28/12/2010

Inauguramos la última semana del año a lo grande. Después de haber desvelado los puestos de la lista internacional del 40 al 20, de haber […]

Inauguramos la última semana del año a lo grande. Después de haber desvelado los puestos de la lista internacional del 40 al 20, de haber encumbrado a Mishima en el Top 20 de álbumes estatales y de sudar sangre y lárgimas con tanta lista suelta, ha llegado el momento de la lista definitiva. ¿Cuál será el mejor álbum del año? El año que cierra la década y de tantas otras cosas que repasaremos en su debido momento (esperemos que antes del viernes). Porque imagino que estarán deseando entrar y ver cuáles son los 20 mejores discos internacionales para indiespot. Simplemente recordar por último que tienen a su disposición una lista de Spotify con la mayoría de los 40 discos que hemos seleccionado (una pena que ni nuestro primer ni segundo clasificado figuren en Spotify…), y que prometemos lista popular con discos o grupos que nos hayamos olvidado y que podrán votar en breve. Y sin más dilación…

20. Lali Puna – Our Inventions

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Lali Puna han tardado seis años para hacer… un disco esencialmente igual que el anterior, el idolatrado Faking the Books. Pero ya es lo que queríamos, porque a estas alturas, aparte de The Notwist, pocos grupos siguen creyendo en poder hacer indietronica reconfortante y de calidad, y eso es precisamente lo que Valerie Trebeljahr y los suyos han hecho con Our Inventions, diez canciones sólidas, gélidas, redondas, invernales y seductoras, que van desde la efectiva ‘Remember?‘ a ‘Everything Is Always‘ o ‘Safe Tomorrow‘, más discretas pero al mismo tiempo necesarias para el equilibrio. Y al final, entre la onírica ‘Our Inventions‘, la espídica (e instrumental) ‘Future Tense‘ o ‘That Day‘, el cuarto álbum de Lali Puna termina siendo una pequeña joya modesta, sin pretensiones pero que puedes escuchar prácticamente en cualquier momento y situación. Y a falta de The Postal Service… (Aleix)

19. Warpaint – The Fool

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La música de Warpaint (todo chicas) es fría y melódica; calmada y amplia. Y a pesar de todo, The Fool necesita volumen. Es un trabajo por el que hay que dejarse envolver, al que hay que dejar entrar como a una gripe deseada. Sin prisas. Sus nueve canciones se abren como las flores de los documentales caros, estirando los pétalos como con esfuerzo, pero una vez abiertas, hipnotizan. La primera, ‘Set Your Arms Down’ ya es una maravilla, brumosa, atmosférica, onírica y con ese final como de ritual. Aunque la primera que te engancha al álbum es ‘Undertow’, totalmente infecciosa con ese eco catedralíceo de las segundas voces, los agudos casi sensuales y la suerte de resentimiento lleno de amor que se destila la letra. Luego destacan ‘Composture’ y ‘Baby’, una preciosa nana de voz y acústica, sin artificio alguno (don’t you call anybody else baby, cos I’m your baby still…). Un debut de esos que  cuesta creer que lo sea. (Boluda)

18. Villagers – Becoming a Jackal

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“Mi amor es egoísta y no le importa a quién hace daño, te cortará entera para satisfacer su sed, en nombre de un ritual tan habitual como maldito”. Y es quizás en esa frase en la que Conor O’Brien te pone recto y te dice: ojo, sé lo que me hago, escucha bien. Podía uno intuirlo en la precisión infinita de ‘I Saw The Death’, con su contradicción arreglística (oscuridad y cascabeles), o quizás en la mecánica tenebrosa del ‘Ship Of Promeses’, donde el irlandés deja ya alguna frase de apuntarse en la libreta. Pero es en ‘The Meaning of the Ritual’, introducida por el sonido lejano de coches atravesando la autopista, cantada con una verdad infinita, sostenida en una guitarra acústica, su verdadero esqueleto, y arropada en un edredón orquestal, donde Becoming a Jackal te hace sacar el libreto. Para leer, por ejemplo, la letra de ‘Home’: “la madre prepara el arma antes de dársela al hijo… que mira a su padre correr”. Espectaculares, los textos hablan de la familia, del amor, de la amistad, de la vida. Atentos a ‘Set the Tigers Free’, sobre ese hombre que se marcha a pesar de las promesas (“el amor verdadero se alimenta de ausencia como el placer se alimenta del dolor…”), o a ‘Pieces’, cantada toda en la frontera del falsetto, como un camino de fuerza contenida que, aquí si, explota, se desgarra y termina convirtiendo al irlandés en un jackal que aúlla a pleno pulmón en una tormenta de guitarras. Les va a gustar. (Boluda)

