08/06/2010

Una de las cosas que más recordaremos (al menos en la redacción de indiespot) de la jornada del sábado del Primavera Sound 2010 fue, obviando […]

Una de las cosas que más recordaremos (al menos en la redacción de indiespot) de la jornada del sábado del Primavera Sound 2010 fue, obviando la fiesta final con la sesión de DJ Coco (un clásico ya), esa hora fatídica en la que se solapaban hasta cinco grupos que merecía la pena ver y que, a juzgar por las opiniones vertidas a posteriori, cumplieron todos con las expectativas. Porque desde las 21:40h hasta una hora después, nada menos que The Antlers, The Drums, Polvo (los únicos a los que no pudimos ni ver el pelo), Matt & Kim y Grizzly Bear se subían a distintos escenarios del festival, provocando más de un dolor de cabeza considerable, si les somos sinceros. Superado ese escollo, el último día del festival también fue el del retorno colosal de los seminales Sunny Day Real Estate, el de la confirmación de que The Antlers son un grupo irrepetible, y el de la mayor decepción del festival, la de Florence + The Machine. Entre muchas otras, claro, porque tenemos 15 crónicas de la jornada para repasar. De todo, para todos. ¡Adelante! (Las fotos del concierto de The Antlers son cortesía de Indienauta).

REAL ESTATE (18:00h, Pitchfork)
Por mucho que te hagas una hoja de ruta, en un festival como el Primavera (siete escenarios con actuaciones simultáneas durante los tres días, casi nada) las cosas no siempre salen como uno espera. De ahí que viéramos a Real Estate el sábado cuando teníamos previsto asistir a su concierto del domingo en el Parc de l’Escorxador, lugar que este año nos quedamos con las ganas de pisar. Eventualidades aparte, los de Nueva Jersey desplegaron su pop relajado y veraniego con naturalidad, sonaron finos, finos, y nos alegraron (aún más) la existencia con las infalibles ‘Beach Comber’, ‘Fake Blues’ y ‘Atlantic City’. Vista lo tranquila que es su música, cuesta creer que el principal responsable del proyecto, Martin Courtney, provenga del torbellino tabernero-etílico-punk de Titus Andronicus, cuyo estilo está tan lejos del de Real Estate como Nueva Zelanda de Francia. Sea como sea, la banda cumplió con su cometido de agradar al personal e hizo que tengamos curiosidad por cazarlos en sala. Dado su perfil, no sería de extrañar que a lo largo del curso que viene aparezcan en una de esas sesiones de club de La [2] que tanto nos gustan. (Arnau Roma)

DR. DOG (18:45h, San Miguel)
En el fantástico libro que la organización volvía a regalar (¿existe mejor souvenir del festival que éste?) cuentan que una de las bandas favoritas de Jeff Tweedy es Dr. Dog. Si a dicha afirmación le sumamos el tremendo concierto que dieron hace año y medio en La [2], entendemos perfectamente que los de Filadelfia abrieran el escenario grande en la última jornada. Ya intuíamos que los medios tiempos pop de sus álbumes iban a ganar cuerpo en directo, lo que no esperábamos era que exhibieran semejante robustez. El sonido llegó a ser innecesariamente atronador (más si tenemos en cuenta la extraña poca afluencia que hubo a esa hora) y ahogó los deliciosos juegos de voces a lo Beatles que tan bien se le dan al grupo. Que la potencia sin control no sirve de mucho quedó patente en un espectáculo de gran entrega pero demasiado cañero, basado sobre todo en su material más reciente (Fate y Shame, Shame). Hubo momentazos de felicidad absoluta (‘The Old Days’ o ‘The Rabbit, the Bat and the Reindeer’, por ejemplo), aunque la falta de sutilezas e interpretaciones como la de una irreconocible ‘Stranger’ dejaron una sensación extraña. Nos debéis una, perros. (Arnau Roma)

