24/07/2010

El fin de semana pasado tenía lugar el FIB menos apetecible de los últimos años. Este año dolía más que ninguno soltar la billetada de […]

El fin de semana pasado tenía lugar el FIB menos apetecible de los últimos años. Este año dolía más que ninguno soltar la billetada de rigor visto el cartel, que aunque mejoró al final, no ha estado a la altura de otros años (a pesar de la buena clase media: Foals, Dirty Projectors…). El caso es que a 1.000 kilómetros al oeste de Castellón, en la otra orilla de la Península, a tiro de piedra de Lisboa, un festival más modesto proponía algunos de los grandes nombres del FIB y añadía además un cabeza de cartel merecedor de tal nombre: Prince. El Super Bock Super Rock ha tenido este año poco que envidiarle a su hermano mediterráneo. Tres días de música a dos pasos de la playa con sus tres días de camping, cerveza a precios populares y cantidades ingentes de polvo en suspensión por el módico precio de 70. Servidor estuvo allí y es como para pensárselo (Foto original: RFBP)
Antes de nada, un extracto del cartel. En negrita lo que compartía con el FIB.

Viernes
Pet Shop Boys
Cut Copy
Jaimie Lidell
Beach House
Grizzley Bear
St. Vicent
Richie Hawtin

Sábado
Letfield
Hot Chip
Vampire Weekend
Julian Casablancas
Patrick Watson
Ricardo Villalobos

Domingo
The National
Spoon
Stereophonics
Wild Beasts
The John Butler Trio
Sharon Jones & The Dap Kings
Prince
Laurent Garnier…

El primer día servidor se pudo quitar el mono de Grizzley Bear (son buenos los chavales…), a quienes tuvimos que sacrificar en el Primavera en favor de The Antlers, y pudo relativizar la euforia periodística que suscitó en el mismo festival la actuación de Pet Shop Boys, que serán mis manías o mi ignorancia, pero me parece una horterada intragable.

El sábado el plato fuerte sin duda fue Vampire Weekend, que dieron un concierto enorme. La mayoría del público sólo vibró con los temazos (‘A-Punk’, ‘Cousins’…), pero esos momentos fueron impagables. Más tarde, Hot Chip mantuvieron alto el listón y dejaron bastante agotados a quienes todavía creían tener fuerzas para pasarse por la sesión de Villalobos. Antes habíamos visto al bueno de Julian Casablancas dar un concierto a la altura de su álbum en solitario, es decir, no muy bueno. Tuvo que tocar más de una de The Strokes y fue ahí donde más aplausos cosechó, algo tan previsible como sintomático de la acogida de su spin off.

Aunque, sin ninguna duda, el día grande era el domingo. Dejamos a Spoon en el escenario grande para ver cómo se defendían Wild Beasts en el pequeño, justo en la otra punta del recinto. Los ingleses tocaron aun bien de día y ante pocos centenares de asistentes. Buen concierto para las circunstancias. En directo mantienen con fidelidad las florituras vocales de sus álbumes. ‘The Devil’s Crayon‘, ya hacia el final, fue de lo mejor.

No tanto, seguro, como el concierto de The National. No me extenderé pues esto pretende ser una pequeña reseña del festival, pero… si les gusta esta banda, vayan a donde sea a verles en directo. Los de Matt Berninger dieron un concierto de saltarse las lágrimas. Tocaron todo lo imprescinsible de su ya dorada trilogía Alligator, Boxer y High Violet, pero también tuvieron el gusto y la deferencia de rescatar del Sad Songs for Dirty Lovers una de sus canciones más rabiosas: ‘Avalible’. Los gritos hardcoretas de Matt en este tema fueron adrenalina pura, furia pura, pura música. ‘Mistaken for Strangers’ dejó afónico a más de uno y de su nuevo álbum quizás sólo faltó ‘Runaway’, porque todas las demás sonaron. ‘Bloodbuzz Ohio’, con la banda de siete músicos y un sonido impecable, fue el botón que prueba la contundencia, la solidez de su directo. La voz de Berninger deslizándose entre esas cajas a destiempo, entre esa marea armónica… una delicia absoluta. La subida de ‘England’, otra demostración de fuerza. A mi lado una chica no podía contener las lágrimas, y puede uno explicarse por qué. No hubo bis de los de Brooklyn, auque sí flores para sus compañeros de cartel. «Estamos muy orgullosos de tocar después de Spoon, que es una banda que nos encanta. Y bueno, hemos oído que el chico que viene a hora también tiene bastante talento», bromeó, claro. Ese chico, era Prince.

Punto y aparte para esto. Para la reflexión primero, más allá de lo musical. Nos guste o no, esto es un cabeza de cartel. Sí, Gorillaz está muy bien, Vampire Weekend son una revelación, pero Prince es un cabeza de cartel, es lo que justifica la billetada, te guste o no. Este tipo es historia de la música y el show que puede ofrecer él está al alcance de muy pocos o de ninguno. Lo de Prince no es un setlist al uso, lo suyo es otra cosa, es otra liga, es otro mundo.

El tipo se subió allí, compitiendo con el pobre John Butler y su pareja, enfundado en un uniforme blanco y desde el momento en que hizo sonar su guitarra hasta que se fue del escenario por primera vez, pasada la hora larga, no hubo un silencio. Lo de Prince es una lección constante: el tipo canta, baila y toca mejor que prácticamente cualquier otro artista del festival. Y además es un showman. «Hi, my name is Prince and I’m your Dj tonight», decía cada dos por tres sobre la base rítmica que como un corazón mantenía el pulso del concierto  entre canción y canción. «Are you tired?», preguntaba al público; y ante el evidente «nooo» masivo y con un golpe de mano, justo como un DJ, hacía estallar su banda y soltaba un hitazo como ‘Cream’ o ‘I wanna be your lover’. Y al terminar, nuevo pulso rítmico, nuevo juego de luces, su cara en la pantalla gigante detrás, y de ahí a otro hit, o quizás a un ataque de ego: un foco sólo para él, la exigencia de más volumen en su preciosa Stratocaster y menos de un minuto para dejar bien claro que no hay guitarrista que le sople. O cantante, el ‘Nothing compares to you’ con una de sus coristas fue brutal.

Primer bis y momento religioso: «I love you, you love me, and we all love God… don’t we?», y hasta el más ateo cedió y gritó «yeaah!». Cerró magistralmente con ‘Purlple Rain’ y la gente se fue feliz y  agradecida. Muchos se quedaron gritando, rogando por un segundo bis que se antojaba imposible, pero no. Quizás era la noche y el genio volvió a salir tras nuevo cambio de vestuario (hubo más de uno), para tocar, esta vez sí, las últimas. Y quizás se equivocó, pues el cierre del primer bis fue tremendo y el final definitivo tardó un poco y no fue tan lustroso.

De ahí, sólo quedaba pasarse por la sesión Laurent Garnier, otro artista en lo suyo. Acompañado por un teclista y una pequeña sección de vientos el francés se subió al trono de la carpa haciendo olvidar el aburrimiento que regalaron el primer día Marco Carola y Richie Hawtin. Un cierre de lujo para un festival a tener en cuenta el verano que viene.

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