10/10/2010

Rooom no es un espectáculo al que se deba ir recién salido del trabajo y habiendo dormido una hora la noche anterior. Vaya esto por […]

Rooom no es un espectáculo al que se deba ir recién salido del trabajo y habiendo dormido una hora la noche anterior. Vaya esto por delante. Esta propuesta de Standstill es exigente con el espectador. Puede uno ir allí, sentarse, verles sentados, escuchar las canciones, emocionarse más o menos con ellas, levantarse y marcharse a casa habiendo exprimido la entrada poco o nada. Ir y no someterse a la hipnosis es tontería. En Rooom los tres retroproyectores se convierten también en narradores brillantes, en intérpretes, en bifurcadores de letras y en cómplices de espectador atento. También la actitud de Montefusco y compañía, todos sentados, todos dignos, todos silenciosos, tiñe la cita con un toque litúrgico poco propio de una banda con ese sonido. El público, también sentado, aplaude como toca aplaudir en un teatro. Sin gritos ni pedidas. Ya saben qué van a escuchar: Adelante Bonaparte de copa de sombrero a punta de la bota. Tres partes para tres EP’s. Algo más de una hora de viaje a un paisaje bañado siempre de esa melancolía rara que destila la voz de Montefusco (que, por cierto, salvó con calma y buen humor los numerosos fallos técnicos de la noche). Sobre el escenario, estremecedora ‘Vida normal‘, con ese mensaje «bien cabrón», que diría un amigo. Aunque el momento más mágico llegó casi al final, al comienzo de la tercera parte, ‘Cuando ella toca el piano‘. En las imágenes, una hoguera en centro y al lado, un primer plano contrapicado de Montefusco. Y en la sala ni un suspiro. Hasta que muchos, al final, no pudieron evitar sumarse con un susurro al «vivo en una ciudad que está enferma». Hubo puesta en pie y ovación. Cómo se agradecen noches así de vez en cuando. (La imagen no es del concierto de Madrid).

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