17. Spoon – Transference

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Respeto enormemente a Spoon. Los texanos son una de esas bandas cuya trayectoria, más allá de fobias y filias, puede calificarse de intachable, coherente y ejemplar sin miedo a equivocarse. Con un estilo definido y afincado en el indie pop, siempre se han mantenido en esa deseada línea invisible que hay entre el estrellato indie y el anonimato mainstream. Lo suyo, más que los singles, son los discos, equilibrados, bien trabajados, sin apenas relleno. Por esto sorprende la fría acogida que ha tenido Transference, menos inmediato si quieren que Ga Ga Ga Ga Ga pero de un nivel similar y a la larga igualmente disfrutable. Es posible que muchos temas (obras de orfebrería repletas de pequeños detalles y, sin embargo, de apariencia simple) no cautiven de buenas a primeras, que licencias en forma de final abrupto a lo Portishead como el de ‘The Mistery Zone’ desconcierten y que la producción, a cargo de ellos mismos, no encandile por ser deliberadamente menos limpia de lo habitual (‘Before Destruction’, ‘Trouble Comes Running’) . Y qué. Ahí están maravillas como ‘Written In Reverse’, con los gritos de Britt Daniel que tanto nos gustan o los gloriosos chispazos de guitarra de la tensa ‘Got Nuffin’ para abrir la lata. Empezando por ellas es probable que acaben apreciando los medios tiempos (‘Who Makes Your Money’, ‘I Saw The Light’), las estructuras menos convencionales (‘Nobody Gets Me But You’) y en definitiva todo aquello que hace de Transference otro señor álbum. El enésimo de Spoon. Lo dicho, respeto infinito. (Arnau)

16. Menomena – Mines

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¿De verdad Menomena confían su sonido a un software casero? Pues sí, pero quién lo diría escuchando Mines. Sólo después de saberlo y de conocer más o menos el funcionamiento uno escucha el álbum buscando los loops delatores. Mines es un ejercicio de perfeccionismo instrumental, de contención en el sonido. Escuchen la primera, ‘Queen Black Acid’, con la batería a la izquierda, la guitarra a la derecha, el bajo terrible después y la distribución matemática de los elementos en los canales una vez la cosa se desarrolla. Pero que esto no nos despiste: Mines no está aquí por las matemáticas, sino por la música y por ser uno de los growers del año. Por cañonazos como ‘TAOS’ (¡qué puente!), en la que Brent Knopf nos confiesa que no es “the most cocksure guy” y en la que el trío de multiinstrumentistas de Portland (Oregón) derrocha saber hacer (atentos a los saxos). Enorme también‘Tithe’, que invierte casi dos minutos en una intro atmosférica y de pronto te apuñala: “gastando los mejores años de nuestra juventud tumbados en el suelo, como un trineo del que nadie tira… nada suena apetecible”. Y todavía nos queda toda la segunda mitad, con zarpazos como ‘BOTE’ (otra vez los saxos, el piano, las guitarras desgarradísimas), o medios tiempos magníficos como ‘Sleeping Beauty’ o ‘INTIL’, que cierra el álbum en seco y vuelve a desplegar otra magnífica colección de arreglos. Imprescindible un buen equipo para disfrutar del rango de frecuencias, de los agudos más altos del piano a los ya mencionados bajos terribles. Lo tienen en Spotify, sí, pero en nombre de la calidad de sonido… cómprenlo. (Boluda)

