16/06/2010

Ya puedes tener un año por delante para dedicarte en cuerpo y alma a algo que te guste que cuando a uno le puede la […]

Ya puedes tener un año por delante para dedicarte en cuerpo y alma a algo que te guste que cuando a uno le puede la perrería pasa lo que pasa, que le pilla el tren. Aquí va la segunda parte del reportaje sobre el Sónar 2010, después de un extenso primer avance. Sólo queda un día para que dé comienzo el festival, desde este jueves 17 de junio hasta el sábado 19, pero seguimos a tiempo de guiarles un poco (y ya empieza a ser una tradición, como las recopilaciones de último minuto del Primavera Sound 2010). Así que como diría Super Ratón: “No se vayan todavía, aún hay más”. Hasta una tercera parte.

El hip hop vuelve a casa

Es verdad que estas últimas ediciones se había dejado un poco de lado la lucha de barrio. Con la defunción del SónarPark parecía que las jornadas de hip hop habían pasado a mejor vida. Pero este año gracias a la emersión de la escena underground británica, volvemos a tener una buena ración de pose y filigrana vocal. Y esta vez nos llega capitaneada por Dizzie Rascal, ese alumno aventajado de la rima frenética, que parecía que iba a comerse el mundo hace unas temporadas apelando al Uk garage (perdón, que ahora se llama dubsteps) y que lo ha conseguido curiosamente cuando se ha tirado de cabeza a la pista con Tongue n’ Cheek. Bendita traición. El bajo inflado de ‘Bonkers’ y el eurodance de ‘Dirtee Cash’ son metralla pura para incendiar el sábado el SónarClub y demostrar que sin las ayuditas en la producción (Calvin Harris, Van Helden, ¿¡¡¡Tiësto!!!?), ha superado esa época de imberbe descarado que se presentaba en los escenarios ya con gemas del calibre de ‘I Luve U’ y ‘Fix up, Look sharp’.

Otro que no hay que perderse, aunque lo hayan programado a una hora que es para colgar del asta mayor al de los horarios, es Professor Green. Este inglés, que tiene toda la pinta de haberse pillado unas turcas padres con The Streets de fondo, se apunta a la efectivísima formula del sampleo de hits foráneos, para después darles un repaso con su flow que recuerda bastante al Eminem más payaso. ‘I need you tonight‘ saquea a Inxs y ‘Upper Clapton’ a otro muerto, Brahms (mira, aquí se libra de pagar derechos de autor). Pero también se las da de hardcoreta de postín en ‘Hard Night Out’ y es capaz de atraer a Lily Allen (que se apunta a un bombardeo) para dar forma a otro singlelazo en ‘Just Be Good To Green’. Lo que no sé es como se lo montará para que le quepa todo en media hora de recital.

En cambio, el rollo de Speech Debelle es diametralmente opuesto. Esta MC londinense ha conseguido que toda la crítica hable maravillas de su Speech Therapy, un álbum tranquilo, de mensaje crítico pero espíritu buenrrollista, muy en la onda de los añoradísimos tiempos de Arrested Development.

Ahora, que si tenemos que hablar un grupo realmente añorado en el Sónar, no se me ocurre otro que los célebres The Sugarhill Gang, uno de los grandes momentos remember del festival que, esperemos, esté a la altura del feliz concierto de Chic de 2006. Y es que si hay un canción que representa fielmente al certamen barcelonés esta es… ‘The Bells’, vale. Y la siguiente quizá sea ‘Windowlicker’. Pero inmediatamente después se sitúa ‘Rapper’s Delight’, himno inapelable de cuando el hip hop era pura diversión y no esa escalada absurda de a ver quien la tiene más grande que propició el Gansta rap. No será ni por hits (‘Apache’ y ‘Rappers Reprise’ son desparrame absoluto), ni por falta de afluencia (programarlos en el SónarLab es una temeridad) el motivo por el que esa noche no deba acabar en una gran fiesta.

