llamar Grinderman. Y claro, si el tito Nick te propone un rendez-vous casi a medianoche en el escenario grande pues no te lo piensas y acudes a la cita, aunque no seas su fan número uno. Una vez allí, apenas hubo tiempo para las presentaciones (mención especial para el barbudísimo Warren Ellis; temible su aspecto): se abrió la jaula y Cave y sus mini Bad Seeds saltaron la yugular del respetable desde el primer minuto con una fiereza inusitada (‘Mickey Mouse and the Goodbye Man’, ‘Worm Tamer’), apabullando a todo aquél que se les puso por delante con su rock granítico. No parecía un divertimiento aquello, o quizás sí, un divertimiento tomado muy en serio por un Cave que, por mucho que diga, tampoco en Grinderman es uno más. Deliciosamente arrogante y arisco, supo equilibrar la balanza del frontman carismático y también mostró su lado menos inaccesible, como cuando se dejó tocar por la plebe de detrás de la valla durante ‘Kitchenette’, algo que no pasa todos los días (qué pena estar tan lejos). En la alternanza de temas (no siempre brillantes) de los dos discos de la banda también hubo instantes de relax (‘Palaces of Montezuma’), si bien fueron contados y convenientemente ahogados por una actitud y una energía infinitas que suplieron con creces cualquier carencia de repertorio. No se puede comparar, pero a su manera Nick Cave y Grinderman también rebasaron el listón. Vinieron, aullaron y vencieron en poco más de una hora salvaje. ¡Auuuuuuuuuu! (Texto: Arnau Roma; Foto: Daniel Boluda)

CARIBOU (00:45h, ATP)

Tras haberlos visto en Razzmatazz hacía solo algunos meses, y con el precedente inmediato del concierto la noche antes en el Poble Espanyol, Caribou era una buena opción para empezar a despertar la noche, puesto que el estado de forma de estos (en directo, Daniel Victor Snaith se acompaña de otros miembros para dar lugar a una electrónica mucho más orgánica, un poco en la línea de Soulwax) es espectacular. Caribou en directo desprenden toda la energía que a veces se echa un poco de menos en sus discos. Con un setlist centrado principalmente en su fantástico Swim (publicado el año pasado), el concierto tomó una intensidad imponente, conquistando al público desde el primer momento. No faltaron tampoco temas antiguos como la bonita ‘Melody Day‘, aunque la cúspide del show vino con ‘Odessa‘, hit incuestionable del pasado año, y la tremenda ‘Sun‘, que utilizaron de forma conmovedora para despedirse de la mejor manera posible, con un subidón que deja a cualquiera con ganas de más. Por lo que comprobamos, el concierto del miércoles en el Poble Espanyol fue idéntico al del jueves. Ya fuese un día u otro, imperdibles. (Andreu Llos)

DAS RACIST (00:45h, Llevant)

¿Por qué fui a ver a Das Racist? Pues vete a saber. Decisiones erráticas. A priori era la opción ‘D’ en la competencia creada por Interpol, Suicide y Caribou, pero servidor tenía muy poca fe en el directo de los primeros, pocas ganas de la oferta de los segundos y muy visto al tercero. Así que hice la cosa rara de ir a ver a estos raperos de los que, así de profesional soy, no sabré citar ni una sola canción. Honradez al poder. Lo que sí diré sin temor a equivocarme es que me lo pasé bien, bastante bien. Líneas de bajo de las que se te van por la boca, ritmos duros, mucho volumen, mucha actitud (uno de ellos me enseñó amablemente su dedo corazón cuando le encañoné con la cámara, true stroy) y hasta un poquito de teatro, rollo simulación de convulsiones, cuando empezó a sonar no recuerdo qué tema. Por lo demás, ya saben: ropa rapera, gesticulación rapera, con tocamiento genital incluido, insultos raperos a modo de provocación tontorrona y todo el pack de chicos malos. Jamón y queso. (Daniel Boluda)

INTERPOL (00:45h, Llevant)

Una de las tradiciones no escritas de las últimas ediciones del Primavera Sound es la que consiste en traer a una formación que de algún modo no encaja al 100% en la línea artística del festival. Ignoro si se hace para atraer a más público, para cubrir la cuota de indie comercial o simplemente para cabrear a los puristas, pero el caso es que del habitual guiño a la revista NME (Maxïmo Park, The Cribs, los Bloc Party de 2009, Florence + The Machine…) este año no hubo ni rastro. A menos que quieran meter a Interpol en este saco, por aquello de que cuentan con cierta popularidad fuera de los circuitos alternativos. Sea como sea, déjenme hacer constar en acta que los de Nueva York le dan mil patadas a los arriba citados, tal y como se encargaron de recordar por partida doble. Las circunstancias quisieron que les viéramos tanto el miércoles 25 de mayo en una sala Apolo medio vacía (peculiar y desconcertante lujo, este ensayo/concierto privado promovido por San Miguel) como el día siguiente en ese confín del mundo llamado Llevant, y en ambos casos estuvieron impecables. Sabíamos que su directo es de garantías, de modo que nos fijamos en otros aspectos como que casi calcaron los setlists, que en el Apolo el volumen fue excesivo (¿estarían realmente ensayando con la potencia prevista para el Fòrum? Allí sí sonaron cristalinos) o que la banda ha cambiado la actitud. Atrás quedan la altivez y la parquedad de palabras de antaño; ahora Paul Banks se muestra más distendido, hablador (hasta se le escapó un “super guay”) y cómodo al frente de unos Interpol que han renunciado a ser los nuevos U2 y se han contentado con ser sus teloneros, lo cual les beneficia. En paz consigo mismos, ya no parecen perseguir la canción perfecta, entre otras cosas porque de éstas ya tienen para parar un tren: ‘Narc’, ‘C’Mere’, ‘Obstacle 1’, ‘Not Even Jail’, ‘Slow Hands’, ‘Evil’ e incluso ‘Barricade’. Las esperábamos y todas cayeron en un concierto de categoría, de los que te hacen grande otra vez. Mejor así. (Texto: Arnau Roma; Foto: Eric Pàmies)