15. Jónsi – Go

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«Everytime, everyone, everything’s full of life, everyday, everywhere, people are so alive, we should all be alive!», dice la letra de ‘Animal Arithmetic’, segunda parada y segundo complejo vitamínico del primer disco en solitario de Jónsi Birgisson. Y al que no le entren ganas de salir corriendo detrás de los elefantes con esta canción quizás, precisamente, no esté vivo. Con una fórmula derivada sin duda de Sigur Ros, Go es épico (pero menos) y es trascendental (pero menos). En ‘Tornado’ Jónsi es capaz de hacernos volar a cámara lenta sobre una Tundra extraña, rebosante de vida, para justo después, en ‘Boi Lilikoi’, devolvernos al mundo de percusiones orgánicas de la canción que (medio) bautiza al álbum, al espacio inmenso, a la más oxigenante frondosidad sonora. Caigamos en un tópico: es un disco cinematográfico, de banda sonora de película tolkiana. Y nos encanta. (Boluda)

14. Foals – Total Life Forever

Portada submarina. Subítulo que denota un sonido especial. Auriculares colocados. Empieza ‘Blue Blood‘, con una guitarra arpegiada y la característica voz de Yannis Philippakis. Uno a uno, van sumándose los instrumentos: bajo, batería, arreglos electrónicos. Y, de pronto, estalla. Pero no tanto. Estalla con el ritmo sincopado que les encumbró en Antidotes, con las inflexiones vocales que definieron allí, con la euforia contenida que los puso en el candelero. Pero algo ha cambiado: esto suena a maduro. Como si Antidotes fuese un arrebato de rabia juvenil, Total Life Forever es ese grupo después de haber hecho una reflexión acerca de cómo quieren sonar. Y el resultado ha sido que quieren sonar más sinfónicos, más grandiosos, pero sin perder las señas de identidad. Y eso es Total Life Forever. Eso es ‘Miami‘, un pildorazo pop como pocos, con tensión, músculo y contundencia, pero sin el descontrol de ‘Cassius‘ o ‘Balloons‘. Eso son ‘Total Life Forever‘ o ‘This Orient‘ (¡qué estribillo!), canciones que subidas de revoluciones podrían haber encajado en Antidotes pero aquí pierden en ataque frontal y ganan en profundidad y en aguante a base de escuchas. Y por eso ‘Spanish Sahara‘ costó tanto a priori: esperábamos algo parecido al primer disco, y Foals volvieron al ruedo con esta canción y sus postulados más cercanos al post-rock, con un crescendo que ahora solo puede calificarse de maravilloso para arriba pero que en su momento, cuando esperas la gran explosión, te sabe a poco. Y con el tiempo, cuando asimilas la canción, entiendes que en la contención también está el impacto y que para explosiones ya tenemos a ‘Antidotes‘. Escuchen ‘After Glow‘ (electrónica, sugerente, y posiblemente con el final más explosivo del disco), la tremendamente Radiohead (¿cuándo ha sido eso malo?) ‘2 Trees‘, o la concluyente ‘What Remains‘, cargas puras de emoción y un cierto simfonismo pop, y con el tiempo acabarán rendidos a este segundo disco de Foals. El álbum a reivindicar de este 2010. (Aleix)

13. Vampire Weekend – Contra

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Que el segundo disco de Vampire Weekend, el esperado Contra, saliera a principios del año que ya acaba, ha jugado a su contra y a su favor. A su contra porque suele pasar que olvidamos los discos que tenemos menos frescos o que a base de escuchas se han ido desgatando un poco; y a su favor porque hemos tenido tiempo de sobra para asimilar las 10 canciones de Contra y para aceptar que se trata de un grandísimo álbum. Vale que la evolución insinuada en el tema de avance, ‘Horchata‘ (percusiones afiladas y sonidos nuevos), no se hace patente en el resto del disco, que más bien tira por los derroteros marcados por el debut, pero la continuación de Vampire Weekend tiene lo que necesita: hits a raudales (‘Holiday‘, ‘Cousins‘, ‘White Sky‘, la sorprendente ‘Giving Up The Gun‘), aromas étnicos (‘Diplomat’s Son‘), un par de pausas necesarias a mitad del recorrido (‘Taxi Cab‘, ‘Run‘) y un emotivo cierre (la maravillosa ‘I Think You’re a Contra‘, sencilla y sincera). Un disco, en definitiva, redondo, y mucho más planeado de lo que parece. Una pena que la chica de la portada haya perturbado un poco el gran año de Vampire Weekend con la demanda sobre su fotografía ilustrando uno de los discos del año. (Aleix)

