14/06/2010

Suena ‘Sant Pere‘, supuestamente la última canción del concierto si atendíamos a un bonito papel, en forma de punto de libro tamaño XL, que nos […]

Suena ‘Sant Pere‘, supuestamente la última canción del concierto si atendíamos a un bonito papel, en forma de punto de libro tamaño XL, que nos habían entregado a la entrada del concierto, con el repertorio de la velada (¡26 canciones!). Hay un montón de gente en el escenario. A la derecha, tres guitarras (Dani Vega, el ex-Mishima Dani Acedo y el productor Paco Loco) se miran mientras desentrañan el crescendo de la canción; a la izquierda, dos baterías (uno de ellos también ex-Mishima) y un bajista; detrás, un teclista y un violinista; en el centro, un tipo carismático llamado David Carabén, con su guitarra acústica (versión zurda) mirando a lado y lado y sonriendo como si fuera un niño visitando por primera vez un parque de atracciones. Como si no acabara de creérselo. Al otro lado, una sala Apolo llena hasta la bandera (lograron el sold out, sí) extasiada y que acababa de vivir momentos inolvidables. Noche especial. Noche de consagración. Colofón (casi) final de un concierto de presentación de uno de los mejores discos en catalán en años, este Ordre i Aventura que crece y crece y que ya casi es un clásico, y que por fin ha permitido a Mishima obtener el reconocimiento que debían haber obtenido desde el sensacional Trucar a casa, recollir les fotos, pagar la multa de aquel lejano 2005. El momento, EL concierto, llegaba dos discos después, pero con una sala entregada, coreando las canciones, ovacionando al quinteto catalán. Carabén ni se lo creía. (Foto: Oriol Lladó)

El público, la verdad es que tampoco. Acabábamos de vivir una noche con nada menos que 26 canciones de un grupo ya generacional, la inmensa mayoría de ellas de esta inmensa trilogía que completa Ordre i Aventura, las canciones con las que el público realmente ha conectado, que hablan de rupturas, amores, desamores, esperanzas y desazones en pedazos de vida de entre 2 y 3 minutos. Que abriera la veda una siempre reivindicable ‘Aguéev‘ (de Set tota la vida, el disco del principio de la consagración) ya indicaba que la noche se prometía de altos vuelos, y ya el final portentoso, de muro de sonido y sucio de ‘La forma d’un sentir‘ (sólo la tercera canción de la noche) empezó a erizar los primeros vellos. Esos gritos de euforia de Carabén en las partes instrumentales de la canción contagian a cualquiera.

A partir de entonces, Mishima jugaron bien sus cartas. No es fácil afrontar un concierto en el que quieres tocar prácticamente todo tu repertorio en catalán (rescatando incluso esas señaladas ‘Dolor‘ y ‘Eterna com Roma‘) sin bajar el listón o la intensidad, y por eso había que abordarlo bien. Intercalaron sabiamente los hits más celebrados (‘Neix el món dintre l’ull‘ relativamente pronto, ‘L’olor de la nit‘ en la mitad, ‘Miquel a l’accés 14‘ (otro final apoteósico, por cierto), ‘Qui n’ha begut‘ y ‘Tot torna a començar‘ en la recta final), y sobre todo jugaron con lo especial de la noche. Invitaron al Quartet Brossa a reinterpretar unas esforzadas ‘L’ombra feixuga‘ y ‘L’estrany‘, seguramente el dúo de canciones que mejor funcionan juntas de todo su repertorio, en una interpretación que consistió únicamente del cuarteto de cuerda y la voz de un Carabén cogiendo el micro como si de un solista se tratara. Y aunque el experimento se reveló tremendamente valiente, cierto es que deslució un poco la atmósfera única que rodea ambas canciones. Pero dio igual, y lo que es mejor, no sería la mayor de las sorpresas de la noche.

Porque, jugando con el hecho de que el público supiera el repertorio de antemano, hacia el final del concierto Carabén introdujo uno de aquellos momentos que quedan grabados en la mente de cualquiera. «¿Cuál toca ahora?», preguntó. Y tocaba, justamente, ‘Cert, clar i breu‘, canción que inaugura Trucar a casa…, y que nunca tocan en directo puesto que la canta Flora Saura, la chica de Carabén. «Flora, ¿quieres salir a cantarla tú? ¿Quiere salir a cantarla alguien?«. Nadie. «Voy a ver qué puedo hacer«. Y Carabén se larga del escenario, dejándolo vacío. Y en apenas 10 segundos, aparecen Manel en él. Y… bueno, mejor verlo, claro. Impagable.

[vimeo]http://vimeo.com/12291949?hd=1[/vimeo]

A partir de ahí, la emoción se desbordó. En el sprint final antes de la clausura, por fin entendimos la abrumadora preciosidad de ‘Una cara bonica‘, una de las canciones más arriesgadas de Ordre i Aventura por su tempo pausado; certificamos que ‘Deixa’m creure‘ es una canción redonda que apunta a hit para el futuro en el repertorio del grupo; que un ‘Tros de fang‘ se consagró sin duda como el himno generacional de la noche; y que ‘Tot torna a començar‘ es la pieza que inaugura un futuro que se augura brillante. Para cuando empezaron a sonar las notas de ‘Sant Pere‘ y el escenario se inundó de gente como contábamos al inicio, la noche ya estaba rubricada, todo el mundo sonreía y poco más hacía falta. Ya era simplemente rizar el rizo, como el bis que tuvieron que hacer después de una atronadora ovación, con «la última canción del último disco (‘Ordre i Aventura‘) y la primera del primero (‘Time After Time‘)«. Orden y aventura, día tras día y, al final, triunfo total. Por una noche, todos fuimos canciones, todos creímos en el amor, todos tuvimos sed toda la vida y todo volvió a empezar. Pero, sobre todo, por una noche, todos creímos en Mishima. Memorable.

Publicidad
Publicidad