07/03/2011

Normalmente una de las mayores preocupaciones en un concierto es la distancia a la que estarás del escenario. Hay quien llega pronto para asegurarse un […]

Normalmente una de las mayores preocupaciones en un concierto es la distancia a la que estarás del escenario. Hay quien llega pronto para asegurarse un puesto en las primeras filas, quien sufre cuando llega con poca antelación y se ve relegado a la parte más lejana, y muchas veces esa posición influye –y mucho– en la interacción con el concierto en sí. Hay casos más graves. Como que estés en un Palau de la Música con todas las localidades vendidas y que tu acreditación de prensa te coloque… detrás del grupo. Literalmente encima y detrás de ellos. La foto lo muestra. Mishima viviendo otra noche histórica más, y tú postergado al lugar que normalmente ocupa el coro en los conciertos de música clásica. Mirando al público y con el órgano (el instrumento, se entiende) al lado. Con el sonido de los monitores del grupo y no el del equipo de sonido del Palau, sin ver las caras de los miembros y como si fuéramos parte de la escenografía de la noche. Sin que lo fuéramos. Luego salen cosas como esta crónica. (Fotos: Montse Martín).

Senior tiene un poco de coronilla. Luce una melena generosa, acompañada de la barba de alguien a quien el folk y el americana tanto influyen y han influido, pero ya tiene coronilla. Viene de Valencia como telonero sin su Cor Brutal (su grupo de acompañamiento habitual), con su guitarra colgando, su lata de Estrella Damm inseparable y poco más. Canta algunas canciones y habla mucho con el público. No entiendo lo que dice, porque al estar encima y detrás de él, recibo sólo el sonido de los monitores, y a nadie le gusta escucharse mucho cuando está hablando. Así que casi no se escucha y no entiendo nada. Pero la gente ríe. Senior es un tipo majo y sincero, así que supongo que habrá estado bastante elegante y divertido. Me pregunto cómo será vivir el concierto de Mishima desde aquí. En la fila de enfrente tengo a The New Raemon, creo que también al manager de Els Amics de les Arts, y luego aparece Zahara por ahí. Parece que no solo los periodistas hemos sido convertidos en el coro esta noche.

Salen Mishima y la gente les aclama. De los cinco, solo el guitarra (Dani Vega) tiene un poco de coronilla; el resto lo salvan bastante bien. Del batería (Alfons Serra) y el bajista (Xavi Caparrós) se entiende, porque son más jóvenes –se han unido al disco con esta gira, la de Ordre i Aventura, que por cierto ha sido su temporada más triunfal, con conciertos absolutamente memorables como el de la sala Apolo en junio o el del BAM en septiembre–, pero de David Caraben (el cantante y líder) y el teclista (Marc Lloret) tiene más mérito. En eso la genética es un poco puñetera a veces, pero si te trata bien puedes quedarte tranquilo. En esas que salen Mishima, arrancan con la habitual ‘Aguéev‘ –cosa que ya sabía porque, cuando he visto el sitio en el que tenía que sentarme, he roto mi regla de fan y he mirado el setlist que me han dado en el sobre con las acreditaciones en la entrada–, y de repente me veo sobrecogido por un alud de sensaciones diferentes: por un lado, me siento como un miembro más del grupo al asistir al caos de sonido que impera de los altavoces hacia atrás, con guitarras que no suenan, baterías altísimas y la esperanza de que aquello se solucione pronto. Las primeras canciones para un técnico de sonido siempre son complicadas. Por otro, me horrorizan las palmas, que la gente empieza a ejecutar con el entusiasmo de haber venido a pasárselo bien: en un lugar con la acústica del Palau de la Música, donde un chasquido de dedos puede escucharse perfectamente desde la otra punta del recinto, tener a dos mil personas haciendo palmas a la vez es atronador. Atronador y un poco aterrador. Si ya escucho poca cosa, con las palmas es todavía peor.

Pero Mishima parecen acostumbrados a esto y ni siquiera se inmutan. Supongo que saben que el sonido mejorará, y que lo del público es un precio que hay que pagar, tampoco hay para tanto. David Caraben ejerce, sobre todo al principio y al final, de jefe de expedición. Se va dando la vuelta y mirando al resto de miembros –lo cual está bien porque así puedo verle de cara–, dice cosas y suelta consignas para aumentar la emoción. Tiene un carisma apabullante, y aunque su discurso es mucho más interesante fuera del escenario que en él, llena el espacio de frontman con creces. Y además tiene un pelo estupendo. Sin coronilla. Lo único que me da un poco de reparo es que toca con las gafas a la altura de media nariz, como si se le estuvieran a punto de caer constantemente. Si pudiera, yo se las subiría. Me hace sufrir un poco, no sé cómo decirlo.