12. Best Coast – Crazy For You

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Pop, sol, mar y juventud. Por mucho que digan y que nos decepcionara recientemente el directo de Best Coast, estos son los ingredientes principales de sus canciones y, por tanto, de su primer disco, el efectivísimo Crazy For You. Y, ya lo dijimos en su día e incluso cuando salimos confundidos de su concierto: el disco sigue siendo genial. Desde la inicial ‘Boyfriend‘, de aire más pausado y a modo de vaivén de las olas, a la final ‘When I’m With You‘, a estas alturas su mayor himno e incluida aquí a modo de regalo para sus fans (menudo temazo y menuda declaración de amor incondicional), el tramo restante apenas tiene altibajos, jugando tanto con los hits espléndidos (‘Crazy For You‘, ‘When The Sun Don’t Shine‘, ‘Happy‘) como con los estribillos coreables a lo hooligan (‘The End‘, ‘Bratty B‘, ‘Each & Everyday‘) y las baladas (la trabajada ‘Goodbye‘, ‘Our Deal‘, ‘I Want To‘), con lo que en conjunto el repertorio de Crazy For You es sencillamente imparable. Coros, letras que hablan de amores adolescentes, guitarras destartaladas y aroma lo-fi. Y todo en cápsulas que nunca llegan siquiera a los tres minutos. Nunca la felicidad había llegado tan rápido. (Aleix)

11. Surfer Blood – Astro Coast

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A veces se necesita de una actuación en directo para formarse una opinión fundamentada sobre un grupo. Es lo que podría considerarse como el punto de inflexión. Ver cómo un álbum, sus canciones, se comportan encima de un escenario puede cambiar totalmente la percepción que se tiene de éstas, puede darles otra dimensión o, en el peor de los casos, condenarlas al ostracismo. Con los norteamericanos Surfer Blood, banda novel influenciada por monstruos de sol y playa como The Beach Boys y Pavement, sucedió lo primero. Perjudicados por la cada vez más dañina etiqueta de hype, servidor no supo apreciar las grandes virtudes de Astro Coast hasta que lo conoció en persona en el Primavera Sound 2010. Allí, en el escenario Pitchfork, cambió todo. Quizás fue el chorro de voz sin fondo de John Paul Pitts en la poderosísima ‘Swim’ (su temazo en mayúsculas), los riffs de ‘Fast Jabroni’ y ‘Twin Peaks’, el buen rollo de ‘Take It Easy’ o lo compactos que suenan en ‘Floating Vibes’ y ‘Anchorage’. Fuera como fuera, de repente su debut se alzó majestuoso ante mí y, a modo de revelación, por fin pude ver las palmeras, el mar, todo el surf del que muchos hablaban y que entraña el indie rock de los de Florida. Me gustaron tanto que desde entonces reivindico a Surfer Blood como la gran promesa de 2010. Siete meses después sigo en mis trece, así que denme un voto de confianza y háganme caso: no les pierdan la pista. (Arnau)

10. Superchunk – Majesty Shredding

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El regreso a la actividad de Superchunk ha sido sin duda una de las mejores noticias de 2010. Como si hubieran estado casi una década guardados en formol, los de Mac McCaughan han protagonizado un retorno triunfal primero a los escenarios (aplastante su concierto en el pasado Primavera Sound) y luego al estudio con Majesty Shredding, una nueva colección de once canciones robustas, guitarreras y vitales como las de antaño. Que las primeras canas y arrugas les sientan estupendamente queda patente nada más empezar. ‘Digging For Something’, hit de la vida, exhibe un estado de forma pletórico y demuestra que si dominas un género como el punk-rock de la manera que lo hace Superchunk el continuismo es el camino a seguir. Nada de cambios, por favor, sino canciones furiosas y melódicas como ‘My Gap Feels Weird’, segundo acierto y más caña para el cuerpo. O como las un pelín más sosegadas ‘Rosemarie’ y ‘Crossed Wires’ , que reconfirman lo que ya sabíamos, que los noventa fueron una época dorada para la música y que es necesario revisitarla de vez en cuando. ‘Fractures In Plaster’, con la novedosa y adecuada presencia de violines, ‘Learned To Surf’, ‘Rope Light’ o la postrera ‘Everything At Once’ mantienen el altísimo nivel y obligan al oyente a rendirse a la evidencia: Majesty Shredding no tiene parangón en lo que a energía, inmediatez y entretenimiento se refiere. Era necesario. Tiene narices que una panda de cuarentones tenga que volver del limbo para recordarnos lo que es ser jóvenes. ¡Rebienvenidos! (Arnau)

