25/06/2010

Hace casi una semana que se bajó el telón del festival barcelonés de música avanzada, tiempo creo más que suficiente para efectuar una valoración macerada […]

Hace casi una semana que se bajó el telón del festival barcelonés de música avanzada, tiempo creo más que suficiente para efectuar una valoración macerada y prudencial (o sea, más en frío) de lo que ha sido este Sónar 2010. Sin entrar a fondo en el cálculo de qué ha sido lo mejor del festival (totalmente inabarcable para uno al que encima le ha rodeado la mala suerte: solapamiento de horarios, contingencias de última hora, perrería provocada por el cansancio, decisiones equivocadas) propongo una serie de reflexiones a bote pronto y en plan general y personal (por lo tanto, parcial y sectaria) de una edición que me ha dejado un regusto agridulce comparando con años anteriores. Un repaso abierto al debate y al aporte para todos aquellos que quieran rellenar las lagunas que tiene este resumen, que llega tan tarde que un poco más y la solapo con la previa de 2011. Veamos…

1. 84.000 visitas demuestran que soy un anaListo

Los que me conocen saben que si peco de algo es de ser un analista pésimo y una buena fuente de ingresos para quien me pica con apuestas. Pero aún estoy convencido de que mi ecuación cartel con menor gancho comercial + crisis galopante + precios desorbitados = descenso de público era (debía ser) irrefutable. Resultado: diez mil personas más… Quizá sea mejor que me dedique a otra cosa. Sónar es ya bastante más que la suma de artistas de su cartel: es una marca infalible. Una Meca de la música electrónica a la que hay que peregrinar al menos una vez en la vida. Después de lo de esta edición creo que no hay dudas acerca de si la cita barcelonesa puede capear sin temor cualquier tipo de borrasca que se cierna sobre ella. Una borrasca, un tsunami y hasta una gigantesca nube volcánica. Ahora, la marabunta de este año (que aún así no es su pico de asistencia) ha implicado que en determinados momentos la sensación de agobio llegara a una situación que ha dejado entrever que ciertas estructuras del festival se encuentran al límite, cuando no ya desbordadas.

2. Hay que hacer algo con el SónarDome

Ya lo sé, el Dome mola mucho. Es ese after ibicenco (sólo había que echar un vistazo a las pintas que pululaban) que te permite seguir con la maratón festiva non stop durante el día. Pero, entre que el acceso es angosto (había el atajo de pasar por el Complex pero no lo señalaban y, además, queda muy feo transitar por escenarios en los que no te vas a parar), y que su capacidad de absorción ha llegado al máximo, llegas a la conclusión de que hay un problema. Se puede aceptar que uno de los escenarios (el Hall) tenga sus propias normas (o te espabilas o te quedas fuera), pero dos es cercenar la mitad de la programación musical diurna.  Y eso ya es grave. Abrir los toldos de la parte trasera puede que mancille su espíritu clubbler, pero permitiría que la gente pudiera seguir la programación de lejos. Si no, yo creo que debería replantearse su ubicación. Es una lástima, pero perderse a Caribou, Space Dimension Controller y otros artistas con un mínimo gancho porque a la más mínima esté a reventar escuece bastante.

3. Overbooking nocturno el viernes

Nunca antes había sentido tanto agobio como la noche del viernes. No es que estuviera precisamente en el lugar donde justamente se debía petar, es que todos los escenarios estaban rebosantes de cuerpos danzantes. Si te lo currabas podías avanzar y encontrar un buen sitio en la parte delantera, pero había momentos que hacía añorar ese cuarto escenario que hubiera repartido un poco más a esas almas en estado de gracia. Aunque a falta de pan buenas fueron las ostias de unos autos de choque que en varios momentos de la noche convirtieron su feudo en un improvisado club con atrezo camelaero.

4. El hip hop dio la campanada

Y Dizzee Rascal demostró de nuevo que no doy una a derechas. Cualquier duda que pudiera tener sobre si podría sostener sobre sus hombros el rango de cabeza de cartel quedó totalmente disipada a golpe de verso rimado por el inglés con el jeto más cómico (que grande esa foto que presidía las pantallas) que ha dado el hip hop británico. Lo mejor del sábado más flojo que recuerdo en años. Con un show sin florituras técnicas (Dj y Mc de apoyo como único acompañamiento), comenzó fuerte, se mantuvo digno y acabó pletórico cuando más se acercaba a su último disco. En especial un ‘Bonkers‘ totalmente desmadrado que hizo botar hasta el techo del SónarClub al gentío. Si a eso añadimos una Speech Debelle que mostró más tablas de las que se presumía, un Lucine que más allá de su papel de selector se mostró como un auténtico showman afro (menudos bailoteos que se pegó el señor), y un Professor Green que arrolló en su mini directo (que me tuve que conformar con escuchar con 4 paredes de por medio) con un cachondo ‘Upper Clapton’ como coletazo final, tenemos una buena mina de talentos para el futuro.