THE FLAMING LIPS (02:15h, San Miguel)


Creo que esta fue la gota que colmó el vaso con The Flaming Lips. A cualquiera que haya visto en directo un par de veces durante los últimos años a los de Wayne Coyne ya no les sorprenderá en absoluto el juego de la bola gigante, de los globos, del confetti. Está muy visto ya, de verdad. Llevan muchos años con ello. Si le sumamos que Wayne empieza a caer bastante mal (al menos a mí) desde que twittea fotos de su mujer constantemente y gusta de rajar de otros grupos a priori respetables (caso de Arcade Fire) o desde que antes del concierto el tipo sale con una traductora y rompe toda la magia de un inicio de concierto, el listón se pone por encima de la media y ellos tienen que superarlo. A nivel de producción, lo consiguen: cámaras en miniatura, un sentido del espectáculo bien medido, y la sensación de euforia generada a los primerizos o a los fans muy acérrimos (los que lo perdonan todo). A nivel de originalidad, no: todo son recursos muy utilizados ya, el megáfono, los paseos en pelota hinchable, la megalomanía de Coyne,…. A nivel de setlist, además, esta vez el repertorio se vio resentido por la languidez de los temas de Embryonic, su último disco, dando lugar a un tempo de concierto más bien lento, en el que ni siquiera la habitual ‘The Yeah Yeah Yeah Song‘ logró destacar. Entretenido y curioso, pero me temo que nada más. (Aleix Ibars; Foto: Dani Cantó)

EL GUINCHO (03:30h, Llevant)

Habiendo visto adelantada su hora de actuación media hora por temas ajenos a la organización (básicamente, la hora de cierre del recinto), Pablo Díaz-Reixa (El Guincho) se presentó en uno de los escenarios grandes del festival escudado por Aleix y Borja (ambos de Extraperlo) y… por chicas. En shorts y bailando. Como si el concierto fuera un videoclip permanente de la productora Canadá (de hecho, parece que ellos estaban detrás de esto, y ya dirigieron el vídeo de ‘Bombay‘ de El Guincho), las chicas salían, bailaban, se besaban, y hacían su espectáculo mientras el grupo desgranaba las canciones de Pop Negro (especialmente) y Alegranza. Y si algo quedó claro es que Pop Negro es un disco que contiene hits redondos, de los que engrandecen un concierto y que, bien repartidos, aguantan sobradamente un concierto de poco menos de una hora, como fue el caso. ‘Novias‘, ‘FM Tan Sexy‘, por supuesto ‘Bombay‘ y esa colosal ‘Soca del Eclipse‘ despertaron la euforia general, pese a que el show de las chicas nos pareciera algo prescindible y fuera de lugar. El resto, perfecto. (Aleix Ibars; Foto: Dani Cantó)

GIRL TALK (04:30h, Llevant)

Como las cabras. Así íbamos (tú también) y así llegamos, en rebaño, al Llevant, recorriendo a paso lento los sinuosos caminos que la nueva disposición del festival nos deparó este año. Y allí sonaba ya cuando llegamos el collage loco de Gregg Gilis, alias Girl Talk. Poner esto a las cinco de la mañana fue uno de los grandes aciertos del cartel. Benditas mentes maquiavélicas que saben lo que nos gusta. También lo fue que al escenario subiesen una selección de festivaleros con energía (que ahora en las fotos podemos ver que eran más festivaleras que –eros. No sabe nada el amigo). Girl Talk en álbum es un reto constante de subcultura musical, un juego de identificación, pero en directo… ¿a quién le importa? De pronto uno está desgañitándose cantando un fragmento de ‘Under The Bridge’ y al segundo siguiente sigue saltando y sudando mientras confirma mentalmente que sí, es claramente la primera vez en su vida que baila Lady Gaga. Gilis suelta tanto Radiohead como ACDC, tanto Kelly Clarkson como el riff de ‘Lisztomania‘ de Phoenix. Y se queda tan ancho. Y se lo pasa en grande. El tipo vino desde Estados Unidos exclusivamente para su hora y media de set, llegó por la tarde, actuó por la noche, y se fue por la mañana. Y con esa divertidísima locura de hits comerciales de ayer y hoy + raperos yankees + divas de la MTV llegó el clareo imparable del cielo barcelonés. Un primer amago de parada, una queja unísona y un bis largo y demoledor que acabó dejándonos a todos satisfechos y algo más sobrios. Y de nuevo, como las cabras, monte arriba, caminito de la cama. O no. (Daniel Boluda)

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