9. Titus Andronicus – The Monitor

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No sabría decirles cuántas veces habré escuchado el comienzo de ‘A More Perfect Union’, cuántas veces me habré puesto en la piel de un soldado con las solemnes palabras de Abraham Lincoln (“If destruction be our lot we ourselves must be its author and finisher. As a nation of free men, we will live forever, or die by suicide”) y cuántas veces habré deseado salir al campo de batalla empujado por la voz de cazalla de Patrick Stickles cuando, ayudado por la furia de su banda, desata la locura. Precisamente una locura podría considerarse el segundo álbum de Titus Andronicus, banda de punk-rock de Nueva Jersey que toma el nombre de una de las primeras y más sanguinarias tragedias escritas por William Shakespeare. Una locura porque consigue llevar a buen puerto un proyecto monumental que en la mayoría de manos habría fracasado estrepitosamente (¿qué es sino un disco conceptual de 65 minutos de duración concebido como una epopeya bélica que, a partir de analogías de la Guerra Civil norteamericana, explica las dificultades de la vida moderna en el mundo occidental?). Esto no sucede en The Monitor, brillante y ambicioso ejercicio de furia punk, rock tabernero con coros etílicos y épica contagiosa que hace que, entrado en materia, uno se sorprenda gritando a viva voz sentencias del calibre de “The enemy is everywhere!”, “You will always be a loser!” o “Baby, we were born to die!”. Las largas piezas que lo componen encajan con naturalidad y la guerra transcurre atravesando pasajes memorables que dejan huella (‘Richard II…’, ‘A Pot In Which To Piss’, ‘Four Score and Seven’) hasta desembocar en la apoteósica batalla final que es ‘The Battle Of Hampton Roads’. Catorce minutos de infatigable lucha, incontables penurias y esfuerzos titánicos que culminan con el anhelado sonido de las gaitas anunciando la victoria. Ha costado pero ya está, el enemigo ha sido aniquilado, la guerra es suya. Titus Andronicus han triunfado. (Arnau)

8. No Age – Everything in Between

No es una sorpresa porque nos lo avisaron en Losing Feeling, el EP que publicaron en 2009 con cuatro balazos grandiosos: los No Age de 2010 no son los de Nouns, los del inconmensurable Nous. Pero que no cunda el pánico porque estos No Age también disparan lo suyo, aunque sea más en clave ruidista que punk. Para empezar, a Randy Randall y Dean Allen Spunt en directo se les ha unido un tercer miembro ocupado de las programaciones, con lo que a cambio de perder la magia de la formación a dúo (guitarra y batería) han ganado en complejidad instrumental, con unas bases electrónicas que se amoldan como un guante a las estructuras ondulantes y cada vez más shoegaze de sus canciones. Y eso, claro, tiene su traducción más inmediata en Everything in Between, donde No Age cantan un poco mejor, componen un poco mejor y han perdido esa inmediatez de ‘Eraser‘ o ‘Teen Creeps‘. A cambio, lo de siempre: canciones a las que dar vueltas, de las que se quedan rondando por la cabeza, caso de la inicial ‘Life Prowler‘. A partir de ahí, los pildorazos se suceden en orden y sin parar: ‘Glitter‘, ‘Fever Dreaming‘ y ‘Depletion‘ forman un trío ganador, de aquellos que llenan de euforia a uno hasta convencerle de que está ante un señor discazo. Y claro, si Everything in Between está en esta posición es porque lo que le sigue está más que a la altura, y donde No Age más se dedican a jugar, con resultados siempre convincentes: cercanos al folk-pop en ‘Common Heat‘, oníricos en el trío de intervalo instrumental formado por ‘Sorts‘, ‘Dusted‘ y ‘Positive Amputation‘ y contundentes en ‘Valley Hump Crash‘ y ‘Shed and Trascend‘, para cerrar con la popera ‘Chem Trails‘, que podrían haber hecho los mismísimos Pavement. Para escuchar en bucle con auriculares y regocijarse en su ampulosa oscuridad. (Aleix)