Y me dejo para el final otro de los aplaudidos regresos, el del finísimo turntablista Kid Koala. Un fenómeno en el arte del scratch que ya se marcó una de las mejores sesiones en 2004, retorciendo todo lo que le llegaba a las manos, desde trompetas funky hasta riffs de guitarra heavys. Vuelve, esta vez con un nuevo proyecto, The Slew, en forma de banda sonora maldita (que es aquella que no tiene filme que representar) y lo hace acompañado de otro que cojea de las mismas virtudes, Dynomite D y de dos Wolfmother. Los más techies podrán disfrutar viendo como se las ingenian con ese plato Numark que se sacó de la manga hace un tiempo Dj Qbert (para lo bueno y para lo malo, el Joe Satriani del scratch). Los demás, a disfrutar de las sobradas a cuatro manos de estos malabaristas de los vinilos.

Palabras MAYORES

O los grupos que este año llevan el peso de la edición 2010 a cuestas. De ellos dependerá bastante la valoración final de si ha valido la pena hipotecar la casa para financiar el abono. El primero de ellos son LCD Soundsystem que presentan su tercer y formidable disco, This Is Happening, del cual no voy a entrar a discutir si es mejor o peor que los anteriores (creo que en este caso va en relación a qué canciones te gusten más o menos), sino a recomendar  fervientemente su directo, un auténtico torbellino sonoro que transita del funk setentero al dance, del dub al electro. Y todo eso sin despeinarse. Ya estuvieron aquí en 2005 (aunque James Murphy es ya un asiduo en su faceta de pinchadiscos) y aún recuerdo con temblores como la liaron en el SónarClub. No os los perdáis. El grupo que empezó a reivindicar a Daft Punk antes de que ese gesto se convirtiera en lo más in bien vale esos 60 euros que cuesta verlos.

Un par de horas antes harán acto de presencia el dúo francés Air, que es de los pocos que ha sobrevivido sin problemas a los múltiples bandazos estructurales que sacuden a la música electrónica cada x tiempo. Ellos siempre han ido a la suya. Y les ha ido muy bien. Fueron capaces de escapar de la trampa del one hit wonder (culpa de ‘Sexy Boy‘) y mantener una trayectoria coherente y sin sobresaltos, con puntuales picos de inspiración (la banda sonora de ‘Las virgenes suicidas’ o Talkie Walkie), siempre al margen de modas pasajeras. Y con esa experiencia adquirida ir mejorando su puesta de largo sobre los escenarios. Algo que harán este año en el Sónar con Love 2, su sexto álbum. Un disco que no supone una revolución en el sonido Air (sí, ellos pueden alardear de tener sonido propio) pero que mantiene el espíritu retro e intimista intacto. Pop romanticamente analógico.

En cuanto al sábado, de entre todos los conocidos hay uno que destaca por la sorpresa de su incoporación, el islandés Jónsi. Reconociendo que nunca he acabado de entrar del todo en las atmósferas de Sigur Rós, más por pereza que por otra cosa (y mira que he tenido gente fiable aconsejándomelos), el haber prestado un poco más  de atención al proyecto en solitario de su guitarra y vocalista ha hecho que comience a replantearme si algunas veces debería ser menos agresivo con las primeras impresiones. Go, es un disco magnífico, mágico y, sobre todo, único (como también lo es/era la banda islandesa). ‘Tornado‘ y ‘Go Do‘ no se si serán juzgados en un futuro como grandes hallazgos pop, pero a día de hoy tienen el valor,  ya no de  tirarse al vacío, si no de volver con oro entre las manos. Su aparición en el Sónar con un formato que se mueve entre el concierto y la perfomance (atentos a la puesta en escena  que promete ser… única, claro ) es de esas que nadie debería perderse, si no fuera por que coincide con Roxy Music, el solapamiento más cruel de todo el festival. Aunque creo que no habrá problema en este caso, el factor generacional dictará a donde van unos y otros. Menos para mí que quiero ir a ambos.

En el caso de Fuck Buttons, las cartas ya vienen boca arriba tras haberse prodigado estos últimos meses por la ciudad condal. No hace ni tres semanas, en el Primavera Sound, se podía atestiguar que su segundo disco, Tarot Spot, al igual que el primero, es una bomba que les va a servir para dar el salto mediático que necesitaban (el cualitativo ya lo habían conseguido) para convertirse en un grupo indispensable en cualquier cita musical. Los arrebatos ruidistas y shoegaze de ‘Bright Tomorrow‘ y ‘Colors Move’, el arranque a lo  Underworld de ‘Surf Solar‘, los ecos orientales de ‘Olympians‘ y, sobre todo, un directo impactante y arrebatador sirven para decir con la boca grande que ya tenemos aquí al relevo natural de Mogwai en versión atronadora.