ATLAS SOUND (19:00h, Pitchfork)
Tercer año consecutivo de Bradford Cox en el Primavera Sound y tercer pelotazo. Los dos últimos años al frente de Deerhunter (¿se acuerdan del conciertazo del año pasado?) y ahora defendiendo su onírico proyecto paralelo. Sólo ante el peligro, con el público del Pitchfork en primer plano y el Mediterráneo («is that the sea or the ocean?«, preguntó el valiente), visible aun a esas horas, de fondo, el genio ejerció como tal y regaló un concierto de esos que cuando acaban uno necesita pasar por aduanas para volver al mundo real. Una guitarra acústica, su voz y un loop station fueron más que suficientes para armar a poquitos las canciones que le están valiendo los halagos de casi todos. El tipo, digámoslo, tiene pinta de bicho raro, pero si eso que un cursi llamaría ‘mundo interior’ se materializa en lo que vimos el sábado, que vivan los bichos raros. Es difícil quedarse con un momento, pero ese «cos nobody wants to die alone…» de ‘Shelia‘ fue tremendo. (Daniel Boluda)

NANA GRIZOL (19:50h, Ray-Ban)
El de Nana Grizol es de aquellos conciertos que realmente ‘hacen festival‘. A media tarde, con poca gente, pero de una calidad abrumadora y que le dejan a uno más contento que unas pascuas. Aunque muchos lo ignorarán, los tipos que estaban encima del escenario sudando, tocando vientos y dejándose la voz son miembros del colectivo Elephant 6, aquel del que también forma parte el esperado Jeff Mangum al frente de los añorados Neutral Milk Hotel, que algún día tienen que reunirse y tocar en el Primavera Sound (y que parecía que en cualquier momento tuviera que aparecer por allí). Pero de momento habrá que esperar y conformarse con grupos como Nana Grizol, que venían precedidos de un magnífico segundo disco editado este año, llamado Ruth. Su folk rock enérgico, vital y vitalista sonó sorprendentemente engrasado, con entrega y mucho dinamismo en escena (y esos vientos que tanto nos recuerdan a Neutral Milk Hotel). Y tienen canciones preciosas, caso de ‘Cynicism‘ o la tremenda ‘Atoms‘. Lo tienen todo, vamos. Una auténtica revelación. (Aleix Ibars)

THE BUNDLES (20:30h, Vice)
No nos engañemos, a día de hoy el atractivo principal de un grupo como The Bundles no son sus canciones sino sus miembros. Por eso que Kimya Dawson nos diera plantón a última hora y se quedara en su casa restó gran parte del atractivo a lo que tenía que ser una gran celebración de ese particular género que es el antifolk. Con un vacío evidente en el lado derecho del escenario Vice, lo que en realidad vimos fue a Jeffrey Lewis & The Junkyards (que 24 horas después repetirían en la fiesta de despedida del Apolo, doblete para ellos) interpretando un repertorio distinto y más flojo de lo habitual. El único y homónimo disco de la superbanda tiene algún que otro destello (‘Klutter’, ‘Pirates Declare War’), pero en general no arranca el vuelo y certifica que la acumulación de talento no necesariamente resulta en algo superlativo. En cualquier caso, la gracia del asunto residió en el arte de Lewis y compañía, que salvaron la papeleta y confirmaron su condición de personajes entrañables. Ataviados como si vinieran a tocar a Alaska (gorro con orejeras para la nieve incluido), siguieron utilizando la ya mítica guitarra forrada de pegatinas y contaron batallitas de lo más graciosas, como sus problemas a la hora de acceder al Auditori (el vigilante de seguridad no sabía quiénes eran) o el origen del nombre de The Traveling Wilburys, que habían leído en Wikipedia. Mejor continente que contenido, y aún así una agradable dosis de frikismo inteligente. (Arnau Roma)

FLORENCE + THE MACHINE (20:50h, San Miguel)