7. LCD Soundsystem – This Is Happening

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Qué apropiado me parece el título del tercero disco de LCD Soundsystem. This Is Happening, (esto) está pasando, así en gerundio, para dejar claro que la deseada simbiosis entre punk, indie, pop, electrónica y música de baile se encuentra ahora mismo en un momento esplendoroso. Para aparcar también la constante cantinela de que estamos ante el último trabajo de la banda liderada por James Murphy, algo que no es nuevo y que si bien ha insinuado en varias ocasiones nunca ha afirmado con rotundidad. Así pues, carpe diem, disfrutemos del momento y centrémonos en lo que está pasando. Y lo que está pasando es que los neoyorquinos siguen igual que siempre, es decir, en un estado de gracia superlativo, prolongando su pleno al quince particular. Tres de tres, estrellato ya indiscutible y el título de pioneros/reyes del dance-punk amén de un directo apabullante. Normal cuando tienes una facilidad innata para crear himnos y encima varías la fórmula mínimamente casando a la perfección el nervio de tu trabajo de debut con la exquisita sobriedad de Sound Of Silver. Entonces los resultados saltan a la vista: ‘Dance Yrself Clean’ se revela gigante con la demoledora irrupción del bajo a los 3’06’’, ‘Drunk Girls’ es el paradigma de single fiestero, el toque new wave de ‘I Can Change’ engancha cosa mala y la aproximación al pop con voz anestesiada que, recordando a ‘All My Friends’, hace ‘All I Want’ vuelve a emocionar. Por no mencionar la ironía que rezuma ‘You Wanted A Hit’ (inmediatamente remixada por 2manydjs), el groove de ‘Pow Pow’, el rollo disco-funk de ‘One Touch’ o los largos y optimistas desarrollos en la final ‘Home’. Una nueva virguería que aumenta el legado de LCD Soundsystem, unos revolucionarios que hagan lo que hagan ya tienen ganado un lugar preferente en la historia de la música. James, eres un jodido genio. (Arnau)

6. Deerhunter – Halcyon Digest

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Este disco tiene algo maravilloso. Uno se lo pone y reverbera con el bajo de ‘Earthquake’, disfruta con el perezoso embrollo melódico de ‘Don’t Cry’ y se sonríe con esa canción triste/alegre que es ‘Revival’, con sus acordes de banjo, sus voces dobladas, su extraño lo-fi que no lo es. Sale a navegar luego por el lago brumoso de ‘Sailing’, con su letra de confesionario y ese rumor de tormenta que se intuye al fondo. Revive con el chorro incontenible de color, con la descarga de pop azucarado de ‘Memory Boy’ y termina por desembarcar en una de las canciones del año, ‘Desire Lines’, con ese principio a lo ‘Rebellion (Lies)‘, ese desarrollo sólido, de tren a vapor cruzando la meseta, chucu-chucu, y esa oda a lo simple y a la vez lo sublime que es el bucle escalado de guitarras que se enredan en una orgía de buen gusto. Y llegado allí, al súmmum del ecuador, al deleite total, uno se dice: ya está. No importa lo que quede. Esto era lo mejor. Ahora ha de venir la necesaria relajación. El pseudorelleno. No se puede mantener el nivel. No se puede. Pero entonces empieza a sonar ‘Basement Scene’ con su «I don’t wanna get old…» y dices, bueno, estertores, gracias. La siguiente ya tiene que bajar. Pero la siguiente es ‘Helicopter‘, y se te encoje el estómago con el «no one cares for me, I keep no company…»; y te la vuelves a poner, y sabes que es otra cumbre, otra joya para la corona de Bradford Cox. Y al poco, cuando te quieres dar cuenta, estás atrapado en la guerra de saxos de ‘Coronado‘, a punto de caramelo de un cierre mágico. Sin aliento y sólo con ganas de volver a empezar. Una pasada. (Boluda)

