17/11/2010

Precisión, pulcritud y luz. Sudor, movimientos espásmicos, y oscuridad. El pasado sábado 13 de noviembre, a pocos metros de distancia, dos de los grupos actuales […]

Precisión, pulcritud y luz. Sudor, movimientos espásmicos, y oscuridad. El pasado sábado 13 de noviembre, a pocos metros de distancia, dos de los grupos actuales que más dan que hablar (ambos ocupan portadas, posts y seguidores en todo el mundo) se subían al escenario prácticamente al mismo tiempo. A un lado, en el bando de los consagrados, Vampire Weekend en su tercera visita a España de este 2010 (después de la de febrero a Barcelona y la de julio al FIB 2010). Sold out. Al otro, la revelación del año, unos The Drums que habían abrumado al personal ya en el Primavera Sound 2010 y habían protagonizado uno de esos fenómenos difíciles de prever (la sala inicial donde debían tocar, BeCool, tiene un aforo de unas 400 personas; al final tocaron en Razzmatazz 2, con casi 1000). Sold out. Y (aquí viene lo interesante) el caso es que Vampire Weekend y The Drums escenificaron, sin quererlo, dos maneras opuestas de entender el pop actual. Los de Ezra Koening, todavía en la gira de presentación del fantástico Contra, basan sus directos en la precisión más milimétrica, en las canciones tal como fueron concebidas, tal como suenan en directo. Y convencen. Suenan bien, a grupo rodado, con un espectáculo preciso y con las dosis de simpatía y concesiones al público justas. No suelen fallar (salvo, precisamente, en Barcelona, donde Vampire Weekend terminaron su concierto antes de tiempo por problemas de voz del cantante Ezra). The Drums, por su parte, suenan sucios, contundentes e intensos, en contraposición con el sonido aparentemente inocente de su debut, The Drums. Desde la inicial ‘Best Friend‘, el cantante y frontman Jonathan Pierce, también conocido como el Guti de la música indie, se deja la piel en el escenario. Tan es así que ni siquiera intenta cantar bien ni dar con las notas adecuadas en cada momento. Pero todo lo que pierde en afinación lo gana en intensidad, en empatía para transmitir canciones que hablan de juventud (en su vertiente más amplia) y que en directo recuerdan mucho más a Joy Division de lo que en un principio aparenta.

Y vaya por delante que servidor sólo estuvo en el concierto de The Drums este sábado, pero los comentarios procedentes del concierto de Vampire Weekend siguen certificando esto: pese a que en disco ambos grupos puedan sonar similares por una producción más o menos limpia y unas canciones enfocadas claramente hacia la melodía, encima del escenario son dos mundos distintos. Así, los polos y chalecos vestidos impolutamente por los miembros de Vampire Weekend denotan claramente esa actitud más bien tranquila y estudiada, mientras que la chaqueta de chandal que Pierce no se quitó hasta bien entrado el concierto le ubica en el lado de los salvajes, del exceso desde el primer minuto. De hecho, la impresión inicial cuando el propio Pierce asalta el escenario casi desbocado después de una breve introducción al son de ‘Best Friend‘ es de estupor. Una melodía aparentemente feliz es derrocada por unas guitarras que casi la ahogan (el grupo en directo consta de batería, voz y dos guitarras; el resto es pregrabado), y encima de eso la voz, más rota y menos melódica, parece que se dedique a destripar el conjunto. ¿Qué está pasando?

Y es aquí donde The Drums convencen, aunque el choque inicial cueste de asimilar a los que veían en sus canciones un trozo de verano y juventud feliz. Están más cerca de Joy Division o The Smiths que de Beach Boys y el pop refinado, por muchos coros que añadan (y que en directo prácticamente desaparecen). Cuando el shock inicial ya pasa a ser costumbre, ‘I Felt Stupid‘, la cuarta del setlist, te sorprende diciendo ‘Pues en directo suena casi mejor que en disco‘ y cuando minutos después llega ‘Let’s Go Surfing‘ ya has subido del todo al carro y te dejas llevar, porque, reconozcámoslo, un grupo que toca su mayor hit en la primera parte del concierto los tiene buen puestos y demuestra no ir a lo fácil. Así que The Drums te han ganado, pese a que el sonido del directo sea chapucero (seguramente agradezcan parte de ello a la acústica de Razzmatazz 2) y pese a que el hit final antes del bis, la pegadiza ‘Forever and Ever Amen‘ sea de las pocas que pierda con esa transfusión de sangre hiperactiva con la que The Drums dotan a sus canciones en directo.

No sólo eso, sino también el hecho de que terminan con ‘Down By The Water‘, un tema lento, oscuro y denso, que suena a gloria para un grupo que acaba de llegar y que precisamente empieza a saborear las mieles del éxito. The Drums van al 200%: acaban de perder a un guitarra, en directo mutan a una banda casi de rock, y encima tienen el valor de terminar su concierto con un medio tiempo. Totalmente suyos.

Y al otro lado, a pocos metros de distancia, el público de Vampire Weekend seguía confundido porque no tocaran ‘Horchata‘ y el grupo acortara su actuación sin dar ninguna explicación (Ezra ya la ha dado, en Twitter). Sensaciones diferentes. No se trata, en definitiva, de tratar de establecer ganadores y perdedores. Aquí salieron ganando todos (o casi). Sólo que algunos descargaron mucha más adrenalina que otros, y es curioso que polos tan opuestos de un mismo dibuje se encuentren a tan pocos metros de distancia. Da que pensar.

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