Vamos a tratar de ser justos en estas líneas. Servidor no terminó de ver el concierto de Florence Welch, se fue cuando sonaba (por decir algo) ‘Dog Days Are Over‘. Lo que podemos decir es que, al menos hasta ese momento, el asunto fue un bochorno. La cosa, sinceramente, empezó mal. Antes de salir la pelirroja ya la decoración del escenario daba un poco de pelusilla; pero bien, hemos visto grandes actuaciones en horteradas de mayor calibre. Luego la diva se hizo de rogar y salió medio minuto después de su banda, ataviada con una suerte de camisón-poncho a juego con el escenario, ya adjetivado. Lo que siguió, en resumen, fue una voz prodigiosa perdida en un marasmo atronador protagonizado por bombo y bajo. Todo lo demás, incluida la voz, como mucho se intuía. El piano ni eso, sencillamente no sonaba en absoluto. A arreglarlo no ayudó la teatralidad forzada de ella, ni la sensación de tener una banda de prestado con la que ni interactuó en absoluto, ni el hecho de que no diese una cuando golpeaba el timbal que tenía junto al micro. Faltan ensayos y faltan tablas. Al cuarto destrozo, e incapaces de soportar, casi ni con tapones, el volumen del bajo, nos fuimos a The Antlers. Una pena, porque presentaba un discazo y podría haber sido el equivalente a Phoenix del año pasado, pero nada más lejos. (Daniel Boluda)

THE ANTLERS (21:45h, Pitchfork)

Peter Silberman apareció en escena y el mundo calló. Empezó a sonar ‘Kettering‘ y en vez de desarmar con su tono intimista y susurrante se alzó gloriosa, amenazante y portentosamente épica. El mundo seguía callado. Después llegaron, en riguroso orden de aparición en el disco (Hospice; recordemos, mejor disco internacional de 2009), ‘Sylvia‘, ‘Bear‘, ‘Two‘, ‘Wake‘, y en ellas nadie se atrevió a hablar. Pocas canciones, ¿no? Cierto, pero es que cada una era un auténtico mundo, un ejercicio de deconstrucción y reconstrucción de los temas originales, algunos irreconocibles, algunos similares pero distintos, y todos con vida propia. Lo de The Antlers en el Pitchfork fue, créanme, sencillamente apoteósico. Nos tendrían que haber visto en tercera fila, con los ojos clavados en tres tipos que se reinventaban en cada canción, en un Peter Silberman que se vaciaba por completo vez tras vez, en un Michael Lerner que se destapó como una auténtica bestia a las baquetas, en un Darby Cicci que se escondía detrás de sus programaciones y notas de piano ahogadas. No podíamos ni hablar casi. Contundencia, garra y hasta rabia estaban sustituyendo el tono sosegado y deprimente de Hospice. Peter Silberman lo dejó todo encima del escenario y nadie se atrevió a hablar hasta minutos después de que lo abandonara, sosteniendo su guitarra como podía después de haberla rasgado violentamente en el final de ‘Wake‘, después de haber gritado como si le fuera la vida aquello de «Don’t ever let anyone tell you you deserve that«. No dejes que nadie nunca te diga que te mereces esto. Hospice es cada día más extraordinario, más bonito, más sublime, y el único sueño ahora es poder disfrutar del disco entero en directo. Y The Antlers dieron el mejor concierto de festival. Y el mundo calló. (Aleix Ibars)