A la segunda canción, The New Raemon se va, creo que en busca de algún lugar donde pueda verse más que un plano aéreo a lo Tarantino de las coronillas de los Mishima, y donde se escuche algo más que la batería, la voz y un poco de bajo. Suerte que me sé casi todas las letras de memoria, porque si no sería un drama tratar de reconocer cada tema sin tener que recurrir al setlist que me han dado (en el que, por cierto, hay algunos cambios). Es una perspectiva de concierto completamente nueva: hay un foco que de vez en cuando apunta a nuestros asientos, como si fuéramos parte de la noche, y cuando el público aplaude es muy raro, porque lo hace de cara a nosotros sin que hayamos hecho nada para merecerlo. Es como estar en un concierto como el que U2 hicieron en su gira 360º, solo que totalmente diferente. Zahara habla bastante por el WhatsApp, pero no miro qué dice (y eso que estoy bastante ocioso). En platea, es decir los mejores asientos del Palau, veo que hay dos lugares vacíos: uno en la segunda fila y otro hacia el final. Ahí seguro que se escucha bien, aunque en general me doy cuenta de que la gente es bastante inexpresiva. Cuando miras más arriba, en el primer y segundo piso, la estampa es aterradora. La segunda grada se amontona peligrosamente, ellos están tranquilamente sentados pero si les miras de frente parece que estén los unos subidos encima de los otros en una pared prácticamente recta, y que en algún momento u otro tengan que empezar a caer. Da un poco de miedo. Ellos también están encima del grupo, a su manera. Y encima los de más arriba ni ven el escenario, pobres. Entre el público hay muchas chicas. Y muchos novios. También está el chico de la cresta que hizo un vídeo y una fabulosa presentación a modo de fan/acosador del concierto de Los Planetas en el Palau el año pasado (creo que ya lo han retirado de Youtube). Yo voy mirando y apuntando cosas en mi iPhone, tapando un poco la pantalla para que no se pueda leer lo que apunto, que me da vergüenza.

Cada ovación es atronadora, lo cual demuestra lo bien sonorizado que está el Palau de la Música. Así cualquiera sale eufórico como si lo hubieran ovacionado.

Aunque Mishima, está claro, se lo merecen. Ya lo hemos explicado muchas veces aquí, pero son sin duda el mejor grupo de pop en catalán ahora mismo, tanto en un escenario como fuera de él. Y seguro que la gente anoche salió extremadamente contenta del concierto, porque una recta final apoteósica (con los hits uno detrás de otro) así lo mereció, y la memoria humana tiende a: a) recordar solo lo bueno; y b) recordar solo lo último. Así que pleno al quince. Salió Laetitia Sadier de Stereolab a cantar un par de canciones con ellos, luego Espaldamaceta rememoró el ‘momento Manel‘ del Apolo con una versión de ‘Dolor‘ en castellano (canción del segundo disco de Mishima que es muy bonita y muy triste a la vez, con la frase «no tinc pressa per deixar de pensar en tu» grabada a fuego), y en la primera parte del concierto Mishima se retiraron al fondo del escenario para hacer algunas canciones en formato acústico y a viva veu (entre ellas una versión en catalán de ‘Every Second‘), con la sensación de que, pues eso, se alejaban demasiado del público. Aunque sirviera para que les pudiera ver algo más que la espalda y la coronilla, y el momento del piano a tres fuera bonito. Hubiera sido mejor si lo hubieran hecho en el borde del escenario o algo así.

Pero donde el público enloqueció fue en la recta final del concierto, donde Mishima pusieron la directa y la cosa pareció arrancar de verdad. Fue encadenar unos cuantos hits del calibre de ‘L’olor de la nit‘, ‘Miquel a l’accés 14‘, ‘Quin n’ha begut‘ y ‘La tarda esclata‘ y la gente se ha desmelenado: palmas, la mitad de público que se levanta de su asiento (tapando a los de atrás y cosas así), los miembros del grupo también levantándose de sus sillas, gritos de «Caraben president» y demás. Con ‘Tot torna a començar‘ y su crescendo final, ese que tantas veces hemos escuchado y cantado y de todo, la comunión era absoluta, parecía que el Palau de la Música fuera a estallar de un momento a otro, y que durante el gran karaoke colectivo final empezarían a caer los de la segunda grada, Laetitia Sadier y Espaldamaceta se lanzarían a hacer crowdsourfing entre el público, el chico de la cresta invadiría el escenario para pedirle un autógrafo a Carabén, Zahara tiraría su iPhone a la multitud, los Mishima empezarían a destrozar sus instrumentos contra las gárgolas del Palau,… y yo saltaría encima del teclado del grupo, que lo tenía a tiro y, ostras, por una vez que estás encima de Mishima algo especial tienes que inventarte, ¿no?

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