24/04/2011

Solos ante el peligro. Sin invitados, ni músicos acompañantes, sin sorpresas especiales ni artificios escénicos. Solo cuatro chicos con sus instrumentos y sus canciones. Así […]

Solos ante el peligro. Sin invitados, ni músicos acompañantes, sin sorpresas especiales ni artificios escénicos. Solo cuatro chicos con sus instrumentos y sus canciones. Así es como salieron Manel –el cuarteto referente del pop en catalán desde la explosión que supuso, boca-oreja mediante, aquel maravilloso debut, Els Millors Professors Europeus– a presentar su segundo disco, 10 Milles Per Veure Una Bona Armadura. Lo más ostentoso era el contexto: nada menos que cinco noches en el Teatre Romea de Barcelona, agotadas todas ellas en cuestión de horas, y tras una canonización bestial por parte de los medios de comunicación catalanes (y también españoles) para un grupo que, seamos serios, hasta el momento solo habían hecho un excelente disco de debut que había conectado con un público muy transversal y masivo, y que ahora han sumado a esto una continuación continuista (valga la redundancia) más ambiciosa instrumentalmente y al mismo tiempo menos arriesgada. El «salto extraño» del que hablan en ‘El gran salt‘ (una de las redondas canciones de 10 Milles…) y en el titular interior del artículo de portada que Rockdelux (que, sorpresa, se unen a la fiesta) les dedicó el pasado mes. Con todo esto en mente, con todo el aroma de presentación de un disco que se alza como piedra angular del nuevo pop catalán (ha sido número 1 en ventas ¡en España!), es especialmente significativo y remarcable esta apuesta por el núcleo del grupo, por la esencia del directo. Cuatro músicos con sus instrumentos defendiendo sus canciones. Manel, cinco noches de camino a la consagración. (Fotos: Montse Martín – 23/04/11).

De hecho, la sensación era que dicho formato de concierto tan modesto (apenas unas luces de colores adornaban el escenario) era más una apuesta personal del grupo, algo más interno que otra cosa. Una prueba. Una suerte de reafirmación ante un momento de tanta expectación y de tantas miradas puestas en ellos. Un «ya habrán muchas otras ocasiones para invitar a todos los colaboradores e instrumentos, pero esto hágamoslo nosotros«. Guillem Gisbert (voz, guitarra), Roger Padilla (guitarra, coros), Arnau Vallvé (batería) y Martí Maymó (bajo).

Un, en definitiva, «centrémonos en las canciones y olvidemos todo lo que las rodea«. Y así fue como Manel ejecutaron su concierto preciso, milimetrado, estudiado, casi como un producto –de lujo– listo para la degustación del público general, sin estridencias, políticamente correcto, divertido y convincente. Sorprendió que optaran por la animada ‘El Miquel i L’Olga tornen‘ para empezar el concierto, puesto que solo con la voz de Guillem Gisbert (en el disco hay una voz femenina) y por el hecho de ser la primera de la noche les quedó un tanto deslucida. Pero inmediatamente después clavaron la balada ‘La bola de cristall‘ (una pieza de potencial infinito) y la vital ‘El gran salt‘, puede que la joya del disco, y el resto del concierto transcurrió en esos parámetros de sobriedad instrumental junto a una solvencia escénica contrastada.

Pocos comentarios de Gisbert (quizá para no encasillarse y no acabar repitiendo una y otra vez las mismas bromas, como pasó con la gira anterior; aunque creemos que alguien debería crear el grupo de Facebook ‘Guillem Gisbert a El Club de la Comedia ya‘) pero siempre divertidos, cercanos y secundados por la pose seria de sus compañeros de grupo. Poco karaoke, pero porque las nuevas canciones son menos propensas al karaoke multitudinario (mucha letra, muchos versos, pocos estribillos repetidos; historias más largas), y porque en las viejas, más tarareables, Gisbert juega a modificar levemente las melodías (lo hace mucho en ‘Pla quinquenal‘, por ejemplo), adoptando por momentos el rol de músico al que le aburre cantar sus canciones antiguas y al mismo tiempo parece querer evitar que el público las cante.

Como buena presentación de disco que era, no faltó ninguna canción de 10 Milles… Y todas lucieron bien. ‘Boomerang‘ gana enteros en directo por el incesante bombo de la batería (y por un baile conjunto de Gisbert, Maymó y Padillo, entre simpático y ridículo), ‘Flor Groga‘ mantiene su intensidad emotiva, la colosal ‘Benvolgut‘ toma forma poco a poco (porque en Buenafuente quedó bastante floja). Y luego ‘Aniversari‘, single del disco y la canción-símbolo más significativa del disco, con arpa, flauta, vientos, cuerdas, coros angelicales… Y la salvan magníficamente únicamente con dos guitarras, un bajo y una batería, manteniendo la emoción en sus cuatro minutos y medio gracias a la maestría de Gisbert cantando la historia, y uno se plantea que casi la prefiere así, en su esqueleto más primario, tal como sonaban los Manel del disco anterior. Pero ese es otro tema.

Hay, por supuesto, sitio para las canciones del primer disco, celebradas ya como himnos casi generacionales: ‘En la que Bernat se’t troba‘, ‘Ai, Dolors‘, ‘Pla quinquenal‘, ‘Captatio Benevolentae‘… Y en el tramo final del concierto, también conciso en cuanto duración (hora y media generosa), se reparten el protagonismo una de las nuevas (otra vez sorpresa porque la escogida es la melosa ‘Criticarem les noves modes de pentinats’), una versión (‘Gent normal‘, relectura de ‘Common People‘, pedida con insistencia por la audiencia) y el hit (‘Al mar‘, igual de infalible e infecciosa que siempre). Una pena que terminasen con ‘Deixa-la, Toni, deixa-la‘, el único experimento fallido del segundo disco en la opinión de quien esto escribe. Porque el resto de la noche fue impecable. Ni más, ni menos.

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