5. Por hacer excepciones no vas a perder tu identidad (LCD y su show interruptus)

La política del Sónar con los horarios es de pura intransigencia. De media hora a hora y media según el formato de la actuación, nunca según la importancia del grupo. Eso significa que si te pasas de tiempo, te cortan el sonido y te jodes. Para compensar se usa a Djs comodín como Ángel Molina que, como ya es de la casa, sirven para ajustar horarios. Aunque no siempre es así.

Con Grace Jones no hubo problemas en tolerar sus aires divos y retrasos consecuentes. A Roxy Music se les permitió dilatar un cuarto de hora más su actuación.  Entonces, ¿por qué cortáis el sonido al mejor directo que ha pasado por el Sónar en años, panda de nazis cronometradores? Me refiero, claro, al de LCD Soundsystem, ese que acabó súbitamente mientras sonaban los primeros compases de ‘Losing My Edge‘ gracias a las tijeras censoras del equipo de sonido. Yo, como todo lo capto como a mí me da la gana, aprecié en ese parón toda una declaración de principios (en un grupo en cada canción es UNA DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS), así que me pareció un colofón sublime a una actuación antológica. Queda demostrado que lo que yo opino siempre dista un mundo de lo que en realidad sucede.

La superbanda de James Murphy más barbudo más chica oriental (“No eres nadie sin una japo al lado”, palabras del amigo Gabri) vino a oficiarse un funeral por todo lo alto. Haciendo suya la máxima hitchcockniana hay que comenzar con un terremoto y de ahí hacía arriba”, saltaron al escenario pletóricos y tras agradecer mucho lo que significaba para ellos el Sónar y bla bla (dentro de un rato te lo vuelvo a preguntar, a ver si opinas lo mismo) acometieron un ‘Drunk Girls‘ confirmando que es un himno cervecero en toda regla. Y de ahí hacia arriba. Hacia tan arriba que cuando llegaron a ‘Tribulations‘ parecía que ya no podían llegar más alto. Craso error. Se guardaban un ‘Yeah‘ que hizó preguntarse a algunos cómo pueden producir esa maravillas a partir de una sola palabra. Quizá sea porque no es sólo una palabra si no ya… un principio. Como cuando se saca de la manga el señor Murphy su faceta crooner en ‘All My Friends‘ o cuando demuestran que son la mejor percha para cualquier traje con ‘Pow Pow‘. Sin palabras, el harakiri más dichoso del mundo.

6. El dubstep debe matar al Mc

Lo siento, pero es que son más irritantes que las vuvuzelas esas del Mundial. ¿Realmente aporta algo un tío que se pasa toda la santa sesión presentando al dj a grito pelado? La solvente actuación de Caspa se salvó (Rod Azlan estuvo muy comedido y oportuno), pero el magnífico show Joy Orbison tuvo la pega del matarile en plan vocero con complejo de megáfono humano. Algo de lo que se libraron (y agradecí) en los directos de la curiosa y oscura Tokimonsta y el español Funkforward. Ahí te das cuenta de lo que ganaría este genero sin un Mc al lado.  Ahora, si lo que se quiere es imagen, pues sí, da el pego barriobajero que tanto desean.

7. El clásico, bien (y gracias)

Unos Roxy Music tan engransados como el pelo de su líder sorprendieron con un repertorio centrado en sus primeros y más experimentales álbumes (cayó ‘‘If there is Something’ y ‘Do the Strand‘), y marginando su época de esplendor comercial crepuscular (sólo una tema de Avalon). Pero bueno, una de las premisas para que estuvieran bien avenidos era la de tocar aquellos temas en los que todos se sintieran identificados y es cierto que su disco de despedida tenía más de primero de Ferry que de último de la banda inglesa.

Por su parte, The Sugarhill Gang ofrecieron un show a trompicones. Momentos funks alargadísimos, versiones cercenadas en su climax (¿a que viene cortar ‘Billie Jean‘ justo cuando todo el mundo está a punto de corearla?) y un subidón final donde la victoria cayó del lado de un disfrutadísima ‘Apache‘ ante la favorita ‘Rappers Delight‘. Y es que, claro, ya no nos acordábamos de que es un tema de 14 minutos en el que archifamoso aserejé es una parte minúscula. En definitiva, no encandilaron (yo estuve casi más pendiente de quién había perdido más con los años que de los propios temas) pero resultaron muy dignos, que no es poco en esta época en que hasta al más lerdo le da por reunirse a ver si rasca.

