13/02/2011

Visto lo visto el pasado miércoles, menuda lástima que Band of Horses nunca presentaran Cease To Begin en la Península. No tanto porque su segundo […]

Visto lo visto el pasado miércoles, menuda lástima que Band of Horses nunca presentaran Cease To Begin en la Península. No tanto porque su segundo trabajo sea superior al primero o al discutido tercero (que, insisto, a servidor le gusta un rato), sino porque cuatro años sin gozar del directo de una banda como la de Seattle es un lujo que por lo general no deberíamos permitirnos. Con cambios en la formación (ahora de cinco miembros perfectamente acoplados) y convertido en el referente de un grupo que trasciende el calificativo indie como concepto (que no como género), Ben Bridwell demostró en su regreso a Barcelona que las buenas maneras apuntadas en el Primavera Sound 2007 no fueron un espejismo, sino los primeros y certeros pasos de un sólido proyecto hoy transformado en una triunfante realidad. Sin embargo, al igual que en aquella ocasión, hubo pequeños fallos bien resueltos gracias a la simpatía y el buen hacer de la banda, que pese a todo, sigue teniendo en su espectacular repertorio (al fin y al cabo la madre de todos los huevos para un artista) la llave del éxito. Probablemente en el momento más dulce de su carrera y con una cartera de hits que impresiona, Band of Horses entregaron lo que un heterogéneo Apolo con el papel agotado desde hacía semanas pedía: hora y media larga de constante disfrute. ¿Indie mainstream? Si de esto se trata, bienvenido sea.

Las primeras notas que se escucharon en la sala fueron, no obstante, las de Mike Noga & The Gents. Noga, probablemente más conocido por ser el batería de ese sinónimo de calidad que son los australianos The Drones, fue un telonero de lo más agradecido. Humilde y dicharachero, supo estar en su sitio e introdujo el folk-americana que los caballos parecen empezar a abrazar con temas clásicos de guitarra, bajo y batería bien ejecutados, sobre todo con la ocasional presencia de la armónica. Rasgando su voz de manera admirable cuando la canción lo requería, versionó con solvencia al maestro Bob Dylan y arrancó varios aplausos en ‘All My Friends Are Alcoholics’ y en la contundente pieza final, que tuvo al orondo Ryan Monroe de BoH a los teclados. Hecho el calentamiento, tocó esperar menos de lo previsto, pues diez minutos antes de las 21:30 fijadas para el inicio del espectáculo aparecieron unos Band of Horses que arrancaron suaves con la dulzura de ‘For Annabelle’. El bajo, demasiado alto y distorsionado, restó más que sumó hasta el primer y madrugador momento culminante de la noche, una ‘The Great Salt Lake’ conmovedora y épica que recordó por qué Everything All The Time es un maravilloso debut. Que la máquina se estaba engrasando a toda velocidad quedó confirmado con ‘Bats’, un nuevo tema con un delicioso punteo, y con la contundencia de ‘Cigarettes, Wedding Bands’, magnífica, sonando incluso mejor que en la versión de estudio.

La parte central del concierto, la más sosegada quizás, alternó canciones de los tres discos del grupo hasta la fecha. Fue una demostración de que todos aguantan con entereza el paso del tiempo, de que ninguno es una obra menor y, lo mejor, dejó intuir que lo que quedaba por llegar iba a ser de órdago. Y lo fue (solo hace falta que le echen una ojeada al setlist más abajo para darse cuenta), hubo lluvia torrencial de himnos a partir de una ‘The General Specific’ que sin ser todo lo festiva que cabía esperar encendió la mecha que prendió a base de bien con ‘Laredo’, la canción de Infinite Arms más celebrada por el respetable. A partir de ahí, ni las discutibles proyecciones que acompañaban cada tema (a veces acertadamente bucólicas, a veces cercanas a un salvapantallas cutre de Windows) ni la por desgracia inevitable cuota de espectadores que no se callan ni debajo del agua estropearon la belleza infinita de ‘No One’s Gonna Love You’, el sentimiento de ‘Ode to LRC’ («the world is such a wonderful place») o la arrebatadora y liberadora ‘Wicked Gil’. Todo formaba parte del camino que, cómo no, desemboca en el cenit que guste o no es ‘The Funeral’. Sobre expuesta en series y anuncios, dan ganas de odiarla y dejarla en un segundo plano hasta que los primeros acordes y la voz de duende de Bridwell le hacen a uno rendirse a la gloriosa catarsis colectiva que sigue provocando la canción, tan viva en directo como el primer día.

Quedaba el bis, claro, el regalito que todos, tanto banda como audiencia, dan por hecho y que en grandes eventos nunca falta a la cita. Perdida la esperanza de escuchar esa obsesión llamada ‘Dilly’, que finalmente se quedó en el tintero, confiábamos en la aparición de ‘Our Swords’, que tampoco se produjo. Sí hubo tiempo para ‘Part One’, la tremenda e inesperada ‘Weed Party’ y, al final de todo, para ‘Is There a Ghost’, a priori el colofón perfecto de no haber sido por la maldita guitarra de Bridwell. El sonido de retorno (excesivo, al parecer), le desconcentró hasta tal punto que se equivocó de verso en dos ocasiones, lo que deslució en demasía la magia del tema, que nunca alcanzó la intensidad necesaria. Y entonces, en vez de parar y volver a empezar (no hubiera pasado nada, la verdad), la banda inexplicablemente optó por tirar millas y Bridwell, desprovisto de su instrumento, se agarró a su carisma y se echó al público para acabar coreando «mi casa» en vez de «my house» en medio de sonrisas y de una sincera expresión de disculpa por el contratiempo. No fue la mejor decisión de su vida, pero consiguió no empañar en exceso la actuación de unos excelentes Band of Horses que, por muy grandes que se hayan hecho, siguen sonando y pareciendo genuinos.

Setlist

For Annabelle (Trudy)
NW Apartment
Islands on the Coast
The Great Salt Lake
Bats
Cigarettes, Wedding Bands
Blue Beard
Compliments
Marry Song
Older
Factory
The First Song
Monsters
The General Specific
Laredo
No One’s Gonna Love You
Ode to LRC
Wicked Gil
The Funeral

(bis)

Part One
Weed Party
Is There a Ghost

Fotos: Xavier Mercader

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