THE DRUMS (21:45h, Vice)
Si hay un par de grupos que tienen pintan de poder tomar el relevo de grupo revelación con vocación masiva que ostentaba hasta hace nada Vampire Weekend, estos son The XX y The Drums. Mientras los primeros superaron el examen con un aprobado poco más que raspadillo merced a un directo algo desangelado, en el triste día del adiós le tocaba pasar revalida al cuarteto de Brooklyn. Y no sé si fue el sabor agridulce que me había dejado el trío británico sumado a presenciar la nada glamourosa entrada al escenario de la base rítmica de los neoyorquinos (se colocaron en sus posiciones, comprobaron sus instrumentos…, perdonad pero si quiero (quería) low-fi me voy a ver Pavement, no a vosotros), que lo primero que se me vino a la cabeza fue un paternal “criaturitas, se los van a comer”. Y de repente comienza a sonar la batería y, zaaaassska, aparece el malo de Karate Kid (que sepas que nunca te llevarás a la chica), aunque el público se empeñó en compararlo con nuestro querido Guti, y empieza a desatarse la locura. Pero, ostia, qué-bien-suenan. Pero menudo culebra está hecho este Jonathan Pierce, retorciéndose hasta no dar más de si, como un Jarvis Cocker pasado de rosca, como un Ian Curtis con unos espamos que ni puesto de keta adulterada. Cabritos, me la habéis colado. Todo era una trampa y me habéis pillado con el paso cambiado y ahora no me queda otra que rendirme ante la evidencia. Anda, ya cae ‘Best Friends‘ y corrígeme, pero suena aún mejor en directo que en disco (que ya es decir). Y ese Jacob Graham, pandereta en mano, que no para de bordear el ridículo con sus botes cumbayás (sí, definitivamente este ha sido el año de los botes). Pero oye, ¡que te olvidas de tocar la guitarra! ¿Playback? Bases pregrabadas segurísimo. Pero que más da ya si te sueltan ‘I Felt Stupid‘ y ‘Submarine‘, y sí, definitivamente son tan buenos como estúpidamente sobreactuados. Joder, si suenan a los The Cure más vivos, a los Beach Boys más canónicos, a unos Smiths intrascendentes. Y en la recta final un ‘Let’s Go Surfing‘ hipercoreado y se viene el Vice abajo. No hace falta más, me habéis convencido. Pero si soltáis como broche final ‘Forever & Ever Amen‘, qué más puedo decir. Pues que sí, que definitivamente van a ser muy grandes, y no porque hayan sonado geniales, si no porque dejan esa sensación de haberse dejado la piel, porque cada tema deja regusto a himno, porque desbordan carisma y porque la ambición les empuja no ya al trono de los Vampire Weekend, que eso es de tímidos, si no de los mismísimos (y permitirme decir que anquilosados) Franz Ferdinand. Y en sólo 45 minutos. Te-la. (David Jiménez)

GRIZZLY BEAR (21:55h, Ray-Ban)

Según la organización el 30% de los asistentes al PS de este año fueron extranjeros. Pues bien, a eso de las diez debían de estar todos concentrados en el escenario Ray-Ban para ver a Grizzly Bear, que consiguió llenarse casi tanto como hace dos años en Portishead, y eso que la (contra) programación les había hecho la puñeta (¿de quién fue la maravillosa idea de que coincidiesen The Antlers, The Drums y los osos?). El set list tampoco ayudó mucho, empezaron con un fastuoso ‘Southern Point‘ y, si alguno de los presentes pensó en irse a mitad se le debieron de quitar las ganas. Se la jugaron metiendo ‘Two Weeks‘ en la mitad y, a pesar del posterior murmullo general, su ‘Ready, Able‘ volvió a engatusar a todo el público. Sin duda, la canción que se llevó la palma fue ‘While You Wait For The Others‘, en la que a una servidora casi se le cae la lagrimilla de lo buenérrimos que son estos osetes en directo. Pero es que, además, Grizzly Bear se hacen querer, Edward Droste (voz, guitarra e instrumento inclasificable) dio las gracias al público un sinfín de veces y dijo otras tantas lo mucho que le gustaba el PS. Si Veckatimest suena bien en la soledad del hogar, en concierto, las florituras vocales, las guitarras ruidosas y los sosiegos momentáneos son, sencillamente, deslumbrantes. (Bárbara Cueto)