5. Joanna Newsom – Have One On Me

Joanna Newsom es una chica de 28 años nacida en Nevada City, California. Toca el arpa. A veces parece un hada, tiene el pelo muy largo y hace unas muecas muy peculiares cuando canta. Joanna Newsom sacó un disco normal en 2004, The Milk-Eyed Mender, con canciones de duración normal que hechizaban por su voz aniñada y su lirismo hipnótico. Luego, dos años después, sacó un disco de cinco canciones que, curiosamente, casi duraba más que el primero. Ys, uno de los trabajos de la década. Y luego Joanna se sentó y se dijo a sí misma: «No, voy a hacer algo más grande«. Todavía más. Así que hizo tres Ys. Tres discos enteros. Tardó cinco años en lograrlo. Un álbum triple que tituló Have One On Me, en el que incluyó 18 canciones y en el que le cupo todo: un single maravilloso (‘81‘), una breve canción de cuna (‘On A Good Day‘), piezas extraordinarias (‘Baby Birch‘, ‘Good Intentions Paving Company‘, ‘Occident‘), experimentos sonoros (la amalgama de vientos y cuerdas en ‘You And Me, Bess‘), y la reconciliación con el piano (‘Easy‘). Y el hada salió del bosque y nos regaló 18 cuentos para días, meses, años. Podría estar otro lustro más preparando su próximo disco que seguiríamos descubriendo nuevas inflexiones en Joanna, seguiríamos indagando en los ¡once! minutos de ‘Have One On Me‘, la monumental pieza que casi nos recibe en el primero de los EPs; o disfrutando una y otra vez de la sencillez desnuda de ‘Jackrabbits‘ y la exuberancia prodigiosa de ‘Soft As Chalk‘. 18 canciones no aptas para una única escucha. De disco en disco, de seis en seis. Digestión lenta, enamoramiento progresivo. Dos horas y dos minutos de música para toda una vida. (Aleix)

4. Beach House – Teen Dream

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Allá voy: Teen Dream es, en sí mismo, un disco perfecto. Redondo. De principio a fin. Magistral. Digo lo de ‘en sí mismo’ porque es así como deben entenderse las diez canciones que comprende. No es el disco perfecto, sino un disco perfecto, uno que juega bien sus cartas en todo momento, que sabe bien, dónde tiene sus limites y dónde da los mejores golpes, así que se limita a darlos una y otra vez hasta noquear al oyente. Teen Dream es un círculo cerrado, que se abre con ‘Zebra‘ y se cierra con ‘Take Care‘ pero que en realidad no tiene ni principio ni final porque es un continuo constante, en el que la uniformidad es la piedra angular. Dotar al conjunto de un sentido propio, en sí mismo, es lo que han conseguido Beach House, Victoria y Alex, con su tercer disco. Y así, bajo las atmósferas etéreas, las melodías sinuosas y la poderosa, poderosísima voz de Victoria Legrand (¿recuerdan aquel concierto?) se tejen canciones directamente memorables, como ese susurro de ‘Norway‘ que desemboca en el estribillo vocal más delicioso, como la inesperada aspereza de ‘Real Love‘, como la perfección hecha canción en forma de ‘Walk In The Park‘. Como un sueño que se da una y otra vez pero que es el mejor de los sueños, como el paseo que repetirías todos los días sin cansarte, como ese día que querrías alargar hasta el infinito. Teen Dream ha llegado para quedarse. (Aleix)

