18/04/2011

(Madrid, 14/04/2011) No importa las veces que uno vea salir a Bradford Cox a un escenario. Servidor va por la tercera y la pregunta es […]

(Madrid, 14/04/2011) No importa las veces que uno vea salir a Bradford Cox a un escenario. Servidor va por la tercera y la pregunta es siempre la misma: ¿hay carne bajo esas ropas? Cox subió al de La Riviera con una camiseta de mangas anchísimas cortadas raro por los codos. Difícil leer lo que ponía. Cuando se colgó la guitarra, la correa arrugó todo el sobrante de la prenda, que era mucho (para cubrir ese torso valdría casi una funda de almohada), y las letras se hicieron del todo ininteligibles. Como muchas de las que canta Cox, que no fue, por cierto, el primero en tomar la palabra. Lo hizo Lockett Pundt, amigo de la infancia y segundo pilar de Deerhunter. ¿La primera? En la frente: ‘Desire Lines‘. Pundt, autor del tema, la cantó con la desgana requerida, pero seamos serios: fue mala elección para empezar. Más cuando la soberbia cola instrumental duró justo lo que tenía que durar y sonó exactamente como tenía que sonar. No hemos pagado 30 euros para que le deis al play, majos. Malas vibraciones llegaron, malos augurios afloraron, malos recuerdos de noches frustradas en ese antro a orillas del Manzanares nos sacudieron. Pero no. El flaquito tomó el micro y la noche ganó en magnetismo. Lo contamos dentro. (Fotos: Rai Robledo – Madrid)

(Barcelona, 15/04/2011) Un día después, sin embargo, empezaron con una canción nueva, para sorpresa de muchos. ‘60 Cycle Hum‘. A modo de calentamiento. Para entrar en calor. Envueltos en brumas, con luces tenues y una actitud estática en el escenario. Inmediatamente después, abordaron una ‘Desire Lines‘ que sí sonó cómo debía sonar (ni mejor ni peor), y que fue de las pocas canciones que Deerhunter no alteraron a su antojo, alargando (incluso eternizando) su duración. Algo que esperábamos de ellos, teniendo en cuenta su tendencia a lo onírico y a lo distorsionado, y teniendo en cuenta que el suyo era uno de los conciertos más esperados del año. No en vano presentaban Halcyon Digest, indudablemente una de las piezas que marcaron el 2010, una leve sorpresa sin embargo tras la revelación que supuso para muchísimos aquel fenomenal Microcastle, que descubrió al mundo que unos tipos llamados Deerhunter liderados por un chico bastante peculiar merecían ser escuchados (y mucho). De ahí hasta un Apolo lleno hasta la bandera se llega a través del boca oreja, y de cierto idilio del propio Cox con Barcelona y especialmente con el Primavera Sound, festival al que ha sido invitado numerosas veces y que, según reconoció luego, es su festival favorito, «en el que se lo pasa mejor«.

(Madrid) Y es que, lo mejor del concierto, de lejos, fueron las larguísimas colas instrumentales basadas en la repetición casi infinita de todo menos de Cox. Ejemplo. Empieza ‘Nothing Ever Happened‘. La letra se acaba tras poco más de dos minutos, las luces rojas lo inundan todo, Cox se libera del micrófono, Pundt mantiene el bucle, el batería mantiene el bucle, el bajista mantiene el bucle. Son un bucle orgánico y Cox juega sobre ellos, improvisa. Solea con la destreza y la torpeza simultánea de un tartamudo que recita exactamente lo que quiere y como quiere. Y todo se acelera, la banda se vuelve magnética, pasan los compases, los segundos, los minutos, bastantes minutos, y entonces Cox vuelve al micro. ¿En serio? Sí, está cantando ‘Horses‘. Joder, está cantando ‘Horses‘ de Patti Smith, está gritándola hasta romperla, como algo personal. Final en alto, primera ovación ganada de la noche, larga y rabiosa como la última nota. Silencio relativo… y empieza ‘Helicopter‘.