BUILT TO SPILL (23:00h, ATP)
Definitivo: Built To Spill funcionan mucho mejor en sala que al aire libre. No es que en el formato de festival desentonen, en absoluto, pero uno tiene la impresión de que por H o por B no consiguen (o no quieren) alcanzar la grandeza que sin ir más lejos demostraron en octubre de 2008 en el Apolo, cuando hicieron un Don’t Look Back del extraordinario Perfect From Now On. En esta ocasión, y contradiciendo lo que dice su último trabajo (titulado There Is No Enemy), sí hubo enemigo. Doug Martsch sobrepasó los límites del perfeccionismo y se erigió como el saboteador perfecto de un concierto por otra parte inmaculado. El cantante de Idaho se obcecó en que el sonido (cristalino a nuestro entender) no era el que correspondía y para desesperación del numerosísimo público, que volvió a hacer pequeño el ATP, no dejó de quejarse y de dar órdenes a los técnicos entre canción y canción. Esto repercutió irremediablemente en el ritmo de un repertorio por otra parte sensacional, con joyas del calibre de ‘Big Dipper’, ‘Goin’ Against Your Mind’ o la final ‘Carry The Zero’ (en la que por desgracia ya estábamos de camino al Vice). Que a la misma hora hubiera otras propuestas la mar de apetitosas (No Age, The Charlatans y en teórica menor medida Matt & Kim, por no mencionar a The Antlers en la minicarpa Ray-Ban Unplugged) nos hizo replantear eso de que habíamos optado por la apuesta segura. ¿Por qué tuviste que ponerte tan quisquilloso, Doug? (Arnau Roma)

MATT & KIM (23:00h, Vice)
Teclado + batería + actitud a raudales= temazo. Con esta simple fórmula podría resumirse el concierto de Matt & Kim, que consiguieron ponerse en el bolsillo a todo aquél que se desplazó hasta el lejano Vice (¡qué pereza andar todo el recinto!) a verles. Servidor, que llegó bien entrado el set y sin demasiadas expectativas (era imposible tener a Built To Spill en el escenario de al lado y pasarlos por alto), quedó estupefacto ante el fiestón que se encontró montado. Cada movimiento de unos hipermotivados Matt Johnson y Kim Schifino era recibido con entusiasmo por el entregadísimo público, que celebró la inmensa mayoría de los temas como si de la cuarta Champions ganada por el Barça se tratara. El dúo de Brooklyn no destaca por su pericia con los instrumentos y sus canciones son fáciles donde las haya. Sin embargo, son píldoras pop con una fuerza incontestable (prueben a no bailar con ‘Good Ol’ Fashion Nightmare’ o ‘Lessons Learned’) y las utilizan con sabiduría para comerse el mundo durante el rato que están encima del escenario. Versionar ‘The Final Countdown’ de Europe fue una gamberrada, pero enlazada con su himno ‘Daylight’ hizo de aquella zona del Fòrum un lugar más feliz. Pura diversión. (Arnau Roma)

NO AGE (23:00h, Pitchfork)
La introducción instrumental, liderada por el guitarra (cada vez más gordo, por cierto) Randy Randall pero custodiada fielmente por un anónimo tercer miembro que les acompañaba en las programaciones, descubrió a unos No Age más cercanos a My Bloody Valentine que a sus arrebatos de punk sucio. Acto seguido, una ‘Teen Creeps‘ disparada a todo gas nos hizo bajar de la nube y encontrarnos con el grupo que conocemos, no sin dejarnos, sin embargo, con dos nuevas sensaciones: 1) han mejorado, y mucho, su directo, ya no suenan destartalados (en parte gracias a su tercer miembro) y parecen hasta profesionales (aunque Dean Allen Spunt todavía no canta del todo a tono); 2) su nuevo disco seguirá los derroteros con cierta tendencia electrónica que ya vimos en el fabuloso EP Losing Feeling. Tocaron alguna canción nueva tremendamente efectiva, hicieron delirar al personal con ‘Eraser‘, y confirmaron que empiezan a estar a la altura de este movimiento lo-fi que se ha generado a su rebufo, aunque en algunas ocasiones se les viera un poco el plumero de la referencia de My Bloody Valentine. Pero respeto para No Age. (Aleix Ibars)

SUNNY DAY REAL ESTATE (00:05h, Ray-Ban)

