21/01/2011

Joanna salía sonriente, muy sonriente, con vestido largo de llamativos colores y zapatos de tacón cuyos golpes en el suelo resonaron unos segundos. Asentía con […]

Joanna salía sonriente, muy sonriente, con vestido largo de llamativos colores y zapatos de tacón cuyos golpes en el suelo resonaron unos segundos. Asentía con la cabeza a modo de agradecimiento. Le seguía su banda de acompañamiento, observándola fijamente. Aplausos, y silencio. Se sentó dócilmente y cogió su arpa, con cuerdas rojas, grises y blancas, pero no empezó a cantar. El micro no quería quedarse en su sitio y tras un par de intentos para remediarlo, Joanna dijo su primera palabra de la noche: «help!«, espetada de forma cándida y hasta graciosa, mirando al lateral del escenario. Luego se dio cuenta de que el micro del arpa, su arpa, tampoco estaba donde debía, y su expresión de asombro se prolongó hasta que logró remediarlo. Ahora sí. Respiró. Saludó. Y todo empezó. Esa hora hora larga de vaivenes vocales, de folk mágico y jazz, de arreglos orquestales y desarrollos intrincados, de muecas y suspiros entre el público. Todo girando alrededor de Joanna, en el centro de todo, magnética, grácil, poderosa. En ella se fijaron todas las miradas, las del público, las de su banda, las de los técnicos. Y ella demostró que, sí, realmente es especial.

Bridges and Balloons‘, la primera canción de su primer y lejano disco, fue la que rompió el hielo, el aperitivo, la puesta a punto. Breve, concisa y hasta cierto punto sencilla. Y sirvió para descubrir el aura celestial que acompañaría a los diez temas restantes que llenarían hasta la esquina más recóndita del Palau de la Música en la siguiente hora. Un silencio sepulcral, una atención milimétrica, y detalles como la más absoluta atención de la banda que le acompañaba, en todo momento, en cada mirada. Inmediatamente después, presentación de la banda (un batería (Neal Morgan, que también ejerció de telonero con una curiosa muestra de ejercicios vocales y grabaciones en cassette), dos violinistas, un trombón, y, a los mandos de todo, Ryan Francesconi, que como la propia Joanna se encargó de explicar ha sido el responsable de los arreglos de Have One On Me, su último disco, además de la conversión de las canciones de dicho álbum al formato en directo que estábamos viendo).

Y luego, la magia. Una selección de canciones de sus tres discos (siguieron la colosal ‘Have One On Me‘, ‘Easy‘ o ‘Go Long‘), un momento para el respiro (los dos minutos de ‘Inflammatory Writ‘, de The Milk-Eyed Mender), Joanna que iba del arpa al piano y del piano al arpa, que decía lo encantada que estaba de tocar en tan precioso lugar, que erizaba bellos y desataba suspiros (y hasta lágrimas) a lo largo y ancho del entregado Palau. En ocasiones más cercana al jazz (especialmente cuando se sentaba al piano, caso de ‘Soft As Chalk‘, por ejemplo, con ejercicio instrumental final incluido), en otras mucho más sutil y delicada, probablemente el cenit del repertorio, complicado e hipnótico, llegó con ‘Emily‘, ese monumento de 12 minutos que inaugura su celebrado Ys, esa canción que condensa (aunque extensamente) todo lo que tiene Joanna dentro de sí: la voz aniñada, dulce y afectada del folk, los arreglos de orquesta que sobrevuelan la melodía principal, la explosión de intensidad que rompe la canción a la mitad, y su recta final, rebosante de esperanza y de misticismo natural. Y, al final, si prestabas atención, podías escuchar hasta el último rasgado de los dedos de Joanna en el arpa. Silencio. Aplausos.

En ese punto, con ‘Emily‘, la emoción se descargó hasta el límite de que no hubiera importado que la noche hubiera concluido allí. Cualquiera de las canciones interpretadas por Joanna Newsom y los suyos, y más concretamente esa, equivalían en intensidad emocional a conciertos completos, a giras enteras de otros artistas. Mantener la atención ante ocho minutos de canción, sin estribillos ni concesiones, resultaba algo natural. Fácil. Tal era la hipnosis. Pero es que hubo más, porque después de la tremenda ovación recibida, la banda abordó ‘Good Intentions Paving Company‘, de su último disco, en la que debía ser la canción que cerraba la noche sin contar con el bis. Un bis que, al contrario de lo que indicaba el setlist, no llegó con ‘Peach Plum Pear’ sino con ‘Baby Birch‘, otro de los temas más sobresalientes de Have One On Me, con su asombrosa fragilidad y desnudez hasta la mitad de la canción, momento en el que asoma una guitarra eléctrica, que poco a poco va creciendo. Y palmas, y coros conjuntos, y un final de eclosión conjunto que por inesperado fue todavía más impactante.

Pero es que luego hubo otra ovación, y esta duró tanto, tantísimo, fue tan larga, que Joanna (que al final de ‘Baby Birch‘ ya había recibido, un tanto sorprendida, un ramo de flores a cargo de algún miembro de la organización) tuvo que volver a salir. Esta vez sola, sin acompañantes. Y se volvió a sentar, con su arpa, y entonces sí, entonces arrancó el minuto y cuarenta y nueve segundos de ‘On A Good Day‘, triste y bonita, nana de amor y tragedia que nos hizo contener la respiración. Y terminó. Y ya nadie pidió nada más porque no había más que pedir. Y Joanna, que había salido sonriente, se fue sonriente, entre agradecimientos gestuales, después de habernos regalado once canciones de la mayor excelencia. «On a good day you can feel my love for you«.

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=QBToZzrNyvY[/youtube]

Setlist Joanna Newsom @ Palau de la Música

‘Bridges And Balloons’
‘Have One On Me’
‘Easy’
‘Go Long’
‘Inflammatory Writ’
‘Autumn’
‘Soft As Chalk’
‘Emily’
‘Good Intentions Paving Company’

‘Baby Birch’

‘On A Good Day’

Fotos: Xavier Mercader

Publicidad
Publicidad