8. Aún no se si me gustaron o defraudaron los Chemical

Tengo la sensación de que Tom Rowlands y  Ed Simons tienen el complejo de saberse una formación más querida por el público que por la crítica. Supongo que tener colgado el sambenito de reyes del big beat (con todo lo que conlleva) no les ha ayudado mucho a cambiar ese status. A ver chicos, sacaros la tontería de encima. A estas alturas no tenéis que demostrar nada a nadie. Sois muy grandes porque me lo habéis hecho pasar de puta madre, que es lo que importa. Y porque ‘Block Rockin Beats‘ está a la misma altura que el ‘Orange’ de Hawtin o el ‘Higher State…’ de Josh Wink. De eso no tengo duda por mucho que me salte algún fan de Herbert a comerme la oreja. Y aplaudo el hecho de que busquéis darle una vuelta al concepto Chemical con Further, pero dedicarle una hora entera quizá no sea lo más congruente cuando el disco no es un dechado de inspiración más allá de ‘Escape Velocity‘.

Pero, aún así, sonaba tan bien y esos visuales eran tan espectaculares que merecía la pena quedarse a verlos. Aunque al final te quedes con una sensación parecida a la de ver una peli y pensar que lo más te ha gustado es la banda sonora. Y más cuando después emborronas todo lo anterior con un espectacular greatest hits que para algunos llegó demasiado tarde, para otros salvó la noche y para unos pocos sirvió de colofón a un gran show. Yo al final me quedé en tierra de nadie. Aún estoy discutiendo si realmente me gustaron o no.

9. La diferencia entre viernes y sábado, para hacérselo mirar

Se presumía que podía ocurrir, pero hasta que las cartas no se presentan sobre la mesa uno puede esperar siempre sorpresas de última hora. No fue así. Si el viernes te arrancabas a tirones los pelos por no poder abarcar todo (es que menuda tela que hubo en cuatro horas: Air, Hot Chip, Joy Orbison, Aeroplane, Plastikman, LCD, Flying Lotus, Dixon, Roska, The Sugarhill Gang, Booka Shade…), el sábado había momentos de desierto artístico (especialmente a última hora). Y eso a pesar de que todos los nombres más efectivos saldaron con nota sus lances, en particular un Jónsi al que no pude dedicarle mucho tiempo pero que fue de lo más singular de la noche. Una sensible caída en la afluencia de público respecto al viernes y el efecto Chemical propició que varios de los escenarios mostraran un aspecto desangelado para lo que se había visto la noche anterior. Si hubieran repartido un poco mejor el cartel todo el mundo (artistas y fans) hubieran salido la mar de contentos.

10. El techno mostró nivelazo

Era poco pero muy bien seleccionado. Un Ángel Molina que siempre te salva la noche, un Richie Hawtin aka Plastikman que tiró de logros incontestables (‘Spastik‘, ¡yeah!) para mostrar el camino de lo que debió ser, unos Sandwell District por amor al 4×4, y, por lo que se ve, la sorpresa de un Claude Von Stroke del que me hablaron maravillas. Si a eso le añadimos la apañada sesión de Photonz, tan neo que vislumbraron el futuro pinchando el ‘House Nation‘ (mira que tiene sus años), y un trallero Jackmaster (¡remix del ‘Changes of Life‘ del añoradísimo Mills!), queda demostrado que al ritmo cuadrado aún le queda unas cuantas jornadas de gloria.