Con el escozor de dar plantón a Gary Numan (después me contaron que fue un pestiño), llegaba uno de los momentos cumbre (y aún así de los menos publicitados) del Primavera Sound 2010: la vuelta al ruedo (notición: están preparando nuevo disco) de los grandísimos Sunny Day Real State. Como ya salí con el puntazo de The Drums y de unos divertidos So Cow, me permití la inconsciencia de meterme en las primeras filas (dejé de ingerir cerveza para bañarme en ella). Más cerca estás, más haces ver que es tuyo ese grupo, toma premisa. Y con la banda de Jeremy Enigk es así, es mi grupo y, como vi durante el concierto… el de ciento cincuenta mil más (una cura de humildad nunca viene mal). Normal, cuando el cuarteto sale a hacer ver que aquí no ha pasado nada (ni años ni trifulcas internas) y te monta el mejor concierto del Primavera. Cristalinos, finísimos en la ejecución, intensos y enormemente emotivos, hicieron un repaso transversal a su discografía, tocaron todo lo mejor que tienen (vale, se dejaron ‘Shadows‘ y algunas más, pero el repertorio era intachable) y demostraron que si el emocore alguna vez tuvo vigencia fue gracias a ellos. Que a la tercera ya haya caído ‘In Circles‘ y ‘Seven‘ y que la velada aún vaya cuesta arriba (qué maravillosa sonó ‘The Ocean‘, qué letal ‘Iscarabaid‘) indica que nunca han perdido el estado de gracia. Concierto revienta gargantas, triunfo total, al que sólo se le puede achacar su corta duración (50 míseros minutos), pero que motivó la pedida de bises más desaforada de todo el fin de semana. Y eso no tiene precio. Al final, te das cuenta de que ya puedes gritar bien alto que no te van a hacer ni puto caso. Justo como pregonan en sus discos. Es lo que tiene la logística de los festivales. (David Jiménez)

THE ALMIGHTY DEFENDERS (01:45h, Vice)
¿The Almighty qué? y ¿Quiénes son esta gente? eran las dos preguntas más frecuentes entre muchos de los que aguardaban el inicio de la performance de The Almighty Defenders. El considerable retraso con el que se presentaron permitió contar que se trata de una banda formada en Berlín por miembros de Black Lips y de The King Khan & BBQ Show, a lo que la mayoría respondía esbozando una amplia sonrisa. El cóctel de dos de los grupos más alocados de la escena garage rock hacía suponer que nos íbamos a encontrar con un espectáculo lo-fi con tintes gospel de lo más cafre y divertido, y así fue, aunque no contamos con que a la formación le faltan canciones. Porque que lo más destacado de la velada fuera el atuendo que llevaban (esa especie de albornoz-traje de sacerdote y la serpiente de plástico en la mano era de lo más cachondo, eso sí) y que el guitarra la liara más de lo normal es a todas luces insuficiente. Pequeña decepción, ya que musicalmente sólo sobresalió ‘Bow Down And Die’. Que sonara en último lugar creo que lo dice todo. (Arnau Roma)

FAKE BLOOD (04:15h, Pitchfork)
Mi nulo conocimiento del mundo de la música electrónica hace que cualquier opinión vertida en esta pequeña crónica carezca de todo fundamento, así que amantes del género avisados quedáis. Dicho esto, Fake Blood brindó el final de fiesta (con permiso de DJ Coco, el auténtico cierre del festival) esperable dado el estado del personal (mucha mandíbula descontrolada, no lo vamos a negar) y la hora en la que le tocó atacar los platos. Si al término “garrafón” le quitamos su connotación peyorativa y le damos el sentido de “para todos los públicos” obtenemos el calificativo idóneo para la sesión del británico, que dejó de lado las mezclas y los temas propios y se dedicó a entregar zapatillazos techno de alto voltaje. Es posible que no satisficiera a su público más exigente, pero a esas alturas de la noche y de la semana sólo se le pedía que ejerciera de alternativa adecuada para aquellos saturados de tanto pop, rock e indie. Bastaba con incendiar un poco la pista e intentar gustar a todo el mundo (incluidos aquellos que en ese ambiente estábamos más perdidos que un pulpo en un garaje), y a fe que lo consiguió. (Arnau Roma)

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