Plastikman (los hechos aquí narrados pueden diferir de la realidad)

En el principio de todo Richie Hawtin y Plastikman eran la misma persona. Obstinados hasta lo enfermizo, comenzaron a desdoblarse en el momento que encontraron dos vías distintas para desarrollar su tesis sobre el techno. El primero empezó a experimentar con los campos de sonidos, la abstracción y el ritmo. El segundo enfatizó su postura de desproveer de cualquier tipo de artificio a ese sonido. El primero empezó a valorar la cascara como parte del todo. El segundo, ni cascara, ni yema, ni clara. Lo suyo era formular la ecuación del sonido del vacío (menos es más).

Ambos triunfaban en sus respectivos terrenos pero el primero comenzó a desvelar sus secretos antes de tiempo y empezaron a brotarle como hongos amigos chupasangres que le hablaban maravillas de la noche y el hampa ibicenco. Era muy difícil resistirse a esa combinación de sol, playa y fiesta non stop que le servían delante de sus narices, así que fue cediendo a medida que los halagos de sus compinches se volvían cada día más y más gruesos. Se endiosó y ese nuevo Richie Hawtin comenzó a perder un poco el norte interpretativo. Era muy bueno, pero comenzaba a dilapidar recursos y a agotar la formula.

Mientras tanto, Plastikman comenzaba a quedar atrapado en su propia obsesión. Estaba consiguiendo su objetivo: consumir la música. De lo que no se daba cuenta es que esa espiral del vacío le estaba consumiendo también a él.

Richie Hawtin comenzó a engancharse a una de las drogas más duras que hay en el mundo clubber: la tecnología. Las secuelas fueron funestas, comenzó a crecerle un flequillo ladeado que fulminaba gran parte de su personalidad. Perdido en chutes de nuevos conceptos, sus directos comenzaban a dejar un regusto de resabido bastante irritante (bajón y subidón con la trayectoria de un aeroplano que nunca acaba de alcanzar el clímax). Pero daba igual, porque todos aquellos que se beneficiaban de acoplarse a Mr. Hawtin habían conseguido medrar y actuar junto a él habiendo demostrado muchos menos méritos y no querían, por nada del mundo, que cambiase esa situación. A esto ayudaba un público enfervorizado que había aceptado de buen grado ese sonido lo suficientemente sugestivo como para adaptarse a sus particulares viajes. Richie había cruzado la línea de no retorno.

Plastikman acabó su tesis (antes de que la tesis acabará con él) con matricula de honor. La tituló Closer. Y con el trabajo hecho y fuerzas renovadas fue urgentemente a recuperar a su perdido otro yo. El panorama era peor de lo que se había imaginado. Richie había conseguido extender su particular estilo de vida a todos los días del año. Cuando picaba el sol, en Ibiza y los festivales. Cuando el frío avanzaba, recluyéndose en los clubes de Berlín junto a una tropa de squatters que él había bautizado con el nombre de Minus (un guiño a su otro yo que ya creía desahuciado). Plastikman debía de hacer algo rápido aunque sabía que eso le iba a costar mucho tiempo y paciencia. Empezó a alejarle de las malas influencias (Sven Vath, Villalobos), e iba a hacer lo mismo con el club de berlineses hasta que descubrió que, a pesar de su lamentable estado, Richie había estado regando una preciosa planta a la que sólo faltaba arrancarle las hojas muertas y cuidar de las más sanas (Magda, Mathew Johnson, Audion y Troy Pierce). Hawtin fue mejorando su estado poco a poco pero en su vuelta a los escenarios se vio que algunas secuelas eran irremediables. De todas formas, iba por el buen camino.

Así que Plastikman, con la sensación de haber situado a su otro yo en la rampa de despegue, decidió dedicar algo de tiempo a otra persona que tenía bastante olvidada, a él mismo. Tenía desde hacía mucho tiempo la formula secreta del minimal techno y ya era hora de que la gente pudiese contemplarla. Esa gente se reunió el viernes en el SónarPub y lo que presenciaron quedará plasmado en uno de los muchos capítulos que aún quedan por escribir sobre la vida y milagros de este esquizofrénico genio.

Publicidad
Publicidad