11. Como el día y la noche (que no son tan distintos)

Vale, el Sónar de día es una tapadera, una puñetera coartada intelectual (Pete Tong pinchando el ‘Waka Waka‘ y Necro Deathmore transportándote a la zozobra). Pero eso no quita que más allá de lucir palmito y tatu de diseño caducado por un lado, y acreditación desdeñosa y GoMag en ristre por otro, haya cosas que realmente valga la pena echarles el guante. Como el magnífico concierto del nuevo proyecto de Francesco Tristano, Aufgang, que se metieron al público en el bolsillo con un cancionero a caballo entre el clasicismo y la sustancia techno montado a partir de dos pianos y una batería. O Post War Years, que demostraron que darán que hablar por unos temas que ganan con el paso del tiempo (‘Whole World On Its Head‘) y por un directo vibrante e intenso por el que se ganaron a pulso una sonora ovación. Por su parte, los españoles Bradien superaron las carencias del Complex (de largo el escenario con peor sonido del Sónar) y ofrecieron un directo en plan familiar (éramos cuatro gatos y yo de casualidad), audaz y contemplativo. Mención especial para Bomba Estéreo, con esa trabalenguas con patas que tienen como cantante y una de las mejores bases rítmicas que han pasado por el festival. Y unos pedorros Shake Atleti que resultaron la mar de divertidos. Eso sin contar los que, por un motivo u otro, acabé perdiéndome y tenían una pinta inmejorable (después confirmada con la sonrisa boba de satisfacción de los que sí estuvieron allí) como Kid Koala, Nosaj Thing o Teri Gender Bender. Qué lastimero que soy.

12. Matthew Herbert hacía tiempo que se la estaba buscando

Y es que en ocasiones no es aceptable todo. Herbert siempre ha jugado al límite y eso es un riesgo del que puedes salir bien parado (Doctor Rockit, Radio Boy) o escaldado, como el sábado pasado. Pitos durante gran parte de la actuación y una huida masiva del SónarPub como castigo dejan a las claras la valoración del presente. Y no, no eran canis esta vez. Me extraña que siendo el inglés una persona tan sumamente inteligente (tengo que reconocer que su teoría «soy anticapitalista y aunque conduzco un BMW no soy un hipócrita» está muy bien elaborada) no se haya dado cuenta de que su público ha crecido con él y, por lo tanto, sabe cuando le dan un manjar y cuando gato por liebre. El ir de genio es lo que tiene, que a veces te lo llegas a creer. Es cierto que quizá no era el mejor sitio para su show de la escalera (en el Sónar de día se hubieran sollado las manos de tanto aplaudir), pero es que ya no cuela. Que se aplique la próxima vez. Aún así todos contentos: los detractores porque pudieron despacharse a gusto, y los amantes porque podrán mantener el aura de genio incomprendido que tanto anhelan conservar.

13. El horror se llama Uffie

Uffie tiene un problema y es que ya no le calza el zapato de cristal. La cenicienta de Ed Banger ha ido tirando, mientras ha podido, de chupar de buenos padrinos. Especialmente de su ex Feadz, al que se le echa mucho (muchísimo) de menos en sus directos.

Verla ahora sin rastro de glamour pendenciero, ni un atisbo de estilo (cuando acaparaba todas las portadas habidas y por haber) y, aún así, con un álbum bajo el brazo que se puede defender por sí solo gracias al rescate de los productores (Mirwais, Mr. Oizo, Pharrell y el propio Feadz, para que se queje), hace añorar los tiempos en los que no tenía nada que demostrar. Cuando esa vida azarosa que llevaba a cuestas aún no le había pasado factura, Ahora, tras varias rupturas, una boda, un divorcio, una criatura de por medio y bastante MDMA flotando en su metabolismo, se la ve totalmente perdida encima del escenario. Esforzándose lo mínimo, desde el mismo instante que emprendía ‘Mc’s Can kiss‘ parecía que le daba pereza hasta cantar. Y no ayudaba estar acompañado por dos personajes que rellenaban los vacíos de su directo con bombo del chungo y poses de un ridículo casi obsceno. De la escena con la silla, mejor ni comento. Podía haber sido su momento de reivindicarse (por escenario y por horario) y lo echó a perder ante la indiferencia general. Está visto que sola es incapaz de alzar el vuelo.

y 14. 2ManyDJs son unos cazurros pero me pierden

Tiraron de clasicazos (ostia, que cayó hasta la precolombina ‘Coatnoise’ de Midfield General), no aportaron ni una puñetera novedad* (*me como mis palabras con su recién estrenado remix de ‘You Want a Hit’), fueron más obvios que las declaraciones avant macth, pero, joder, qué bien me lo pasé. Y lo de las portadas tenía su punto. Hasta la de Vitalic hizo gracia aún habiéndola escuchado infinidad de veces. Eso sí, mucho ‘La Rock‘ pero poco rock de verdad (algún retazo de Queen, de Guns & Roses…) como antaño nos tenía acostumbrados. Batidora de temazos que rompen la pista por sí solas (esa makinera ‘Kernkraft 400‘ levanta el ánimo a un muerto) pero que encima tienen el plus de unas transiciones originales y cachondas. Cuando ellos no estén la fiesta volverá a estar de nuevo huérfana. Así que… Larga vida a los 2many.

Publicidad
Publicidad