3. The National – High Violet

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Duele ver a The National en el tercer puesto de la lista. En serio. No porque otros dos extraordinarios trabajos no merezcan superar el suyo en el podio, que quizás sí (o quizás no), sino porque su quinto disco, su tercera obra de arte consecutiva, High Violet, es tan maravilloso, tan magnético, está tan bien escrito y musicado que debería llevarse todos los premios habidos y por haber. En serio. Que su mayor defecto sea una nimiedad como haber optado por una versión menos épica de ‘Terrible Love’ da una idea del grado de sublimidad por el que estos chicos se mueven. De no haber escuchado el mítico directo en la tele americana nadie objetaría un solo acorde del amor terrible al que canta Matt Berninger, la voz que tras un muro de sonido comienza a tejer una fantasmagórica telaraña de desazón en ‘Sorrow’ que conmueve cada vez que repite eso de “I don’t want to get over you”. Por ahí van los tiros también en ‘Anyone’s Ghost’, relato de obsesión, pérdida y soledad dominado por la enorme presencia de la batería de Bryan Devendorf, uno de los protagonistas de High Violet. El tormento de un Berninger al borde de la esquizofrenia continúa en ‘Afraid Of Everyone’, cuyo final deja entrever los excelsos arreglos de cuerda y viento que convierten ‘Bloodbuzz Ohio’ en una de las canciones insignia de The National, en el cuadro que siempre han querido pintar. A su lado, la delicadeza de la melodía en ‘Lemonworld’, exquisitamente agridulce, queda injustamente empequeñecida aún y siendo tan hermosa como sus hermanas. Hagan un alto en el camino, pues, y vuélvanla a escuchar antes de llegar a ‘Runaway’, donde el tiempo se detiene durante cinco minutos. Desgarradora, pausada y oscura, su belleza reside en la resignación que transmite, en esa no lucha ante lo inevitable, en ese dejar que suceda lo que tenga que suceder que remueve las entrañas y hace un nudo en el estómago. Y casi por último la traca, el piano de ‘England’, el hilo conductor que va sumando instrumentos hasta que a los 3’53’’ la trompeta da paso al minuto largo más sobrecogedor que el año 2010 nos ha regalado. Gloria bendita que se extingue lentamente mientras ‘Vanderlyle Crybaby Geeks’ proclama la coronación definitiva de The National, dejando en el aire la sensación de que, al fin, el trabajo bien hecho ha sido recompensado. No tendrán el número uno, pero para los que llevamos tiempo siguiéndoles (y sabemos lo que les ha costado alcanzar la cima) verles reinar es un orgullo incomparable. (Arnau)

2. Sufjan Stevens – The Age of Adz

Es de justicia poética que sea un servidor quien escriba esto. Viajen conmigo hasta al 27 de Agosto, al calor, a la pájara. Ese día el que escribe dijo que ‘I Walked’ le dejaba “un poco así”. ¿Falta de visión? ¿Intuición atrofiada? A los pocos días, en los comentarios, cauto, reculaba: “me voy dejando querer”. Y pasadas unas semanas, gin tonic en mano, le imploraba a Aleix que cerrásemos con ese tema nuestra sesión en La [2] de Apolo. ¿Qué había pasado entre medias? Pues una maravillosa floración marciana. Un improbable proceso de seducción. Un sometimiento paso a paso al talento. Porque sí, tras el shock inicial, tras el “pero qué coño ha hecho”, tras la asunción de que este no sería otro disco de folk para honrar el altar del banjo, llegó la escucha limpia. Y en esa escucha, despojada de Michigans, Illinoises y Delighted PeoplesThe Age of Adz brilló como la estrella que es. Un disco no temático, pese al amago conceptual de Royal Robertson. Un disco de canciones sin excusas. Un disco en el que Stevens habla de si, en el que no se esconde tras estados ni se oculta tras personajes. Aquí es él, Sufjan Stevens, cubiéndose la cabeza con las sábanas en ‘Futile Devices’, cabalgando el engranaje crepitante de ‘Too Much’, hablando de él, del amor, de la enfermedad, de la vida. Y mientras, todos, atónitos, buscándole la etiqueta al engendro: folktrónica, folk marciano, gospel electrónico. Describiendo objetivamente la mezcla, como científicos, elemento por elemento: los coros, las flautas, las palmas, las programaciones… Tratando de clasificar lo inclasificable y olvidándonos en el camino de lo esencial: que se nos eriza el vello cuando ‘Get Real Get Right’ se desploma en el minuto tres, que tenemos alojada ‘Vesuvius’ en la espina dorsal y que cuando crece no podemos no decir “fire of fire”, que queremos explotar con ‘I Want To Be Well’, que sí (de verdad) llegamos al final de ‘Impossible Soul’ con su “Girl, I want nothing less than pleasure” y que, que sea lo que sea esto, sea lo que sea, es arte, del bueno, del que queda, del que crece y del que te gana. Y ya está. (Boluda)

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