(Barcelona) Inmerso en el trance del momento, Cox se revela como uno de los cantantes menos comunicativos con el público. Al menos durante el grueso del concierto. Mantiene la distancia, se centra en su guitarra, sus pedales y sus letras, apenas haciendo algunos apuntes sobre el transcurso del bolo. Pero es que al lado de sus compañeros de grupo, Cox parece, yo qué sé, el cantante de The Hives. Porque ya podía estar Lundt ejecutando el final desbocado de ‘Desire Lines‘ o de ‘Nothing Ever Happened‘, que su gesto y expresión permanecía inalterable, como si estuviera jugando al ajedrez. La emoción va por dentro, sí, y por suerte Deerhunter lograron transmitir toda la tensión y energía desbordante que habitan en sus canciones, pero un poco más de sentimiento no vendría mal, tratándose sobre todo de canciones que surgen de las entrañas, como ‘Revival‘ o la explosiva ‘Nothing Ever Happened‘, que en directo cobra dimensiones astronómicas.

(Madrid) Fue el momento álgido, sin duda, de un concierto que terminó infinitamente mejor de lo que empezó. Antes de esta cumbre, hubo un ascenso marcado por tres ases de Halcyon Digest: ‘Don’t Cry‘, perezosa y contundente; ‘Revival‘, casi sexy; y ese maravilloso trallazo pop que es ‘Memory Boy‘ (coros: «it’s not a house anymooo-ooore«). Tras la cumbre, el descenso relativo: la mencionada ‘Helicopter‘ y ‘He Would Have Laughed‘, («where did my friendo go?«) alargada de nuevo con otra explosión instrumental en la que Cox se escurrió por un lado del escenario para nerviosismo de Los Guardianes del Foso, esa especie. Fueron estos momentos los que valieron la entrada y los que hicieron de Deerhunter algo más que un genio rodeado de funcionarios. Pues eso parecieron a ratos y, sobre todo, en el bis, sus tres colegas. Porque hubo bis (de los que se hacen de rogar): no podían irse sin tocar ‘Agoraphobia‘.

(Barcelona) Precedida, ‘Agarophobia‘, por esa enigmática ‘Intro‘, que da paso al disco más introspectivo y lánguido de Deerhunter, Microcastle. Quizá por ello, por su hermetismo, apenas rescataron cuatro canciones del álbum (las ya comentadas y ‘Never Stops‘), dejando de lado ese aspecto más intimista y personal. Esta noche era el turno de los pedales de distorsión, de la ensoñación teledirigida pero contundente, y por eso no cupieron ni ‘Microcastle‘ ni ‘Green Jacket‘ ni ‘Sailing‘, canciones colosales que pudieron haber aportado un relieve interesante al concierto. La única objeción, juntamente con un uso excesivo del recurso de alargar canciones (eso sí, en ‘Memory Boy‘ fue espectacular).

(Madrid) Al final, valió la pena. Cox se descolgó la guitarra y cantó la última a pie de escenario y por fin pudimos leer su camiseta: «World Series. Champs 92‘». Genio y figura.

(Barcelona) Adjetivos que en Barcelona se ganó de calle cuando, al final del bolo, contó una bonita historia en la que decía que, hacía un mes, en Dublín (primera fecha de su gira europea), su habitación del hotel en el que se alojaban no estaba disponible cuando llegaron, al parecer porque habían estado haciendo fotos pornográficas (o algo así) en ella. El caso es que, los del hotel, consternados por tener que hacer esperar a Bradford, mandaron hacer un huevo de chocolate tamaño grande con su nombre en el mismo. Y Cox, que sabía que su gira terminaba en Barcelona un mes después, guardó el huevo de chocolate durante toda la gira para dárselo, encima del escenario, a una amiga suya de Barcelona que estaba en las primeras filas. Muy significativo. Y muy grandes estos Deerhunter.

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